5/28/2012

Be de burro



La be me cae de lo mejor, la be me cae muy bien. Desde niño aposté por los más débiles, cosa que en adelante implicó derrotas cantadas, a granel, lo que derivó en una especie de autoprotección sustentada en el hecho práctico de no jugarle un céntimo al competidor que me llegara al alma, es decir, aquél transformado en desembocadero, en punto de fuga para el corazón. Pero esa es otra historia. Yo quería hablarles de la be, que como he dicho me cae requetebién.
Siempre ha sido estoica. Débil, claro, y estoica hasta los huesos. Es la más estoica chica del abecedario y soporta con la dignidad de un Gandhi toda la mala fe, todos los escupitajos de esta jauría en que nos hemos convertido. La be, no tengo por qué pensar lo contrario, es muy inteligente, muy sabihonda además, con el añadido de una humildad que anda escasa por los recovecos de la vida. El alma de la be se da el lujo de observar con tranquilidad pasmosa nuestros desatinos, cada una de nuestras pequeñeces, nuestra pobre manera de repartir supuestos y verdades, engañosas, injustas, falsas verdades por donde las mires. Basta el rasero con el que medimos la capacidad, los dedos de frente, la inteligencia, el buen uso de eso que supone la materia gris para descubrir la doble estupidez del homo sapiens: señalar a un animal que, hasta prueba de lo contrario, en más de una ocasión supera por mucho a tanto bicho humano con sinapsis deficitarias, y tomarlo luego para adjetivar con saña a la inocente be, en verdad tan poco dada a cometer desfalcos intelectuales. La be de burro es un contrasentido, como ya podemos ir oliendo.
Me cae bien por razones de justicia, además. La be de belleza está ahí y nadie dice nada. La be de bruma, la de bienaventuranza, sumo y sigo, la de Bergson, que es a la filosofía como Giuseppe Tornattore al cine, y hablando de cine, la be de Bertolucci y la be de Buñuel y la be de Bigas Luna, no faltaba más. La be de blanco (lo apolíneo, sin dudas lo apolíneo), la be de brizna, de Bizancio, de Buda, de braile, de bueno, de Brenda, quien sentada en su pupitre, allá en el cuarto grado, me guiñaba un ojo y yo me pellizcaba para comprobar feliz que no andaba soñando.
La be de burro tiene mucho de be y poco de esa condición con que intentamos petrificarla. La be de burro en “El asno de oro”, de Apuleyo, o en “Platero y yo”, mire qué cosas, es la be inmortal, hecha historia y hecha obra de arte, nada más y nada menos. Me cae bien, cada vez me cae mejor la be. Simplemente la be.

3 comentarios:

Halcón peregrino dijo...

Pues yo que no la veía nada coqueta, me haces descubrirle tantos ángulos, que sí, me cae muy bien también. Bello escrito.

Antolín Martínez dijo...

La be de bueno, bonito y barato, la be de Benacerraf, de Buñuel y buñuelos, de Bergman el uno y la otra, la be de Bario, Berkelio, Berilio, Bismuto, Bohrio, Boro, Bromo (¡qué broma!). Ya somos varios a los que nos gusta la be.

roger vilain dijo...

Halcón y Antolín, ya vamos siendo tres. Un abrazo y gracias por leer y escribir.