3/20/2015

Verdades imaginarias

    La gente es rara. Como el mundo no está hecho a imagen y semejanza de nuestros ideales, resulta que procuramos adaptarnos y se acabó, problema solucionado.
    Porque somos inconformes, inventamos por ejemplo la literatura. Ahí crecemos, nos sentimos otros, vivimos las vidas que nos dé la gana. Yo en ese plano soy el típico bicho que se enriquece los días a costa de cuentos, ensayos o poemas, al punto de que no concibo cómo alguien puede acabar el calendario sin dedicarse a la lectura, a los textos, a las historias de cualquier pelaje. Panaderos, bomberos, jueces, políticos o notarios, vaya manera de entregarse a la existencia. Qué le vamos a hacer.
    El otro día iba por la calle y una dama fumaba un cigarrillo. Era uno de mentira. Pensé en mi infancia, cuando también me llevaba a la boca semejantes artilugios, pero de chocolate. La señora fumaba, exhalaba un vapor blanquecino a modo de humo que me  entristeció hasta lo indecible. Un cigarrillo de metal a pilas, quién lo iba a decir.
    Novias virtuales, muñecas de hule para el sexo más seguro de este mundo, la verdad es que entre el universo y lo que vamos siendo media, según los entendidos, una realidad prefabricada, benditos sean Freud, Jung y todo el gentío que se dedica a escudriñar los recovecos del alma. La señora enciende un cigarrillo, sin fósforos, sólo mueve el interruptor para que el mundo siga color rosa. Entonces fuma de lo lindo, o cree fumar, que para eso inventaron tales artefactos.  Así como elaboramos verdades, recuerdos, ámbitos paralelos, etcétera etcétera, creamos embustes de lo más venidos a cuento. Así, la ficción de una novela se aproxima a la invención que echamos a la calle hasta construir eso que llaman vida cotidiana. Luego la cuadratura del círculo roza  la circularidad del triángulo, y lo real junto con lo imaginario terminan en una amalgama que vaya uno a saber dónde empieza y dónde finaliza.
    A todas éstas, yo también hago mis historias. En días pasados sentí dolores punzantes en el vientre y fui a parar al médico, quien sólo me recomendó descanso. “Usted anda más fuerte que un roble”, sentenció. Cuando expresé mi horror al negar con contundencia su opinión, prescribió algo para los nervios, pero yo nada más quería algunas cucharadas para el abdomen. Por no dejar asentí y de inmediato me largué. Ya en la farmacia eché a la basura el récipe del ansiolítico pidiendo de seguidas aspirinas, que a lo mejor funcionan para lo que me aquejaba. Dicho y hecho, me sané en el acto, lo cual demuestra cuán cerca estamos de concretar aquello que en verdad añoramos con fervor. Tenía razón Conny Méndez.
    Lo cierto es que no hace falta ser Edison o Graham Bell para transformar el presente y el futuro. Labramos realidades apoyadas sobre el piso jabonoso de lo que llevamos entre ceja y ceja e inventamos verdades mondas y lirondas en función de lo que nos apetezca. Es que las certezas también caben en un tubo de ensayo. Y después dicen que lo onírico y lo real son aves de cielos diferentes. No me vayas a venir  tú con ese cuento. No me vayas a venir.

1 comentario:

Antolín Martínez dijo...

Ya inventaron la palabra para la gente que usa esos cigarrillos electrónicos: vapeadores. Es, entonces, el vapeo y vapear el verbo... porque exhalan vapor (de agua y otras cosas menos inocuas).