3/01/2019

Letras


    Un amigo sostiene que estamos hechos de palabras. Me  pongo a pensar y termino por darle la razón. Estamos hechos de palabras y bueno, si es así, el universo pasa de cabeza por el abecedario.
    Viéndolo bien, noten el menudo lío que mi amigo y yo nos echamos encima: el mundo es un pastel de letras y entonces bebes lenguaje, orinas fonemas, metabolizas símiles y elaboras tejido adiposo a base de grafías, pongo por caso. Con razón las vitaminas nos llegan rotuladas por el mismo que inventó aquellas cartillas -a, e, i, o, u, ma, me, mi, mo, mu, ¿recuerdas?- que en el jardín de infantes nos obsequiaban con el propósito de enseñarnos a leer. Vitamina A, vitamina C, vitamina E, mira por dónde van los tiros.
    Uno anda por la vida haciendo de las suyas, hurgando en las calles, oteando horizontes, pidiendo un café gracias a esa cosa que llamamos lenguaje y fíjate, mientras disparas con pólvora lingüística te llenas los bolsillos de imágenes, respuestas, dudas, certezas o intuiciones, todo a partir de metáforas, adverbios, subjuntivos, oraciones activas y pasivas, etcétera etcétera. Lo que soy yo créeme que nunca lo hubiera imaginado, más aún con lo poco atractivo que de entrada suena aquello de vivir en una jungla idéntica al diccionario.
    El otro día caminaba por la plaza pensando en el asunto, dándole una vez más la razón a mi amigo, y ocurrió algo que todavía me sorprende. No me preguntes cómo pero en vez de gente, en lugar de individuos parlantes y sonantes vi letras, minúsculas, mayúsculas, góticas, ariales, en fin. Fue como adentrarse por caminos donde lo único seguro, la evidencia del mundo en el que estabas eran esas formas entre ridículas y cómicas, entre apesadumbradas y asombrosas. Haches, efes, jotas que sin ton ni son deambulan por ahí con una mochila a las espaldas, un portafolios en las manos, un rojo carmesí sobre los labios. Imagínate a una eme espigada, circunspecta, con aretes dorados y tacones de aguja y minifalda. Intenta vislumbrar una erre con boina calada y cigarrillo Gauloise aprisionado entre los labios, como si de pronto anduviera por cierta calle parisina. Mira a una O rechoncha con mejillas rosadas y con pecas,  apurada mientras mastica un trozo de galleta.
    Después de lo anterior comprenderás que no tengo lugar a dudas. Me alimento de palabras, sueño eróticas escenas cuya sintaxis es una inflamable cadencia de rimas, versos libres, pura lengua que recorre noches y días como si nada. El bueno de mi amigo lleva toda la razón y lo he llamado hace muy poco para corroborarlo. Descolgó el teléfono de su oficina, saludó, me identifiqué, fui directo al grano: Javier -dije-,  es cierto, somos un tejido de comas, puntos, puntos y comas, puntos suspensivos, sílabas y letras y se acabó. Eso somos.
    Hubo silencio. Ese paréntesis también estuvo cargado de lenguaje. Entonces callé. Nunca estuvimos más de acuerdo.

2/22/2019

El ritmo gris de lo prosaico


    Imagina que eres un actor de cine mudo y andas por la calle en pleno perfomance. Imagina que la trama está por conocerse, que te das a improvisar sobre las tablas. Supón que no hay libreto, que no hay luces en el escenario, que no hay telón de fondo salvo el pulso cotidiano de la vida que ríe a mandíbula batiente o te enseña los colmillos según le venga en gana.
    Imagina que a pesar de los pesares disfrutas como nadie, gozas hasta lo indecible viéndote en blanco y negro mientras caminas por la acera, doblas en aquella esquina y entras a ese café con la pupila a punto para que se cuelen ámbitos, atmósferas, señores bebedores de Pepsi o de cerveza, chulos, putas, curas o  simples amiguetes de bien. Imagina, nada más imagina que tu nombre es Charles Chaplin, Harry Lagdon, Stan Laurel, Buster Keaton, Oliver Hardy o que te llamas -créeme que es lo de menos-  como lo gritas en la cédula y desde un rincón de ti mismo salpicas trozos de cuanto vas siendo.
    Entonces continúas en el plató, que es la calle solitaria, la calle semiiluminada  -como si fuese un cuadro de Masaccio- en la que no basta el soliloquio ni el monólogo interior ni tú eres tú y tus circunstancias. Continúas embutido de cabeza a pies en el metraje en blanco y negro y te observas, te escudriñas, te dices o desdices, cambias de canal en el Sony HD donde un tipo cualquiera hace de las suyas y es tan parecido a ti.
    Guardas la certeza de que eres un actor de cine mudo mientras pides el segundo café de la noche, o de la tarde o qué sé yo, y allá a dos mesas de distancia una dama con piernas de infarto y tetas que para qué te cuento, con ojos de luciérnaga y pinta de sirena en pleno bar, charla con una golondrina, y sabes que se entienden, que se dicen y se dicen cosas a la vez que brindan por la salud de alguien que también puedes ser tú. Nada raro, nada raro porque en blanco y negro todos los gatos son pardos, si a ver vamos.
    El ritmo gris de lo prosaico termina por engullir el universo en tus narices, y no te asombras, y no te impacientas gracias a que continúas improvisando, actuando, poniendo en escena, sorbiendo poco a poco el líquido caliente que tienes ahí, sobre la mesa. Eres un actor de cine mudo en este rodaje que desnuda la piel de los momentos. Y lo sabes, lo procuras, lo saboreas como ese pequeñín que lame su barquilla. Lo encarnas con la seguridad de que nadie antes lo hizo como ahora.
    La película de cine mudo yace a tus pies equilibrada, extraña, pura y dura, insatisfecha hasta que Apolo dictamine, hasta que el augurio de los dioses diga sí o diga no, hasta que todo vuele en mil pedazos. Eres un actor de cine mudo y guardas para ti, va en tu pellejo, la nostalgia completa de los tiempos idos y de los tiempos por venir, incluso aquellos que se te ocurra inventar sobre la marcha. Caminas, corres, vuelves a caminar sin ton ni son en tu película gracias al mundo que quieres encontrar bajo las sábanas, escondido en el baúl con telarañas o en el campanario de aquel templo abandonado.
    El ritmo gris de lo prosaico se llama la cinta que vas dilucidando en pleno desarrollo. El ritmo gris de lo prosaico que besa y muerde y llega a orgasmos entre  gatos en un basural, entre perros que no se llaman Bobby ni Laica ni Nerón y que pululan sin collares, sin amos, sin lechita tibia en plato y con caricias. El ritmo gris que va y viene mientras atraviesas la ciudad como un actor de cine mudo reinventando todo cuanto ve.

2/14/2019

El arte del aburrimiento


    Lo ves y no lo crees. Hay gente jurando que las cosas raras pasan al otro lado del planeta, a años luz de distancia o en confines dignos de ensoñaciones calenturientas. De ningún modo, Cuasimodo. Tengo un amigo que no se aburre nunca. Así como lo lees, cada día silba y sonríe feliz, divertido hasta las entrañas, loco de atar como Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia. Cosa más rara, camarada.
    Y no es que semejante condición se dé del cerco de los dientes para afuera, como decía Homero (no Simpson sino el otro), qué va. La diversión y el cachondeo nacen en plenas cavernas de su yo, es decir, que la felicidad y la alegría bañan su minutero dándole la espalda a todo límite, a todo espacio, a toda negación del displacer, mira tú cuánta rareza propinándome un batazo en la nariz.
    Mi amigo, que no tiene un pelo de teórico -literariamente hablando es un hombre poeta, porque ensayista ni en broma-, ha realizado considerables esfuerzos por responder a cabalidad cuanto pregunto, frunciendo el ceño y rascándome la cabeza, a propósito de técnicas para patear la abulia, el tedio, la lata que sabemos son los días cuando aprieta el hastío. Entonces, como si nada, desde una frase solemne parecida a un templo cuenta que el secreto está en la entrevisión.
    Me deja de piedra, me pregunto si el hijo de puta me está tomando el pelo. Siento ganas de orinar y voy al baño y en el espejo observo el rostro de un bolsa redomado.  ¿Entrevisión? ¿Qué coño es la entrevisión? ¿De veras tengo, muestro, porto, correteo por la vida con la cara que escupe el azogue desde la pared? Pienso, luego existo, sostenía aquél, frase que en momentos así termina insuflándome una llamarada de terquedad mulera, así que me detengo un instante, busco la calma, respiro, tomo asiento, doblo el codo y asumo la irrevocable decisión de reflexionar, sí, como el mismísimo Dante en la escultura de Rodin.
    Nada. Niet. En lo absoluto. No sucede nada de nada por más que piense y piense y me rebane los sesos buscando. La entrevisión, joder, la entrevisión -menudo chiste, digo para mis adentros-. Pero como pensar no es un acto únicamente consciente ni únicamente intelectual, tiempo después, cuando casi había dejado la cuestión a un lado, me llama la atención cierta frase  que al voleo hallo en Dublinesca, novela de Enrique Vila-Matas que hojeo en este café donde me encuentro.
    Mira qué belleza: “Nada nos dice dónde nos encontramos y cada momento es un lugar donde nunca hemos estado”. Página sesenta y tres, Seix Barral, Biblioteca Breve para más señas. Me da por suponer que la escurridiza entrevisión tiene que ver con este párrafo que me revolotea en las meninges. Se hacen carantoñas, se encuentran y se abrazan, qué sé yo. Si la fulana entrevisión cobra un poco de sentido al tropezar con su paralelo literario, yo entreveo entonces que el enigma comienza acaso a hacerse menos denso. Hay que ver -me digo ahora- los recovecos que a veces damos para saltar de A y caer en B. La vida sabe poco de líneas rectas, de atajos, de trucos o vueltas de tuerca para llegar antes.
    Repito hasta el cansancio que el bueno de mi amigo nunca se aburre. Aburrirse para él es un arte que no ha pretendido nunca dominar, y con razón. Qué cabronada tan sutil e interesante, y remato añadiendo que qué cabronada tan simple, tan sencilla, tan ajena a confusos entramados o a nebulosas disquisiciones filosóficas. Es que “nada nos dice dónde nos encontramos y cada momento es un lugar donde nunca hemos estado”. ¿Lo ves?, ¿lo entrevés? Yo, lo que soy yo, intento meterme entre pecho y espalda tal cuestión desde el instante en que me di de bruces con la frase en la novela pero sostengo con tristeza que he fracasado hasta ahora. La sencillez de una sentencia como ésa no implica compresión de facto o cosa que se le parezca. Puedes resolver ecuaciones diferenciales con los ojos cerrados, desentrañar en un chasquido la Crítica de la razón pura o mascar chicle mientras conduces tu bicicleta pero fíjate que la entrevisión, con toda su simplicidad a cuestas según  sugiere Vila-Matas, es un muro que mil veces me pareció infranqueable, una roca impenetrable, llámala como te dé la gana, que algún día, escríbelo, atravesaré por fin como quien cruza una meta y bebe del éxito a verdaderos borbotones.
    Tengo un amigo que jamás se aburre y cuando quien escribe acceda por fin a semejante dimensión les juro que  hablaré por la línea del medio, que develaré códigos, combinaciones, señas, contraseñas y secretos, y que ya nada quedará en las sombras. En esas ando, en esas justamente ando, y  me despido hasta entonces.

2/08/2019

Un clásico

Michéle, de Gérad Lenorman, una canción que me acompañó en la adolescencia. Les dejo el enlace (con subtítulos en español):

https://www.youtube.com/watch?v=5PcODolL6rs

2/07/2019

El paraíso que llevamos dentro


    Permíteme llover sobre mojado pero hay que repetirlo en alta voz: la dictadura venezolana ha sido cruel, asesina, ladrona y violadora de absolutamente todos los Derechos Humanos. Su abyección sobrepasó cualquier parámetro, al punto de que hoy el mundo libre la condena sin matices. Quienes se autodenominan neutrales y quienes, vergüenza a un lado, apoyan a estas alturas las monstruosidades de Maduro, forman parte de un delirante cuerpo colegiado seccionado en dos fétidas porciones: nostálgicos del comunismo, del Padrecito Stalin, de la Guerra Fría por una parte, y víctimas esperanzadas de ideologías colectivistas e  interesados en negocios pingües que arrojaron millones en su momento, por la otra. Pura y dura real politik revolucionaria. Y hasta ahí.
    Jamás imaginaron mis compatriotas que las fiebres chavistas acabarían voladas en pedazos. La experiencia ha sido larga, cruenta y ojalá que aleccionadora. Se vivió el horror del socialismo del siglo XXI -siempre en minúsculas, por Dios- y quedaron nada más cenizas, dolores, restos humeantes. Probablemente las cicatrices no desaparezcan nunca, acaso como triste evidencia de lo que no debió ocurrir un solo instante. Es necesario, dicen, aprender por cuenta propia, digerir el abc de esos valores que es preciso mantener en tanto naciones libres y percatarse de que existen demonios cuyo sueño es mejor no perturbar. A propósito de Venezuela algunos lo advirtieron hace más de veinte años -pienso en Carlos Alberto Montaner o en Mario Vargas Llosa- pero ya sabemos adónde fueron a parar tales monsergas. Ha tocado recoger los vidrios rotos.
    La diáspora, la desesperanza, el hambre o la enfermedad, los crímenes del gobierno, siempre estando ahí  como animales que acechan y despedazan, no hundieron el puñal en lo que somos. ¿Y qué somos?, no voy a caer aquí en la pretensión de definir lo indefinible, pero tengo para mí que el país, como un todo más o menos unitario, lleva en sus adentros lo que necesita para sacudirse el polvo, lavarse la sangre y recuperarse de los golpes para reinventar la realidad, cosa que va siendo urgente. Urgente y posible. Venezuela requiere inventar otra vez el piso sobre el que hacer tienda y proseguir.
    Nada nuevo bajo el sol, o sea, nada que no hayan hecho otros igualmente humillados. La Europa de postguerra, los países del cono Sur latinoamericano, Sudáfrica luego del apartheid y Venezuela, sí, esta Venezuela que supo patearle el culo a Gómez, a Pérez Jiménez, hasta meterse de cabeza en el mundo civilizado, en el universo de la libertad, solo para hablar del siglo XX. Nada nuevo bajo el sol, pero con la impronta de lo que en el fondo rehacer entre tú, él, aquél y yo. Entre nosotros. Tal es el sino que nos define, uno que será abrazado, o no, con manos, entrañas e intelecto.
    Siempre se ha dicho que este país es capaz de reír incluso a costa de sus más descarnadas tragedias, esto es, reírse de sí mismo, lo cual es una bendición. El chavismo hecho gobierno ha sido justo eso, una tragedia de dimensiones quizás no del todo concebidas aún. No hay que olvidarlo: reímos y esa risa es medicina para el alma, para el cuerpo, para las migajas en que pretendieron convertirnos. La risa, el humor inteligente -tautología que de todas formas es imperativo pronunciar- son un carburante que jamás falló y ahora tampoco será la excepción. Cuando Maduro esté pudriéndose en la cárcel, cuando un demente llamado Diosdado sea apenas  roncha purulenta en la memoria, cuando Saab, los Rodríguez, Varela o El Aissami constituyan verrugas en la historia, echaremos la vista atrás para observar lo que la locura y el crimen son capaces de materializar pero, asimismo, respiraremos desde la reconstrucción, desde el país que vayamos soñando, forjando, instituyendo, y desde la sonrisa que alimenta el alma a partir de los escombros.
    Falta poco, falta muy poco para que se haga la luz, para la calma, para emprender hasta lograr lo que creamos merecer. Será duro y será lento, pero será. A nada menos podemos anhelar según el paraíso que llevamos dentro.

1/31/2019

Los peligros de pensar


    Cuando era un imberbe me daba por creer que los demás podían adivinar mis pensamientos. Tengo la impresión de que por lo general otros niños hacen el experimento contrario, se divierten al soñar que son capaces de saber qué ocurre en la mente de terceros. Yo no, y no me preguntes por qué. Yo tenía la plena convicción de que cuanto pensaba de inmediato iba a parar a territorios ajenos. Un ser humano sin la posibilidad de guardar secretos, sin la íntima certeza de poseer en los recovecos del yo ese caudal de deseos, de anhelos, de opiniones que siempre albergamos, todo ello compilado en pensamientos efectivos, palabras mondas y lirondas, lenguaje que en condiciones normales yace custodiado, encerrado bajo siete llaves, las llaves de la intimidad. Así me sentía.
    De modo que para evitar males mayores llegué a la conclusión de que no debía pensar. Si el objetivo era salvaguardar mis cavernas y profundidades, es decir, mis diálogos interiores o las conversaciones que mantenía conmigo mismo  -o sea, garantizar particulares soliloquios-, el asunto requería ponerme en off, exigía que el cerebro fuese, en cuestiones de lenguaje, una simple página en blanco. Mira qué mecanismo de protección inventé.
    Entonces me di a la tarea de corretear por la vida en automático, lo cual implica mantener diálogos de variado pelaje, leer anuncios en la calle o resolver una ecuación de segundo grado nada más que llevado por lúdicas acciones de lógica elemental, sin intervención de la peligrosa lengua, la tétrica sintaxis, capaces, las muy cochinas, de ponerme en evidencia y de echarme en brazos tanto de amigos como de enemigos. Lo cierto fue que me empeñé en no pensar para resguardar justo eso, mis pensamientos, al punto de que acabé acostumbrado a la agradable sensación de no tener que pegar un sujeto con un predicado ni a realizar el esfuerzo de razonar mediante palabras.
    Y así, sin quererlo, sin buscarlo adrede, por azarosa intuición di en el clavo: pensar con imágenes, asociar A con B para llegar a C excusando cualquier intromisión del abecedario. No me lo vas a creer pero sentirse en un mundo aparte, flotar, concebir la realidad a partir de lo que catalogué después como de “cierta perspectiva plástica”, pictográfica –qué sé yo-, terminó siendo lo más adictivo de este mundo. Ya adolescente estuve seguro de que los pintores o escultores meditan o vislumbran de forma parecida, actúan de idéntica manera, captan el mundo en función de diagramas, dibujos mentales, potentes planos interiores que para qué demonios las letras y, en fin, la gramática como la conocemos.
    Después, en la adultez –la adultez es una máquina de destrucción masiva, yo que te lo digo-, las obligaciones cotidianas y los compromisos propios de la edad malograron ese estado fundamental en que me arrastraba por la vida, llevándome sin más al agujero negro de los días tal como los despacho hoy. La eme es la eme, la a es la a, la eme con la a ma y punto, y se acabó, adiós privacidad y universo interior a salvo de entrometidos o curiosos.
    A mis años, aunque con torpeza, he aprendido sin embargo a defenderme. Pienso, luego existo, afirmó un iluso hasta la médula. Qué va: pienso, luego lo sabes todo, digo sin que me tiemble un músculo del rostro. He tenido mil problemas, me han descubierto en plena urdimbre de estrategias intelectuales ante una discusión cualquiera, ante un debate público, ante una sencilla conversa de café. He caído de bruces, despojado de intimidad  y lleno de vergüenza, cuando pasaba por mi lado alguna dama con piernas, nalgas y tetas en su sitio, y pensaba, y me decía, y exclamaba para mis adentros las delicias que implicaba, lo hembra y lo salvaje que sería en plena cruzada. Válgame Dios, nada que hacer, nada que ocultar en lo más hondo de mis elucubraciones porque antes de terminarlas ella las había visto, las había leído como quien lee en un libro abierto.
    Así vivo, así llevo la existencia en el presente, pisando como gato en suelo húmedo para medio protegerme e inventando una u otra estratagema buena como escudo a la hora de pensar frente a cualquiera. A veces lo logro, a veces no, y en ésas ando. Cosa rara, qué le vamos a hacer. Cosa sumamente rara.

1/25/2019

La revolución frente al espejo


    Hablar de Venezuela es hablar del cielo y del infierno. Del primero, porque lo tiene todo para materializar, si se sabe cómo, el Paraíso. Del segundo, gracias a ejecutorias que encendieron las calderas del Diablo, es decir, el lado más oscuro del quehacer político irresponsable.
    Hay que ser honestos hasta el dolor. Cierta izquierda venezolana, a la sazón fósil de los sesenta, alimentó sin pudor el carácter mesiánico del líder del Socialismo del Siglo XXI, quien sustentado en el carisma, en la religión laica que promovía y sobre los hombros de empresarios de cortísima visión política, llegó a Miraflores montado en una ola de popularidad impresionante. La revolución aparecería en el escenario a través de los votos y era cuestión de tiempo: la ruina de las instituciones democráticas, desde la democracia misma, estaba cantada.
    El resto es parte de una historia conocida. La revolución bolivariana -así, en minúsculas- se tragó a sus hijos, fagocitó las estructuras fundamentales del país, intentó crear un imaginario heroico cuya narrativa  iniciaba y finalizaba en ella misma, todo aderezado con la retórica estéril de un izquierdismo trasnochado que, como dijera el buen Petkoff, ni olvida ni aprende, en esencia porque la capacidad de construir algo bueno, el talante romántico, la trayectoria violenta como elemento partero de la historia, la aventura guerrillera previa a la toma del cielo por asalto y, en fin, la narrativa mitológica tan cara a determinadas hazañas para que puedan ser hazañas, brillaron siempre por su ausencia.
    Saturados de dólares por el crecimiento astronómico en los precios del oro negro, los hombres de la revolución se frotaron las manos y chasquearon los dedos. Al primer chasquido expropiaron, confiscaron, arrebataron. Al segundo fabricaron ilusiones en función de las apetencias de quienes eran capaces de votar. Aún no era necesario trampear, desconocer candidaturas, usar las armas de la República como garrote personal. El dinero iba y venía a manos llenas, entraba en escena como la vedette que se sabe indispensable. Al tercero tronaron los fusiles. Cuando los platos volaron en pedazos, cuando hubo que recoger los vidrios rotos, metáfora de una realidad inocultable, se hizo necesario contener la rabia, el desencanto, el estupor, la sensación de engaño y resaca instalada en todo un país. Entonces las balas llovieron a mansalva.
    A estas horas parece llegar a su fin el disparate que ha reinado en Venezuela durante dos décadas. Sin embargo, la desgracia de este pueblo, el hecho de que un puñado de criminales usufructe un poder que nadie le ha otorgado, trasciende el plano militar y va más allá del carisma exacerbado de un caudillo felón. Para decirlo de una buena vez: la izquierda en Venezuela, salvo honrosas excepciones -que las hay-, jugó con fuego y se quemó. Junto con las locuras del santón mayor, esa izquierda fue incapaz de mirar el horizonte a un palmo de sus tupidas narices. Generó crispación, produjo división, polarización extrema, odios de mil pelajes, hasta resquebrajar las bases de una nación que, con sus defectos y virtudes, había sido hasta hace poco ejemplo de convivencia ciudadana en la diversidad.  
    La etapa inmediatamente anterior a la explosión del desastre fue una marcada por el relumbrón petrolero, es cierto, y hasta ahí nada nuevo en nuestras sociedades monoproductoras: cuando abundan los recursos hay fiesta y hay piñata, hasta que el período de vacas flacas cae como un peñasco para destrozar el espejismo. El ciclo histórico es harto conocido así que no vale la pena repetirlo aquí. Pero cabe resaltar una y otra vez, para que no se olvide, el ingrediente clave al momento de los balances. Antes de que a los gobernantes venezolanos la dinamita les estallara en plena cara, buena parte de la izquierda carnívora del país -uso aquí la nomenclatura de Carlos Alberto Montaner- hizo de la suyas. Preguntémonos: ¿por qué llegó la gente en Venezuela a polarizarse de esa manera? ¿Por qué un sector social, arengado por irresponsables, se sintió dueño y señor de la verdad, del futuro, de los hilos que nos acercan a la felicidad o lo contrario?, y finalmente, ¿por qué razones estos individuos se creyeron  nada menos que en brazos de la razón, de la justicia y de la historia? Es verdad que quienes gobernaron hasta ahora tienen las manos llenas de sangre. Violaron sistemáticamente derechos humanos, reprimieron, asesinaron, robaron. Pero también es evidente que un grueso espectro de esta izquierda, envalentonada, ayudó a destapar las consabidas cañerías del odio y, error imperdonable, vio para otro lado cuando la bota pisoteaba y los cimientos de la República crujían anunciando lo que llegaría.
    Y hay quienes aún hoy continúan en silencio frente a lo anterior. Intelectuales y gente de la cultura, por ejemplo, actúan ni más ni menos que como los reaccionarios que siempre criticaron. A estas alturas no reconocen su error y mucho menos parecieran estar dispuestos a celebrar el sano y necesario acto de contrición, a erigir su particular mea culpa sustentados en la rectificación y el encuentro con el país que por cobardía, ceguera o interés convalidaron en su devastación. Si la Venezuela del presente vive una tragedia que lacera sus entrañas, recordemos que el infierno estuvo aquí no por simple arte de magia. Fraguar una revolución, ésta que se empina sobre fundamentalismos de variada índole y cuya religión encumbra en sus altares a demagogos,  populistas, enfermos y delirantes sin redención, supone siempre la fractura de la democracia. Equivale a desmontarla de pe a pa, como lo hicieron Chávez y sus adláteres, labor de dinamiteros que pide a gritos cómplices  y enterradores sin ápice de escrúpulos..
    La revolución que la izquierda en su inmensa mayoría intentó erigir tenía los pies de barro. Y los tenía por el sencillo hecho de creerse dueña indiscutible del hoy y del mañana. Ya lo decía Karl Popper, palabras más, palabras menos: la verdad no es única, ni inamovible, ni siempre la posees sólo tú. La verdad es un constructo que se levanta de a poco, con tropiezos, equivocaciones, avances y retrocesos. La revolución bolivariana -mantengamos las minúsculas-, que ni fue revolución ni fue bolivariana, llenó el formulario de los sinsentidos y desató los demonios con los que es mejor no andarse acurrucando: violencia, incordio, resentimiento, cosificación del otro. Maduro, Cabello, William Saab, Padrino López, los hermanos Rodríguez y el resto de la cofradía asesina seguramente tiene ahora mismo los días contados en el poder. Su tiempo como eunucos de alma, como mandones de una propiedad llamada Venezuela se acaba. La cárcel es el horizonte que los abrigará pronto. Mientras, toca ahora plantarse ante el espejo hecho pedazos y recoger los trozos, unir, mirar hacia el futuro para comenzar a rehacer la democracia. No hay otro camino posible.

1/18/2019

La costumbre de vivir


    Les he contado muchas veces que me gusta sentarme en los cafés a ver pasar la vida. Ver pasar la vida supone leer a placer, escribir lo que venga a cuento o simplemente mirar, contemplar sentado, tabaco encendido, taza de macciato a un lado, mientras la gente y lo que te rodea cocina a fuego lento ese teatro que llamamos vida.
    Un joven entra y se presenta. Lleva una guitarra y un morral a cuestas. Su rostro destila lo que todos somos capaces de expresar si atravesamos las calles por la libre, a nuestro fuero, con la nostalgia encima o la alegría inesquivable porque vendrán tiempos mejores. Entonces, de un bolsillo saca un papel doblado en cuatro y lee un poema, de su autoría según nos dice, para rematar con canciones de Yordano, Juanes y Sabina.
    Doy una chupada y observo. Joven, sí, igual que miles que trasiegan la geografía universal con la idea de tomar el cielo por asalto. Y pensar -me digo- que cierta izquierda latinoamericana llegó a inspirar algo parecido: echar abajo las puertas del Paraíso, fusil en mano y sueños en ristre, acabando después volada en pedazos, absurda, sin pantalones frente a caudillos y delirios cuyos flatos Maduro, Ortega o Morales ofrecen respirar hoy.
    Tiene talento. Canta, toca la guitarra con destreza, se ve que domina lo que hace. Se llama Enrique y viene de Venezuela. Sonríe con sinceridad, es espontáneo, lo que ayuda sin dudas a que poco a poco la terraza se fije en él, preste atención, le obsequie aplausos y propinas. Cuenta, entre canción y canción, cómo fue que llegó al lugar donde nos encontramos, cómo era la vida que dejó atrás en un abrir y cerrar de ojos. Habla desde la melancolía, desde la esperanza, desde el recuerdo de su casa, de sus padres, de sus amigos, de su loro Lucio -a quien confiesa haber empezado a alimentar cuando aún no tenía plumas-, y de su abuelo Abdel, muerto días atrás de mengua, de hambre, de la imposibilidad de mínima atención.
    A pesar de los pesares creo que este muchacho vive, crece, me da por suponer que cuando los criminales estén pudriéndose en la cárcel y Enrique se mire de frente en los espejos, aparecerá un hombre distinto, de una fibra mejor lograda, más asentado en su visión del mundo  y en el cómo y por qué un país llamado Venezuela se catapultó a insospechados niveles de abyección.  Un hombre con las manos más hechas  y el aprendizaje más metido entre las uñas.
    En un momento de silencio, cuando termina su última canción, noto que se dirige a una mesa. Veo a una chica también joven, vislumbrando quizás otras ventanas y otros amaneceres. Él se planta ante ella, le extiende la mano y, siempre sonriendo, le obsequia el poema que leyó minutos antes. Ella también sonríe y en una fracción de segundo -mira la rapidez de este cabroncete-  toma asiento, deja la guitarra a un lado y conversan vaya uno a saber sobre cuáles reinos, mares o unicornios. Lo que soy yo, alzo mi taza y brindo por ellos, por su posible historia, que ojalá sea hermosa y cargada de romance y de aventuras, mientras enciendo otro tabaco para seguir leyendo a Kundera.

1/12/2019

El otro que me habita


    Voy al Juan Valdez en plena plaza Foch porque a veces el bullicio no es lo que la mayoría supone. La mayoría supone que un café atestado de transeúntes es la antítesis de la quietud, del silencio, de esas condiciones necesarias para entregarse a la lectura o la escritura. Y quizás tengan razón, aunque en mi caso, que acudo a estos lugares entre otras razones para contemplar, para rasguñar papel y para atragantarme de historias literarias, la gente alrededor, el hervidero, el tráfico o las  escenas que ocurren a un palmo de donde me encuentro producen el caldo que me resulta estimulante. Qué le voy a hacer, a unos les encanta el verde y a otros el azul. Y así.
    Pero les decía que llego a este café a ver pasar la vida y entonces la mesa a dos pasos de la calle, la mochila a un lado, el tabaco, el macciato, el libro que dejé marcado en la página noventa y seis, es decir, la atmósfera perfecta para entregarse al fisgoneo, a la escucha, al escrutinio fabuloso del streptease que la vida ofrece sin pudores tan pronto afinas la mirada. De eso se trata: de acercarte cuanto puedas a ciertos hilos que nos unen. No hay nada más revelador que un diálogo cogido al vuelo. Nada más sugerente que darte de bruces con el juego de miradas que dos mantienen en secreto mientras beben un té a tres mesas de distancia. Nada, en fin, como seguir las huellas del azar que hace al pelo su trabajo, que te pone enfrente a buenos para nada, a chulos, putas, santos o simples comensales. La terraza de un café es escuela a su manera porque más allá del lugar donde te sientas, te arrellanas y pides tu cerveza fría es asimismo trinchera donde se echa panza arriba el cúmulo de circunstancias, elementos y respuestas que hasta hace dos segundos deambulaba oculto en tu cabeza.
    A tales asuntos les entraba cuando dos chiquillos se plantaron ante mí. A lo sumo tendrían siete u ocho años. El primero llevaba un bolso a las espaldas y el segundo ofrecía chicles, tabaco y caramelos. Señalo la caja de los mentolados y les extiendo un trozo de los panecillos que muerdo mientras leo. Ambos, vivos como ardillas, se miran a las caras y sonríen, aceptan, se abalanzan sobre el botín. Les pregunto sus nombres, los dejo decir, los escucho, charlamos un rato. Cuentan lo que ya sé pero que es necesario escribir: ayudan en la casa, trabajan, juegan en la calle y mientras juegan en realidad trajinan los centavos que al final del día entregarán a su madre, con quien viven desde siempre.
    Se despiden, dicen adiós con la palabra y con la mano. Yo también les regalo un hasta luego junto con el último pedazo de pan azucarado que nos queda. Al verlos alejarse tomo un sorbo de café y en silencio les deseo la mejor venta, buena tarde y buena entraña, mientras pienso que no todo está perdido, que en ellos va algo del futuro que todos luchamos por forjarnos. Y también sonrío, y regreso a la lectura, ahora con una emoción que me reconcilia con el mundo.

1/04/2019

Tinta, papel y lágrimas


    Soy del Carbonífero, de eso no cabe duda. Ante la pantalla del computador suelo actuar como perro frente a gato: cerril, gruñón, en definitiva bronco. Para qué decir no, si sí. En fin.
    Leo en estos días que una anciana ha recibido, luego de varias décadas, la misiva de amor escrita por su enamorado, un soldado británico muerto en la II Guerra Mundial. La carta fue encontrada hace poco, junto con muchas otras, entre los restos del mercante Gairsoppa, hundido nada menos que en 1941.
    Phyllis Pontting recibió la nota a la venerable edad de 99 años. Hace tres cuartos de siglo había aceptado la propuesta de matrimonio que le hiciera Bill Walker y dio cuenta de ello también mediante carta, con el inesperado desenlace referido arriba. A veces la vida juega al gato y al ratón mientras sus piruetas van desarrollando un entramado de sombras jamás tenido en cuenta por los protagonistas. Dice el periódico  que la señora Pontting se casó dos veces, es abuela de siete nietos y ya, por fin, se ha enterado de que míster Walker arrojó lágrimas de felicidad al saber del sí de la mujer amada. El Anagké, el destino caprichoso, dirían los griegos, sacándonos la lengua a placer.
    Les comentaba al inicio que soy del Carbonífero. La verdad sea dicha: reconozco el valor de los chips, de las pantallas líquidas y del silicio. Le doy y le sigo dando a la tecla en una hp como Dios manda  -aclaro: las Remington siempre me parecieron más hermosas, qué le voy a hacer-, pero me gotea el colmillo y una especie de brillo relamido me chorrea de las pupilas cuando el viento de relatos como el de Pontting sopla fuerte en plena era de la digitalización, bendita sea, y de los superconductores, el ciberespacio, los internautas y bla-bla-bla-bla-blá.
    Entonces frunzo el ceño, arrugo la piel de la nariz, enarco las cejas. Para serles sincero, me froto las manos y me pregunto qué habría sido de esta historia si el papel  -para alegría de ecologistas, progres y otros yerbateros de las buenas conciencias- termina, como sueñan éstos y otros notables sepultureros, encajado en algún reducto polvoriento de la memoria, en cierto romántico lugar de la nostalgia. Es decir, en el museo del ya nunca jamás.
    Lo que soy yo, creo de pe a pa que tinta y papel tienen bastante qué decir. Decir, claro, no sólo en el sentido literal  -la escritura de tu puño y letra, para que me entiendan-, sino un decir que trasciende el rasguño tipográfico y va a parar a los confines de situaciones, circunstancias, hechos y, en fin, suma de realizaciones aleatorias que acaban cogiéndonos por la pechera o doblándonos el cuello porque la vida es así, absurda a veces, impredecible, sorprendente, injusta, cruel, maravillosa, y muestra los dientes cuando menos lo esperamos, por ejemplo, gracias a esa carta escrita como se escribían las cartas, a mano, a lápiz, a ida y vuelta de correo con matasellos de por medio y todo el intríngulis que se les ocurra. Pontting y Walker, para más señas.
    Ya sé que soy un dinosaurio, no es preciso que me lo repitan. Lo que sí repito yo es que me gotea el colmillo, saliva pura, después de la noticia que el diario trajo una mañana cualquiera. Joder -me digo-, una historia que pudo haberse ido al carajo yace aquí, para que se sorprendan y admiren y piensen que no todo está perdido, vía tinta, papel y lágrimas. Es que aplaudo de pie. Por un buen rato aplaudo de pie.


CORDIALMENTE INVITADOS: 
("Noche de las ideas", tema: "De cara al presente").
Lanzada en 2016 en París, la Nuit des idées (Noche de las Ideas) reúne cada año a las principales voces francesas e internacionales para debatir sobre los grandes temas de nuestro tiempo. Así, año tras año, el último jueves de enero, el Instituto Francés solicita a portadores de la cultura y del conocimiento, tanto de Francia como de los cinco continentes, a celebrar la libre circulación de las ideas, proponiendo, durante esa misma velada, conferencias, encuentros, foros, mesas redondas, en torno a un tema común, que cada sitio ambienta a su manera.

Este año, para esta 3ª edición, debatiremos sobre la temática: “De Cara al Presente”. Para ello, la AllianceFrançaise de Quito invitó a cuatro instituciones quiteñas a formar parte de esta reflexión conjunta, cada una tratando el tema con un enfoque particular: el Fondo de Cultura Económica (enfoque social), el Instituto Nacional de Patrimonio (enfoque histórico), el Centro Cultural Benjamín Carrión (enfoque literario), y la Universidad San Francisco (enfoque económico). En cuanto a la AllianceFrançaise de Quito, presentaremos una reflexión sobre las distintas percepciones culturales frente al presente y la violencia que pueden engendrar.

DE CARA AL PRESENTE  INVITADO DE HONOR: Dr. Philippe CHARLIER.
Expositores: Dr. Julian García Labrador, Dr. Roger Vilain, Dr. Stéphane Vinolo, Dennis Schutijser y Dra. Nora Sigal.
"Las sociedades contemporáneas parecen haber perdido la concepción de los tiempos largos. En las políticas públicas, en la urgencia de la rentabilidad financiera, en la dificultad de los compromisos, en los trastornos del sujeto o en las redes sociales, se puede ver que nuestros tiempos se ha acelerado de manera vertiginosa. Pero ¿en qué medida podemos aceptar esta violencia del presente? ¿Qué humanidad se construye sin proyección ni memoria?".
Lugar: Alliance Francaise, Quito. 31-01-2019, 19h00.

12/28/2018

Afán de comprensión


    La gente busca por todos los medios comprender. Desde las matemáticas a la pareja, o el sentido que quiso darle fulano de tal a sus escritos, comprender ha sido el motor que mueve a esta cosa que llamamos mundo.
    Pues no. Comprender es el punto final de una aventura que, de no contar con semejante acabóse, crece y crece y se expande como un gas o, para darles un ejemplo literario, llega hasta las nubes de forma parecida al árbol de habichuelas en aquel cuento de la infancia. Al diablo toda comprensión y al fuego cuanta exégesis guindada de los pelos merodee a un palmo de mi caja craneana. De hermeneutas y maniáticos está lleno el patio pero qué va, conmigo no cuenten. He comprobado que el horizonte se hace mucho más infinito cuando la falta de entendimiento lo horada sin orden ni medida, hasta que la vista alcanza, jadea, se aplasta contra la nada.
    Cierta vez me dio por intentar comprender a diario. Comprender ecuaciones diferenciales, comprender la relojería del cerebro femenino, comprender el misterio de la Santísima Trinidad, comprenderme a mí mismo. En fin. No hay que decir lo rudo que pintó el paisaje, la nula claridad que logré obtener luego de semejante atrevimiento. Comprender, linterna en mano como si fuésemos Diógenes actuales equivale a perdición tan completa, tan segura, que sólo tienes que salir a la calle para comprobarlo. ¿Qué comprendes tú? ¿Qué comprende él? ¿Qué comprendemos todos? ¿Qué comprendes, Méndez?
    Cuando mis estudiantes confiesan que no pudieron comprender a Epicteto, que les resultó imposible entrarle a Kant, que ni en cinco vidas lograrían hincarle el diente al Tractatus Logico Philosophicus, les doy una palmadita en el hombro y los convido a unas cervezas. No lo vas a creer, pero toda comprensión es inversamente proporcional al ánimo de entendimiento absoluto, elevado al cubo, de quienes buscan conocer  a cualquier precio. No sé si me entiendas  -ni falta que hace-, pero a tal conclusión llegué después de muchas lunas. Tampoco me pidas que lo explique  -no serviría de nada-, porque habrás notado ya que el cerebro poco tiene que ver con el asunto. Y así.
    Cuando medio mundo se rebana los sesos en procura de agudizar el intelecto y machacar los secretos de cuanto le haga fruncir el ceño, yo enciendo mi tabaco y sonrío feliz. El otro día se lo confesaba a un primo, semanas después a un amigo íntimo, y fíjate que ambos reaccionaron con displicencia, tosieron, cambiaron rápidamente el tema y, en nobles gestos de comprensión hacia mí, terminaron por disimular su desacuerdo, su lástima, su preocupación por cómo yo, antaño racional, calculador, planchado, almidonado y cartesiano hasta los huesos, derivé en esto que no tiene pie ni mucho menos cabeza. Es que para comprender, como diría  Kafka, hay que irse lejos para seguir aquí.
    Eso: pie y cabeza. Desde que me convencí de lo evidente  -pie y cabeza dependen de variables demasiado escurridizas-, soy un hombre que por fin halló la luz. Entonces duermo como oso, pienso como me salga de la entrepierna y gozo más del sexo y los atardeceres. Quién lo hubiera dicho a estas alturas. Quién lo hubiera imaginado.

12/20/2018

La chifladura de Augusto Pérez Roth


    Pulsó el botón, eligió cociente intelectual, estatura, carácter, disposición para una buena salud en general y tiró de la palanca. Una cápsula blanda, como las que antaño funcionaban a manera de píldoras-medicamento, emergió de la máquina tragamonedas. El óvulo fecundado era denso, gelatinoso, una especie de caldo espeso que hacía recordar el mundo primitivo en que surgió la vida.
    Pensó en la isla de Margarita, paraíso del Caribe. Contempló paisajes, cocoteros despuntando a contraluz en el poniente. Sintió el oleaje lamiéndole los pies mientras daba algunos pasos por la playa. A lo lejos tres barcazas de tamaño respetable y un velero de menor calado cortaban el agua atravesando la bahía. Cliqueó enter y al punto, titilante, apareció la clave que llevó al lector láser de la computadora. Cerró los ojos, pasó por el escáner incorporado a la máquina para estos casos y de inmediato el olor a sal, a yodo, la luz del mediodía, la brisa marina haciendo de las suyas.
    Soñó un lugar inexistente, ciudad amurallada parecida a la de aquellos días del Medioevo. Cafés, fuentes de agua, jardines colgantes en las calles, libros, conciertos, vino tinto de un sabor profundo, dulce y amargo a la vez, como un ponto apenas inventado por cierto Homero de los nuevos días. Imagina, vislumbra, siente, presiona la tecla azul donde puede leerse go, y ahí va, al sitio concebido dos minutos antes.
    Augusto Pérez Roth es un hombre de mediana edad, un hombre como otros. Construye el universo a su imagen y semejanza, da cuenta día a día de sus afectos, de sus desesperanzas, echa mano de las oportunidades cuando puede y, en fin, vive aplastado por la velocidad del presente, que siempre ahoga y a veces mata. Sin temor a equivocarme puedo decir que es un ser metido de cabeza en el mare magnum de su época, cuya telaraña lo cubre como traje a la medida. Augusto Pérez Roth es, qué duda cabe, un digno representante de su tiempo.
    Subasta de antigüedades en una calle de El Cairo. Por supuesto, desea como nadie estar ahí. Introduce la contraseña en el teclado: como por arte de magia bullicio, aromas de especias que  atacan la nariz, objetos conocidos y extraños  apareciendo alrededor en medio de un callejón ruidoso, largo, que se extiende de izquierda a derecha y enseguida el idioma milenario, áspero, un árabe que a la postre es el mismo (¿lo es?) que una vez habló el profeta o los oficiantes modernos del extraño rito en que ha derivado la antigua religión.
    Escuchó tonos de voz, conocidos, presentes en esa masa informe que a veces termina siendo la memoria. Recordó esquinas, vio las casas de sus antiguos compañeros, bares, plazas, cines, rostros. Era su pueblo, el de la infancia, un sitio del que joven aún se despidió para no regresar nunca, siempre con la idea de exorcizar viejos amores, dolorosas rencillas, hondos conflictos que en ocasiones aplastan sin remedio. La tecla adecuada, otra vez el botón go y sin demoras el viento pueblerino alborotando sus cabellos.
    Luego, mucho después, recordó lo que se lee en enciclopedias de silicio y ha observado en hologramas de historia universal: un tiempo en el que era imposible no volar, no navegar o no lanzarse a recorrer kilómetros de carretera, sólo por dar un ejemplo, si querías llegar a algún destino. Imaginó los días en que resultaba imprescindible hacer el amor, unir los cuerpos, fundirse en orgasmos que desconocía si llevabas la intención de procrear. Contempló su realidad, suspiró, frunció el ceño en la sospecha de que un mundo mejor quizá podría llegar aún. Entonces ahí, en el sillón de terciopelo verde donde se hallaba reclinado, durmió como niño de pecho. Al despertar todo permanecía igual, como si nada.

12/14/2018

El olor de aquellos días


    A veces me da por recordar momentos, escenas de la niñez y adolescencia porque un aroma o un sabor se posan ahí mismo, a un lado de donde me encuentro, y  se convierten  en disparadores.
    Frente a mí Daniel lee The crazy Haacks, un libro que me pidió esta mañana. Ríe como nadie desde el primer párrafo, lo cual supone el mejor comienzo para una historia que me parece terminará más que enganchándolo. Por mi parte, sigo en mis trece: desde hace una punta de años leo y releo los libros de Julio Cortázar, además de aquellos que lo hacen tema de cabecera. Ahora me gotea el colmillo mientras echo una mirada a la primera página de una biografía que quizás valga la pena. Cortázar sin barba, de Eduardo Montes-Bradley.
    Pero les decía arriba que a veces me da por recordar ciertos momentos casi al modo de mirando llover en Macondo. Entonces, por ejemplo, llega nítida la imagen del tío Perucho, en la Upata de mi infancia. Enciendo mi tabaco y de seguidas van apareciendo escenas: yo jugando con un guante, una pelota y un bate de béisbol (fue el primero en regalarme tales cosas allá en su casa de la calle Unión número cuarenta y ocho). Era un tío de esos que también son cómplices. Murió hace no demasiados años, avanzados sus ochenta.
    Lo recuerdo feliz a los cuatro vientos con mil y una historias a flor de labios. Las veces que  visitaba nuestra casa daba por sentado que era un hombre de aventuras sólo comparables a las de Tarzán o a las de aquellos héroes que descubrí en los suplementos de la época y que esperaba cada semana en el quiosco de la esquina con suspenso y ansias apenas disimuladas: Kalimán, Arandú, Martín Valiente, Águila Solitaria. Digo esto porque en esos días tenía un trabajo que lo obligaba a viajar todas las semanas de Upata a Caicara del Orinoco por caminos imposibles, cuya travesía solía relatarme mientras yo escuchaba admirado, deseoso de emularlo alguna vez e imaginando peligros en la selva, retos formidables en los ríos que atravesaba, experiencias que deliraba por vivir ahí mismo, de inmediato, sin excusas, largas ni demoras. De una de sus expediciones a Caicara (aún hoy ese nombre me suena a lo que después hallé sólo en Salgari, Julio Verne o Joseph Conrad) me trajo como obsequio una pequeña linterna, muy hermosa, que guardé con celo en mi mesita de noche para en muchas ocasiones, entrada la madrugada, rescatarla con sigilo y encenderla en mi habitación que en ese instante era jungla tenebrosa, pantano traicionero, volcán a punto de hacer erupción, todos lugares lejanísimos infectados de fieras y alimañas.
    Pensándolo bien el tío Perucho, sin saberlo, anidó en mí la vocación de lector. Escucharlo contar sus historias lograba el efecto mágico de desear que esos relatos jamás se terminasen, para luego yo mismo intentar llevarlos al papel. Era un primer acercamiento al oficio de escritor que mucho después trataría de practicar con uñas y dientes. Tales son los recovecos del lenguaje, de la palabra oral o escrita, de la imaginación encendida si se cuenta con el estímulo adecuado.
    Doy una chupada al tabaco y me veo sentado sobre sus piernas a mis siete u ocho años, llevando el volante de su pick-up amarilla. Entonces me transformo en capitán de un barco enorme, en solitario conductor de un tren como los que aparecían en la tele, en piloto de un avión que avanza a gran velocidad por la pista antes de levantar vuelo.
    Era mi tío, pero desde que tengo uso de razón lo llamé papá. Como he dicho, me contaba historias, me recitaba poemas y reía a placer cada vez que entraba en casa y me llevaba a pasear en carro por el pueblo. En secreto, el niño que yo era siempre se jactó de tener dos papás y dos mamás (a mi abuela también la llamé así), motivo suficiente para sentirme tan afortunado como uno más de aquellos felices personajes, privilegiados, que protagonizaban sus relatos.
    Murió hace algunos años, como dije antes, y hoy escribo, fumo mi tabaco, leo junto a Daniel y añoro esos tiempos con nostalgia. Fue envejeciendo, yo crecí, hasta que llegó el día en que las cosas cambiaron y entonces fui yo quien comenzó a pasearlo. En el carro, a menudo los fines de semana cuando desde otra ciudad iba a visitar a mi madre, salíamos por un café y a dar unas vueltas. Caminaba con esfuerzo, lentamente, pero su humor y su lucidez  intactos eran armas contundentes, punzopenetrantes. Contaba, evocaba, como quien lleva en la memoria un pedazo del cielo, y me daba cuenta de que hacer lo que hacíamos, conversar, recordar, hablar de lo humano y lo divino terminó siendo una actividad a la que jamás renunciaría. Donde quiera que esté seguirá charlando como nadie. Y riendo como ninguno.

11/16/2018

Autoayuda


        Más de uno tiene la costumbre de poner de patitas en la calle a ciertos textos que llaman de autoayuda y créeme que, de entrada, discrepo.
    Supongo que la autoayuda en cuestión pasa por meter en el saco de los best-sellers psicológicos a cuanto libro indique cómo hacerse rico en cuatro días, ganar un millón de amigos o vivir sin preocupaciones en este valle de lágrimas. Vuelvo a discrepar.
    Sucede que el bicho humano es dispar y entiende A cuando otros dicen B, y viceversa. Lo que soy yo, prefiero llamar pan al pan y vino al vino: textos de psicología en sus casilleros, literatura monda y lironda en el suyo. Dicho esto, confieso que jamás he podido entender por qué diablos la autoayuda guarda tanta mala prensa. Es más, a estas alturas no concibo  -ya tengo canas en la barba, mira tú-  ninguna literatura alejada de la ayuda. Y de la autoayuda para ser exacto. Hablar de autoayuda, claro, es hablar de Fitzgerald, Hemingway, Borges o Cortázar, por el sencillo motivo de que no soy el hombre que soy, para bien o para mal, si la flecha envenenada de Rayuela no me hubiera atravesado hace una punta de años. ¿Me comprendes Méndez?
    No tengo la menor idea del plano en el que ubicarás a Leo Buscaglia o a Wayne W. Dyer, pongo por caso, pero de lo que estoy segurísimo es de que más psicólogo que ambos es Chesterton, acompañado por Montejo, Cadenas, Stevenson y Gary Romain. Nadie mejor que semejantes caballeros para meter el ojo por los recovecos del alma y salir con las manos llenas de pegotes y líquidos chorreantes que luego comparten con nosotros hasta reventarnos el espejo en plena cara. Y así.
    No sé si me explico, pero jamás de los jamases he regresado indemne luego de El cumpleaños de Juan Ángel, Pedro Páramo o La piedra lunar. Digo más: cada vez que los abro lo hago entre otras cosas por razones de autoayuda, que no es poco afirmar, dime tú si no. Para soportar cuanto me rodea, para soportarme a mí mismo, para curarme de males de cualquier pelaje y para atragantarme de fuerza vital, que tampoco es concha de ajo. Fue en un libro donde me ayudé (o autoayudé, si lo prefieres) a aguantar, a seguir, a dar un paso y otro y otro luego de la muerte de mi padre, y es en la literatura donde me autoayudo todos los días desde que tengo uso de razón.
    Cuando entro a una librería y observo en los anaqueles el rótulo de historia, filosofía, literatura y la consabida autoayuda se me erizan hasta las uñas y me da la impresión de que el mundo va por allá mientras yo pululo por aquí, lo cual no es que sea trágico ni mucho menos. Toda literatura que se respete es de autoayuda, para decirlo de una buena vez, por lo que si no termina siéndolo, anda entonces más cerca de la trigonometría o de la gimnasia rítmica que del noble arte de utilizar el lenguaje para crear mundos. Entonces ya, hasta aquí. Y a ver si me he explicado. A ver.

11/09/2018

Hija de la gran puta


    Me cuenta el dueño de una librería-café recién estrenada en la ciudad un asunto que termina por ponerme los pelos de punta.
    A veces cuanto imaginamos se ubica sobre la línea de flotación de eso que llamamos realidad. Yo, que ando por la vida buscándoles cinco patas a los gatos, sé bien de lo que hablo, por lo que te juro que si poseo algo para rato es mi capacidad de asombro. Andar buscándole la quinta pata al gato supone cuando menos darse de bruces con lo extraño, con lo agarrado por los pelos, con lo jodidamente increíble, y no siempre para bien.
    En una ciudad donde no sobran las propuestas a la hora del hecho literario, de la plástica o de la música, mi amigo invirtió dinero, energías y tiempo en una librería distinta. Mi amigo se atrevió con un café-librería que es también un sueño a base de deseo porque otras cosas pasen, relativas a la creación, a la poesía, al arte por donde metas el ojo, en fin.
    Su idea cuajó en un espacio magnífico para el encuentro, el abrazo, la conversa, donde es posible tomarte un café o empinarte una copa mientras hojeas algún libro y al fondo suena el último disco de tu banda preferida -el libro lo compras o no, te lo llevas o no, pero siempre queda la posibilidad de echarle un buen vistazo, incluso de leerlo ahí mismo si te sobran tiempo y ganas-. Lo cierto es que mi amigo apostó fuerte: lo menos fácil si se trata de ganarse unos centavos, cuestión de vida o muerte si pretendes labrarte el pan de cada día. Pero hubo fortuna, o buena suerte o qué sé yo. Su idea cuajó, como lo dije arriba, de modo que las cosas marcharon rumbo a horizontes más abiertos, cálidos, prometedores.
    Hasta que ocurrió lo que colinda con el disparate. Pasó lo que  tiene que pasar si el realismo mágico comienza a chorrear por los poros de lo cotidiano. Tenían razón García Márquez, Carpentier o Úslar Pietri: aquí no hay que inventar el universo patas arriba porque éste se construye a sí mismo, brota en los árboles, sucede desde la normalidad monda y lironda. Ocurre que un buen día la librería fue denunciada a las autoridades por un vecino purista, uno de esos individuos salidos de un cuento sombrío, gótico por todos los costados, para quien una metáfora, un párrafo connotativo o un sencillo verso libre son el enemigo, el infierno, sinónimos de perdición.
    La librería fue señalada, acosada y por último multada, porque en ella se leyó una noche poesía. Sí, cáete de la silla, levántate, sacúdete el polvo y créetelo. Ahí se leyó poesía, se celebraron cánticos en honor a Neruda, a Machado, a Szymborska, a Montejo: alguien tomó la palabra, dejó en el aire su pulsión erótica, o su nostalgia por otros momentos y otras tierras, y así. Entonces el cancerbero de la libertad, la inquisición estúpida que respira en pleno siglo XXI  levantó sus orejas y apuntó, tirando del gatillo.
    Que un lugar donde reinan la literatura, la música, la charla y las ideas termine nada menos que con una multa elevadísima por la razón de que micrófono en mano se lanzaron poemas al viento, porque la poesía erótica dijo presente, porque las palabras culo o semen o tetas atravesaron el aire sin alcabalas de por medio, es cuando menos una aberración. La realidad saltándose a la torera los más elementales gestos en favor del espíritu libre, de la civilización. Un mundo a contrapelo de la humanidad, que es, dime tú si no, por supuesto y sobre todo arte, belleza, experimentación, apuesta por lo que en verdad vale la pena y ruptura constante. Eso: ruptura a cada instante. Pero otra vez alzó cabeza la policía del pensamiento, a la vuelta de la esquina, haciendo de las suyas. Otra vez y aquí no ha pasado nada. Hija de la gran puta.

9/05/2018

Enigmas cotidianos


    Una lavadora es un enigma de material ferroso. Me explico: esas máquinas para la limpieza guardan en las entrañas vaya uno a saber qué, pero lo cierto es que allá adentro, en las profundidades de las tuberías, de ciertos compartimentos inefables o del pozo que llevan como panza, deambulan elementos que hemos dado por perdidos. Una media, pongo por caso, aquél sostén de encajes rojos, el pañuelo del abuelo. En fin.
    Desde niño me he preguntado qué habrá en el fondo de semejantes oquedades. A mis seis o siete años juraba que esos monstruos lavatorios comprendían raras variantes de dragones, animales extraordinarios listos también para lanzar fuego ante enemigos de la peor calaña, pero ya ven, me he enterado con el tiempo de que un agujero negro  yace incrustado de cabeza  en tales artefactos. Tal cual, así como lo lees.  Es que es parte de su anatomía.
    Los botones perdidos de tantas camisas, ¿adónde fueron a parar? ¿Existe un mundo diferente cuya desembocadura es el fondo de una lavadora? Lo que soy yo, estoy seguro de que sí. Las trenzas de aquellos zapatos que jamás aparecieron, la llave olvidada en un bolsillo y que se coló en el vientre de ese ser, un par de monedas que corrieron igual suerte, ¿dónde están? ¿Por qué razón nunca he podido dar con ellos?
    El fondo de una lavadora, pensándolo bien, quizás tiene bastante que ver con el otro lado de cualquier ventana. Éstas, si te pones a ver, tienen un punto de fuga equivalente al abismo de la Mabe, de la General Electric, de la Electrolux. Y no digamos ya el escaparate  -¿te has puesto a imaginar las conexiones entre tu lavadora, tu ventana y un escaparate?-. Un escaparate es el vientre de la ballena sin lugar a dudas. El cuarto oscuro de los terrores infantiles ante el que una asomada disparaba tétricas historias, cuentos abominables, es decir, el hecho helado del horror concentrado en un único punto de tu habitación.
    Ahora que lo pienso, la desembocadura del escaparate lleva sin desviaciones a los intestinos de la lavadora, y de aquí al otro lado de la ventana no hay más que pocos pasos. Tres objetos tan disímiles comparten un secreto jamás antes explorado, lo que supone echar manos a la obra y escudriñar con ahínco hasta dar cuenta de domésticos misterios que nos aplastan la nariz. La hebilla extraviada en el escaparate con toda razón aparece en el fondo de la lavadora y la mujer que miras a través de tu ventana lleva puesto el suéter que horas antes dormitaba en el armario, colgado de su gancho. Se hace la luz, ahora lo comprendo todo.
    Trilogía perfecta, nudo que las ata más allá del día a día: lavadora-ventana-escaparate como anuncio del alfa y del omega, de principios y de fines. Premisa y conclusión, causa y consecuencia. Por su puesto que se hizo la luz, dime tú si no, anda, es que dime tú si no.

7/04/2018

Venezuela adentro


    Acabo de leer un texto de mi amigo Juan Guerrero, venezolano como yo y también colega profesor universitario. Por años compartimos trabajo en nuestra entrañable Universidad Nacional Experimental de Guayana, en Puerto Ordaz, hasta que él, jubilado, se fue con su pareja a otras tierras mientras yo salí del país gracias a una plaza que obtuve en algún  lugar remoto de la Mancha.
    El artículo del buen Juan   -"Humillar la academia"-  es claro y conmovedor. Allí expresa, con toda la crudeza de una realidad que asombra e indigna, el patético escenario que una panda de gansters terminó instalando en la academia venezolana. Juan Guerrero cuenta cómo la inmensa mayoría de colegas sobrevive con ingresos que apenas alcanzan el dólar y medio en un mes. Cuenta además con pelos y señales la labor hercúlea de quienes llevados a la miseria por la ignominiosa perversión de un gobierno criminal, se entregan en cuerpo y alma al norte que nunca han perdido de vista: enseñar, crear conocimiento, hacer del país un lugar que a pesar de los pesares se resiste a caer de rodillas, vencido, ofendido, mancillado. La universidad venezolana, hay que decirlo con todas sus letras, es de las pocas instituciones que permanece en pie, en plena lucha por continuar respirando. La dignidad, a flor de piel, le chorrea por cada poro.
    Es natural, desde luego, que el tenebroso panorama que voy describiendo se haya transformado en realidad monda y lironda y trascienda los muros de lo increíble para transformarse en hecho normal de una nación potencialmente riquísima. Quienes aplastaron disidencias y usurparon el poder han perpetrado semejante ruindad con la certeza de tener a Dios cogido por las barbas, craso error que  -es importante aseverarlo-  un poco más acá o algo más allá pagarán rendidos ante la justicia. Ya hace bastante que Karl Popper vislumbró con genio cuanto puede ocurrir si desde el gobierno se asesina la libertad en nombre de la igualdad o la ideología: el caos, la tiranía, la incapacidad para vislumbrar en el otro el espejo del quehacer individual propio y ajeno. La cultura democrática, sostenía el pensador austríaco, debe ser atravesada por un espíritu libre en cuyas entrañas anide la posibilidad del error. Las verdades absolutas, aquí, tienen patas cortas. Chávez primero, luego Maduro y sus esbirros, son la encarnación venezolana de la locura colectivista a propósito de lo que el mismo Popper llamó “miseria del historicismo”, es decir, creer con fe de carbonero que el futuro está marcado a fuego, prefigurado por la lucha de clases y las relaciones de producción, ante lo que sólo cabe dar el empujón final desde la planificación llevada a cabo por un puñado de burócratas. Entonces, según estas mentes afiebradas, se traerá el Paraíso a la Tierra.
    La verdad es que semejante guion ha sembrado de hambre, de cadáveres y de dictaduras a las desdichadas regiones donde se ha pretendido imponer. Nicolás Maduro, hoy, es otra vez el espantoso y vivo ejemplo de que decapitar las libertades consiste en camino expedito para desgraciar a los pueblos. Venezuela sufre en carne propia las consecuencias lapidarias  de un hacer desquiciado que ojalá nunca vuelva a suceder en el futuro. Luego de que la pesadilla acabe, después de que Maduro y sus cómplices paguen por sus crímenes, la lección debe ser aprendida: el futuro es un producto de la creatividad humana, no preelaborado, y la verdad  -así, con minúsculas-  es un constructo al que se llega poco a poco, gracias al ensayo y error, tal como Karl Popper mostró  en sus demoledores trabajos. La verdad que creen tener aprisionada en el puño un Chávez, un Maduro y tantos otros fieles al dogma marxista, no es tal.  Nuestro futuro como pueblo, como género humano, de ningún modo  es ese derivado que propician funcionarios encerrados en despachos, rumiando utopías mientras matan de dolor y hambre a los ciudadanos.
    En su artículo Juan Guerrero escribe con sentido de la realidad, con tino, con valentía, y denuncia una vez más cuanto debe ser mostrado con inteligencia, con pedagogía, sin pérdida de tiempo, para que voces críticas  -las de siempre y otras nuevas-  continúen mostrando la conducta imperdonable de un atajo de bandidos. En contra de lo que Guerrero simboliza, resulta de un patetismo sin nombre el que ciertos escritores, artistas, gente de pensamiento y de ideas, callen, miren para otro lado, den la espalda a la tarea más noble e imprescindible de todo intelectual: pensar con cabeza propia, mostrar el pus donde se encuentre, alzar la voz frente a crímenes de lesa humanidad. Son muchos los que por conveniencia, comodidad o cobardía hacen silencio. Pienso en Luis Brito García, en Ignacio Ramonet, en Laura Antillano, en Gustavo Pereira, en Néstor Francia, avestruces que sin una gota de vergüenza erigen el vivo corolario de aquella “ceguera voluntaria”, descrita por Jean Francoise Revel.
    Hoy por hoy no cabe la más mínima duda de que la desgracia del chavismo instalada en Venezuela tiene pies de cartulina, asunto que, más temprano que tarde, acabará en desplome, como sucede con regímenes que encarnan espíritus de destrucción, de miseria, de muerte. Entonces brillará otra vez el sol.