7/17/2011

La ciudad que va siendo

Del libro "Pensar la ciudad" (Fondo Editorial Universidad de Guayana, de próxima aparición).


Pensar esta ciudad supone caer en cuenta de que al hacerlo elaboramos una crítica. Basta abrir los ojos para notar las carencias, el déficit de elementos que deberían darle forma a un lugar mucho más amable para vivir.
Se me ocurre que vale la pena comenzar por ahí: una ciudad es un lugar, pero no uno cualquiera sino aquél, en el mejor de los casos, elegido para asentarse, para hacer vida, para morir. Una ciudad es el topos humano por excelencia, que a fuerza de martillo y cincel, es decir, mediante la construcción de lo urbano, y de ciudadanía, crea el ethos, la personalidad, el nudo fundamental que la va a caracterizar en el tiempo.
La ciudad que tenemos, ésta entre ríos, implica una madeja de entrecruzamientos, de hilos que van y vienen y se superponen, que es necesario intentar vislumbrar, revisar con ojo escrutador, pues el lugar que habitamos es mucho más que un conglomerado humano, bastante más que un territorio conquistado, infinitamente más que un asentamiento urbanizado.
Una ciudad es por supuesto una trama cultural. La ciudad termina conformando el punto de fuga de una maceración que todos los días va haciéndose, para lo cual resulta clave el sentido de la vida perseguido por quienes la hacen posible. Es hechura de su gente, es la amalgama final, cambiante, dinámica, que muchas manos en labor permanente impulsan a existir.
Para que lo anterior se dé, para que la ciudad que revisamos hoy se fragüe en habitable, vivible, y se transforme en espiritualmente digna de permanecer en ella, resulta fundamental el juego articulado de distintos ámbitos. No se trata de un grupo de edificios, de una vialidad determinada, de cloacas o escuelas bien dispuestas. Nuestra ciudad exige que sus múltiples aristas, sus ángulos diversos, formen en verdad la estructura interrelacionada sin la cual el espacio que habitamos deriva en caricatura de lo que podría ser.
Y lo que podría ser requiere del abrazo entre factores que tienden puente hacia lo integral. Podemos afirmar que la ciudad, ésta que nos cobija, fue ideada, fundada, labrada para exaltar y desarrollar lo humano. En este sentido no es mero instrumento, herramienta o elaboración sólo con valor de uso. Por el contrario, supone parte de nuestra existencia, nos contiene y la contenemos, nos influencia y la influenciamos, la hacemos y nos hace. Es la dialéctica del hombre citadino sin la que terminamos alienados, habitantes sin expectativas, números, datos, estadística que circula, que se mueve por calles o aceras pero que no se integra e incorpora, que no hace parte del alma de esa ciudad única que llega a alimentarlo, y viceversa.
¿Es la nuestra una ciudad que suma integralmente, que permite el diálogo fluido entre sus partes, o sólo privilegia la yuxtaposición de lo que la conforma? ¿Qué la conforma? Si hacemos un ejercicio de observación es posible darse cuenta de que esta ciudad tiene mucho y tiene poco, es decir, es una con semáforos, centros comerciales, parques, universidades, instituciones, y es una que le da la espalda a dos ríos, con servicios públicos calamitosos, con muy pocos espacios para la cultura, insegura, ruidosa, carente de una plataforma efectiva de saneamiento ambiental a la altura de su industrialización. Poseemos un ideal de ciudad, aquello que hace décadas originó lo que a la postre derivó en mito: el de la ciudad planificada. Habría que preguntarse hasta qué punto, en verdad, planificamos hoy. Integrar los factores que dan vida a la ciudad, propiciar el diálogo entre ellos, es lo que en buena medida permite hacer ciudad. Lo ambiental, lo educativo, lo cultural, lo religioso, lo estético, lo ocioso, lo político, lo público, lo privado, la salud, lo institucional. Todo ello tiene que evidenciar una síntesis, para lo que la ciudad (y sus engranajes) trasciende en calidad de vida, se eleva a altas cotas de humanidad, de armonía, creadas por nosotros.
Nuestra ciudad va siendo la sumatoria de las partes que arroja un todo disonante. Va siendo la suma de factores que la hacen posible, pero sin la concatenación interrelacionada que le otorgaría condición vivible, humana, de hogar más que de lugar en el que somos transeúntes permanentes. ¿Dónde están sus teatros? Precisamente alejados, fuera de ella. ¿Cómo nos movemos por sus calles?, con un sistema de transporte indigno y vergonzoso cuyo apelativo (perrera), deja entrever desde el lenguaje la catadura de su realidad social. No, no hemos logrado integrar los elementos que harían de esta ciudad una más espiritualmente elaborada.
Resulta provechoso, aquí, leer a Henri Lefevre (1978: 64): “La ciudad es una mediación entre las mediaciones”. Esto implica que sus estamentos se dan la mano, dependen los unos de los otros, median para conformar la mejor ciudad posible. “La ciudad es obra, más próxima a la obra de arte que al simple producto material”, nos sigue diciendo el pensador francés, asunto que la ubica en el más alto pedestal de las elaboraciones sociales humanas. Obra de arte en tanto se piensa y se crea para lo humano, para aquello que estamos llamados a desarrollar, en lo científico, en lo tecnológico, en lo artístico, en lo político, en los contextos que dibujan el amplio abanico de los intereses y quehaceres del hombre moderno. ¿En qué punto, al respecto, nos encontramos si pensamos en la ciudad que vamos construyendo?
Fijémonos nuevamente en lo que sostiene Lefebvre (1978: 66):

"La ciudad fue y continúa siendo objeto, pero no lo es a la manera de un objeto manejable, instrumental determinado, este lápiz, esta hoja de papel. Su objetividad u objetalidad podría acercarse más bien a la del lenguaje que los individuos o grupos reciben antes de modificarlo, o a la de la lengua (una lengua determinada, obra de una sociedad determinada, hablada por unos grupos determinados)".

Es decir que la ciudad que maceramos, y de ahí el ethos particular de cada una, consiste en la realización de un grupo humano que conforma y perfila la urbe en la que transcurrirá su día a día, su cotidianidad. Como el lenguaje, que cambia (lo cambiamos), se modifica (lo modificamos), se desarrolla en función de las necesidades de los usuarios. La ciudad refleja nuestra interioridad y termina concretando los deseos íntimos que a propósito de ella patentizan sus pobladores. Con razón Luis Castro Leiva (1991: 31) manifiesta:

"Toda ciudad queda en un lugar. No todo lugar queda en una ciudad. Este banal ovillo debe comenzar a desarrollar su madeja de algodón mental. Me hago aquí una pregunta: ¿qué modificación deben padecer los lugares para acceder a la propiedad de una ciudad? Es decir, ¿qué forma deben tomar nuestros hábitos para que una estancia, un sitio, un punto, se pueda convertir en un lugar que obligue al retorno, a la permanencia, a la sede del prospecto de querer vivir y morir en él?"

Se ha dicho que esta parte de la ciudad (Puerto Ordaz) es aluvional. Fue haciéndose sobre la base de un proyecto industrial cuyas consecuencias más evidentes son la falta de arraigo, de identidad, de pertenencia al nicho de vida que toda ciudad representa, simbólica y concretamente. No obstante, de algunos años a esta fecha tal condición ha cambiado notablemente. Existen ya generaciones de individuos nacidos y crecidos aquí, lo cual muestra que ellos, con mayor razón y fuerza, tendrán que responder en buena parte las interrogantes que se hace Castro Leiva, tendrán que continuar, seguramente con superior sentido de pertenencia y empuje, la proyección de la ciudad que va dejando de ser sólo lugar.
Continúa afirmando Castro Leiva (1931: 33):

"Las costumbres son nuestras querencias establecidas en acciones, en actos, en convenciones, en inclinaciones, en afectos estables, en emociones represadas, en vivencias, en caracteres. Digamos, nuestro propio teatro universal".

Por esa razón nos ha advertido así mismo que “la habitabilidad es una disposición moral”, y entonces me hago la pregunta, ¿hasta qué tanto lo que expresa Castro Leiva se cuela, se deja entrever en la ciudadanía activa de esta ciudad? ¿Hemos macerado la urbe que deseamos, que soñamos, a fuerza de acciones, actos, vivencias, etc.? ¿Lo estamos realizando con el ímpetu y la fuerza necesarios? No pretendo dar respuestas contundentes, y mucho menos definitivas. Me temo que no las hay. Nada más alejado de mi disposición y de las posibilidades de este ensayo. Me anima la idea de pensar críticamente la ciudad que juntos inventamos a diario, y hacerlo exige preguntar, repreguntar, para intentar la reflexión común.
Vivir donde vivimos, levantarse y acostarse aquí, en múltiples vertientes supone la sobrevivencia llana para todos, para acaudalados o miserables, para sabios o ignorantes, para tirios o troyanos, pero también implica percatarse, con alegría infinita y casi como una particularidad poco dada a otros parajes y geografías, de la calidez de la mayoría, de la esperanza, de la jovialidad, del sentido del humor y de la tolerancia general observable en sus habitantes. Es preciso imaginarnos en una ciudad del siglo XXI, perseguirla, actuar en consecuencia, realizarla, percatarnos de que en un mundo globalizado, en plena era del conocimiento, es apremiante, clave, tomar derroteros que involucren educación, tecnología, ciencia, humanidades. Cabe lanzar la interrogante: ¿labramos una ciudad moderna? ¿Tenemos en verdad “acceso a” y disfrute de lo moderno? ¿Podríamos afirmarlo sin ambages?
Los problemas de la ciudad que ocupamos son variados y muchos. Obedecen en gran medida a la dejadez y a la desidia, también a la indolencia, y no se conciben sobre la base de buscarles soluciones abrazadas con lo bueno que tenemos, para crear un todo que sobrepase a la suma de las partes. Resulta entonces que la ciudad se hace disonante, atropellante, con groseros contrastes entre lo más amable y lo más áspero que alberga. Arturo Almandoz (1991: 57) expresa algo que es importante atender:

"La grandeza de una ciudad no se mide por su tamaño o densidad, se mide realmente por su capacidad para contener armoniosamente las diferencias y contrastes que concurren en su heterogeneidad, se mide por su capacidad de continente de lo diverso: es ése uno de los atributos de toda gran ciudad".

Lo expuesto indica que la idea pasa por propiciar la armonía, la integración urbana en función de que lo heterogéneo sea cada vez menos porque, entre otras razones, la homogeneidad de la ciudad tiende, a fuerza de trabajo y elaboración urbana, a que las disonancias se minimicen. Así, podemos percatarnos, siguiendo la pista de las ideas de Almandoz, (1993: 17) de que

"La urbanización es un proceso multidimensional que involucra cambios territoriales, demográficos, económicos, sociales y culturales: ella implica no sólo el mero hecho concentracional de una población en un territorio, sino también (y acaso más esencialmente) los cambios en los términos de relaciones sociales entre los individuos y en sus formas de utilización del espacio, así como también en sus patrones culturales".

En efecto, la urbanización entonces pasa por la creación ineludible de patrones culturales. La ciudad genera una intrincada red de símbolos que desde diversas perspectivas se codifican y recodifican nuevamente. Instaura una madeja de signos, y el arte, aquí, toma semejante bagaje propiciando a su vez un imaginario citadino que le es inherente.
Entendemos la ciudad, nuestra ciudad, a partir de lo que simboliza, y en torno, también, de lo que la literatura, la pintura, la escultura, lo artístico procurado en su seno, nos dice. Cierta identidad va cobrando fisonomía en el vivir y el convivir, tejiendo sus redes a propósito del laberinto de imágenes, de sueños, de esperanzas, de anhelos, depositados y alimentados en la urbe que hacemos nuestra. Es lo que hemos perfilado, es lo que hemos ido creando. Leer a Francisco Arévalo, por ejemplo, un escritor que interpreta la ciudad y la envuelve en el lenguaje de lo poético, de lo que capta en ella como material inmejorable para hacer literatura, exige reconocernos ahí, en el universo mítico-simbólico de este territorio, de este espacio y de este tiempo humano que nos cobija y cobijamos.
Lo intangible asociado a la ciudad forma parte de ella en idéntica proporción a lo que corresponde su tangibilidad. Lo manifiesta claramente Almandoz (1993: 19-20):

"La estructura literaria existente sobre una ciudad (…) es algo determinante e informante de nuestro entendimiento sobre ella como puede serlo su misma estructura física. En este sentido, acaso puede hablarse de una aproximación fenomenológico-literaria a la ciudad, que paradójica y maravillosamente, puede incluso ocurrir a distancia. Y es por todo ello que también podemos afirmar que las ciudades devienen míticas sólo en la medida en que existe una literatura sobre ellas, literatura que (así como lo han hecho posteriormente el cine y la televisión) se encarga de mitologizar sus calles, plazas, sus habitantes y costumbres".

Nuestra ciudad ha sido y es reinterpretada por el discurso literario, y ese hacer da cuenta de ella y le reclama, dialoga, la acaricia en lo mejor que posee o la rechaza a veces, en lo peor, pero siempre edificando un imaginario que se colectiviza y nos pertenece a medida que la obra literaria madura, crece, circula, se incorpora a la tradición.
La ciudad que habitamos se densifica, se concentra, se problematiza y cada vez, a pesar de los pesares, estamos aquí para humanizarla, para indagar las maneras de hacerla más digna, y en fin, de lograr mayor felicidad en ella. Es una labor, no por ciclópea, menos posible. El imaginario citadino que insistimos en procurar, en concretar, junto con la estructura física que consolidamos, permite amasarla a diario, sentirla, padecerla, disfrutarla, parirla como nuestra. Queda mucho por llevar a cabo. Vale la pena, después de todo, recordarlo en estas líneas.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS




Lefebvre, Henri.(1978). El derecho a la ciudad. Barcelona: Península.

Castro Leiva, Luis.(1991). “Filosofía de la ciudad”. En: VV.AA. Filosofías de la ciudad. Caracas: Equinoccio.

Almandoz, Arturo. (1991). “Atributos de ciudad”. En: VV.AA. Filosofías de la ciudad. Caracas: Equinoccio.

----------------------. (1993). Ciudad y literatura en la primera industrialización. Caracas: Fundarte.

2 comentarios:

Mutis dijo...

Muy buen ensayo, crítico y objetivo como sueles escribir.
Un beso.

roger vilain dijo...

Pues sí, es parte de la apuesta,señalar algunas cosas, decir, intentar expresar (y compartir) lo que nos parece hermoso o detestable, digno del olvido o del rescate.
Gracias por ojear mis tonterías. Beso también.