10/15/2011

La duda virtual

Un correo electrónico es un correo electrónico. Usted ingresa a ese espacio y ahí están sus cartas y sus fotos y las noticias que le mandan. Pero también es un lugar para el misterio. Por mucha asepsia que encuentre en medio de pulidos bytes o higiénicos párrafos cibernéticos, aparecen sin que nadie los espere otros personajes, algo así como los no convidados a la fiesta, especies de duendes venidos quién sabe de dónde.
Me explico. Ayer, para no ir muy lejos, abrí el correo y la mensajería estaba a reventar. Treinta sobres recién llegados titilaban esperando el click. Dos de un viejo amigo, uno de la universidad, veintisiete cargados de fantasmagórica presencia. Cuando no son bombas infecciosas (¿qué cara tendrá un virus digital?), es un avisito de tal o cual resort notificándome la gran noticia: he ganado el sorteo grande. Debo darme con una roca en los dientes. Una semana gratis, completamente gratis, en el Mediterrané de Martinica. Alegría de tísico, claro. Todo un burdo truco para que termines desembolsillando incluso más que sin premio de sorteo. Sumo y sigo. Cuando no es el curioso envío de algún interesado en que te largues del país (obtenga ya, ya, pero ya su green card, y llévese el perro, el loro y hasta el gato!), es la publicidad del Paraíso en la Tierra: ungüentos, aparatos, bebedizos, grageas para agrandar el miembro masculino, en minutos, o en segundos, sin esfuerzo, sin reacciones secundarias y sin público que aceche. Total privacidad. Resultados garantizados o le devolvemos su dinero.
Entonces uno se pregunta, frunce el ceño, encoge los hombros. Un correo electrónico casi viene a ser la pieza oscura al final del corredor, o el ático sembrado de telarañas que es lugar común en ciertas películas de Hollywood. Hay de todo. Cabe todo. Así tenga usted una cuenta de lo más discreta, resguardada sólo para amigos y conocidos más o menos cercanos, siempre hallará en su bandeja de entrada la extraña invitación a conocer más gente. Un correo electrónico es la versión digital de aquella horrible canción del brasilero: "Yo quiero tener un millón de amigos...". No faltará, júrelo, el dato que necesitaba, aquella información que cambiará su vida para siempre según el ardid publicitario que le aplasten en la cara.
Trato aparte merecen las cadenas. No las gubernamentales, que ya son el colmo de la intromisión y del embuste, sino esas variaciones sobre un mismo tema que viven de morderse la cola, de repetirse hasta el infinito. Alguien escribe sobre la machaca (¿qué coño es la machaca?, se pregunta uno mientras borra de un tirón el mensajito), y durante toda la mañana se desatará, para perplejidad, rabietas y posterior resignación, un verdadero ataque postal. Luis, Pedro, Miguel, Yisel, Raúl, José, Yusmira, Rosney, Amagdilis, John Alejandro, atcétera, etcétera, etcétera, desfilarán como si nada por la pantalla de su computadora. Son las cadenas, que vengan de donde vengan, terminan copando lo poco que queda en el maltrecho espacio libre donde se guardan los mensajes y consumiendo la última gota de paciencia.
Un correo electrónico, pues, es un misterio. Obvio. Tan misterio que el Santo Grial de la Modernidad trocada en chips lo fraguan miles de invasores, botellas lanzadas al océano virtual que no sabemos cuándo y cómo atracarán en nuestros puertos. Pero de que llegan, llegan. Yo, que tengo pocos amigos, que estoy contento con mi ciudadanía, que me conformo con lo que tengo entre las piernas, así no más, tal y como vino al mundo, sin potages o saumerios para la virilidad, daría lo que fuera por espantar la invasión, por conjurar el terror, por acabar con los duendes, por colocar de una vez a buen resguardo el ámbito de la mensajería de textos.
Pero la duda es la duda, y caes. Ahí se presenta, en la encrucijada que implica mover el dedo y hacer click o no. Entonces te decides, abres finalmente ese mensaje de lo más enigmático, oprimes el botón y ya, se acabó, condenado para siempre, das luz verde a un virus que se mete en las entrañas de tu máquina, que destroza el mundo de virtualidad tantas veces labrado a tu medida.

4 comentarios:

Dra.Teraiza Mesa R. dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Dra.Teraiza Mesa R. dijo...
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Halcón Peregrino dijo...

Ese es el mundo que nos toca vivir, para bien o para mal. Bombardeados permanentemente por la virtualidad, que a veces agobia y a veces gratifica.

Abrazo.

roger vilain dijo...

Dra. Teraiza, así es el mundo virtual, ajeno y propio, lejano y muy cercano. Gracias por su visita y por sus palabras. Un abrazo.

Halcón, bombardeados por la virtualidad, sí, pero no por ello necesariamente vícitmas. Cada quien sabe lo que hace. Gracias por aproximarte a mis rasguños y abrazo que se sienta.