4/20/2012

Pasan los días

Pasan los días y el espectáculo de la política local, como siempre, ofrece mucho circo y poco pan. Sobre todo cuando el ejercicio del poder muestra el balance en rojo de catorce años de alharacas, mediocridad y desvergüenza. No es que en la oposición las cosas resulten muy benditas, pero en el oficialismo se batieron todas las marcas de ineptitud entremezcladas con insensatez. Un cóctel pésimo para el estómago. Una vez escuché a un intelectual gobiernero decir por todo el cañón, sin mínimo atisbo de pudor, que aquí la inclusión, social y de cualquier pelaje, había llegado para arrellanarse en un sofá, para quedarse. No le tembló un músculo de la cara. Al poco, Chávez en sus cantaletas diarias sonreía a placer porque en este país de inteligentes alguien, que rasguñaba versos, reconocía una realidad que de pura verdad si te descuidas puede llevarte por el medio, puede aplastarte la nariz. Confieso que a veces, cuando la cola del banco está gorda, me da por imaginar qué pasará por la cabeza de estos señores escritores cuando estos señores escritores intentan que una de sus neuronas, seguida de otra, y de otra si algo queda, hagan esa cosa que dieron en llamar sinapsis. Este gobierno, creador del apartheid político más espeluznante en la historia venezolana (la execrable lista de Tascón), pretende darse el lujo de aleccionar a propósito de ética, conducta democrática, derechos humanos y otras menudencias por el estilo. El intelectual de marras, personaje de cuyo nombre no vale la pena acordarse, gozaba sintiéndose un progre posmoderno, exquisita pieza de esa izquierda caviar que ni olvida ni aprende, y se movía y se mueve aún como liebre que hace surfing en las playas de la bolivariana ideología tercermundista. Una izquierda feliz a la hora de los acomodos, los carguitos, las prebendas, los premiecitos oficiales. Una izquierda con tufo a scotch 18 años, temblorosa ante el caudillo, babieca ante los Castros de este mundo, admiradora de la cárcel más grande y más longeva del Caribe. Pasan los días y se acumula la esperanza. Al momento de votar (no hay cañoneras de potencia alguna apuntando para acá, no hay marines desembarcando por La Guaira, no hay tiempo para inventarse sagas cinematográficas o épicas de combate en las montañas, mentiras legitimadoras, ataques del imperio), digo, al momento de votar, justo en ese gesto occidental tan poco estridente, tan de bostezo (apretar un botón, elegir) el dedo índice se transforma en puntapié que va directo a las posaderas presidenciales. Así cobran los demócratas, tal es el perfomance del futuro que se asoma. Luego, claro, tocará barrer los vidrios rotos e intentar rehacer un país. Nada menos. Pasan los días, mientras tanto pasan los días y llega Octubre. Siguen pasando los días.

1 comentario:

Halcón peregrino dijo...

Muy buen análisis y reflexión, ojalá esa fecha sea oportuna para comenzar el viraje que el país necesita.

Un beso.