5/04/2012

Mi amigo Joaquín



Lo conocí hace años. Pequeño, con el rostro curtido por el sol y por la lucha a brazo partido contra el oleaje de los días. Se llama Joaquín y es mi amigo. Tenía un local amplio en la planta baja de un viejo edificio del centro, y ahí vendía libros usados, pequeñas antigüedades, objetos curiosos, y cuando lo invitaba a un café aceptaba sonriente mientras cogía una silla, me veía encender un Bermúdez, y entonces compartía el momento como si fuese lo último que haría en la vida.
Joaquín es un colombiano a quien la cara arrugada de ciertos momentos no le impidió conocer la alegría. Vivía solo, su mujer lo había abandonado, vaya uno a saber por cuáles designios del destino, y su única hija trasiega hoy sus días, su particular historia, alzando a veces el teléfono para decir hola qué tal, un beso, pásala muy bien.
A estas alturas de mi propia película, a mis cuarenta y dos tacos, pocas veces he visto a gente ondear la bandera de la dignidad con el temple de Joaquín, y verlo en tales menesteres, y estar consciente de esa verdad justo cuando despliega su amistad y buen talante es algo de reputa madre, es decir, consiste en una experiencia que es sinónimo de grandeza, de honestidad y de cojones.
El mundo da sus vueltas. Perdió el negocio de los libros, tuvo que rematarlos kilo a kilo a precio de extrema vergüenza, porque hay perros de la guerra pero también de la paz y cuando el capital se esfuma y estás enfermo, viejo, cansado, cuando las energías no son las mismas de antes, entonces expones la yugular y sobran hijos de la gran puta con los colmillos afilados.
Ahora vende loterías y kinos. Lo veo en las calles ofreciendo lo que tiene, haciendo lo que puede. Cuando nos encontramos el rito se mantiene: sonríe, nos saludamos, compartimos un café, me pone al día con sus historias. Joaquín va siendo el mismo aunque el tiempo pasa, los años dejan su cuota de vejez, de sequedad, de molienda que no podemos evitar.
Un día le dije cuánto lo respeto, le hablé del aprecio que le tengo. Sonrió otra vez, simplemente. Sonrió y continuó su charla, como si nada.

2 comentarios:

Halcón peregrino dijo...

Una historia que habla doblemente de grandeza.

Beso.

roger vilain dijo...

Eso es lo que más falta en este mundo: grandeza. En el mejor sentido del término.Gracias por leer un poco.Beso endomingado y con mi espalda haciendo de las suyas.