1/09/2013

X



    X, escritor amigo, publica un libro cada año. X crea historias que atrapan desde la primera línea, aunque para lograrlas posee el más curioso de los métodos.
    Justo cuando X me habló del asunto recordé mi época de escuela, en especial el tercer grado. La maestra mandaba a leer a diario por lo que cada quien, hubiera lluvias, truenos o centellas, se alzaría como protagonista en su momento. Me explico: tarde o temprano tocaba subir al escenario, es decir, pararse frente a los compañeros, abrir el tomo y leer el cuento escogido. Yo lo hacía muy bien pero con una condición: llevar mi propio libro. Si por casualidad lo olvidaba en casa era hombre muerto. Jamás, en aquel lejano tercer grado, pude descifrar con solvencia cuanto hallaba escrito en los textos, idénticos, de Pedrito, Luisito o Rafaelito.
    X escribe en su Remington viejísima, lo cual le da un aire de artista bohemio demodé y de dinosaurio fuera de contexto poco visto en estos días. Mientras quienes se entregan a las teclas usan computadoras de última generación, mi amigo echa mano del Typex y de su maquinita. Caso contrario, afirma, resulta imposible escribir las tramas que obviamente nacen de su imaginación, pero también de sus dedos. A falta de máquina, para resultar coherente, usa bolígrafo o lápiz, pero nada más que los suyos. Al ponerse a trabajar con instrumental ajeno de inmediato se da el bloqueo, la parálisis, el blanco mental y digital incapaz de hacer a un lado salvo con el regreso de la Remington o hurgando en su escritorio hasta dar con el Mongol Nº 2 o el Paper Mate Kilométrico Plus.
    Así están las cosas. Entre X y yo media un hacer (la escritura en su caso; la lectura en el mío) entrelazado por un virus extraño. Un buen día cogí el libro Angelito de Moncho, o el de Elena, ya no recuerdo con exactitud, y al pasar la vista por las letras pude dar con los significados, encontré el desenlace feliz de tanta letra junto a otra que únicamente aparecía cuando el Angelito en cuestión  llevaba una etiqueta que decía “Propiedad de: Roger Vilain. Colegio María Inmaculada. Tercer grado A”. Cogí el libro de otro y se dio el milagro, leí a placer, vaya uno a saber por cuales designios de la divinidad, del azar o del caos.
    X sueña historias que luego echa afuera con la punta de los dedos. Pero ahora mismo su máquina está descompuesta, le saltan ciertas letras, el rodillo se trabó, y para remate es zurdo y acaba de romperse el brazo izquierdo. La verdad es que a veces a cualquiera le caen las siete plagas. El punto es que mi pobre amigo X no puede usar sus herramientas de trabajo y me ha pedido contar a manera de conjuro un poco de su historia que, como referí antes, de algún modo se da la mano con la mía.
    Mejorará, claro, arreglará su Remington de los cincuenta, continuará pariendo obras la mar de fabulosas y, por qué no, el día menos esperado también lo hará desde una Laptop suya, de fulano o de sultano, o de una Macintosh bañada de modernidad, o desde un bolígrafo cualquiera. No me cabe duda, sólo es cuestión de tiempo. Un asunto de paciencia. Mientras tanto ya he cumplido, aquí está el escrito que pidió. Ojalá sirva para algo.

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