11/05/2015

La piel bajo las cosas

    Hay objetos, como ciertos individuos, que llevan una vida doble. Existen cosas en la calle, en la casa, en el abasto de la esquina, capaces de aplastarnos la nariz o darnos un puntapié en plena espinilla cuando menos lo esperamos, cobrando segunda o tercera identidad sin explicación de ningún tipo. Vaya uno a saber cómo ocurrieron los hechos.
    Una mesa, pongo por caso, o unos zapatos viejos. A lo mejor el bolígrafo aquél, la taza en la que bebes tu café por las mañanas, quizás un libro carcomido por los años. Lo cierto es que también la esquizofrenia se instala en un sillón, quién quita en una maleta, y hace de las suyas sin miramientos acomodaticios, por lo que el cinturón que llevas puesto, regalo de tu esposa, de buenas a primeras se convierte en un abrazo, literalmente su abrazo que dura horas, ella colgada a tu cintura mientras tú tan campante preparas el informe en la oficina.
    Si supieras las cosas que puede ocultar un objeto. Dicho y hecho. El tabaco que enciendo en la mesa del café al que llego para escribir esto que lees  es, créeme que es, la extensión del último Bermúdez que fumó mi padre. El humo en volutas forma parte de su exhalación, al punto de que regresa una imagen que no sé si ocurrió o la he construido: siendo un niño de ocho años, vislumbro por primera vez la maravilla de aprender a estarme quieto, empiezo a percibir la magia que supone simplemente contemplar, y ahí está un cenicero y  los restos de un cumanés recién abandonado, su hilo moribundo de humo azul, y ahí estoy, sentado ante la mesa de la sala, absorto frente al cadáver oloroso que el viejo abandonó hace apenas dos minutos.
    La memoria juega al gato y al ratón, lo cual marca el semblante lúdico de cuanto propone. Recordar es necesario, ¿quién se atreve a decir no?, con el añadido no tan bueno de que toda remembranza tiene su carácter, y muchas veces mal carácter, y además platica en voz muy baja, juega al ajedrez a su manera, a la gallinita ciega, a los escondrijos. Tira la piedra y oculta rapidísimo la mano.
    Una taza de café no siempre es una taza de café. La mía, en función de un guayoyo o un con leche, adopta formas que a veces son risibles y en ocasiones inquietantes. Es que si tú supieras las cosas que puede ocultar un solo objeto, compartirías conmigo tanta realidad babosa en la que allá, en el fondo, sabes que nos movemos. Una taza de café es taza y es amanecer a punto de salir con los niños al colegio, es taza y es olor a grama húmeda pues la abuela te ha ofrecido, hace ya todos los años de este mundo, un bebedizo para calentarte mientras el cielo revienta y cae en forma de aguacero. Mira tú, quién iba a decirlo. Cada objeto viene siendo un baúl sin fondo, así que basta abrir los ojos para asistir al desfile de añoranzas que lleva en sus entrañas. Un desdoblamiento sin contemplaciones, rudo y duro. Una mudanza de pieles a modo de serpiente, que por ofídicas razones termina siempre envuelta en tu pescuezo.
    La memoria suele esconderse justo en medio de eso que ha permanecido entre el corazón y la pupila, todo lo cual supone el arcoiris que te atraviesa de cabeza a pies. Recuerdas con los ojos, con los poros, con la pituitaria, con la lengua y con el minutero, no faltaba más. Ya el doctor Freud se olisqueaba semejante laberinto, fruncía el ceño boquiabierto ante esa maraña, y entonces ahí también quedan los sueños, primitos hermanos de la más pura evocación.
    Qué cosas, cómo son las cosas. Para recordar por supuesto que tuviste que olvidar. Por eso Funes, el memorioso, no tuvo idea de cuánto se perdía. Jorge Luis Borges cometió el acto más ruin contra ese pobre ser: cercenó, amputó, mutiló con precisión de reloj suizo, como si fuera Jack, el destripador de las pampas, a un hombre desde el fondo mismo de su humanidad, es decir, lo expulsó del Paraíso, del entrecruzamiento de reminiscencias en el que felices chapoteamos gracias a la memoria, condenándolo a vagar por los desiertos de la razón sin más. El infierno en la Tierra, no cabe la más mínima duda.
    No hay que olvidar que recordar es vivir, claro. Es revivir, me atrevo a agregar yo. Y en el vaivén de los días elaboramos esa fe de vida sobre la base de reminiscencias, de la relación que establecemos con el primo Leo, con la lámpara del cuarto o con el teclado del computador. No sabes de las cosas que puede ocultar un solo objeto, de lo mucho o poco que al fin y al cabo se agazapa debajo de la alfombra, entre períodos de tiempo dilatados.
    La esquizofrenia de los objetos ata ciertos hilos, tiende una red sobre la que terminas arrojándote mientras acabas el balance contable, mientras das el toque maestro al presupuesto, mientras te enjabonas en la ducha.
    Si tú supieras, mira, si tú supieras las cosas que puede ocultar un solo objeto.

2 comentarios:

Clavel Rangel dijo...

"Si tú supieras..." Demasiadas cosas en un objeto.

roger vilain dijo...

Gracias por acercarte Clavel. Un abrazo desde estas líneas. Saludos.