10/22/2011

Cartas a los Jonquières

Caminaba frente a una librería de la calle Florida, en Buenos Aires, y lo vi. Pensé que en Argentina encontraría mucho de Cortázar, bastante material escrito, abundantes referencias alrededor de su vida y de su obra, pero no fue así. “Cartas a los Jonquières” apareció de pronto, como una irrupción fantasmal sobre ese anaquel que lo ofrecía por 109 pesos. Invité a Camila a entrar. Ella estuvo dispuesta, feliz de echarse en brazos de la sección infantil, atestada de colores, brillo, juegos, ilustraciones, con una alfombra para tirarse de espaldas a leer o sillas mínimas que por nada aceptaban la intromisión de los adultos.
Me dediqué a recorrerla de cabo a rabo, con el placer de quienes hacen esperar el último sorbo para que no se acabe tan pronto la copa. Vi, olí, toqué, fui y vine. Entonces me planté frente al mueble de los Jonquières, lo tomé y lo abrí: eran cartas. 553 páginas de un epistolario como para meterse de bruces en una vida, la de Julio, honda, enigmática, llena de esos episodios, de esa manera de concebir ciertas cuestiones, que tanto me llaman la atención.
Confieso que desde la adolescencia le he dado la espalda a las biografías, y lo que tenía en las manos de cierta forma lo era. Son pocas las que leí en toda mi vida: Verne, Dostoievski, Darwin, la de Christian Barnard, que hallé durante los años universitarios en una librería de viejo, otra del gran Isaiah Berlin, extensa, muy bien documentada, y, no faltaba más, dos del propio Julio, la que escribió Mario Goloboff en los noventa y la menos ambiciosa de Alberto Cousté. Les he dado la espalda por respeto hacia lo que consideraba el derecho de cualquiera, vivo o muerto, a mantener espacios de privacidad, de anonimato, de oscuridad en su propia vida. Así pensaba y todavía hoy coqueteo con esa idea. ¿Por qué leer las cartas, pedazos de entrañas biográficas que alguien, vaya usted a saber por cuáles motivos y bajo qué impulsos o resortes vitales, envió por ejemplo a sus íntimos? García Márquez escribió “Cuando era feliz e indocumentado” y al leerlo comprendí el valor de ese coto particular de cada quien en el plano de la individualidad que con uñas y dientes es tan necesario defender. Pero entiendo también que aproximarse al mundo más personal, en este caso de un escritor (el epistolario es una ventana magnífica para afinar el enfoque), supone acrecentar el conocimiento de éste, descubrirlo aún más, enriquecer el diálogo con él y con su obra. Permitirse dar dos o tres pasos en esa dirección probablemente sea un acto contradictorio luego de lo confesado atrás, estaremos de acuerdo, pero asimismo un placer tentador y voyeurista, en función del acercamiento comedido (y en tal sentido respetuoso, finalmente) entre extremos que no tienen por qué excluirse mutuamente. “Cartas a los Jonquières” fue una tentación, por supuesto, y sucumbí. Abrí el libro, leí la primera línea, lo hojeé, vi ciertas fotografías, pasé la vista por algunos fragmentos salteados del Cortázar joven a su amigo Eduardo y a la esposa de éste, con quienes mantuvo correspondencia desde el inicio de su periplo parisino, en 1950, y hasta pocos meses antes de su fallecimiento, en 1984. Fue una delicia absoluta.
Leyéndolo observo cómo nacieron los Cronopios. Encuentro la razón, los motivos subterráneos que quizás explican el por qué de La Maga, el por qué de ciertos cuentos, el por qué de “La vuelta al día en ochenta mundos” o “Último round”. Me doy de bruces con el jazz a tope y la filosofía que esconde, con el boxeo y la estética que lleva implícita según Cortázar. Hay en este libro señales, guiños, complicidades que corren por debajo de la mesa, claves para continuar disfrutando, hurgando y hallando, siempre hallando en el universo de este autor, que no vislumbré en ninguno de sus textos publicados.
De Argentina a París y viceversa. Cortázar se fue a Francia y se encontró con él en plena calle, en un bistrot barato, en un parque más o menos oculto, en tantos y tantos rincones que por lo general resbalan a la mayoría. Se fue a Francia y en la página 31 leo y sonrío: “No creas que estoy triste, ¡París es tan hermoso! Aquí hasta la tristeza se vuelve actividad estética. De modo que tal vez esté triste, pero estoy aprendiendo a depositar esa melancolía en tanta cosa bella que me rodea. Quisiera poder mostrarte, por ejemplo, un atardecer en el Pont du Carrousel. Venía del Louvre con una amiga y nos paramos a mirar Notre-Dame, lejana, con una bruma azul. Entonces, en menos de un minuto, ocurrió el milagro, la locura absoluta. Los faroles de gas se encendieron de golpe, y la piedra de los pretiles, yo no sé por qué mezcla de aire y luz, se puso intensamente rosa. Nosotros la mirábamos mudos. Entonces vimos que la proa de la Cité y las torres lejanas habían pasado instantáneamente a un violeta profundo, y a la vez el río estaba verde, un verde lleno de oro. Yo cerré los ojos, desesperado al comprender que eso no podía durar, que esa cosa veneciana iba a degradar instantáneamente, a perderse… Pero duró, dos o tres minutos, el tiempo de ver subir las primeras estrellas. Nos fuimos de allí sin poder hablar, demasiado felices para decir que lo éramos. Cosas así pagan viejas deudas de la vida”.
Cortázar se fue a Francia y se encontró a sí mismo. A la vuelta de una esquina observó a un tipo de barba que era él. En París se metió de lleno en Argentina, en Latinoamérica, a su manera y con mil aciertos y otro puñado de errores. Compré el libro, claro. Camila escogió el suyo y salimos, contentos, a buscar un café para seguir leyendo y conversando.

1 comentario:

Halcón peregrino dijo...

Describes majestuosamente el placer de un lector apasionado, seguidor, que se mete en la piel del escritor. Sigue descubriéndolo.

Otro beso.