4/11/2013

Hablar de poesía


    Mi amigo Francisco Arévalo ha tenido la ocurrencia de invitarme como panelista a un foro sobre la “viabilidad de la poesía en el siglo XXI”. Conozco a Francisco desde hace una punta de años y sé que es un poeta de raza: nada hay más valioso para él que su oficio, su vida se mueve en función de la literatura y por tales razones y otras muchas lo respeto hasta los huesos, de modo que prácticamente me ha agarrado por las pelotas. Imposible negarme a debatir el asunto.
    Tengo para mí que la poesía no es cuestión de viabilidades. Es un hacer, una práctica, un modo de trasegar el mundo y entendernos con él que no acepta un ápice su negación. Si la poesía desaparece lo humano finaliza justo donde comenzó la terrible, escandalosa y quizás feliz historia de lo que vamos siendo: en el homínido chillón, allá en las cavernas, que termina por alzarse y desde sus andanzas obsequia un puntapié al mero hecho de copular o tragar, hasta inventar música, escribir literatura, esculpir un David o llegar a las estrellas.
    No sé definir la poesía. Confieso además que me importa un rábano el asunto. Dijo San Agustín, a propósito del  tiempo, que “si nadie me lo pregunta, lo sé. Pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”, y estoy convencido de que semejante apreciación viene como anillo al dedo para lo poético. ¿Es viable la poesía para este siglo XXI que, en pañales aún, muestra ya lo disparatado que parece su futuro? Afirmo que no me cabe duda. O existe ese misterio y se cultiva, y se alimenta y se cuida, o sea, mantenemos en nosotros el temblor ante un soneto de Quevedo, el asombro ante lo que nos conmueve, ante una película de Bergman, por ejemplo, o simplemente al diablo, que se joda todo esto. No creo exagerar, de modo que lo vuelvo a repetir, muy poco a poco para que me entiendan: o sentimos más, o la poesía nos taladra hasta los tuétanos, aunque no tengamos puta idea de quién pueda ser esa señora, o nos vamos todos al carajo, a las cuevas de donde salimos, a lanzar chillidos con los monos.
    Me da la impresión de que hay poetas de poetas, así como hay tonos y matices en esa escala necesaria de cuanto hacemos como humanos. Hay poesía que permanece y destroza la prueba de los años, y existe otra que queda pataleando aquí y ahora. Hay quien dice “tienen los días un rostro verde a fuerza de masticar andanzas” y ya, listo, pasa por taquilla a reclamar certificado de poeta. En la poesía, digo yo, hay belleza y hay fealdad (la belleza de lo bello y la belleza de lo feo), y hay cultura bebida a borbotones, en los libros y en la calle, y hay trabajo de picapedrero, hasta reventar, hasta sudar la gota gorda y más, con el idioma, con los días, con las ideas, y hay talento, inteligencia, sensibilidad, relojería, martillo, yunque y cincel, y  cojones, muchos cojones. La poesía está llena hasta la coronilla de cojones, para mirarnos en ciertos espejos y quebrarlos en nuestras cabezas, para transgredir, para levantar la voz en cualquier sitio, para develar el universo, señalarlo con el dedo, aplastarlo o salvarlo, celebrarlo o mandarlo de una vez al basurero.
    ¿Será viable la poesía en el siglo XXI? Yo insisto en que lo es desde que caminamos erguidos, desde que andamos en dos pies, desde que descubrimos la sintaxis de un lenguaje que permite dar con el mundo en que nos incrustamos sólo para hacerlo nuestro. No es verdad que la ciencia, no es verdad que la tecnología, nos salvarán de la tragedia, de caer como moscas por las enfermedades, por la estupidez que nos adorna el gentilicio o por los peligros que un manojo de neuronas, suponemos,  sea capaz de conjurar. Seguiremos aquí y continuaremos el quehacer humano gracias a la poesía, al arte, es decir, debido al relámpago que nos alumbra al punto de sacarnos lágrimas frente a un cuadro de Velázquez o ante una injusticia cerca o lejos de nuestras narices. Seguiremos siendo humanos, en el siglo veintiuno o en el noventa y dos, porque la sensibilidad halló nido en nosotros.
    Hay mucho que pensar, bastante que decirnos. Hablar de poesía es hablar de humanidad, asunto que, imagino, va a servir de lo lindo al conversar el tema con los asistentes. Mi querido Francisco Arévalo ha tenido una magnífica idea: ponernos a hablar de poesía, que es como invitarnos a considerar lo que debería ser ineludible.

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