9/11/2016

Memoria y día a día

    Leo a Borges y en “Funes el memorioso” hallo un ejemplo de aparente totalidad. Ahí, alguien es capaz de recordarlo todo, de modo que supone la viva encarnación del absoluto. Es una suposición falsa, claro, pues recordar como Funes equivale a transformarse en máquina, lo que sin duda anida en las profundidades del cuento.
    La paradoja florece: recordarlo todo es imposible por una razón de espacios y de bits. No estamos dotados para albergar el recuerdo infinito de cuanto vivimos y, es más, cualquier recuerdo termina por convertirse en una manera de olvidar. Entonces Funes es máquina, es cosa, es un aparato como aquel radio casette-recorder que tanto me maravillaba en la infancia (¡ah, quién pudiera presionar play y al mismo tiempo rec y ya, guardar hasta el último apunte en la cabeza para el examen del lunes!). Tenía razón Kundera, “el recuerdo no es la negación del olvido”.
    Existe un gentío entregado a la faena de mantener intacta la memoria y no les quito razón. Otra vez la paradoja haciendo de las suyas. Esa forma extrema de olvido, el olvido del yo, hoy en día implica el espanto sin par. La palabra alzheimer, que significa olvidarse de sí mismo, ha derivado en el coco de los tiempos modernos, porque olvidarse de sí mismo te aproxima al miedo personificado, a un Funes del siglo XXI.
    Fitina, ginko biloba, moringa, crucigramas al por mayor, caminatas por el parque, eso y más conforman estrategias para invocar al dios de la memoria. Dime cuánto olvidas y te diré cuánto queda de ti. El recuerdo como la cara opuesta del olvido se erige en el protagonista estrella de esa telenovela que va siendo la existencia ahora. Si recordar es vivir, como dice el refrán, olvidar lleva en las alforjas cierto modo de ir muriendo, lo cual no tiene nada de simpático, como puedes descubrir con sólo echar una mirada alrededor.
    Si el recuerdo también es otra manera de fallo en la memoria, entonces el asunto se reduce a un punto clave: aprender a vivir con lo que hay. Cero engaños, cero atajos posibles. Dicho de otro modo, siempre usamos nuestras ventajas comparativas. Punto. Y en eso andamos, aunque lo ignoremos. ¿Te lo habías imaginado?

9/02/2016

Daniel y yo

    Antes del amanecer corre a nuestra cama. Como un vendaval entra a la habitación y de un salto termina bajo las cobijas, abrazado a mí, acurrucado en la cueva. La cueva es el espacio construido por ambos, delimitado por los confines de las sábanas  que nos echamos encima.
    Daniel y yo hemos elaborado un código secreto, un lenguaje único del que nos servimos con descaro a diario. Explotamos la invención de mundos sólo habitados por los dos. Somos conscientes de la felicidad que chorrea por nuestros labios.
    Usé arriba la palabra felicidad. Confieso aquí que semejante término lo menciono con pies de plomo.  Cuando hablo de felicidad supongo el fuego o el océano, palabras que desde adolescente propiciaron en mí una sensación de aplastamiento, de vértigo, de respeto y asombro muy difícil de reproducir mientras escribo. La felicidad es lo más próximo a cuanto puede ser inefable.
    Y sin embargo los mundos creados por Daniel y por mí son tan reales como las rosquillas que sirvieron para el desayuno, lo cual decanta en un punto de fuga que nos hace felices con mayúsculas.
    Ciertas cosas sencillas que Daniel me invita a hacer y para las que asume toda dirección y estímulo terminaron por quebrarle el espinazo al cotidiano estado de falta de fe en que por lo general se mueven los adultos. La falta de fe, claro, es típica de quienes suponen un medio ambiente cuadriculado, refractario a ciertos cambios, llenos de una inercia que los lleva a atracar en los mismos puertos, navegar las mismas aguas, culminar en derroteros idénticos a los anteriores.
    Vemos una película juntos, leemos algo a dos voces, comemos un helado, compramos chocolate, discutimos, nos abrazamos, charlamos de la vida y eso, repito, nos hace felices. Atrozmente felices.  Antes pensaba que ser feliz   -o sentirse más feliz de lo normal-  era cosa de insensibles o de estúpidos. Hoy he variado tamaña opinión, y es más, reconozco que era un soberano disparate. Sentirse feliz, o cuando menos tomarse la molestia de aproximarse a ello, es propio de gente inteligente.
    Daniel, haciendo uso y disfrute del lenguaje inventado a fuerza de complicidades y mutuas alcahueterías, es capaz de abrir la caja de Pandora, es decir, quitarle la tapa a la olla del caldo donde se cuecen las habas de la alegría, la ternura, la pelea a almohadazos y la comprensión en su estado químicamente puro. Ese es el punto: él y yo nos comprendemos, cosa que dicho sea de paso nada tiene que ver con lo intelectual. Ahí se enclava el universo que hemos hecho propio.
    Daniel es inteligente, le gustan las buenas historias, sueña algunas que me dejan sin habla y cada día exige la cuota de imaginación justa para mantener en pie nuestro común acuerdo. Ambos sabemos que el otro está ahí, en silencio, a la espera, todas las veces. Y con eso basta para sonreír desde estas líneas.

9/01/2016

Cinco en Fusión

Cinco en Fusión (5nFusion) es un ensamble musical formado por jóvenes estudiantes universitarios de Puerto Ordaz cuyo talento rasguña las estrellas. Vale la pena escucharlos en su versión de Tu boca.

El link:   https://www.youtube.com/watch?v=Lc8xUVbaJB4

8/28/2016

Cosas perdidas

        No me vengas a decir que no se te han perdido cosas. Perder cosas es lo más común de la vida, pero lo que me quita el sueño, lo que en verdad motiva mis desvelos es el punto de fuga de semejantes extravíos.
    Me explico: botas los anteojos, botas las llaves, botas el carnet de conducir, maldices y remaldices hasta que das o no con ellos, pero nunca preguntas por el lugar que es su guarida. Lo que soy yo, siempre fruncí el ceño al respecto, desde muy niño intenté descubrir adónde van a parar los objetos perdidos y a estas alturas, créeme, puedo jurar que hay una tierra extraña que los contiene. Plaf, plaf, aterrizan ahí mientras te rebanas los sesos revolviendo hasta el último rincón con la esperanza de encontrarlos. Menuda pérdida de tiempo.
    Y eso no es lo peor, claro. Así como a veces notamos que somos un imán para atraer ciertos hechos, para materializar actos, sucesos que quizás deseamos o tememos, de igual modo terminamos por ser pieza clave del jueguito de otro, una especie de algo o alguien  capaz de hacer de las suyas a costa de tu mala suerte, si es que es posible llamar de esa manera a todo esto. En fin.
    Lo digo porque de las mil y una cosas que he extraviado, nada como un lápiz Móngol. Ellos vinieron a mí y se esfumaron en un abrir y cerrar de ojos.  Lo sé desde los años en la escuela, desde el primer grado cuando los regaños de mi madre  se afincaban no en darle a la lata para que aprendiera la lección o hiciera los deberes  -jamás tuve problemas al respecto, puedo confesarlo sin pecar de vanidoso-  sino en advertirme que ése, el que tenía en mis manos, sería el último lápiz que compraba para mí hasta el nuevo año escolar. Nada, a las veinticuatro horas perdía el Móngol, como de costumbre.
    Supe, no me pidan ahora explicaciones, que existía un lugar al que llamé Paraíso de los Objetos Perdidos. Semejante isla oculta -pues sí, era una isla-  idéntica a la de Crusoe o quizás a la de Stevenson, era el hogar de cuanta cosa puedas imaginar, todas desaparecidas, todas engullidas por el Mar de los Zargazos, esas arenas movedizas en las que pataleamos día a día. Cada  lápiz Móngol al que dije adiós se hallaba de cabo a rabo en ella, viviendo una curiosa existencia, sin mayores aventuras, sin escribir o dibujar o todo lo que suelo hacer cuando un Móngol reposa entre mi medio y mi índice, asistidos por el buen pulgar. Lo cierto es que el misterio había sido resuelto. Ya suponía yo que tanta pérdida, tanto Móngol arrebatado frente a mis narices obedecía a algo más que el descuido, es decir, a causas mucho más profundas que mi constante chapotear entre las nubes. Desde entonces papar moscas mañana, tarde y noche no fue la explicación de por qué un Móngol invisibilizado, evaporado cada tres o cuatro días. Respiré tranquilo.
    Como podrás adivinar, a mis cuarenta y seis tacos sé muy bien lo que sucede cuando pierdo algún objeto. Por eso no caigo en inútiles lamentaciones, ni cosa parecida, como suele hacer la mayoría. La otra vez, para variar, extravié el bolígrafo con el que escribo cuentos, tomo apuntes y hago anotaciones varias. Lo imaginé contento en su isla del nunca jamás, trabando amistad con otros lápices que corrieron igual suerte. Solución: fui por otro al kiosco de la esquina. En fin, la vida continúa, me digo, y ya, asunto resuelto.    

8/13/2016

Lo más extraño de este mundo

    Te sientas en un café y entras a una dimensión que es casi una patente universal. Pides el marrón, una botella de agua mineral, enciendes tu tabaco y entonces la franquicia se abre por todos los costados. En Argelia o en Bolivia, lo cierto es que un café es el punto de encuentro para mil y una historias. Hoy quiero escribir de esos que lo saben todo.
    No hay cosa más difícil en esta puta vida que decir no sé. Reconocer la ignorancia, vislumbrarse mínimo, tan pequeño como un bicho peludo y microscópico chapoteando en mitad del universo no es cuestión que acepte todo el mundo. Nanai. Me siento en el café de siempre y escucho la autosuficiencia en pasta que engorda y se alimenta de sí misma, que se autofagocita en una especie de expansión interminable. Si alguien pregunta por la vía expedita para burlar un atolladero judicial, Enrique o Miguel tienen la respuesta. Si el carro suena como lavadora vieja, Enrique o Miguel conocen el por qué y su solución. Si pregunto por la enigmática relojería de mi gps, Enrique cuenta los intríngulis de su endiablado mecanismo y Miguel propone mejorías sobre la marcha.
    Aterrizas en el café de la esquina y encuentras al tipo que lo explicó todo. Explicarlo todo es un deporte muy particular, una extensión del  hombre del Renacimiento enclavada en pleno siglo XXI, lo cual supone conocimiento alquímico entremezclado con física cuántica, historia del arte, poesía lírica grecolatina y pastelería suiza postmoderna. Aquí, entre mesas con mantelito blanco y batidos de lechosa hay a patadas quienes lo saben todo o creen saberlo todo, que para los efectos no es una diferencia como para generar caos. El quid es la explicación: explicar, eso, explicar hasta por los codos otorga señorío a la afilada dentadura del tiburón Enrique y el caimán Miguel. Por eso un café es zona pantanosa capaz de engullir, zuas zuas, a un 747 y transformarse en cementerio de Titanics y tú ahí como si nada, dándote de bruces frente a misterios develados o por develarse: por qué una ventolera te despeina, por qué la Luna tiene cuernos, por qué un kilo de plomo no pesa más que un kilo de algodón, por qué si el sapo salta pues se ensarta, por qué la Tierra no es plana, por qué el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos, por qué la hipotenusa y no la hipotermia, pongamos por caso, o la hipostasis o la hipoteca o cosa parecida, y así.
    La lógica aplastante de Merlines cafetinescos siempre me ha maravillado. Una vez quise experimentar el método para explicarlo todo, pero entre tanto sentido común y vueltas al fondo de cada problemática terminé con dolores de cabeza que para qué te cuento. Moraleja y conclusión: mi fracaso al intentar explicarlo todo es directamente proporcional a mi talento para no explicar absolutamente nada e inversamente proporcional a mis ganas para ello. Demasiados cojones y poca materia gris, como imagino ya pescaste.
    El otro día, en Ciudad Bolívar, juro por Dios que a orillas de la avenida Táchira vi a un hombre sentado ante una mesa sobre la que descansaba una Remington de las de antes y un fajo de carpetas y papeles que daban la sensación de oficina itinerante. Desde el carro leí un aviso que colgaba. Decía esto: “Se soluciona cualquier tipo de problema”.
    Demonios, explicarlo todo sí que va más allá del café de la cuadra y fíjate que cae como peñasco en el ancho mundo, lo que va siendo bastante decir. La fenomenología trascendental  -perdonen el feo academicismo-  de un hecho como explicarlo todo se quiebra justamente cuando intento dar razones que solventen el asunto. Entonces ni modo, me conformo con saborear el marrón y permanecer tras bastidores, observando y buscando entender, hasta donde me alcancen las meninges. Que me expliquen, que me expliquen, que me sigan explicando.
    Explicarlo todo es poco menos que una ciencia exacta, claro está, cosa que en el fondo es la razón fundamental por la que no abandono mi café predilecto. Tabaco, marrón, agua mineral y de pronto, por obra y gracia de cierta cadencia renacentista que ve tú a saber por qué diablos se cuela desde esos confines hasta aquí, digo, de pronto se hace la luz, se desanuda el nudo, lo torcido se destuerce y la explicación diáfana, sencilla, total, cabe en boca de Enriques y Migueles. Es que un café es lo más extraño de este mundo, rediós, lo más extraño de este mundo.

7/30/2016

Maduro y su mundo

    Voy en el carro, enciendo la radio y, para variar, Maduro está encadenado. A punto de oprimir el off escucho parte de la cháchara: el Presidente despotrica de los conquistadores y da vítores a Guaicaipuro, a Tamanaco, a  otros nombres indígenas.
    Me viene a la memoria un episodio protagonizado por la vena autóctona chavista. Recuerdo entonces el derribamiento de una estatua de Colón y los intríngulis nacionalistas que le hicieron coro. Mala cosa. Uno se pregunta qué atravesará las neuronas de Maduro cuando reniega de España y a continuación alaba el mundo prehispánico. Debe jurar que nuestra identidad (menuda palabreja cuando se trata de un colectivo) se asienta en la cosmovisión kariña, en el universo yanomami o en la sensibilidad goajira.
    Hay aquí una confusión que sólo se cura leyendo, es decir, echándose en brazos, sin complejo  alguno, de eso que dieron en llamar cultura. Lo que Maduro guarda entre ceja y ceja es un particular modo de expresión racista, una mutilación tan peligrosa de lo que en el fondo nos conforma que resulta siempre en el chauvinismo más atroz. De lo escuchado en la radio al nacionalismo de un inquisidor hay pocos pasos. En verdad, somos cuanto arroja en nosotros la cultura precolombina, pero somos también Sócrates, Platón, Aristóteles, la tradición latina y medieval, así como el Renacimiento o los logros de la Ilustración, hasta llegar a este Occidente que, lo afirmemos o neguemos, termina por engullirnos y acogernos en su vientre. Somos indígenas, negros y europeos, lo cual es una bendición por la razón sencilla de que, bien asumida, nos libra de esa hemiplejia cultural típica de pseudorrevolucionarios tercermundistas.
    Toda nación se fragua (reto a cualquiera a demostrar lo contrario) gracias a encuentros, desencuentros, amalgamas producto de traiciones, cuchilladas y fragores regados de pólvora, ante lo cual Venezuela no es la excepción. Es mentira que las culturas prehispánicas fueron ajenas a la guerra y a la imposición de unas sobre otras mediante el uso de la fuerza. En lo que hoy es nuestro país hubo sangre de por medio a lo largo de su constitución, y no por menos los incas o aztecas, nada más que por dar un par de ejemplos, merecieron el nombre de imperios. La idea del buen salvaje carcome las sienes del señor Maduro, y si hay algo nocivo a este mestizaje fabuloso que protagonizamos es la demagogia nacionalista con la que se llena la boca: sandeces ideológicas que caricaturizan cuanto ha venido creándose en el magma histórico de nuestro ser. Es bueno mantener a buen resguardo tal verdad, pues ya sabemos que no existe vacuna contra la barbarie o la idiotez colectivas. Aunque haya alcanzado elevados niveles de civilización, un país jamás se encuentra por completo a salvo de la locura fanática (desde la pureza racial hasta la posesión de la verdad única religiosa) y de, en fin, el complejo de superioridad cultural. No es verdad, preciso es recordarlo con todas sus letras, que lo español deba ser execrado o violentado, como no es verdad que sólo hemos bebido de una única fuente a la hora de mirarnos en el espejo de la historia.
    Somos pueblos que hoy por hoy pertenecemos a una hechura múltiple en el crisol de las razas, costumbres y maneras de concebir el universo, siempre en constante ebullición. Estamos hundidos hasta el cuello en el caldo del mejor cultivo: el de la universalidad, esa que cuaja una ciudadanía más allá de fronteras, pasaportes, cédulas de identidad y, como quisiera Nicolás Maduro, nacionalismos que a la larga o a la corta únicamente sirven para segregar odios, originar falsos conflictos y transformar la convivencia en una orgía de malentendidos permanentes.
    Haría bien el Presidente en acercarse a la historia con mayúsculas y mojarse los pies (y los axones y dendritas) en sus profundidades. Hacerlo supone percatarse de cuánto sufrimiento puede ahorrarse una sociedad cuando desaparecen reduccionismos patrioteros y en su lugar afloran horizontes cargados de tolerancia, minimizando la posibilidad de fanatismos a diestra y a siniestra.
    Le guste o no le guste a muchos, los españoles, al igual que lo peor y lo mejor de Occidente, produjeron esto que algunos llaman venezolanidad, y no son ellos, por cierto, los responsables del desastre que hoy se traga a un país de mil caras, convirtiéndolo en el hazmerreír del continente gracias a los disparates de un gobierno que sembró miseria e involución durante  diecisiete años haciendo de las suyas. Es preciso asumir el pasado con altura de miras, sin complejos empequeñecedores, y desde el presente sumarnos a la modernización, abriéndonos al ancho mundo y aprovechando para ello nuestras ventajas comparativas, que son bastantes. Yo estoy orgulloso de ser venezolano, o lo que es lo mismo, de hablar español, de llevar en las alforjas el Siglo de Pericles, el Siglo de las Luces y lo más granado de Occidente, de comer tortillas, frijoles, arepas y saberme atravesado por lo indígena y a la vez lo universal. Yo, lo que soy yo, estoy contento por aquella raza cósmica, la de Vasconcelos, en que deliciosamente chapoteamos.

7/03/2016

El gramático

    Hay quienes pierden la capacidad de asombro, mala cosa. Si abres bien los ojos te sorprenderás  a cada paso, lo que es mucho decir en tiempos de desencanto, postmodernidad y demás palabrejas rimbombantes.
    Un profesor de la Facultad resulta vivo ejemplo de lo que digo. Es catedrático de Gramática Española, por lo que se pasa el día viviendo el lenguaje, según afirma, al punto de que su relación con nuestra parla llega a niveles inexplicables. Te darás cuenta en un momento. Mientras habla con alguien, el tipo mide a su interlocutor en estricto sentido académico, cosa aburrida hasta las narices, digo yo, pero que él goza como niño ante juguete nuevo. Si la gente no tiene puta idea de su pasmosa habilidad, peor para ella y mejor para él, porque el profesor vive el lenguaje, repito, y vivirlo implica degustarlo en mente, cuerpo y alma, lo que no es concha de ajo, como descubrirás en este instante.
    Si tú, que eres una mujer guapa, pongamos por caso, dialogas con él en un café, en el supermercado o en los pasillos de la universidad, el gramático hace de las suyas desnudándote sin pudor, es decir, te quita las ropas lingüísticamente, te desabotona la blusa desde un pluscuamperfecto, te desliza la falda a partir de una esdrújula sin tilde o te remueve el bikini porque dijiste precioso con ese. El profesor sufre lo que a su manera le ocurrió al bueno del Quijano: de tanto darle a lo que más le gustaba terminó víctima de su quehacer favorito. El Quijote, loco por donde lo mires; el catedrático, preso en un corsé gramatical que para qué te cuento.
    Llegó a construir una escala estructural en función de los errores ortográficos que pronuncias y el streep tease que te monta apenas comienzas a equivocarte. Escucha tus errores, los coge al vuelo mientras surfeas en vano oraciones y párrafos hasta que no tienes escapatoria: acabas en pelotas por acumulación de desaciertos. La oralidad hecha zona de caza, campo de batalla para atrapar meteduras de pata ortográficas. Menuda habilidad la de este personaje.
    Si se te escapa un te, de mandarina o yerbabuena, qué demonios importa eso, y lo sueltas así, libre de acento según manda la RAE, júralo que bajará el cierre de tu pantalón. Si el error es de mayor monta  -pides una sopa del dia seguida de pan cacero y vejetales mixtos con aseitunas negras-  vas a quedarte sin esa linda minifalda roja que llevas a juego con la cartera. Y si continúas dándole con las patas al idioma, pues terminarás en meros cueros.
    Una vez fui a su oficina a pedirle un libro que le había prestado y lo hallé embelesado. “Los senos de la morena que acababa de salir”, comentó, “es que no son para menos”. “Cómo te explico… esa mujer tiene las tetas inversamente proporcionales a haalcol, a bino tinto chileno, a dextresas inteleptuales para desembolberse en la vida”. No entendí un pepino, me encogí de hombros y salí.
    Pero hoy lo afirmo sin que me tiemble un pelo: el gramático terminó siendo maestro de la desnudez. Si otros lo han sido porque trabajaron como ángeles (ahí está  Goya y su divina Maja, ahí tienes a Herman Puig fotografiando cuerpos femeninos como Dios los trajo al mundo), el gramático se transformó en virtuoso de muslos perfectos al son del dequeísmo o curador de primera línea en el museo lingüístico del erotismo, todo gracias a la sinrazón morfosintáctica, ortográfica y demás especies de la desabrida academia en cualquiera de sus manifestaciones. Semejante profesor, que escucha como si nada aberraciones de la ortografía, logró levantar templos de sensualidad sustentados en María o en Laura y sus disparates idiomáticos. Quién lo hubiera dicho, se cuenta y no se cree. Es que te juro algo: yo jamás lo hubiera sospechado.

6/24/2016

Las piernas de una dama

    La anatomía humana se luce en las piernas de una mujer. Salir a la calle supone en ocasiones sentarse a contemplar, y hacerlo es en mi caso darme de frente con la estética femenina traducida en carne y huesos. Que unas piernas, cruzadas o no, erguidas  o no, bronceadas  o no, lleven el enigma a cuestas, existan con la música de fondo que más se parece a una nota de violoncello, a un solo de trompeta, a una descarga de piano, hace que el hecho simple de observarlas, de verlas pasar, cobre ribetes casi místicos a la espera del verde en el semáforo.
    Basta salir a la calle y morir arrollado por las piernas de Sheila o de Laura en el mercado, a un paso del parque al que te diriges con tus hijos, a dos metros de tu turno para usar el cajero de Banesco, y entonces te das cuenta, la seguridad de que existe el Paraíso te agarra por el cuello mientras Laura ríe a sus anchas y Sheila continúa su andar como si nada. La otra vez me senté en un banco de la plaza y columnas troncocónicas embutidas en sandalias y a veces en zapatos altos me llevaron a la Atenas de Pericles. Las piernas de una mujer tienen mucho de grecolatinas, la verdad sea dicha, y quien lo ponga en duda nada más échele un vistazo a las esculturas de Fidias para comprobarlo. Hay que ver, él pone su firma a diestra y a siniestra.
En esos monumentos griegos que son las piernas de una mujer en su vaivén está la piel al aire libre, o el nylon de unas medias que terminan allá arriba, en plenos muslos, o el jean mágico que todo lo acomoda, cómplice mayor, celestino irremplazable entre quienes juegan a la tentación en tierras de Afrodita. Sales a la calle, subes por la avenida tal, doblas a la izquierda, y ya en ese trayecto la pasarela que es esta ciudad alborotó hormonas y latidos, prescribió colirios, inventó imágenes devastadoras como un tsunami desde el pulgar hasta la ingle. Entras al primer café que se atraviesa en tu camino, vas directo a tu atalaya, pides el marrón, pides agua mineral, pides el periódico del día, entonces lees con inocencia lo que puedes y al apartar los ojos del papel la película es Fellini, la escena es Sophia Loren con las piernas al acecho. Sales a la calle y caminas en un campo minado, sales a la calle y te cubres por completo de peligro. No hay escapatoria.
    Lleno un cuestionario y me preguntan si tengo interés por cuestiones de avanzada, si comparto ideas o simpatías con movimientos literarios, ecológicos, políticos o culinarios. Blablablá. Respondo en una ráfaga que mientras siga en esta calle y vagabundee por la calzada, el único movimiento que me atrapa es el de las caderas de una dama. Basta la película que se desarrolla enfrente, disfruto un mundo metido de cabeza en ella. Suficiente con el erotismo desbocado en una esquina cualquiera.

6/12/2016

Todos los días

    Hay verdades ni tan ciertas y mentiras que parecen reales. Un amigo, que va a caballo entre la mitomanía absoluta y la sinceridad atroz, da cuenta de lo que digo. Es el vivo ejemplo de que para hacer de este mundo un lugar más habitable todos prefiguramos nuestras vidas en función de lo que llevamos en el saco. Y lo que llevamos en el saco, claro, se origina en el abismo de cuanto vamos siendo. No es concha de ajo: lo fantástico besuqueándose con la realidad monda y lironda, esa que inventó Descartes hace ya un caudal de años, y sacarle punta y además hacerlo con provecho.
    Pues nada, hay verdades que cobran su fisonomía porque nacieron de un embuste que para qué te cuento. Por ejemplo, mi amigo el mitómano cree ser escritor y nadie lo saca de sus trece. Se cree escritor con pruebas físicas al canto: un manojo de papeles rasguñados en la adolescencia. De escritores que no escriben y bailarines que no bailan está lleno el patio pero eso es lo de menos. Lo de más es el manejo de los hilos, edificar cierta atmósfera y no otra, inventarse un diente roto al más puro estilo Coll, que sabe muy bien de lo que hablo (¿o soy yo quien sabe al pelo lo que él dice?).
    Uno vislumbra algún futuro, rehace como le plazca el pasado y sumerge el presente en un caldo fantasioso tan necesario para la cordura como un par de aspirinas para la jaqueca. Si te pones a ver, el cuerdo es Don Quijote, el humano es Mr. Hyde, Teseo, y no el pobre Minotauro, es el malandrín de la comarca. Lo cierto aquí trasciende conceptos de diccionario, encerronas epistémicas, definiciones totalizadoras, es decir, lo real es así o lo irreal es asao y todos felices y a brindar, que se calientan las cervezas. Estás pelao, Wenceslao. Si este mundo fuese una caja de compartimentos estancos, júralo que tres segundos ahí equivaldrían a  la eternidad en los infiernos.
    Lo que soy yo, asumo que lo cotidiano tiene mucho que ver con mi caja craneana, o sea, le pongo desde adentro un toque de sal al estofado desabrido que se desparrama de lunes a lunes, al punto de que dos más dos a veces da cuatro pero en ocasiones cinco. ¿Quién se atreve a decir no? En el comercio diario de sonrisas, garrotes, vilezas, amores o mentiras, construimos significados, elevamos a alturas de vértigo lo cierto y lo falso, lo imaginario y lo que no lo es, única trocha para sumergirse hasta el cuello en la aventura de atravesar los días  con la ñapa de sobrevivir en el intento. Lo anterior es sencillo, pero no trivial, y por ahí se arma el lío que ahora mismo espanto de un puntapié en plena espinilla. Ya lo dijo Savater: “trivialidad es lo que se le queda en la cabeza a un imbécil cuando oye algo dicho con sencillez”. Eso es, no faltaba más.

5/28/2016

En concierto

La señorita Camila toca para Papá.

5/08/2016

Palabras y mentiras

    Imagina que lo cotidiano te desborda. Entonces aprende de una vez: hay algo capaz de trastocar eso que te quita el sueño, que te aplasta la nariz. Toda evidencia cuyo asiento es la realidad haciendo de las suyas, si no te cae simpática puedes esconderla debajo de la alfombra, lo cual no es nada despreciable a la hora de engañar, de sacarle la lengua a los fracasos o crear ficciones a la altura de tus intereses. El lenguaje, créelo, tal es el instrumento con el que miles –caudillitos y politicastros de mala hora-  ocultan el feo espectáculo de resultados ajenos al Paraíso como promesa.
    Ante la voladura en pedazos de un contexto derruido por la ineptitud gracias a fiebres no sudadas, un comunista, un nostálgico de la Guerra Fría o un socialista del siglo XXI, pongo por caso, echan mano de cuellos listos para ser torcidos si el asunto es concretar utopías. Poco importa la terca realidad, lo que cuenta es inventarse una leyenda, narrativa heroica que arrojará sin dudas el sublime saldo tan esquivo en otros tiempos: igualdad, justicia, hambre cero, y demás logros que sólo se materializan en forma directamente proporcional a la sensatez política y económica de gobiernos preparados para cumplir el anhelo mayor de cuanto verdadero estadista accede al poder, no otro que  dejar a sus países en mejores condiciones que antes de su llegada. Corolario: el bienestar se construye, no se decreta, pero cuidado, el mundo también puede edificarse a base de palabras. Y son ellas el arma arrojadiza que un caudillo iluminado suele manejar como le venga en gana.
    Hugo Chávez primero y Nicolás Maduro después conforman la dupla que desde hace casi veinte años movió los hilos de la truculencia convertida en asunto cotidiano. Chávez, maestro de maestros en el arte de la demagogia, supo consolidar sus fantasías, en concreto una red de acciones, de quehaceres entre el populismo más atrabiliario y el disparate atroz, con el punto de fuga sobre la permanencia en el poder. Inauguró sus quince minutos de gloria zambulléndose en las aguas de la palabra, es decir, cambiando una realidad  por otra mediante chasquidos de la lengua. Nació entonces un delirio llamado Quinta República, descocada invención de cuyos pellejos se colgó medio mundo. La realidad como enajenación lingüística, no faltaba más.
    Impulsado por los rugientes motores de un líder carismático, el discurso demagógico paga y se da el vuelto. Hasta que acabe extinguiéndose, ahogado en su particular detritus, estrellado contra el muro que terminan siendo las locuras procuradas en nombre de la redención social, la realidad prefabricada por el verbo incendiario del mago de turno va a erigir los espejismos necesarios para mantener viva la fe, el sueño mil veces postergado de un destino rosadito para el pueblo y sus carencias, tantas veces hecho añicos por esa otra ilusión del verbo que adjudica a terceros la responsabilidad de nuestros males: el imperio, el burgués, el neoliberalismo, el traidor o los escuálidos. Entonces, según la nomenklatura, cuanto pretenda fracturar el noble espinazo de la revolución va a ser enfrentado vía un fulminante plan de lucha. Una contra el enemigo  -la revolución no tiene adversarios- hecho de sílabas, de verbos, de preposiciones, pero sobre todo de frases huecas: guerra económica, inflación inducida, batalla asimétrica, invasión yanqui, capitalismo, pelucones y demás miembros del rimbombante léxico gobiernero.
    Empresarios, escritores, amas de casa, deportistas, intelectuales, estudiantes, nadie escapa al embrujo populista en estas tierras. Mientras un país se despedaza por obra y gracia de un gobierno reñido con la cordura, cierta feligresía todavía aprieta los dientes y cree en la religión chavista. Es que la revolución da para todo, incluso para engañarse a estas alturas. El lenguaje, creador de imágenes fantasmagóricas a propósito de su referente, generador de claridad o confusión según quién lleve las riendas para manipular, es usado  por Maduro  -un ser que al respecto es el pálido reflejo de Chávez o de Castro, sus mentores-  con el propósito de entrampar la realidad, de sustituirla por la imaginería ideologizada, de producir ideas contrarias frente a  la simple evidencia empírica, con ánimo de engatusar  incautos. Yo no soy responsable del desastre, grita maduro, ahí está Mendoza y la Polar. Yo soy apenas una víctima, reclámale al Departamento de Estado. Yo soy como César González, amigo de todos. El ricachón Macri, el paramilitar Uribe, el gringo Obama y el escuálido Capriles han sido los malos.
    La revolución también es un golpe en el vacío, un salto hacia la nada. Un embuste preñado de palabras.

5/01/2016

Teatro

    Así como los escritores proyectan vidas sobre el papel, yo las invento a diario en medio de las calles. Es una costumbre que lleva años, desde el día en que, aburrido, vi en la gente no el ir y venir de un colectivo haciendo diligencias, paseando o yendo de un lugar a otro por motivos de trabajo, sino el hecho fascinante de formar parte de una historia cuyos hilos movía yo a placer desde la acera.
    Me explico: alguna vez imaginé que esa mujer saliendo de su casa, sonriente y dispuesta a devorarse al mundo, en verdad huía luego de asesinar a su marido. Y aquel chico que abraza a su padre (¿es su padre?) mientras en un segundo plano esa niña (¿acaso la hermana?) observa como si nada, en realidad hace las veces de Judas Iscariote en pleno siglo XXI. Traiciona a alguien sin lugar a dudas,  es decir, otra vez la historia mordiéndose la cola. Conclusión: de niño aprendí a mirar los guiños que se cuelan entre escenas de transeúntes, al punto de que hoy por hoy llego a descubrir secretos, verdades ocultas, información clave usando el método infalible que, modestia aparte, me enorgullece haber creado desde que usaba pantalones cortos. No hay mejor teatro que las tablas de un café, de un mercado, de una zapatería. La vida ofrece un estreno a cada instante, actuaciones únicas, respuestas confinadas a permanecer bajo tierra y si te pones a ver, lo cierto es que no hay por qué resignarse a los enigmas que saturan la existencia. Caminas por ahí, observas cómo el heladero tiene que ver con la cajera de la panadería, cómo la carambola entre ellos dos y la chica que justo en ese instante pide su jugo mientras enciende un cigarrillo perfilan el entramado que, si hurgas bien, da la llave para resolver  interrogantes que te hacen la vida de cuadritos. Tienes la ventaja de que en semejante perfomance eres guionista, a veces actor, y por supuesto director.
    Un número cualquiera vislumbrado a través de una ventana, unas caricias en medio de la noche y a la luz del poste en un banco de la plaza, un drama entre amigos que charlan en el bar, eso y más ofrece el proscenio cotidiano que supera con creces a tanto grupo malo empeñado en montajes que jamás valdrán más que un mediocre intento. Así es, el día a día vomita sus enigmas, revela sus entrañas sólo con saber leerlo.
    Leer, de eso se trata. La gente lee en clave de escuela, pobrecitos, en negro sobre blanco. Yo leo a fuerza de situaciones irrepetibles que las circunstancias me ponen enfrente. Leo gestos, intenciones, relaciones, y noto las costuras que vinculan al perro que mueve la cola mientras el dueño lo acaricia con el último crimen ocurrido en la ciudad. Entonces meto la mano en la respuesta. Hay quienes entienden la borra del café, las cartas, el tabaco. Pamplinas. Yo entiendo la puesta en escena que te aplasta las narices y eso basta para ver las cosas desde la otra orilla.
    Haz el intento y verás. La próxima vez que salgas a la calle mira al tipo del kiosco y fíjate cómo el diálogo con  la señora que le pide El Nacional escupe la solución al problema de la bolsa. Te darás cuenta de que ese otro chiquillo, cuando mete el gol luego de cobrar la falta, pateó  la explicación que termina por saltarte al cuello. Gritarás eureka, lo juro.  Hazlo, hazlo y después terminas por contarme.

4/23/2016

La pantalla de mi Sony

    De niño juraba que un mundo como el nuestro existía en lo profundo de los televisores. Para que una película pudiera suceder, gente diminuta en medio de calles, sillas, vasos, casas, vehículos, escuelas, tiendas u hospitales tenía que vivir en las entrañas de esos aparatos. Es que las tecnologías eran cosa de otro mundo, una  dimensión ajena al muchacho que iba siendo. Lilliput cabía hasta las narices en los intestinos del tv y encenderlo suponía un vómito de historias como las que me gustaban.
    Cierta vez, asomándome por alguna hendija, creí ver a Supermán transformándose en Clark Kent y a Tarzán cayéndose a trompadas con una pantera. Cuanto le conté a mi madre sonrió con dulzura y cuando, emocionado, le confesé mi descubrimiento a un amigo del colegio, me miró con desprecio argumentando que un tv era sólo eso, un tv, y que si yo era pendejo él sí que no, pues hacía ya mucho que conocía el secreto de sus cavernas: allá adentro únicamente existen cables, tornillos, bobinas, tuercas y demás piezas aburridas.
    A veces tengo la impresión de que la memoria es un televisor incrustado en alguna región del cerebro, de modo que cuando lo encendemos aparecen en pantalla esas imágenes que nos obnubilan, nos hielan o nos espantan. Para más señas, cogemos el control remoto y en pleno zapping, si hay suerte, damos con la secuencia de unos besos, borrosos ya, probablemente en blanco y negro, o con el nacimiento de Lucía, la última de tus hijas, cuando todavía tenías cabello y mucha esperanza saliéndosete por los poros. En fin, la vida humana tiene bastante de historia novelesca, de puesta en escena televisiva al mejor estilo Delia Fiallo. Quién lo iba a decir.
    Quizás por eso pensamos en imágenes, quizás por eso soñamos en imágenes y quizás también por eso casi es cierto que una imagen vale más que mil palabras. Total, que no es verdad la letanía simplona de que vivimos una época dominada por lo audiovisual cuyo corolario es el desplazamiento de lo escrito hacia un segundo o tercer plano. Lo dicho: atravesamos tiempos donde la impresión de la pupila marca una agenda que siempre nos coge por el cuello, aún desde los cavernícolas. Moraleja y conclusión: el televisor es la punta de un iceberg que se adentra en nuestra historia y va a parar a los dibujos de Altamira. Mira por dónde van los tiros.
    Así que cuando un sabihondo sentencia con el ceño fruncido que la pantalla de mi Sony es la culpable de la violencia en las calles o de que Juancito no se acerque a un libro, es decir, que no lea ni la o por lo redondo, lo pongo de patitas en la calle al muy cretino. Es que estamos hechos de imágenes, las llevamos embutidas como productos Oscar Mayer en la caja craneana, cuestión que ni es muy buena ni muy mala pero  sencillamente es. Dispongo del gatillo, o del control remoto, que viene a ser lo mismo. Preparo, apunto, fuego.

4/16/2016

La máquina del tiempo

    A veces los relojes se detienen, se adelantan o retroceden como echados en brazos de una máquina del tiempo. Sin ir muy lejos, pásale la vista a Maduro y sus secuaces: la Guerra Fría sigue presente, el Muro de Berlín continúa intacto, Gorbachov queda en el futuro más lejano y Nikita Kruschev hace de las suyas entre vodkas y ginebras con bastante hielo. Los sesenta lucen como nunca en los más tercos delirios que dinosaurio alguno pueda haber soñado en estas tierras.
    A veces el tiempo retrocede, digo, sin más explicaciones que la realidad monda y lironda: un coñazo en la nariz a fuerza de escasez, de colas, de ineptos en el gobierno, de inseguridad traducida en número cada vez más elevado de malandros por milímetro cuadrado. Supongo que gracias a semejante medio ambiente tengo un amigo que únicamente escucha discos de acetato y sólo ve películas en su televisor a blanco y negro, ya sabes, cuatro patas largas y pañito con florero encima, retro por donde lo mires. Para remate, escribe en una Remington y borra con typex o correctores líquidos, de modo que sus dedos llevan siempre salpicaduras blanquecinas producto del asedio a errores, letras, palabras y frases que son en el papel lo que virus y bacterias en el organismo. Menuda realidad.
    Hay gente maravillada, en estado de fascinación permanente porque este mes o el otro va a salir el juguetito nuevo de la Apple, el último grito de la Nokia, el non plus ultra de algunos aparatos japoneses. Mi amigo vive como el caracol que es, metido en su concha, y así como un glóbulo rojo es un glóbulo rojo y nada a favor del torrente sanguíneo chapoteando feliz entre plaquetas, leucocitos y demás adminículos por el estilo, él hace tiburoning en las playas del pasado, corre las olas del celuloide hecho vida cotidiana en súper 8 y cada minuto de su día exige un revelado Kodak, o en su defecto la instantánea polaroid que termina por escupir la camarita y ahí te ves, sonriendo mientras  vas directo a la posteridad.
    Tengo la impresión de que uno inventa su vida como Robert Louis Stevenson inventó sus novelas: a punta de imaginación y terquedad, y por supuesto algo de mala o buena suerte. Por eso mi amigo es un dechado de cosas extrañas, por supuesto, y también fabulosas. Maneja a la perfección el cóctel de la existencia entre retazos de imágenes llenas de telarañas y cabos sueltos hechos de remembranzas que poco a poco va labrando como si fuese un albañil del día a día. Entonces el pasado está aquí y el aquí en el pasado, asunto que sin querer va sonando ya como trabalenguas pero qué se puede hacer, total, si la vida es a veces una lengua trabada, lenguaje hecho añicos, sintaxis sin pie ni cabeza (pregúntale al gobierno) que mejor es dejar de lado para no jodernos el ahora con lamentos o tristezas que para qué te cuento.
    La otra vez fui a visitarlo y lo hallé escribiendo cartas para arrojarlas luego al buzón del correo ordinario. Había algunas en papel de biblia y más allá un cúmulo de postales  -sí, postales, imagínalas tal cual-  con imágenes descoloridas de avenidas, de edificios, de paisajes antiguos que apenas cabrán en el recuerdo. Me emocionó ver a alguien escribiendo la correspondencia de su puño y letra y pensé en qué diría don Pedro Suárez, hombre moderno como ninguno, si conociera a Clodoveo de Brindis Pérez, protagonista de esta historia. Me encojo de hombros y sigo mi camino.
    En un país despedazado como éste la máquina del tiempo estuvo ahí antes de soñarla. Abres los ojos, sales a la calle, despabilas un poco y la tienes enfrente. Quién iba a sospecharlo.

4/10/2016

Escenario psicosocial en Venezuela (entrevista)

Alirio Pérez Lo Presti, más que un amigo, es un hermano. Hicimos amistad desde los días merideños cuando ambos estudiábamos en la Universidad de los Andes y compartíamos vida cotidiana entre libros, academia, literatura, cervezas, librerías, juergas y tertulias que sabíamos cuándo empezaban pero jamás cuándo finalizaban. Dejo una entrevista imperdible que hace muy poco le hicieran a propósito de esta locura colectiva llamada Venezuela.

El link:  http://perezlopresti.blogspot.com/2016/04/escenario-psicosocial-en-venezuela.html

3/27/2016

Julio Cortázar y Carol Dunlop

La historia de amor entre Julio Cortázar y Carol Dunlop. Un documental que debió aparecer en 2014. Aquí un extracto de la obra:

http://cinealsur.blogspot.com/2014/02/documental-julio-carol-los-exploradores.html

2/28/2016

Gente y literatura

    Cuando era niño me daba por vincular ciertos objetos con personas. El Maverick del setenta y ocho tenía un parecido con mi tío Francisco que me dejaba helado. Una caja de chiclets Adams llevaba en sus entrañas el vivo retrato de algún primo, y así. Pues resulta que en plena adolescencia la literatura cobraba fisonomía particular, cargaba adentro parte de la humanidad que iba descubriendo en esa edad donde los días son volcanes en efervescencia permanente.
    Desde esa fecha vislumbré cierta extraña identidad en nosotros, tripartita para más señas, cuyo punto de fuga guardaba un fondo que me fascinaba. Los hombres eran como chorros de palabras, les colgaban del pellejo, de la voz, de la silueta, océanos de historias fraguadas a punta de literatura, nada menos. Eran como géneros literarios, de modo que develarlos poco a poco y desentrañarles huellas dactilares en el alma terminó siendo ocupación que absorbió buena parte de mis horas juveniles. La literatura como antropofagia, un caníbal que a la vuelta de la esquina te engulle sin dar explicaciones.
    Así como sucede en el hecho literario, un ser humano podía ser cuento, ensayo o novela, siempre en función del uso del lenguaje, de la disposición de comas y de puntos, de la construcción del tejido narrativo que terminaba por tragarlo de un bocado. Mi madre era sin dudas novelesca: amplia, anchurosa, con centenares de páginas a cuestas. En ella cabían todos los géneros, tal como demuestra el buen Balzac o el señor Dickens. En ella la vida equivalía a la Gran Sabana multiplicada por mil, al punto de que la comedia humana chapoteaba en el centro de mi casa, hecha carne y hecha huesos haciendo de las suyas por todos los rincones. Hay gente novela, sin la menor duda, condenada a ese papel y punto y fin, y eso no es bueno ni es malo, sólo es.
    Y hay quienes son cuento por donde los mires. Mi amigo Pedro Suárez, por ejemplo. Pedro es poeta, lo sé desde que la amistad terminó atravesándonos, pero lo que él nunca imaginó fue que resultaba un individuo cuento hasta la pared de enfrente. Tensionales y discretos, económicos en léxico y sintaxis, tales bichos sentencian el punto y final en tres párrafos máximo porque saben bien que el universo cabe en un puño, en un pañuelo, en la botella que comparten con quien sepa qué decir y cómo en el momento oportuno, ni más ni menos. Si un ser novela lleva el mundo adentro y lo expresa a cada instante en cuatroscientas veintinueve páginas, uno cuento escupe trazos de la galaxia empaquetados como si fuesen aspirinas. Y ahí te quedas.
    Pero la más rara y por eso la más extravagante es la gente ensayo. Aquí sí que los datos son un abuso de la estadística por aquello de las muestras insignificantes. Es que la cuentas con los dedos de una mano y sobran, mira cómo son las cosas. Sapientes, densos, con actos y gestos cargados de citas bibliográficas, cubiertos de fichas o anotaciones, enterrados en notas al pie y demás aparataje por el estilo, recuerdo a un amigo ensayo que es la viva información con sístoles y diástoles, sabiduría monda y lironda, qué se le va a hacer.
    Lo cierto es que me quedo con la novela y el cuento, cosa rara, porque en el plano de la hoja impresa un buen ensayo me atrapa y no me suelta. En fin, el mundo como biblioteca, como literatura que respira y puedes contemplarla en el café de la esquina y en el bar que está a dos cuadras. El universo entre anaqueles y Julio Verne yendo y viniendo como le da la gana, sentado contigo mientras da el último sorbo a su cerveza. Y Borges, y Garmendia, y Kapucinski entre tequilas y rones con bastante hielo. Quién lo hubiera sospechado.

1/30/2016

El juego de los espejos

    El momento que vive Venezuela es, como ha dicho Maduro, en verdad una tormenta, sólo que este señor confunde frijoles con catedrales. Si la guerra económica es la causa de todos nuestros males, entonces hay poco que hacer: los pérfidos capitalistas apuntan sus cañones contra un gobierno virtuoso que, de no ser por sus magníficas ejecutorias, hace tiempo nos habríamos desintegrado. Sin embargo ya lo sabemos, el origen de esta locura, de la humillación y vergüenza generalizadas, es otro, nada menos que la ineptitud de una clase gobernante que dilapidó una oportunidad de oro para crear riqueza y bienestar a punta de ocurrencias manicomiales.  
    Al día de hoy, una nueva Asamblea Nacional tiene la obligación de contrapesar, controlar y fiscalizar el nido de abusos, de torpezas que supone el gobierno como un todo, aun cuando esa labor lleve en el ala plomo fino de cuanto gatillo alegre crea el cuento de la revolución, del Socialismo del Siglo XXI, del legado de Chávez y demás loqueteras por el estilo. Una de dos: o se saca pecho y se procura en serio un cambio democrático, constitucional, de gobierno, o el gobierno sacará las pezuñas, que para eso las tiene, y cambiará a la Asamblea por un parapeto vacío sin arte, ni parte, ni nada que se le parezca. Ahí nos vemos.
    Salir a flote, salvar la ruta de esta nave que se fue a pique requiere esfuerzos de imaginación, de trabajo incesante, de coraje, que exigirá sacrificios a todos, pero más aún a esa vasta congregación que alguna vez mordió el anzuelo de la trampa chavista, no otra que la promesa del Paraíso en la Tierra, nada menos que a la vuelta de la esquina. Lo que un líder carismático ofrece, con sus variantes populistas, es en el fondo una sola y misma cosa: demagogia, soluciones mágicas, mitos sustituyendo realidades y esperanzas afincadas sobre  un suelo de arenas movedizas. Mientras el hechizo se mantiene, no hay fuerza más poderosa que la unión entre el caudillo y su feligresía, pero cuando aquél se pulveriza porque el Paraíso termina resultando un infierno, el despertar es la conciencia de los vidrios rotos, del incendio y la humareda postficcional, del despecho como duelo en modo político. Hemos llegado a esa instancia.
    ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo orientar los pasos hacia la orilla del reencuentro entre venezolanos, hacia la justicia, el crecimiento económico, el pluralismo, la economía de mercado, la apertura al mundo, la tolerancia y la legalidad? Si algo posee este país es gente preparada que sabrá cómo enderezar entuertos desde tecnicismos inaplazables y desde la ética y la decencia, cuando la pesadilla acabe. Mientras tanto, hay que enfocarse en un punto ya mismo, ahora, antes de que economistas de primera y estadistas con todas sus letras impulsen los cambios urgentes para torcerle el cuello al buitre de la debacle que vivimos. Me refiero a crear consensos. Sin consensos mínimos entre las fuerzas políticas (incluido el chavismo moderado, por supuesto) de este malogrado país, y entre éstas y la población, tengo casi la certeza de que los esfuerzos por deshacer el disparate se perderán en el camino.
    Un acuerdo general alrededor de la democracia, sin adjetivos ni espejismos delirantes, un acuerdo en función del mercado como mecanismo para la generación de riqueza, un acuerdo que vele y respete la estricta separación de poderes y la indiscutible subordinación militar al estamento civil,  son tan importantes como ganar comicios o revocatorios, son tan medulares como  poner de patitas en la calle, por paliza electoral, a Maduro y sus secuaces. Un pacto tácito respetado por la totalidad del espectro político es quizás la única garantía de cambio, de despegue como país, de aproximación al desarrollo a mediano y largo plazo. ¿Qué estamos haciendo para alcanzarlo? ¿Qué adelantamos para llegar a convicciones básicas que permanezcan intocables aunque los gobiernos, como es natural, se alternen? Creo que muy poco.
    Nada desmoraliza más a una sociedad que percatarse de que su clase política actúa en función de horizontes particulares, para sí misma, cuando alcanza el poder. Es lo que ha ocurrido antes en Venezuela, y lo que sucedió con el chavismo durante diecisiete años, elevado a sus más nefastas consecuencias. Urge el consenso, entenderlo y fabricarlo sustentado en puntos clave, en valores que deben mantenerse intactos si pretendemos emular lo que en su momento hicieron España, Alemania, Irlanda, lo que con todos sus tropiezos está haciendo Chile. Sobran los buenos ejemplos al respecto. A ver si de una vez empezamos.