11/08/2012

Los libros y yo


    A veces me da por leer horóscopos y al fin encontrar mi destino, pero como soy un descreído abandono el asunto al poco tiempo. Entonces busco la verdad en lugares menos dados, en una farmacia por ejemplo, o mientras  compro el pan todas las tardes.
    Hay ciertos cafés que visito con frecuencia. Me siento, abro un libro al azar y en función de lo que va saliendo tomo decisiones apremiantes. La otra vez leía una entrevista a Jean Claude Carrière. Descuidado, pasé la vista por la página cuarenta y seis y él afirmaba: “nada hay más poderoso que la interpretación para producir consideraciones insensatas”. Ahí, en plena lectura al voleo hallé la ruta, la solución para un problema que me robaba el sueño. Lo resolví escuchando a este señor, es decir, no interpretando en lo absoluto, no pensando, no mordiéndome las uñas al respecto. Entonces dormí como elefante.
    En muchas ocasiones la literatura tiene más de Oráculo de Delfos que de otra cosa. Resulta extraño decirlo de buenas a primeras, lo sé, pero llevo años en esto y puedo dar fe de que los libros son la llamarada capaz de iluminar ciertos caminos. En días pasados un sumo sacerdote, Gabriel García Márquez, liquidó un quebradero de cabeza que empezaba a molestar más de la cuenta. No vale la pena traer a colación el rollo en sí, pero el desenredo apareció cuando en la página cincuenta de El amor en los tiempos del cólera me aplastó la nariz el dato que necesitaba. Se hizo la luz, y aproveché para bañarme en ella.
    Abrir libros al azar tiene que ver con un arte adivinatoria siempre al alcance de la mano, vaya uno a saber por cuáles caprichos de los dioses. Para lectores consumados bastan las sagradas escrituras de Gerbasi, Moravia, Onetti o Kundera, razón de sobra para llenar el día con prácticas inspiradas en sus páginas.
    He descubierto que para nudos gordianos existenciales, abstractos, inefables por donde los mires, nada mejor que los franceses. Breton, pongo por caso, Dumas o el mismo Le Clézio, para ser actual. Los rusos vienen como anillo al dedo si el asunto cobra ribetes psicológicos: bastan Tolstoi y Dostoievski. Para cuestiones más terrenales nadie como los estadounidenses. Philip Roth a la cabeza, seguido por Dos Passos, Hemingway y Stephen King. Los latinoamericanos caben en un abanico que crece con el tiempo. Úslar Pietri dio en el clavo cuando una vez sufrí un despecho que casi me despacha. Cortázar ni se diga, coger Rayuela y abrirla donde se te ocurra soluciona el más mínimo enredo del corazón o de faldas. Ramos Sucre, quién lo iba a imaginar, me abrió el sendero ante un lío con abogados. De Octavio Paz, cosa aparte, puedo afirmar que ha sido bastante más que efectivo. Es un astrólogo de cabo a rabo, un profesional consumado, lo sostengo aquí y en cualquier parte. Descubrirlo en la adolescencia me hizo devorar toda su obra, cada uno de los libros que pude hallar primero en la biblioteca pública de Upata, luego en los anaqueles de un tío lector que los atesoraba, y después en cuanta librería tropecé en los recovecos de la vida.
    ¿Ernesto Sábato como pitoniso? ¿Rómulo Gallegos mejor versado en estas lides que la misma Adriana Azzi, Hermes o la Caricato? ¿Juan Rulfo dominando el asunto? ¿Quién daría medio por Montejo o Ítalo Calvino a propósito de esconder horóscopos en lo que escribieron?
    Y ahí están. Sus páginas pueden adivinarte la palma de la mano. Basta abrir los libros al azar y leer bien. Sobre todo eso: leer muy bien. Yo que lo digo.

11/02/2012

Las formas imaginarias


    Somos de lo más extraños. Cierto conocido inventó un modo de hablar que consiste en decir al revés todo cuanto quiere expresar. Consiste, para ser más específico, en crear sentidos contrarios a los que emite una oración tal como la leemos o escuchamos, lo que obliga a ir al fondo y no a la superficie de las frases.
    Créame, es una forma especial de comunicación, muy útil a la hora de mantener secretos bien guardados porque apenas se conoce la técnica: sólo tres o cuatro hablantes saben de ella y la dominan. Por razones obvias no ha querido el bueno de mi amigo aumentar el número de quienes la aprendan. Hay que evitar la masificación.
    Es difícil hablar de esa manera, y peligroso además, entre otras razones porque al practicarla el usuario incurrirá en errores, y éstos producirán accidentes propios de la confusión que genera. Aclaro: si alguien dice izquierda con la intención de decir derecha en medio de una explicación que supone indicar cómo llegar a alguna parte, más de una vez el resultado será poco menos que el desastre. Imagine si se trata de gente conduciendo un automóvil. Y así. No hay que ser Frank Calvert o Heinrich Schliemann, descubridores de Troya, para lograr con relativo éxito descifrarla y manejarla con desenvoltura, pero igual es preciso trabajar a fondo.
    Julio Cortázar, escritor a quien admiro desde mis años adolescentes también experimentó algo parecido. En algún momento ideó un modo para entablar charlas con amigos, con parejas, en el más estricto coto de seguridad a prueba de oyentes no deseados. El glíglico, que era el nombre de la forma en cuestión, funcionaba en líneas generales para lo que por descontado sirven estas maneras tan extrañas de comunicación, pero sobre todo para el amor. Con el glíglico  -alguna vez intenté aprenderlo pero fue imposible-  cuentan ciertos entendidos que Cortázar creaba atmósferas de sensualidad y romance impensables bajo otro orden de palabras. Vaya usted a saber.
    El otro día hallé una entrevista a Umberto Eco en la que señalaba un recorrido contrario frente a lo que he narrado arriba. “Si hoy hago un graffiti que no tiene ningún sentido en una pared, mañana llegará alguien diciendo que lo ha descifrado”. Es justamente lo que me propongo ilustrar aquí, pero al revés. Somos dados a desentrañar enigmas, somos curiosos, metemos las narices aquí y allá y ahí quedan jeroglíficos tendidos en pleno suelo, vencidos, comprendidos. Quedan lenguas muertas redivivas, diseccionadas luego de convertirnos en patólogos de la lengua o en forenses de idiomas desvencijados. Queda eso y queda todo cuanto pueda usted añadir al respecto. Somos dados a inventar modos para develar misterios, pero evidenciamos menos habilidad, menos talento, si el asunto es construirlos. Es lo que ha hecho mi amigo al hablar al revés o Cortázar con su glíglico, labrar mundos nuevos, inaugurar laberintos, estrenar caminos condenados a ser poco transitados.
    Supongo que algo por el estilo atravesó la corteza cerebral de quienes concibieron el esperanto, lengua artificial que a modo de obsequio fascinante legó a la humanidad un puñado de individuos raros, con el dato significativo de que sólo una minoría estadísticamente irrelevante hoy en día sabe utilizarla. Que no es necesario porque cada quien posee la lengua con que nace y la que se merece, podrá argûir cualquiera, y es verdad. Pero las formas imaginarias tienen también mucho de tercas y aparecen, poco, es cierto, pero aparecen, rozagantes y con muy buena salud, lo cual me llena de alegría gracias a que también yo gozo llevando la contraria en más ocasiones de las que quisiera.
    Confieso que desde muy joven me llaman la atención los locos. De no haber sido esto que vaya a saber qué soy, hubiera estudiado psiquiatría. Ciertos desquiciados que observo por las calles en el fondo me dan la impresión de que tienen una forma, una lengua particular, privada por donde la veas, que únicamente les permite comunicarse consigo mismos. Se inventaron, o hallaron, qué sabe uno, la forma que les viene como anillo al dedo para decir mejor o pensar con mayor tino  -no olvidemos que pensamiento y lenguaje andan siempre abrazaditos-  pero con la desventaja de que les sirve para dialogar sólo con ellos, para invocar soliloquios jamás entendidos por normales tipo usted o tipo yo. Una lengua aprendida por un único individuo. Hay de todo.
    Así deben sentirse los últimos hablantes de ciertos idiomas que están a un paso de desaparecer. Lenguas, formas que ya mismo, al amanecer, tumbaremos en la mesa de estudio, de operaciones, como tabla de salvamento en función de preservar un poco lo que alguna vez fue, de rendirle culto al genio humano. Gente convertida en pieza de museo, en fósiles andantes por obra y gracia del espíritu no tan santo de nuestro talante, siempre dado a dejar para después lo que pudo hacer ayer, pongo por caso. Y así debió sentirse, bicho absolutamente raro bajo el lente de entomólogo con malas pulgas, quien primero dominó el mencionado esperanto.
    Mi amigo, ese que ideó hablar al revés para otorgar otro sentido a frases que usamos en lo cotidiano, ahora que lo pienso se parece a aquellos surrealistas, esos descocados célebres que juntaban palabras sin mayores nexos, relaciones o parentescos entre ellas con el objeto de que florecieran significaciones subterráneas, veladas, ocultas, pero existentes sin duda en algún lugar poco evidente de la lógica. Formas imaginarias haciendo de las suyas.
    Yo mismo, siendo niño, disfruté a rabiar jugando con otros compinches de faena: quieperopo jupugarpafutpu bolpoempe vezpedepe irpiapalapa especuepelapa, que traducido al español denota la intención del goce pleno: jugar al fútbol y no aparecer jamás por el colegio. Las formas imaginarias aplastan tantas narices que a veces piensa uno en la posibilidad de que terminen victoriosas. Viéndolo bien, mejor así, mejor que ocupen el lado menos visible de las cosas. Total, y como también sostuvo Eco: “la filosofía de Bertrand Russell no ha generado tantas interpretaciones como la de Heiddegger. ¿Por qué? Porque Russell es especialmente claro e inteligible, mientras que Heidegger es oscuro. No digo que uno tenga razón y el otro no… pero cuando Russell dice una estupidez, lo dice en forma clara, mientras que con Heidegger, aunque diga un truismo, nos cuesta gran esfuerzo darnos cuenta. Para pasar a la historia, para durar, hay que ser oscuros. Heráclito ya lo sabía”.

10/28/2012

Hija y padre


Camila: ¡Papá, papááááááá!
Yo: ¿Sí? Dime, dime, aquí estoy.
C: Papi, ¿todos tenemos huellas dactilares diferentes?
Y: Sí preciosa, cada huella es distinta a las demás.
C: ¿Sabes algo?
Y: No, no lo sé, ¿qué ocurre?.
C: Dios tiene memoria eidética.
Y: ¿Memoria eidética?
C: Sí, sí, sí, memoria eidética.
Y: Ya olvidé, si alguna vez lo supe, qué es memoria eidética.
C: Es una memoria que puede recordar cualquier cosa. No olvida nunca. Es completamente fotográfica.
Y: Ya veo. ¿Y cómo es el asunto entre Dios y esa memoria?
C: Es fácil: ¿cómo crees que que va a recordar cada huella dactilar de tantos seres humanos, de tantos y de tantos y de tantos en el mundo, para no repetirlas nunca?
Y: Ah claro, ahora entiendo. Mmmmmm, estoy de acuerdo con usted, señorita. Estoy de acuerdo.
C: Más le vale, señor, más le vale.



10/27/2012

Las malas costumbres


    A veces las malas costumbres cavan un foso bastante profundo. Desde la niñez nos van arrastrando al llegadero: lo fácil, lo menos exigente, el mínimo esfuerzo. Así preparamos el terreno para el adulto que vendrá, cargado de poca transpiración y muchas agallas.
    Por lo general la pretensión del ascenso con alas cortas se extiende a todas las instancias. Queremos lo mejor de lo mejor y aprendemos que chasquear los dedos es la ruta más corta. Para hacernos ricos, para dar con la novia apetecida, para graduarnos de lo que sea, para todo. Me llama la atención cómo nos mandan a hacer el disfraz de Tío Conejo desde que nos ponen el primer pañal, y cómo nos esmeramos por superar al vecino en estas lides. “Por lo general”, he escrito arriba, “por lo general” (no vaya usted a sentirse señalado a propósito de cuanto llevo escrito hasta el punto y aparte que de inmediato voy a colocar).
    Me ha ocurrido por ejemplo que, hablando de filosofía, en un aula o en un cafetín media humanidad quiere saberlo todo haciendo nada. Es una particularidad muy nuestra que aparece con puntualidad de reloj suizo. Si se trata de Kant, la petición es explicarlo y ya, hasta ahí porque el tipejo se las trae. Es oscuro, es complicado, y como está el patio, con la inflación, el desempleo y los delincuentes en las calles, las cosas no andan como para coger quinientas páginas y leérselas cual si uno fuese ocioso. Igual pasa con Descartes, Nietszche o Freud. La idea es probar lo ya probado, masticar lo masticado, pensar por encimita lo que pensaron otros. Basta con tener enfrente lo que se dice de Kant, no lo que dice Kant. Y así.
    Reina la creencia de que hay que poner las cosas fáciles. Un profesor está para eso. Lo complejo da urticaria. Tenemos metida en la corteza cerebral la maña de que llegar a una meta, a cualquier meta, supone agarrar al toro de los caminos verdes por los cuernos y entonces leer filosofía va siendo como repasar Condorito en diez minutos que tengamos libres.
    Pues no. Rotundo no y quien no lo asimile que se termine yendo de vareta. Estudiar exige vérselas de frente con ideas abstractas, extrañas, intrincadas, que la mayoría de las veces no tienen un pelo de sencillas. Kant es todo menos pan comido. Russel igual. Y ante semejante escenario no hay forma de vislumbrar o entender qué diablos es el imperativo categórico si no lo enfrentas tal cual es. Coger el Tractatus implica zarandear a las neuronas e involucrar dos dedos de frente al respecto so pena de asistir sólo a una realidad que otro nos pinta pero que no hemos transitado. Para dialogar con José Ortega y Gasset hay que leer en directo a José Ortega y Gasset. No hay escape.
    Las malas costumbres están ahí, gordas, rozagantes, alimentadas por lo que vamos siendo. Somos Tío Conejo y nos encanta, aunque en el fondo, allá en el fondo, únicamente existan ilusiones.

10/25/2012

Íngrimo

Herido en el deseo
cuajadas
las ganas flotan sobre los espejos
a las once y treinta de la noche

10/18/2012

Sangre en el congelador


    El mundo es un sitio misterioso. Uno va por la vida tranquilo, sin molestar a nadie, sin dañar a la naturaleza, sin desear a la mujer del prójimo, y sin embargo es testigo de cuanto rollo se empeñan otros en montar. Hay de todo.
    Pero las cosas se complican, lo mío va más allá. Los enigmas que en vano he intentado resolver sacan la lengua, me señalan con el dedo y ríen a mandíbula batiente. La otra vez, sin ir muy lejos, terminé de almorzar y al ir a la cocina por los multivitamínicos la nevera yacía inerte, sin respiración. Un hilillo de sangre bajaba por las comisuras de las puertas. Quedé mudo, como quien dice patitieso. Fue al rato cuando llamé a los paramédicos quienes me informaron lo ocurrido: una embolia cerebral dio al traste con el aparato.
    Semanas después la radio del carro enfermó de una gripe tan fuerte que devino en pulmonía. La tos pastosa, como nunca antes, se colaba entre canciones de Shakira o la voz de César Miguel Rondón en su programa de las siete. No había remedio, mi radio, según las placas que ordenó hacer el neumonólogo que la trató, no estaba como para superar ese mal así que, benévolo, giré el botón hacia la izquierda, escuché el suave click del off, y acto seguido le cerré los ojos en un acto piadoso que no quisiera repetir jamás.
    Refiero lo anterior para decir de una vez que mis electrodomésticos gozan de vida. El microondas, el ayudante de cocina, la  parrillera Oster, todos, todos andan vivitos y coleando. En fin. Pero ni tiene que arquear las cejas ni sonreír de ese modo burlón. No faltaba más. Haga el favor de quitar ya mismo ese gesto entre sorprendido e indulgente: si afirmo que estoy rodeado de objetos cuya vitalidad es indudable, es debido a que cada experiencia me otorga por completo la razón.
    Para no abundar en más detalles, sólo diré que el mes pasado miraba la televisión y observé que respondía a mis pensamientos. Si imaginaba un lago en medio de la hierba, con árboles y flores, con cielo azul, pájaros y el viento tibio de las cuatro de la tarde, entonces justo eso aparecía en pantalla. Si soñaba algún atardecer, igual. Si pensaba en cuentas por pagar, en ciertas deudas que debo saldar en poco tiempo, Patricia Janiot arrojaba la posible solución de mi problema. Mayte Delgado, Claudia Palacios, Catherine Zeta Jones, Jorge El Curioso o los Backyardigans atendían con diligencia las ocasiones en que mis neuronas saltaban de un asunto a otro, y a otro, de modo que siempre terminábamos por acceder al diálogo fructífero, enriquecedor, relajante hasta el sueño profundísimo. Confieso que temí por la salud mental del LG pantalla plana, ya sabe, por eso de verlo convertido en receptáculo de mis manías, preocupaciones, proyecciones psicológicas en general, pero transcurrió el tiempo y comprobé con alegría que era de lo más feliz así.
    Tengo la certeza de que algunos objetos tienen tanta vida como jamás supusimos, bastante más que esa gente con mucho de tostadora, cafetera o licuadora en sus entrañas. El mundo es un lugar lleno de enigmas, ya lo he dicho, por lo que tampoco me asombro demasiado cada vez que llego a casa y noto cómo el mobiliario es también un puñado de duendes danzarines.
    No hay nada que hacer. Este planeta se las trae pero sin dudas vale la pena estar en él. En cuanto a mí,  lo disfruto cada día que pasa. ¿Qué me cuenta usted?

10/12/2012

La moda en bytes


    Conozco gente que no lee ni la prensa pero tiene libros electrónicos. Me parece del carajo. Que la tecnología, la virtualidad y demás adelantos por el estilo operen el milagro de que alguien, a los cuarenta y tantos, se disponga a pasar los ojos por Ken Follet, Paulo Coelho o V.C. Andrews, y ya no digamos que por Herman Hesse, García Márquez y compañía, es un golazo de cabeza.
    Pero los gusanos de la moda en bytes creo que hacen de las suyas. Coger un libro termina en acto de caché sustentado por el artefacto que le sirve de soporte, llámese Epson, Apple, IBM o qué sé yo, de modo que Cien años de soledad va a ser al intelecto lo que Channel Nº 5 a nuestra sensible pituitaria: un olorcito que durará poco.
    No me malentiendan: cada quien vive a su manera, lo que está requetebién, pero si de lecturas se trata (de formar lectores, quiero decir), más nos vale evitar caminos verdes y educar desde la escuela, desde la infancia, y enseñar a darle uso a las neuronas y a pegar un sujeto con un predicado en forma coherente desde muy temprano, lo cual quizás termine haciendo a tantos párvulos hombres y mujeres críticos, inconformes, rebeldes, librepensadores, digo yo, a lo largo y ancho  de la existencia, y que continúen, benditos sean todos los dioses, los e-book albergando  la biblioteca de Alejandría en pleno, cuestión que se agradece siempre, no vaya usted a creer que uno es del carbonífero en eso de las computadoras, los chips o la Internet.
    Lo malo de la moda es eso, que pasa de moda. Entonces Paulo Coelho se va justo por donde llegó, Follet retrocede hasta desaparecer, y García Márquez se confunde con un vocalista del Binomio de Oro. Tengo la impresión de que la educación es una vaina seria, asunto que si a ver vamos incide en la forma de caminar de algunos, de calarse un sombrero otros, y en lo que aceptamos o rechazamos a la hora de optar frente a ciertas encrucijadas de la vida. Nada menos. Así que no me vengan con milongas: un e-book es un e-book, cosa más mona, pero una buena maestra de tercero es la última Pepsi del Sahara, mira tú.
    Decía la otra vez Umberto Eco que en el siglo XVI Aldo Manuzio “tuvo la gran idea de imprimir libros de bolsillo, mucho más fáciles de transportar. Nunca jamás se ha inventado un medio más eficaz, que yo sepa, para llevar información. El ordenador, con todos sus gigas, tiene que conectarse de algún modo a un enchufe eléctrico. Con el libro este problema no existe. Lo repito. El libro es como la rueda. Una vez inventado, no se puede hacer nada mejor”. Y yo sostengo desde mi ignorancia que tiene razón el buen semiólogo, lo que me obliga de nuevo a suponer que vale más el gusano hecho tinta y  papel de una escuela en Guasipati, que los aromas tardíos de la señora Channel, liviana y efímera como toda moda que se respete. Qué se le va a hacer.

10/04/2012

Las palabras y los sueños



    Las lenguas tienen mucho de cambiantes, nunca terminan siendo un peso muerto o un fósil atrapado en el reloj. Una lengua es un misterio, pero también una respuesta. Es incertidumbre y es hallazgo.
    No hay cosa más extraña que cualquier lengua sobre la faz de la Tierra. Ellas son el mago y la chistera y de ahí saltan todos los conejos que usted pueda imaginar. A menudo se piensa que el español, pongo por caso, anda por ahí con la cara muy lavada, con la piel olorosa, sin arrugas, sin acné, idéntico a sí mismo. Nada más alejado de lo verdadero. No es que sepa bastante de asuntos como éstos, pero la vida me ha enseñado a mirar ciertas cosas al revés, a buscarles cinco patas a los gatos, y en las noches de un idioma, créanme, lo cierto es que muchos, muchos gatos no son pardos.
    La lengua se pone sus máscaras, tiene talento para el histrionismo, y por eso es que suele cambiar no sólo con los años sino también con el paisaje, con el contexto, con el decorado, con los usuarios. En ocasiones huele a hígado encebollado o a trufas cubiertas de arequipe. La otra vez escuché a un cheff hablar y las vocales tenían un sabor parecido al del pollo con puré y ensalada. Hace poco, mientras esperaba ansioso mi turno con el odontólogo, sentí las consonantes empapadas de anestesia, lentas, muy pesadas, algo así como erres tumbadas sobre el sillón del consultorio o zetas arrastradas, aturdidas, junto a los premolares.
    Da la impresión de que las lenguas son seres vivos que se apoderan del alma de quien las utiliza, se adueñan, júrenlo, del espíritu de las épocas. Hay lenguas que llevan por dentro sueños de libertad, como la que hablaba Locke, como la que habla Mandela, y las hay cargadas de grilletes, de cadenas oxidadas, de almas muertas como las de Stalin o Castro o Pinochet.
    De niño tenía la certeza de que la ese de sopa no tenía nada que ver  con la ese que se hallaba en postre. Que la ce de chocolate era alérgica a la ce de callos a la madrileña, que una eme como la de mantecado era deliciosamente diferente a la eme presente en mantequilla. Cuando niño había horas cargadas de un vocabulario dulce, un vocabulario que se deshacía en la boca y chorreaba como miel, y había horas en las que el abecedario ganaba el bostezo de la estupidez o la impostura de quienes pegaban una frase con otra para nunca decir nada. El niño que fui pasó semanas preguntándose por qué afirmaban que la hache era muda, por qué catamarán o pleistoceno venían llenas de aventuras y de incógnitas o quiniela y tenderete, mantuano y refrigerador no emocionaban. A veces oigo a gente nacida aquí y pareciera que no hablan español. Y a veces un inglés usa su idioma y escucho a un oriental o a un maracucho. Somos raros.   
    La lengua no es machista, tampoco imperialista o facha, pero suele echarse encima los olores de una época o cubrirse con la baba de cuanto usuario la lleva entre los dientes, vuelvo a repetirlo. Un asunto es cómo hablaban en el treinta o los sesenta y otro, bastante parecido, es cómo lanza frases un nuevo rico, un panadero o quien te vende el pescado ahí en la esquina. La lengua mordiéndose la cola, sumo y sigo. Cada quien se viste y se desnuda a fuerza de palabras.  Cada quien.

9/24/2012

Nueve años



    Hoy cumples años y estoy feliz. Empecé a escribirte hace seis, justo a tus tres, y ese hecho se ha multiplicado cada vez que un veinticinco de septiembre pasa por nuestras vidas.
    No sé con exactitud, ni mucho menos, qué será la felicidad, cómo definirla a modo de diccionario. Ni falta que hace. De lo que estoy seguro es de que puedo sentirla a fondo, más desde que estoy contigo, y me alegra, y me da paz, y me lleva a ti de una manera, digamos, parecida a un vientecillo que me invita a pensar, a imaginarte, a vislumbrarte de cara al presente y al futuro.
    Soy un privilegiado de cabo a rabo nada más que por vivir la experiencia de aprender de ti. Te lo he dicho antes: por lo general supongo que te enseño el mundo, que tomo tu mano y avanzamos juntos, pero resulta que me das lecciones de apreciación, es decir, eres mi maestra en el arte de mirar las cosas al revés, mirarlas no solamente como son sino además como podrían ser.
    Tu padre escribe, escribe textos, se da de bruces con la imaginación, juega con las letras, intenta decir cosas a través de la literatura. De eso, de poemas o ensayos o novelas o cuentos hemos conversado otras veces. ¿Pero sabes algo?, me has orientado, me has empujado a escribir mejor, a escribir con la piel y los ojos más abiertos, a encontrarme conmigo un poco más. Después de tu llegada sé cómo enfocar ciertas cuestiones, creo entrever qué pinta la Luna por su cara oculta, sé qué duendes corretean por nuestras habitaciones, y entonces les doy la mano, converso con ellos, llevo al papel cuanto descubro en la tarea. Tú eres mi ejemplo para semejante aprendizaje. Observándote capto la idea, doy con el hallazgo que me abrió otras posibilidades.
    Hoy cumples años, y más allá de los patines que deseas y el beso que siempre me pides y me das, quiero regalarte estos rasguños que son, ya sabes, mi forma preferida de expresar el agradecimiento que le debo a la vida porque estás aquí. El otro día, al salir de mi habitación a buscar un vaso de agua te hallé en la sala, tumbada en el sofá con la lámpara encendida. Leías. Ahí estabas, soñando, perdida entre párrafos y hojas, entre dibujos, letras, puntos y seguidos o signos de interrogación. Me acerqué a ti, se me ocurrió hacerte una fotografía con el teléfono que vi sobre la mesa, justo al lado del gato de madera que te gusta,  para luego echarme a tu lado y dialogar sobre el libro que tenías entre las manos, charlar de los misterios que te perturban el sueño, de las maravillas que de a poco vas saboreando en estos días (la vida no es un valle de lágrimas, eso no lo olvides nunca), de cómo un personaje literario tiene tanto de nosotros y al revés. Esa noche tuve la certeza, al verte devorando las páginas, de que no todo está perdido. El mundo, esto también lo has remarcado para mí, puede ser un lugar más vivible, más noble, más humano. Sacudes, renuevas, traes a colación mis viejas esperanzas.
    Y nada, nada, que ya va siendo hora de ir terminando y de decirte feliz cumpleaños, Camila, mientras te abrazo y te beso y subo a una nube al contemplar tu sonrisa de gato amarillo, que es como suelo llamarte en secreto con ese lenguaje inventado que a diario compartimos y que crece, crece, justo como una panza hinchada por tantos caramelos y helados y pasteles. Un beso, enorme, desde la escritura, únicamente para ti.

En concierto VII


La señorita Camila Vilain al piano.
Un ensayo a cuatro manos. 

9/21/2012

Recuerdos de cine

    Recuerdo la primera vez que fui a un cine, en los setenta. Tendría yo siete u ocho años. Recuerdo también que pasé los días previos sumergido en una emoción que resultaba nueva para mí, que descubrí, conocí y soboreé aquella vez y que me ha acompañado hasta hoy con puntualidad de reloj suizo cada vez que espero ansioso un hecho, un encuentro, un momento de relevancia o significación.
    Desde esos días me dio por imaginar muchas veces que la vida era una puesta en escena, que la calle era un set de filmación al que acudíamos puntuales, quizás sin saberlo, actores, directores y demás. Suponía que al conversar con otros, al jugar con un amigo, al caminar tomado de la mano de mi madre por la acera, dábamos vida a una película que alguien en algún lugar estaría viendo como yo en aquella noche de cine.
    Esa sensación sufrió matices, fue evolucionando, y ya en la adolescencia comencé a pensar que en la pizzería, en el liceo, al intercambiar miradas con una muchacha o cuando pedía un refresco en la tienda de la esquina, un inmenso ojo se desprendía de mí y volaba por los aires observándolo todo, captándolo todo, averiguándolo todo. Era mi versión particular de hacer películas: a partir de ese ojo que no dejaba escapatoria a nada ni a nadie podía asumir el rol de director, controlar lo que ocurría, sentirme todopoderoso. Cortaba escenas, las repetía si llegaba a considerarlo necesario, ponía cámara lenta, en fin, pegaba los ladrillos de lo cotidiano a mi manera. Era asimismo un modo de parecer adulto, menos invisible e insignificante. Era un poder que sólo yo tenía y que con seguridad iba a gustar a las chicas. Era, para no decir más, un jovencito con suerte.
    Llegué a creer que la vida era como una película. Esa convicción se mantuvo durante  años. Entonces por mi mente apareció la idea de hacerme cineasta. Mi madre gritó al  cielo, mi padre sonrió como si nada, con su pipa entre los labios. Iba a dedicarme al cine, iba a vérmelas en serio con una cámara, es decir, con ese ojo que todo lo observaba y que salía de mí desde la infancia. La vida era como el cine, sí, a diario participábamos de una función, o de otra y otra.
    Hasta que viendo otras películas y pateando otras calles y otros lugarejos hice el descubrimiento mayor. Vagabundear por ahí, besar a una chica, tomar cervezas con los amigotes o bailar merengue en una fiesta distaba años luz de una mínima condición cinematográfica. La vida era la vida y punto. La vida era un saco de gatos y era urgente organizarla, ponerle orden y concierto, insuflarle sentido, labrarle pie y cabeza. No  había director ni guiones ni maquilladores. Estabas tú y tu soledad. El cine era exactamente lo contrario: te lo entregaban con inicio y fin. El cine venía estructurado de agencia, de paquete, en una película el trabajo estaba hecho, tú lo entenderías o no, lo exprimirías o no, pero ya existía ahí un horizonte predeterminado. No, la vida no era como el cine, la cuestión lucía al revés, el cine era como ella, si acaso, y notarlo exigía vivir a fondo, vivir de sol a sol, vivir mirando con el cuerpo y tocando con los ojos. Al descubrirlo me asusté, me encogí de hombros, pensé que el cine y la vida guardaban menos cosas en común de las que suponemos. Diga usted si no.

9/10/2012

Un libro para el olvido



Entro con Camila a una librería y mientras ella va directo a su rincón preferido yo me dispongo a vagabundear por pasillos y anaqueles. Entonces un ejemplar me llama la atención: “Un día para siempre. Treinta y tres ensayos sobre el 4F”. Por un momento pienso que se trata de un debate, del ejercicio de esa esgrima intelectual que me gusta, que necesitamos tanto, que permite contrastar ideas, gozar con la defensa y el ataque a propósito de quienes se lanzan al ruedo de las discusiones bien llevadas. Cojo el libro y no, salta a la vista de inmediato que son textos masajéandose el ombligo. Lo edita el gobierno, forma parte de una colección denominada “4F, la revolución de Febrero”.
Que cuatro, diez o veinte hagan una colecta y publiquen sus panfletos, vale. A favor o en contra de lo que sea. Pero que ciertos fulanos usen lo que pago, lo que desembolsillamos todos en impuestos para que el Ejecutivo cobre y se dé el vuelto, es pésima manera de empezar a mostrar lo que los mueve. Examino un poco más eso que tengo entre las manos y me informan que la Red Nacional de Escritores y Escritoras Socialistas (¿por qué no también socialistos?) de Venezuela, tiene vela en el entierro. Digo ajá, muy bien. Ya en la portada se vislumbra buena parte de lo que viene, y para darle un sorbo a lo que viene se me ocurre hojear a fondo el ejemplar.
Recorro nombres, a algunos he leído. Hay gente inteligente ahí, joven, talentosa. Hay otros cuya obra es de dudosa valía, y hay aún más, individuos que han medrado, que supieron ser blancos cuando tocaba, o verdes si era el momento, o rojos según el viento. Una característica los distingue: el silencio, permanecer callados ante el desastre que reina en el país luego de catorce años de disparates revolucionarios.
Adornan con sus firmas ensayistas como Luis Britto García, Luis Alberto Angulo, Gustavo Pereira, Earle Herrera, Luis Alberto Crespo, Laura Antillano, entre otros. Así anda el patio. Leo, reviso, me pongo cómodo, observo: un compendio de escritos laudatorios, red impresionante de odas a un hecho criminal como el golpe de Estado del 92. No hace falta ser un genio para percatarse de que es un libro apologético, que ensalza y justifica aquella felonía de Hugo Chávez y sus secuaces. Es triste, grave y peligroso que intelectuales de todos los ámbitos sucumban ante el poder y se transformen en sus defensores automáticos, en sombras de lo que su naturaleza libertaria los llevaría en teoría a enarbolar, a resguardar con celo. Intelectuales orgánicos, ya lo sabemos.
Pereira abre el libro con una pieza maestra de fantasía y genuflexión: “La otra independencia”. Otra independencia, claro, que le debemos al militar apoltronado en Miraflores. No faltaba más. Se trata de un texto en el que es posible percibir con nitidez cómo ciertas ideologías pueden convertirse en gríngolas obligando a que la realidad se adapte a ellas y no al revés, según indica cualquier lógica digna de ese nombre. Leo este ensayo en su totalidad, quizás por ser el primero. A los demás basta con mirarlos de soslayo para que el tufo de la fiesta alrededor de la fecha patria inunde los rincones.
En un país cayéndose a pedazos, con museos destartalados, prácticamente inexistentes, con la política de cañería metiendo sus pezuñas hasta en el último reducto de lo que toca el Estado (cultura incluida, por supuesto). En un país cuyo gobierno en turno abofeteó toda meritocracia en función de un color y una franela, recentralizando, ahogando a niveles de asfixia el aparato administrativo y mucho más. En un país donde la clase política dominante ensaya proyectos sacados de la manga y del sombrero, generadores de mayor miseria, de mayor atraso, donde se confisca a placer, se acaba con propiedades, se retrocede a tiempos y a realidades que ya habíamos superado, se despilfarran sumas inimaginables de dinero con cada fiebre que sufre el comandante. En un país donde hay presos políticos, donde se persigue a periodistas y se cierran a discreción medios de comunicación, en un país donde explotan refinerías sin investigarse el por qué, donde se caen los puentes, se destruyó la vialidad, se pudren los alimentos, se producen más de ciento cincuenta mil muertes violentas en poco más de una década, se acaba la división de poderes y se endiosa a un mediocre entregándole el presente y el futuro de generaciones. En un país donde la educación es sinónimo de estafa, la inflación la más alta de América, la salud un lodazal, los apagones el pan de cada día, la corrupción una de las más abyectas del mundo, en un país donde el gobierno inventó el apartheid político más espeluznante de nuestra historia republicana (la lista de Tascón). En un país con tales indicadores cierto grupo no despreciable de gente vinculada al pensamiento, al arte, a la sensibilidad, escribe un libro para alabar a un gobierno militarista, autoritario, para enaltecer sus andanzas, para elevar al Olimpo de lo magno un hecho ruin como es todo golpe de Estado contra gobiernos libremente constituidos.
Para estos señores, supongo, hay golpes buenos y golpes malos. El de un bebé de pecho como Chávez fue magnífico. Imagino que para ellos hay dictaduras buenas (la de los angelitos Castro, por ejemplo) y dictaduras malas (la de un hijo de puta como Pinochet, pongo por caso). Tengo la certeza de que a buena tajada de la izquierda venezolana no le ha pasado por la corteza cerebral que con ideología basura y consignas vacuas, con alharacas y celestinaje, con caudillos entronizados porque les otorgaron un chequecito en blanco, no se accede al desarrollo ni se logran mejores condiciones de vida para los pueblos. Esa izquierda que ni olvida ni aprende, la izquierda caviar edulcorada con intelectuales sumisos, cómplices, ciegos y sordos por re o por fa, continúa nostálgica de la Guerra Fría soñando con un Stalin que venga a solucionar los problemas. Y bien gracias.
No es criticable ser de izquierdas, ni mucho menos, como no lo es ser de derechas. El abanico ideológico es amplio y variopinto. Lo que me parece despreciable es que un intelectual olvide lo que debería encarnar y defender con uñas y dientes: su condición contestataria, de librepensador, de observador implacable cuando se trata de escrutar el poder y denunciar sus desafueros.
Finalmente dejo el libro en su lugar y continúo mi paseo por las estanterías. Camila me mira y sonríe. Yo encuentro, feliz, las obras completas de Rafael Cadenas.

9/09/2012

Deseante



Se desviste el lenguaje
nacen palabras
manzana guarda un gemido
laxitud huele a caderas
sin párrafos huecos
sin excusas
estás
dices sí
cumples lo prometido
y queda el idioma al desnudo
navega a deshoras por tu espuma
tiembla aquel trébol
se mete la noche en mi saliva
entonces me doy cuenta
descubro
que mujer es un sonido gótico
crepúsculo es el polo Sur
y abecedario molde de tus montes
de tus jugos
de todos tus olores.

9/05/2012

Lector




Tengo dos lectores
dos o tres lectores
amigos
gente que lee y dice
pasa la vista y comenta.
Transeúntes fugaces
compañeros de trabajo.
Sólo dos o tres, ¿y eso qué importa?
Entonces abro el libro,el libro de otro. Acabo de encender un Bermúdez. Pido café.
Llueve a cántaros mientras el sol se niega a dar la espalda.
Surrealismo puro.
Hay una luz hermosa
un rapto de magia
hay poesía en la ciudad.
Aceptas
abres los ojos y te das cuenta
de que la tarde tiene un alma propia.

9/04/2012

Leer con el cuerpo




Tengo casi quince años trabajando en universidades y no exagero si digo que el grueso de los estudiantes lee muy poco, y lee muy mal. Me llama la atención el fenómeno pues se extiende por las cuatro esquinas de este país. ¿No enseñan a leer bien en la primaria? ¿Es un problema de falta de amor por los libros, es decir, no se da un acercamiento suficiente a ellos en los años de la infancia? ¿Tiene que ver con la ausencia de calado, de énfasis en las relaciones del muchacho y el lenguaje?
Quizás la respuesta implique una íntima combinación de reflexiones a propósito de tales interrogantes. No lo sé. Pero me ha dado por pensar en cómo le cogí cariño a las palabras y en cómo ellas terminaron siendo motivo de alegría y de diversión a cualquier hora. Sé poco de métodos o de la disciplina necesaria para insuflarle a alguien semejantes cosas, de modo que a mis hijos intento mostrarles el asunto desde otros horizontes, ésos que me embrujaron en la infancia.
Supongo que por ser único hijo la soledad pegaba menos si la acompaña de imaginación. Desde que tengo uso de razón me recuerdo imaginando: andar por la sala era a su vez meterme de cabeza en selvas africanas, en montes preñados de aventuras, en cazar tigres o elefantes y enfrentar peligros dignos de Tarzán. Los muebles, los cojines, los adornos, formaban parte de un mundo al que sólo yo accedía y de cuyas llaves era absoluto propietario. La vida cotidiana, el día a día, se entremezcló sin problemas con lo otro, con universos inventados cargados de maravillas. Salir o entrar de esas realidades que casi se tocaban no tenía ningún inconveniente. Creo que así fui leyendo por primera vez.
Leía en los objetos de la casa, en las paredes, en las sombras mohosas de la humedad pegada de los techos. Los carros tenían rostro y había que definirlos, dar con ellos. La ropa colgada en las vitrinas decía cosas. Tengo la impresión de que el clima de misterio derivado de esas experiencias creó una predisposición, incitó a curiosear más, despertó agallas dispuestas a continuar hurgando en otros ámbitos. Los libros, justo entonces aparecieron los libros.
Cada vez que leo un libro, incluso si hago el esfuerzo de pensar en los primeros, leo, más que con los ojos, con la piel, con los poros, con el hígado, con los riñones o con el corazón. Por eso leer a los cinco años funcionaba, abría paso a lo enigmático, a lo provocador, generaba chorros inmensos de emociones. Si no entendía lo escrito en esas páginas trataba entonces de inventarlas, de soñar imágenes a partir de mínimas partes del rompecabezas, de fantasear, de llenarlo todo de mentiras (mis mentiras), de asustarme o alegrarme, de meter el cuerpo en la lectura.
Pienso que quizás nuestra escuela enseña a medias la técnica, pero no la poética de la lectura, el perfomance de la lectura, que es donde a mi juicio se asienta el verdadero enganche, el disfrute total, el estado casi hipnótico que permite saborear con las uñas y los dientes lo que lees. Pocas experiencias, a mis cuarenta y dos tacos, como los momentos de felicidad que me han ofrecido los libros. Eso, por ejemplo, es lo que deseo mostrar a mis pequeños, a Camila y a Daniel, apoyado en la intuición y en el placer que sé que buscamos los humanos por naturaleza. Leer no es una maldición divina, tampoco un castigo escolar como ocurre en demasiados coles. Es todo lo contrario. Mi trabajo en la universidad, que pasa por dar clases, por investigar, por viajar, por dar conferencias, por asistir a congresos y, ¡oh maravilla!, por leer y escribir artículos y libros, me llena de una certeza que no abunda en mucha gente: la de vivir de un oficio que no considero un trabajo sino diversión pura, placer, disfrute a plenitud.
Si se enseña a imaginar más se enseña a leer mejor, de tal manera que es factible habilitar así un espacio en nosotros que de a poco va aproximándonos a los libros aún sin conocer las letras. En mí, imaginar empezó siendo la posibilidad secreta de andar por la calle o por las habitaciones de la casa y, de pronto, caer de bruces en trance, inventar relaciones entre una lámpara y un florero o entre el dentífrico y las pipas de mi padre. Imaginar fue el paso previo a enamorarme de cuentos, novelas o poemas. Leer el mundo como primera caricia al universo del lenguaje escrito, de la literatura. Ése quizás sea el detonante.

8/31/2012

Tú en el guardarropas



Uno vive pensando en lo concreto, en lo que está. La gente se desvive por ver una imagen, sentir olores, reconocer volúmenes, y la verdad es que optan por lo más fácil: referirse a, dar con, hablar de lo que resulta obvio. Lo complicado es lo no obvio.
Cada vez que abro el guardarropas y veo trajes colgados, ya no pienso en trajes como tales sino en ausencias. Un traje colgado es lo que evoca, la otra cara de una realidad que supones constreñida a límites precisos y que de súbito no tiene fin. Un traje abrazado a su perchero es como los zapatos en la estantería o las pantuflas debajo de la cama, consisten en vacíos que se llenan con cuerpos reales o imaginarios, por lo general soñados, ansiados, prestos a ocupar el espacio que esas prendas conforman a modo de guante listo para que la mano entre.
Así como abrir el guardarropas es lanzarse de cabeza a un mundo desconocido para la mayoría, lo real a veces no es tan cuadriculado como suponemos. A ver si le doy vuelta a esta frase. Si usted observa con detenimiento su chaqueta de piel, o su vestido de gala, o incluso la ropa interior de encaje que guarda la señora en la segunda gaveta a la derecha, notará quizás que son más interesantes las ausencias que las presencias, lo irreal más que la realidad, lo a simple vista inexistente más que lo existente, y es que, como digo, tiene sentido para nosotros la otra cara de la moneda, o de la Luna, o como quiera usted llamarlo, porque dicen mucho, muchísimo, esas oquedades en pantalones o jerseys que todo el entramado de supuestas objetividades en las que nos movemos. La otra vez miraba un pañuelo azul marino y ahí estaba ella, hace años, mordiendo su pizza y lanzándome besos desde el otro lado de la mesa. Observaba los puños de una camisa blanca y lo cierto es que los puños no importaban, aparecía otra vez ella enrollándomelos hasta los codos. Y así. Un guardarropas es como un baúl, un baúl con fondo (los sin fondo terminan siendo demasiado complicados) en los que la memoria tiene la medida exacta de los trapos que llevan por dentro.
Tengo la seguridad de que Freud tenía razón, pienso que hoy por hoy sale ileso de tanta crítica mal habida y de tanto deslenguado con poca inteligencia. Y digo más: Freud era un asiduo de su guardarropas, que por supuesto trascendía el hecho grosero de sólo contener algunos pantalones. Entre un guardarropas y la mente humana hay una distancia imperceptible, tanto, que esas prendas envolventes, esos cuerpos que cabrían en ellas son como los sueños. En ellos, un objeto es símbolo de otro, como un sostén la evocación de unos senos o una blusa descotada el molde de esa espalda llena de pecas. Imagino al doctor Freud dándole un puntapié al escritorio y al diván e instalándose cómodamente, copa de vino en la mano, tabaco encendido en la otra, frente al guardarropas de su dormitorio ocupado en la tarea de arrancarle sus secretos.
En la mente que habita un guardarropas o en el guardarropas que llevamos dentro del cerebro cabe el mundo a sus anchas. Me asusta pensar que esa franela desvencijada es mi madre o mi abuelita. Es asombroso darse cuenta de que aquellos calcetines sin color son el tipo que en la adolescencia me quitó una novia. Impresiona descubrir implicaciones, darse de bruces con significados que de otro modo jamás hubiesen hecho acto de presencia.
Quizá deberíamos aprender más de guardarropas y menos de otras cosas tan poco funcionales. En las escuelas de psiquiatría, en los libros de psicología, en la vida diaria, en fin, semejantes muebles son el abismo, el pozo insondable de lo que vamos construyendo. Son lo que fuimos, somos y podemos ser. Hay más de Pedro o Juan en un traje que cuelga de un gancho en el armario que Pedro o Juan ante nosotros, lo cual lleva a concluir que eso que no está, que se dibuja gracias al contorno de unas telas, que se insinúa y se mete en nuestros pliegues como gusano en la manzana, toca más a fondo que todas las presencias, digamos, a la manera de este vaso o este computador.
Te veo en el guardarropas. Tú en el guardarropas. Poco importa esa foto que me regalaste en el 82. ¿Para qué el vídeo de aquel viaje a los Andes en el 95? Tú en el guardarropas, que es un cerebro cargado de lo menos obvio, de lo que más perdura.

8/24/2012

Política al revés



Chávez es un zorro viejo. A estas alturas más viejo que zorro, pero igual vale. Está seguro de que el tiempo se detuvo, para él los años han pasado pero no sus ideas: actúa como si nadara a sus anchas en las aguas de la política. Craso error.
Para empezar, el caudillo que hace más de trece años cobró altos dividendos en los lodazales que dejó el sistema de partidos del antiguo stablishmet, es hoy una mueca retorcida. Y lo es porque no ha sabido leer los signos, las aristas, ciertos pliegues que los años elaboran sin piedad. Hugo Chávez continúa en sus trece, es decir, pretende dividir, oxigenar resentimientos, insulta a cada instante, miente, engaña, elude la confrontación de altura, cara a cara con quienes lo adversan, lo cual lleva implícito un único objetivo, no otro que evitar un hecho que de sólo imaginarlo le produce escalofríos: debatir su obra de gobierno, conversar sobre los problemas reales de Venezuela, centrar la discusión en la gestión que ha hecho de este país uno peor del que encontró.
Lo que el Presidente lleva a cabo a estas alturas es desenterrar la antipolítica trocándose en resucitador, justo a la manera de aquel iluminado que apareció en los noventa y que tanto le ha servido todos estos lustros. Hoy por hoy su estrategia es tan torpe que se le saltan las costuras. Otra vez los gringos, otra vez la burguesía, otra vez los imperios cargan con las culpas y pagan el desastre, otra vez el capital y los traidores a la patria, otra vez los fantasmas que se inventa a propósito de las fiebres que jamás llegó a sudar.
Lo que la gente de esta sociedad anhela es simplemente un gobierno decente, eficiente, que en verdad se ocupe de lo que es su principal deber: procurar educación de calidad, hospitales de primera, combate a la miseria, control de la inflación, ofertas de trabajo, vivienda, vialidad, tranquilidad, que no la maten en las calles, y por ahí el desempeño de este bodrio revolucionario es una vergüenza y una calamidad.
No, la antipolítica en el presente es una búsqueda gobiernera inútil porque tantos años de locuras arrojan un lastre que resulta imposible ocultar bajo la alfombra. Chávez es un zorro viejo, más viejo que zorro, no cabe duda, y la prueba fehaciente de su decrepitud es el guion de esta campaña electoral, copia fiel y amarillenta de eso que le funcionó en los estertores del bipartidismo cuando adecos, copeyanos y demás hierbas daban las últimas brazadas de agonía, tal como él en estas horas. Fíjense cómo el hombre terminó emulándolos.

8/09/2012

Un autor, un libro, una historia




Tomo asiento en mi café de siempre, pido una taza, enciendo el tabaco, y de pronto parece que el mundo se hace más vivible. Acabo de terminar "Mientras escribo" (Random House Mondadori, 2001), de Stephen King, recomendación puntual de mi amigo Francisco Arévalo. Nos encontramos frente a frente en una librería caraqueña en estos días (el libro y yo, quiero decir), y lo compré, y aquí está sobre la mesa, rozando el platillo de la taza, entre el cenicero y el agua mineral.
De King no había leído media letra, y no lo había hecho por simples razones de mundos que no parecen encontrarse un ápice. No me atraen las novelas de terror y supongo que este señor se especializa en ellas. Aún lo creo. Pero explicaciones aparte, "Mientras escribo" es una obra que pretende reflexionar sobre el trabajo de escritor, sobre el quehacer literario y las variables que lo circundan. Escribir es un oficio, tan oficio como el de herrero o plomero, y entonces hay que dominarlo, de modo que con esa idea abrí el libro para cerrarlo trescientas trece páginas después.
Creo que no hay texto que valga demasiado al configurarse sólo como manual de escritura creativa. Si tal hubiese sido el norte de King la etiqueta del fracaso, en mayúsculas, luciría ahora mismo colgando de su frente. Escribir es un oficio, ya lo he dicho arriba, pero es también uno de los ejercicios más subjetivos de este mundo. Los misterios de la creación literaria empalman con los de la literatura misma en tanto objeto concreto, para lo cual sobran pócimas, recetas, embrujos de cualquier ralea. No hay forma de producir escritores en serie porque una obra de arte tiene poco de Oscar Mayer o Plumrose. A escribir se aprende escribiendo, y por supuesto leyendo, sin caminos verdes de por medio.
No, no se trata de enseñar a escribir. Tampoco de hurgar en los enigmas de la obra literaria para transformarse en el pirata de un océano libresco con la intención de robarle sus secretos, es decir, sus múltiples tesoros. Ahí de ningún modo funciona semejante lógica, y si no pregúntenle a los formalistas rusos, a la crítica freudiana, a insufribles como Derrida y compañía, a lacanianos, marxistas y otras hierbas, al grueso de la teoría literaria de todo el siglo veinte.
El mérito de Stephen King radica en que ha logrado un libro que es en primer lugar una historia: la de sus vínculos con la hechura literaria. Es un texto que en el fondo narra su formación como escritor, la novela de su vida como autor, y eso ya es asunto que, si se hace bien, vale la pena leer porque da luces a propósito de una manera, íntima y única, de aproximarse al ámbito del arte. No es poca cosa.
Lo que el autor obsequia a lo largo de "Mientras escribo" es ni más ni menos que el ars poética de alguien que escribe novelas y cuentos pero que además se entregó a la tarea de pensar de qué va el asunto. Transita los recovecos de la imaginación hecha libro, lo que al fin y al cabo es el cuento de cómo un prestidigitador de palabras (él o cualquier otro) lidia con una frase, con la sintaxis, con la fantasía, con la obligatoriedad de cerrar la puerta del estudio para escribir historias de domingo a domingo llueve, truene o relampaguee. Nos cuenta su labor como orfebre de relatos quizás no tan dignos del fuego o del olvido, y al hacerlo en verdad echa mano de sus poderes de fabulación, y nos atrapa. Francisco Arévalo, con quien semanalmente comparto un café o más para hablar del mundo y de la vida, no estaba equivocado: leerlo resultó divertido y provechoso. Y de qué modo.

8/03/2012

Dioses en la Tierra




No pude ver a Diosa Canales. Yo viajaba mientras la ninfa paseaba su cuerpazo por Upata y Puerto Ordaz. Nada, gajes del oficio, cuestiones de trabajo: ella en el suyo y yo en el mío.
Piernas de infarto, un metro no sé cuánto de carne hecha escultura, da la impresión de que Afrodita se equivocó de arriba a abajo y en vez de bailar en el Olimpo aterrizó por estas playas. Y uno feliz, claro. Para qué decir no, si sí.
Si vamos a hablar de arte, hoy en día lo divertido parece cuajar más que lo sesudo, sostiene Mario Vargas Llosa, aunque no necesariamente lo primero es refractario a lo segundo, o viceversa. ¿Pero quién va a contemplar a una Diosa, Canales para más señas, esperando que te explique el Tractatus de un tal Wittgenstein o la Crítica de la razón pura de ese aburrido que es Kant? Si llega a darse, si por un descalabro de las proporciones ocurre semejante aberración, paso por taquilla, que me devuelvan mis reales y a otro bar porque la noche es joven.
Mi admirado Vargas Llosa acaba de publicar un ensayo como los que me gustan: polémico, atrevido, audaz. Lo que se dice un coñazo en la nariz. En él frunce el ceño a propósito de los tiempos que corren. El simple espectáculo supera lo que décadas atrás sin dudas constituía factor clave en una obra de arte: rigor en la propuesta, profundidad en función de lo expresado, lo cual no llega abrazadito con cierta pirotecnia fácil o el fiasco de artilugios espectaculares para captar público sin mayores exigencias.
El mercado de opciones, de posibilidades, de ofertas en el plano de lo que uno paga para ver es plural, bastante más ancho y ajeno que lo evidente a la primera ojeada (esto lo digo yo), medio vacío o medio lleno según se vea, lo que está requetebién si consideramos aquello que siempre nos ha pateado la espinilla: cada cabeza es un mundo y muy bueno que así sea. No todo es arte, no todo es cánon a lo occidental y san, se acabó. Este planeta no es menos o más porque tal verdad se imponga y la civilización del espectáculo, según la conseja del peruano, pierde fuerza pues cada quien con su cada cual, así de sencillito, sobre todo si la Diosa de tus sueños debe estar tan clara como el agua, despejadita y lúcida como filósofa alemana: no le interesa para nada, qué demonios va a importarle a ella, o a mí en la media luz del escenario, soñando con la planicie de su vientre a pocos pasos, hacer arte o no hacerlo. Afrodita obsequia exactamente eso, un despliegue de música, sudor, poca ropa, feromonas, luces en el cielo, y su figura danzarina termina por ser golpe directo a los sentidos, chorro de adrenalina que te abrasa, te bendice, te deja patitieso, patidifuá, feliz entre cerveza y cerveza y el abismo entre ella y tú termina por aproximarse a dos milímetros. ¿Me comprendes Méndez?
De modo que en mi altar particular Diosa Canales hace de las suyas. La religión del erotismo humedece el pedestal desde el que lanza sus miradas lúbricas y yo, pobre terrícola, pobre mortal, feligrés absoluto o como se llame, soy equilibrista del deseo, trapecista de su cabellera, navegante de sus líquidos y sí, pago el tequila que brinda su espectáculo, y échemelo doble, compa, porque los dioses andan de juerga, deambulan como si nada por el patio, se sientan en mis piernas así sea por cuestiones de taquilla.