7/14/2011

Saúl Bellow, cultura y tradición occidental

Buen texto de Mario Vargas Llosa ("Desafíos a la libertad": Aguilar, 1994) para alimentar el siempre necesario debate acerca de los intelectuales, la cultura, la academia y la tradición occidental. Dejo a continuación parte del ensayo en cuestión ("Saúl Bellow y los cuentos chinos") .


"...la historia de Dura avena y Wang Meng me ha devuelto el optimismo. La leí, en una crónica del corresponsal de The New York Times en Beffing, Nicholas D. Kristof, luego de participar con Saúl Bellow en un diálogo sobre la cultura en el mundo moderno que me dejó muy deprimido. Aunque no todas las ideas de Bellow sobre el tema me convencieron, muchas de ellas parecían morder en carne viva y describir una descomposición tal, en el arte, el pensamiento y la literatura de los países occidentales, para la que era dificil imaginar el remedio.En Estados Unidos hay buenos escritores e intelectuales importantes pero, a diferencia de lo que sucede en Francia o en Italia, por ejemplo, rara vez coinciden ambos en una misma persona. Los 'creadores', de Melville a Hemingway o Faulkner, suelen ser hombres de acción, alejados y muchas veces desdeñosos de la Universidad, en la que acostumbran a vivir acuartelados, lejos del ruido mundanal, los 'pensadores'. Son raros los casos de novelistas o poetas que, de manera paralela, hayan ejercido una destacada función intelectual, como ideólogos políticos, filósofos, críticos literarios o historiadores culturales. Saúl Bellow es una de esas excepciones.

Toda su obra es una apasionada exploración del mundo de las ideas, que han colmado su vida como colman la de sus personajes, el más célebre de los cuales, el desbaratado humanista Valentín Gersbach, de "Herzog", es precisamente la exacerbación tragicómica de la condición de intelectual. Como Gersbach, Bellow ha visto en la obra de ciertos pensadores y artistas el derrotero de la civilización, las fuerzas motrices de un largo proceso de humanización de la vida, en el que el hombre ha ido superando el estado de naturaleza, adquiriendo una conciencia moral y una sensibilidad estética que lo preservan contra la barbarie.

Y, como el héroe de su novela, ha dedicado parte de su vida, también, a promover entre las nuevas generaciones la lectura de esos grandes clásicos en cuyas páginas encontraron los hombres razones y ánimo para superar los prejuicios que pasaban por ciencia, los fanatismos disfrazados de religión y los estereotipos o supersticiones que hacían las veces de conocimiento. Pero, a diferencia de Valentín Gersbach, a quien la vida real escarmienta de manera tan severa por identificarla con la vida de las ideas, hubiera podido pensarse que a Saúl Bellow la historia presente, en vez de desmentirlo, más bien lo había confirmado.

Luego de la desintegración de la URSS y del sistema que ella encarnaba, ¿no ha quedado el tipo de sociedad representado por Estados Unidos como el único vigente en nuestros días? Y éste es el modelo de sociedad que, aunque sin retacearle objeciones y críticas, y algunas muy duras, Bellow defiende desde hace por lo menos treinta años como el menos malo, el más flexible y mejorable, y el heredero de la mejor tradición de la humanidad. Para llegar a estas conclusiones, Bellow debió romper él mismo muchas camisas de fuerza, religiosas y culturales. La primera, la de la propia familia de judíos ultraortodoxos, emigrados de Rusia a Canadá y luego a Chicago, reacios a asimilarse a la vida norteamericana, que lo enviaron a los cuatro años a una escuela rabínica para hacer de él un rabino. Y, después, la de los que ha llamado los "tres tiranos" de su juventud y temprana madurez: Marx, Lenin y Freud.

En la Universidad de Chicago, Bellow ha dado por muchos años un curso sobre obras maestras de la literatura que se ha hecho famoso. Ha sido su manera de hacer la revolución, la única en la que cree: la que tiene su raíz en el espíritu y en la imaginación, e irriga desde ese impalpable centro todas las otras actividades humanas. Y nada ha contribuido tanto a enriquecer la vida y a atajar el salvajismo y la insensatez que también forman parte de lo humano, según él, como las grandes creaciones literarias. Y principalmente las clásicas, las que, desde la antigua Grecia y Roma, el Renacimiento y la Edad Media, han pasado todas las pruebas y llegan hasta nosotros robustecidas por aquellas culturas intermedias que las heredaron, reinterpretaron y actualizaron. Ellas constituyen el hilo conductor de la civilización.

El pesimismo actual de Bellow se debe a que, en su opinión, ese hilo ahora se ha roto y la inteligencia tiene una vida muy precaria en nuestros días. Estados Unidos puede haber quedado sin rivales en los dominios militar y político, pero, culturalmente, es un gigante con pies de barro. Los productos seudoculturales de consumo masivo -aquellos que se quiere hacer presentables con la etiqueta de "cultura popular" pero que constituyen una forma innoble y chabacana de la invención humana- han desplazado casi por completo a los genuinamente creativos.Hay un riesgo grande de desintegración en Estados Unidos, por obra del particularismo étnico y las exigencias de las llamadas minorías -raciales, religiosas, sexuales, culturales- que, en vez de aceptar la asimilación, quieren una vida propia, independiente y protegida, y en permanente antagonismo contra la de los demás. La educación, antaño el factor integrador por excelencia de la sociedad norteamericana y la punta de lanza de su progreso, ahora es más bien uno de los más activos instrumentos de su decadencia y empobrecimiento.

La Universidad ha abdicado de su obligación de defender la cultura contra las imposturas. Cierto, sus departamentos técnicos y científicos siguen formando buenos especialistas, profesionales eficientes aunque ciegos para todo lo que está más allá de los confines de sus cubículos de saber. Pero las humanidades han caído en manos de falsarios y sofistas de todo pelaje, que hacen pasar por conocimiento lo que es ideología, y por modernidad al esnobismo intelectual, y que desinteresan o disgustan a los jóvenes de la vida de los libros. Por culpa de los fariseos del exterior y los filisteos de adentro, la gran tradición clásica de la literatura y la filosofia que hizo posible la sociedad liberal moderna agoniza dulcemente en los campus de impecables jardines y repletas bibliotecas de la academia norteamericana. Saúl Bellow prologó el libro de Allan Bloom, The Closing of the American Mind (1987), tremendo alegato escrito para mostrar, en palabras de su autor, "cómo la educación superior ha traicionado a la democracia y empobrecido el alma de los estudiantes de nuestros días", y, aunque él asegura que discrepa en muchos temas con Bloom, las razones de su pesimismo a mí me parecen muy semejantes a las de este libro. El profesor Bloom reprocha a las universidades norteamericanas lo que Julien Benda a los inte lectuales de su tiempo en La trahison des clercs: haber vuelto la espalda a la tradición clásica, sustituido el culto y el estudio vivificante de los grandes pensadores y artistas del pasado, por los ídolos fraudulentos de una supuesta modernidad. Y haber entronizado en los claustros un relativismo ético y estético en el que todas las ideas se equivalen, para el que ya no hay jerarquías ni valores. Si las obras literarias sólo remiten a otras obras, no a la vida de su autor, ni a la historia, ni a los grandes problemas morales o sociales o individuales, y no tiene sentido juzgarlas como buenas o malas o profundas o banales, sino como distintas manifestaciones de una forma proteica y poco menos que autosuficiente, que vive y se reproduce al margen y sin un comercio visceral con lo humano, ¿para qué leerlas? ¿Para entregarse, a partir de ellas, a esas pulverizaciones texturales, a esa prestidigitación esotérica, a ese juego de espejos retórico que es hoy día la crítica académica? ¿Cómo podría sobrevivir la auténtica literatura entre los artefactos cretinizantes de la industria seudocultural que copan el mercado y la cháchara antihumanista de algunos universitarios? ¿Quién se creerá, en un mundo así, que los poemas ayudan a vivir, que las novelas desvelan las verdades escondidas, que gracias a la gran literatura la vida no es mucho más violenta o triste o aburrida de lo que es?

¿Cómo, quién? Los 1.200 millones de chinos, por supuesto. Ellos saben que la literatura es una de las cosas más importantes y peligrosas del mundo; a ellos nigún sofista les meterá el dedo a la boca. Si no lo fuera ¿se habría pasado veinte años en un campo de trabajos forzados el pobre Wang Meng por escribir un cuento? ¿Habría provocado el tumulto que he descrito ese relato de pocas páginas, Dura avena, si la literatura no fuera dinamita pura en manos de un buen escritor? Ellos saben que la literatura está envenenada de vida, que ella es un buen sitio para ir a respirar cuando el aire se enrarece y el mundo se vuelve asfixiante, que ella es una demostración irrefutable de que esta vida que vivimos es insuficiente para aplacar nuestros deseos y, por lo mismo, un acicate irresistible para luchar por otra distinta. También lo saben los iraníes, pues, si no fuera así, ¿qué hace escondido ya mil doce días Salman Rushdie para que no lo ejecuten los fanáticos? Y lo saben muy bien los cubanos, pues, si la poesía no fuera algo esencial, ¿para qué habría mandado Fidel Castro a sus matones de las Brigadas de Acción Rápida a que golpearan con ese salvajismo a la poetisa María Elena Cruz Varela, en su propia casa, hace tres días?

Es cierto, la libertad, el mercado, el desarrollo económico, que traen tantos beneficios a los hombres, trivializan a menudo la vida intelectual y prostituyen no sólo su enseñanza, sino el ejercicio mismo de la literatura. Para quienes escribir y leer poemas y ficciones es tan indispensable como beber agua, eso nos parece algo terrible. En realidad, no lo es. No para la gran mayoría. Ella puede sobrellevar muy bien la vida sin literatura y aplacar su apetito de irrealidad en el basural televisivo o la prensa del corazón. La moderna sociedad democrática consta de unos mecanismos a través de los cuales pueden discutirse y criticarse los grandes asuntos sin pasar por la poesía, el teatro y la novela. Es esta realidad la que ha contribuido a hacer de la literatura, en aquellas sociedades, un mero entretenimiento o un esnobismo de exquisitos, es decir, a restarle ambición, profundidad y vitalidad al quehacer literario.

Afortunadamente, hay todavía algunos Deng Xiaopings, Fidel Castros, ayatolás, Kim il Sungs y congéneres, sueltos por el mundo. Se han empeñado en bajar el cielo a la tierra y, como todos los que lo han intentado, crearon sociedades invivibles. En esos pequeños y sórdidos infiernos donde reinan, la literatura reina también, a pesar -o, más bien, gracias a- los comisarios y censores, con sus espejismos tentadores y sus tiernas imágenes, como la portadora de soluciones para los problemas, como la espléndida mentira de una vida que algún día vendrá".

Mario Vargas Llosa

7/10/2011

La llama y la vela

Febrero de 2001

Educarse va más allá de asistir a una escuela. Éste es un peldaño más que opcional hoy en día, pero no lo es todo. Educarse implica formarse, por ejemplo, para ejercer una profesión nacida en el seno de una institución llamada, digamos, universidad, o hacerlo para incrustarnos en la vida social de la que somos parte y consecuencia.
Quizás una de las grandes diferencias entre el ser humano y la condición animal sea aquella relativa al aspecto educativo: somos capaces no sólo de propiciarnos educación sino también de pensarla, de subirla y bajarla y ponerla de lado y mirarla a través de diferentes ángulos, siempre desde ella misma. El ser humano piensa la educación desde la educación, sin la que resultaría imposible llevar a cabo una tarea semejante, y me atrevería a decir, casi, que ni siquiera otra diferente. Ella es el motor de todo cuanto cobija el manto de la civilización, incluyéndola además. Nada menos.
Así como la filosofía es la madre de todas las ciencias, la educación engendra lo que somos. Nos elevamos a la altura de lo humano gracias a que nos educamos para ello, con lo cual podemos afirmar que toda cultura posee un substrato invariablemente educativo; la cultura, cúmulo de haceres realizado por el hombre y que permanece dinámicamente a través de generaciones, ha sido el producto de su acción.
Como gato encima de un tejado, así vislumbro a esa señora llamada educación. Emancipada, individual, también colectiva, humanizadora, no acepta jaulas o cadenas y mucho menos gríngolas para en forma terca, solapada y vil dirigir conciencias en su nombre. Si constituye el elemento indispensable para aproximarnos a la libertad es porque sin duda otorga habilidades para discernir, para hacernos con una elevada capacidad crítica, cuestión que, por cierto, está mucho más cerca de lo cambiante, de la tan mentada “revolución” que un puñado de predestinados masculla de la dentadura para afuera.
Ya lo ha dicho Savater: el poder tiene siempre una tendencia hacia el abuso y no bastan declaraciones de intención, por geniales o buenecitos que pudieran ser los gobernantes, para que prueben a hacer lo que les venga en gana (esto me hace recordar algunos atropellos de este gobierno, amén de un numerito ¿fatídico? y de moda: el decreto 1.011). Es aquí donde se atraviesa una sociedad educada, formada para la tolerancia, para el entendimiento, para el diálogo, para la exigencia y para la defensa de sus perspectivas y esperanzas. Formada, en fin, para la democracia, alimento vital de todo hombre que en sus horizontes dé cabida a la consecución de lo cívico. La educación se erige como la única responsable de que esto suceda. Lo contrario podría arrojar la triste demostración de un gigantesco vacío de ideas, de una falta infinita de ciudadanía, de un inexistente respeto hacia todo aquello que represente lo otro, lo distinto, lo diferente a la tribu. ¿Un ejemplo?, ¡zas!, nos da de lleno en la nariz: basta observar lo que esta semana se desarrollaba como una rutinaria sesión en la Cámara Municipal de la Alcaldía de Piar, allá en Upata. Pues nada, el recinto acabó transformado (golpes, insultos, trifulca de por medio) en lo que en esencia probablemente es: un circo, una vergüenza, espantosa forma de manifestar los altísimos niveles de chabacanería y hazmerreír que ellos, los legisladores, mediocridades de solemnidad, se encargan de cultivar cada día más. Esta es una gran verdad: no puede pedírsele guayabas al mango.
“Mientras arde, la llama debe reanimarse, mantener, contra una materia tosca, el dominio de su luz”, ha escrito Gastón Bachelard en “La llama de una vela”. Somos esa materia tosca, quizás, y sólo quizás, la vela que requiere fuego para arder. Como Prometeos de estos tiempos, nuestro destino ronda el robo, el de la llama (¿educación, cultura?) que consiste más bien en un esfuerzo sostenido y batallador para lograr mediante ellas lo que otros han disfrutado ya (mayor preparación, mejores condiciones de vida, más democracia y desarrollo). Empeño y empeño, dicen que es el infalible método... Amanecerá y veremos.

7/08/2011

Literatura e independencia
















En el marco de la "V Feria del Libro de la Universidad de Guayana". Profs: Carlos Espinoza, Roger Vilain, Sigfrido Lanz, Diego Rojas Ajmad. Foro: "Literatura e independencia".



(Prensa UNEG). Todo está listo para que el próximo miércoles comience la programación. Talleres, foros, presentación de libros y mucho más trae esta quinta edición. ¡Para no dejar de leer!
Del 5 al 8 de julio en la biblioteca de la Universidad Nacional Experimental de Guayana (Uneg), sede Atlántico, se realizará la V Feria del Libro que organiza esta casa de estudios. El profesor Diego Rojas, uno de los involucrados en la organización, indicó que el programa será muy variado. Dio detalles de las actividades académicas:
“El miércoles 5 en la biblioteca de la Uneg, habrá una conferencia con el poetaLuis Alberto Crespo, director de la Casa de la Letras Andrés Bello, sobre Andrés Bello. Esto será a las 9:00 de la mañana. El día jueves, también en la mañana, se realizará el foro "Literatura e independencia" con los ponentes Sigfrido Lanz, Roger Vilain y Diego Rojas. El viernes a las 9:00 am se realizará un cine-foro sobre la vida y obra de Aquiles Nazoa”, informó Rojas.








7/05/2011

Un libro de Ernesto Sábato

Acabo de terminar "Antes del fin", libro en el que Sábato viaja al pasado a través de la memoria. Don Andrés Palazzi, buen lector y mejor amigo, tuvo el gesto amable de llevarlo a casa uno de esos días en que conversar hace las veces de protagonista incuestionable.
Pasarle revista a la existencia tiene mucho de valentía, sobre todo cuando el exorcista es quien escribe. Y escribir, justo en el momento de apuntar hacia la propia vida, es lo que Sábato ha llevado a cabo en estas páginas, entre otras razones por la desnudez, la transparencia y el desgarramiento que línea a línea uno vislumbra a lo largo y ancho de doscientas catorce páginas.
Es un striptease, pero al revés. Antes que quitarse la ropa, Sábato se viste de adolescente, de hombre maduro, de físico que en circunstancias inmejorables para su futuro como científico lo abandona todo y se dedica al arte; se cuelga los ropajes de hijo, de esposo, de padre, de escritor, pero en esencia de humano. Antes del fin es la historia de una vida en el mero centro de la reflexión, lo cual obliga, no faltaba más, a repensar esto que somos. Casi la veo como una excusa para decir esas cosas que, en un plano menos intimista, se esparcen a los cuatro vientos echando mano del ensayo como forma literaria.
Lo cierto es que ante mí se abrió un libro para ser disfrutado. Si en las primeras páginas no me atrapa, por lo general abandono lo que tenga entre las manos. Este me agarró por el pescuezo desde la letra inicial, asunto que se mantuvo incólume aun cuando muchas veces metieran sus narices ideas no compartidas, atmósferas casi insoportables, mundos reñidos con los que uno trata de erigir todos los días a fuerza de sudores, de paciencia, de pura terquedad o qué sé yo.
Hay que decir que Ernesto Sábato es un pesimista, y no es que lo mencione porque yo sea lo contrario. El autor, en su desesperanza, en el descreimiento desgarrado que manifiesta acerca de este mundo automatizado, hipertecnológico y entregado a la más descarnada razón, no ofrece alternativas. En este sentido, claro, por muy bien escrito que esté el fajo de cuartillas, resulta decepcionante: cae exactamente en el mismo cuadrante de los posmodernos quejumbrosos, donde se muestra el pecado pero jamás la posible redención (tal cosa, por supuesto, es lo que los hace posmodernos, lo cual implica casi que permanecer en ese foso para siempre. Es la trampa perfecta, la inmovilidad total).
Lo anterior no es nada nuevo. Ya en la época de una obra extraordinaria como "Sobre héroes y tumbas" se deja colar el cafecillo con su borra: “Felizmente tengo la propensión a imaginar siempre lo peor. Digo 'felizmente' porque de ese modo mis preparativos son más fuertes que los problemas que la realidad luego me depara; y aunque dispuesto para lo peor, esa realidad me resulta menos difícil que lo previsto”. En el plano de las propensiones, Don Ernesto se las trae, sólo que de propensión en propensión podemos dar con la oscuridad sin más, con ninguna luz al final del túnel, asunto nada halagador cuando se deja entrever que "Antes del fin" busca asimismo transformarse en testigo y estímulo para los que vienen atrás, léase los jóvenes.
En lúcido introito a "Dios ha nacido en el exilio", novela del rumano Vintila Horia y que a manera de diario apócrifo da cuenta de los años de exilio sufridos por Ovidio en el siglo primero después de Cristo (luego de que el emperador Augusto lo desterrara a Tomis, en el Ponto Euxino), Daniel Rops se interroga, a propósito de una frase de Nietzsche (“He elegido el exilio para poder decir la verdad”) lo siguiente: “¿No estará predestinado el exilado, el hombre que todo lo ha perdido, a juzgar el mundo de los hombres instalados, a denunciar su hipocresía y su injusticia?”. Una idea como ésta se me ocurre calzando en ese molde que es la huella dejada por Sábato en su libro. Me pregunto, luego de leerlo, si el magnífico escritor argentino no será un exiliado, un paria de la modernidad; no en balde mandó al diablo su quehacer en el mundo de las ciencias, muy instalado como estaba nada menos que en el Instituto Curie.
Antes del fin es un texto que vale la pena leer, máxime si uno se cree fuera del saco de los irremediablemente desencantados, si uno todavía vislumbra hendijas por las que un pedazo de sol puede colarse. Equivale a una muralla labrada por alguien que dice sus verdades aplastándolas en el rostro del lector. La hipocresía, sí, y también la mentira y el consumo y el pito que puede tocar la ciencia o la inteligencia o la razón a estas alturas del siglo XXI, danzan por las páginas hirvientes del texto. La denuncia, sin embargo, no trasciende a mi juicio el dedo índice, los señalamientos de rigor, para abrirse al terreno de las propuestas novedosas, de las posibles vías alternas.
Vale la pena leerlo por una doble causa: para compartir su desazón, que hasta cierto punto ha sucedido en mi caso, o para decepcionarse con el texto, lo que también me ocurrió, y en dosis algo más elevadas.

7/04/2011

La felicidad organizada

Para un político maniqueísta la vida tiene dos caras: una buena, que está de su lado, y otra mala, en la acera de enfrente. Para Chávez, caudillo comunista y militarista, la revolución implica el lado bueno de esta realidad agobiada por la antítesis contrarrevolucionaria llamada neoliberalismo, imperialismo, globalización o cultura occidental.
El deber de toda democracia es producir demócratas, fraguarlos, educar a la gente en el quehacer de esa práctica que es sumamente difícil de alcanzar. La venezolana no ha cumplido a cabalidad con este imperativo, asunto evidenciable con sólo observar la impunidad en los desmanes del gobierno, la forma como se manejan los recursos públicos, el talante fascistoide en sus afanes de control total. Y lo pagaremos caro. Cuando este gobierno se vaya al diablo, recoger los vidrios rotos costará Dios y su ayuda. Si la democracia gozara de buena salud en Venezuela, la acción política como respuesta a los desafueros gubernamentales habría puesto pie en el freno, los contrapesos estarían ahí, pues toda democracia, más que la sumatoria de sus instituciones, supone el ejercicio de esa democracia en tales instituciones. Estamos lejos de semejante referente.
El Gobierno venezolano ve la felicidad alrededor. Su proyecto, que es fiel y subordinado constructor de la dictadura cubana, va a ser la llave para salvarnos. La ideología comunista, en bancarrota desde el ruinoso fin de la era soviética, no legitima ya a nada ni a nadie, pero sí el "socialismo del siglo XXI", especie de mezcolanza entre las ideas de Marx, Lenin, Castro, Lukashenko, Bernal, Cilia Flores, Ramonet y el mismo Hugo, extraño Merlín que hace conjuros, lanza hechizos y juega a su antojo con la pócima. Nadie sabe en realidad qué es el fulano socialismo del chavismo, pero funciona muy bien para meter de cabeza a la felicidad en Venezuela. Si no, que hable el nuevorriquismo de estos lares.
En su mente alucinada, Chávez imagina que está formando un maravilloso frente antiimperialista, estrechando lazos con las dictaduras más tétricas del mundo (Cuba, Irán y Bielorrusia). El enemigo externo, llámese Aznar, llámese imperio o llámese Bush, comodín utilizado por todos los autócratas con constancia que sorprende, juega su papel: no importa gobernar, no importa hacer lo que un gobierno normal debe hacer, no importa el diálogo, el consenso o la búsqueda de soluciones para los verdaderos problemas; lo primordial es el conflicto, la antipolítica. Antipolítica e ideología van de la mano, pues la primera le da la espalda a la realidad, a la falta de agua o a la criminalidad o al costo de la vida, y la segunda actúa cuando el objetivo es controlar esa realidad. La felicidad entonces como imposición, no como un logro. Fracaso por los cuatro costados.
La felicidad de Mercal o Barrio Adentro, la felicidad de las misiones en líneas generales maquilla, y sólo maquilla el rostro de alegría. Nadie en su sano juicio puede estar en contra de más salud para la gente, de más alimento para la gente, de más educación para la gente, de más logros para la gente. Pero cuando este cuadro se ve de cerca, si nos ponemos a escudriñar la anatomía del entramado que se vende como la gran maravilla, saltan a la vista los pies de barro, el embuste y la tragedia: cuando los astronómicos ingresos petroleros mermen, ¿quién sostendrá el gasto?, ¿quién pagará la cuenta del banquete? Muy bonito el sueño. Horroroso el despertar. Ya lo decía Uslar: no sembramos el petróleo. Otro "boom" al desagüe, no terminamos de aprender. Si usted no genera riqueza, no tiene qué distribuir, así de simple, y nosotros distamos mucho de hacerlo, es más, aquí se hace lo que sea por impedirlo. Para recordar y guardando las distancias: Hitler consiguió el mejor sistema de seguridad social europeo. Excelente muchacho.
El espejismo feliz del Gobierno venezolano va a terminar mal, como ha ocurrido con todos y cada uno de los afiebrados relumbrones de euforia presentes en las fantasías de cuanto líder mesiánico ha pasado por estas tierras. De una felicidad planificada, centrada en el gran jefe e irradiada a la feligresía por obra y gracia de populismo y de razones ideológicas puede esperarse cualquier cosa, menos un estado amoroso duradero. La realidad no da para tanto. Siempre he tenido la seguridad de que Chávez va a rendir cuentas ante los tribunales, de eso no me cabe duda. Mientras tanto, la felicidad reina y la danza continúa. La felicidad organizada, que es la peor forma de planificar todo lo contrario.

Cultura Sónica





















Los medios de comunicación, en un mundo cada vez más globalizado, son un poder. Para bien o para mal, el espectro mediático conforma una red de opiniones, de pareceres, que tejen un aquí y un ahora sustentandos en el análisis sesudo, en la ética informativa, o simplemente en el espectáculo vacío de una cultura dada a lo insustancial, lo efímero, lo frívolo, carente del tratamiento intelectual mínimo para erigirse en discurso comunicacional con bases sólidas.

En Guayana el periodismo no es ajeno a lo anterior. Tenemos de todo, y con ello hay que lidiar. La historia de la radio en estas tierras, el desarrollo de la prensa escrita o audiovisual, la significación e importancia de los medios en sociedades del siglo XXI, la globalización informativa y sus facetas en contraste, el periodista y su condición de ciudadano y profesional éticamente formado, constituyen puntos clave a la hora de elaborar interpretaciones a propósito del quehacer mediático informativo en la región que habitamos.

Celebramos, desde el lunes, la semana del periodista, y para hablar de éstos y otros temas nos acompaña esta tarde Diana Gámez, profesora e investigadora de la Universidad de Guayana, intelectual guayanesa que participa activamente en el debate diario acerca de la realidad que estamos construyendo, escritora, columnista de prensa, periodista, pero sobre todo amiga... Bienvenida Diana a "Cultura Sónica", un honor y un placer tenerte siempre con nosotros.











6/25/2011

Años

Tu rostro conoce la memoria, besa los minutos, abraza relojes oxidados.
Horas con sabor a mango y chocolate,
vientos soplando y despeinando.
Mordí el polvo, lo lamento. Tierra seca cubre mis papilas.
Muerdo el polvo desde niño, la historia es el resabio de días tristes.
Tuve la esperanza, a los quince años cualquier punto de fuga acaricia ocres, verdeazules, terracotas. A los quince tu lengua era sinónimo de besos, tu lengua era pez y yo arrecife.
Tuve la certeza de que el mundo vagaba en mis bolsillos.
A los quince años.

6/18/2011

Desde mi balcón

La ruborosa cara del cielo
despierta el oasis
para el nómada amor.

Giusseppe Ungaretti

6/15/2011

Cultura sónica








"Cultura Sónica"... lo que entra por un oído... ahí queda.




Radio Pentagrama fm.






6/14/2011

Cara y cruz

Leo hace poco una información que no sorprende. El gobernador Rangel Gómez ha abierto la boca para soltar otra idea genial. Y es que nos tiene acostumbrados.
Cuando se trata de declaraciones hay quienes son capaces de juntar letras para armar cualquier adefesio con tal de que salga a la luz pública. Basta hablar. Basta escupir una imbecilidad. Es suficiente el amague para tapar calamidades. Si los hospitales están en lo último, los demagogos chasquean la lengua y hallan la frase que les calza. Si es la economía, pues también. Ahora fue la delincuencia. El gobernador entonces da en el blanco: pide un día, sólo un día para que los periódicos no publiquen sobre el hampa, para que no informen del asunto, para que las páginas rojas desaparezcan, lo que, según lógica de bisturí mellado, silenciaría el ruido de las balas. Un genio, señoras y señores, ha hecho acto de presencia.
No faltaba más. En vez de un estadista queda el aprendiz de brujo, especie lenguaraz harta de naderías con complejos de avestruz. De la chistera saltará el conejo trocado en paz ciudadana, en clima de concordia las veinticuatro horas, en calidad de vida. Hay aquí una mezcla fétida de burla con cinismo. Se supone, claro está, que problemas como el agua, el transporte o los huecos en las calles tienen también sus días contados. Un chasquido de los dedos, una varita mágica y se acabó. David Copperfield instalado en la gobernación.
Pero como los días no son nunca en blanco y negro sino que guardan por fortuna mucho de hiel y miel, luego de leer el blablablá del funcionario alguien llama y me convida al cine. En la noche una película termina por reconciliarme con lo hermoso, con lo posible, con la esperanza hecha carne y hecha huesos a fuerza de talento, creatividad e inteligencia. Desde el primer minuto “Tocar y luchar”, de Alberto Arvelo, deja entrever el buen hacer que se nos viene encima.
Llegué a mediar dos o tres palabras con Arvelo en Mérida, cuando integraba “Lutania”, grupo musical que en esos días convocaba a una cofradía de jóvenes y no tan jóvenes en torno a otra manera de hacer y proponer canciones. Me dio la impresión que hoy se confirma: Alberto Arvelo es alguien dispuesto a dejar sentadas sus verdades a través del arte. Por lo visto, cambió el piano por la silla de director. “Una vida y dos mandados”, no sé si su primer trabajo cinematográfico, fue una película muy buena, mazazo directo al mentón de quienes se pasan los días vociferando contra el cine nacional, pero “Tocar y luchar” es de un talante diferente.
La obra de una vida, obra que trasciende esas cuatro frases hechas de políticos que no aguantarán medio segundo la molienda de la historia, constituye la columna vertebral de esta pieza que bien vale conocer. El maestro Abreu y su empeño por crear el sistema nacional de orquestas sinfónicas y el hecho extraordinario de brindarle a tantos jóvenes la posibilidad de vislumbrar un camino, de encontrarse a sí mismos, de hallar la manera de labrarse humanos, capaces, útiles, es algo único en esta Venezuela de calles ciegas y horizontes cerrados. Yo diría que la sensibilidad es protagonista en ambas historias (la historia de Abreu, su esfuerzo, su trabajo fenomenal, su cosecha, y la historia del documental de Arvelo, también como obra de arte).
Ya en casa, tarde, con el peso del día sobre la espalda, las pretensiones del político recogidas en la prensa caen en una lejanía brumosa. “Tocar y luchar” ha sido un tónico reparador, ha logrado enfocar la realidad, obviada a veces, de que cosas buenas ocurren aquí mismo, frente a nuestras narices. A estas alturas la pretensión de Rangel Gómez es una mueca ubicada en el más puro ámbito de la mediocridad. Un periodismo silente, que es a fin de cuentas el sueño de todo personaje con laxo talante democrático, cae aplastado por trajines como el de Abreu, el de Arvelo, el de los niños que descubren rutas diferentes para su crecimiento gracias a la música.”Tocar y luchar” hace pensar en futuros magníficos que pueden ser presente. Valió la pena, y de qué modo, echarse en brazos de una sala de cine.

6/05/2011

El mundo sigue dando vueltas

Para hablar de armamento no es preciso conocer de calibres, ni de municiones, ni de fusiles o tanques. En realidad los aparejos de guerra tienen su razón de ser, no otra que el perfomance diagonal a la pipa de la paz.Tengo un primo adicto a lecturas bélicas y un tío fanático de Pearl Harbor, película que según sus cálculos ha visto una docena de veces. La guerra del Golfo y la del Peloponeso se dan las manos, como todas las guerras, y Ernest Borgnine todavía es recordado por su casco de soldado y su rostro ennegrecido a fuerza de pólvora y metralla en aquella cinta cuyo nombre, que tengo en la punta de la lengua, me da la espalda escabulléndose.Hay gente dada a coleccionar pistolas, espadas o puñales. Existen otros que se aprendieron de pe a pa los recovecos de la Segunda Guerra y la nomenclatura completa, seguida por números, siglas y demás, de aviones, submarinos y hasta barcos inventados para pelear. Ante semejante despliegue de información histórica uno se encoge de hombros y se jacta al menos de no tener agenda electrónica: todos los compromisos, con fecha y hora para el encuentro, yacen ordenados en algún rincón de la memoria. Nada mal. Aún los números telefónicos se echan en brazos de ella y, si acaso, porque van siendo como muchos, terminan en una libreta amarillenta.Armas ha habido, hay y habrá, pero lo más interesante no es el tipo o el tamaño, ni siquiera la capacidad de destrucción. A mi juicio lo verdaderamente llamativo se esconde tras razones ontológicas. Así como lo lee: on-to-ló-gi-cas. Pero nada de eso, el ser de una bazuca, la metafísica de una bayoneta, me tienen sin cuidado. Qué va. Cuando la pomposa ontología se cuela en este escrito tiene que ver nada menos que con la condición humana, es decir, vislumbro la cuestión desde un horizonte hecho carne y hecho huesos, por lo que el asunto cobra ribetes, ahora sí, capaces de quitarme el sueño.De todo el armamento que en el mundo ha sido, de la simbología guerrera por la que pueda apostar, de entre el imaginario belicista que nos llega intacto hasta la fecha, me quedo con las mujeres. Con ellas, así es. Me quedo con las mujeres de armas tomar, y no por razones de violencia sino fíjese que por todo lo contrario.Es que una mujer de armas tomar es una mujer de armas tomar. Éstas (las armas, quiero decir), son ojivas nucleares que portan de lo más impávidas a la hora de caminar por una plaza o cuando hacen la cola para el cine. Una mujer de armas tomar tiene el empuje de un blindado, desde luego, más la versatilidad de un AK-47 y por lo general para resguardo de la paz, de la ansiada paz que se diluye casi siempre en manos de políticos y generales.Por una de estas chicas quemo las naves y con ella salgo a la conquista de otras tierras. Será por eso que el mundo sigue dando vueltas. Será por eso.

6/02/2011

Pequeña historia del día

Julio es Warao, vive en la invasión indígena que en pleno centro de esta ciudad hace las veces de espejismo urbano para quienes, con otra cultura, ningún apoyo del Estado y mil esperanzas sobre los hombros, suponen un destino mejor en brazos de la ciudad. “El campo no da para más”, dice haciendo una mueca con la boca, y cuenta que su padre, enfermo, viejo, cansado, no tuvo otra opción que abandonar la tierra en la que vivían, desvencijada e improductiva, para buscarse lejos un futuro mejor.
Lo observo tranquilo, con una sonrisa en el rostro al dar las gracias (las da, el cabroncete, las da de corazón) luego de que alguien le paga porque le limpió el calzado. Cada vez que tomo asiento en mi atalaya, aquí en mi café predilecto, lo veo deambular por las mesas, con dignidad y con respeto, en busca de trabajo. Saluda, da la mano, conversa, es muy despierto, y a veces le hago señas para que se instale junto a mí, lustre mis viejos botines de cuero y me permita, de paso, convidarlo a un refresco.
Tiene quince años. No sabe leer. No va a la escuela. Debe madrugar a diario porque la familia (su padre y él) depende del dinero que consiga en la calle. Quisiera estudiar, sí, pero también hay que comer todos los días, ya ve usted. Que si no trabajo no hay comida y mucho menos lápices o cuadernos o cajas de colores. Y entre lo primero o lo segundo, optó por el pan. Lo dice así, tal cual, y noto que lo afirma con tristeza. También con amargura, sí, pero nunca con resignación. No existe nada más opaco, carente del brillo, de la chispa necesaria para emprender la aventura de los días, con sus retos, con sus sueños, con sus grandezas y miserias, que un ser humado resignado.
Me habla de su vida, de sus pocos años aquí, de su rutina, la de antes, cuando estaba en el delta del Orinoco, y la de ahora, en pleno toma y dame con las calles. Tiene quince años y puedo ver la osadía que se cuela por su piel, me doy perfecta cuenta de sus ojos inteligentes, vivaces, imagino a ese muchacho viviendo día a día lo que otros ni en sueños llegarían a sospechar, a soportar, y me digo qué cojones, que perro mundo éste y qué políticos tan compatibles con la mierda tenemos. Y me confiesa, haciendo gala de un sigilo que supongo tiene parangón con el monte, con la selva, cuando su gente se entrega a la caza y procura máximo cuidado, me confiesa, digo, que se siente atraído, que le gusta una chica, que se ha enamorado, y que esa muchacha, a la que a idéntica hora, a diario, ve con su madre en la panadería, es tan fosforescente como ciertas lindas mariposas que él admiró muchas veces allá en la casa de su padre. Así lo repite otra vez, así martilla con pasión el adjetivo: fos-fo-res-cen-te.
Entonces da un golpe con el puño a la caja de limpiar zapatos y cambio de pie. Bebe un poco su refresco y yo le digo que sí, que una niña así, con semejante fosforescencia, mira tú, que lo hace ir sin falta a esa panadería llueva, truene o caigan rocas de las nubes, no es cosa que se encuentre en todas las esquinas. Nones.
Julio está de acuerdo, me mira con picardía, mientras yo deseo sinceramente que alguna vez le diga hola buenas, y ella responda sonriente, quizás mientras juega con su cabello recogido en unas colas a los lados, y él le tienda la mano, y ella le extienda la suya, y sean felices mientras dure, mucho o poco, ojalá que la misma eternidad, el encantamiento mutuo, y él le saque la lengua y le dé un puntapié en plenos huevos al puto día que tantas veces se resiste a una historia como ésta.

5/30/2011

De cómo el disparate se esconde tranquilo a la vuelta de la esquina

Por las calles de la vida suele uno tropezarse con lo humano y lo divino. Eso que en líneas generales nos parece de lo más normal, de golpe y porrazo bien podría ser barrido por la andanada de algo, sin tapujos, ubicable en el mero ámbito de la locura. Me explico: cabalgamos nuestra geografía vital a lomo de razón y sinrazón, curiosa verdad que, a fuerza de estar sembrada en lo más profundo de lo cotidiano, se nos escapa a veces de las manos como jabón entre los dedos.
Exacto. En eso de andar todos los días viendo lo mismo y nada más que lo mismo, compartirá usted mi idea de que ha terminado por desencadenarse una consecuencia inevitable: la aceptación sin ton ni son de ciertas cosillas, rocambolescas, tristes, ridículas, hilarantes cosillas, lo cual nos lleva de la mano y sin remedio, creo yo, derechito hacia el abismo en cuyo fondo reposa el mundo ilógico de lo disparatado.
Me explico más: conocerá usted a esa gente que dice sí cuando quiere decir no. O a aquella otra que responde meneando la cabeza hacia los lados al mismo tiempo que se muere por una afirmación. Habrá tenido la oportunidad de, muy tranquilo y circunspecto, solicitar el teléfono de sultano y obtener como respuesta su número de cédula. Estoy seguro, igualmente, de que a estas alturas ya ha puesto su humanidad en Eleoriente, por ejemplo, con la muy sana e inútil intención de reclamar el cobro de facturas que no debe, o el corte del servicio que ya pagó, y demás típicas aberraciones, qué cabrones miren, sin que esto represente en absoluto novedad por la que alguien tenga que pegar su quijada contra el piso. ¿Se dio cuenta?, el carácter surrealista vive luminosamente entre nosotros. ¿Comprende ahora?, somos el saco y el gato, el chivo y el mecate, y muchísimas veces ni lo uno ni lo otro, aunque todo lo contrario.
Pues bien, en ese ambiente cargado de lo que es y no es y del que como he dicho ya casi media humanidad no se percata, basta hacer un esfuercito para hincarle el diente a la incongruencia redomada, al disparate acurrucado en su trinchera, siempre listo para regalarnos un coñazo en la nariz, el muy hijo de puta. Como muestra, nada más que anteayer un diario guayanés tituló como para joderse en el alma de cualquiera: “Piden a los rebeldes humanizar la guerra en Colombia”. ¿Alguna contradicción? A mí que perdonen estos genios del periodismo local, estos cojonudos de la información y áreas circunvecinas, ¿pero cómo será una guerra humanizada? La verdad es que entre absurdo y absurdo, el bosque de lo real maravilloso es el único que no desaparece en estos tiempos de mierdecillas y de plagas. Asimismo, los iluminados del mundo generosamente han aportado su correspondiente botoncito a la infinita galería de lo que no tiene sentido. Fidel Castro, luego de su rutilante paso por el fecundo manicomio de los totalitarismos, ofrece una pieza magistral en cuanto a torceduras semánticas, nada menos que una imposibilidad hecha lengua: “Socialismo de mercado”. Tiene huevos, la verdad sea dicha.
Los ejemplos pican y se extienden. El mismo Borges, interrogado por algún ingenuo acerca de lo que es un oxímoron, esas contraposiciones fulgurantes del significado
que, como la ocurrencia del argentino, hacen palidecer a un haikú cuando de martillazos en el pulgar se trata, respondió: “Inteligencia militar”. Nada menos. Y el señor Chávez, para no restarse protagonismo, se la pasa chasqueando lo del “Neoliberalismo salvaje”, por manifestar su desacuerdo con lo que Uslar Pietri (“El liberalismo es la flor de la civilización”) escupió a los cuatro vientos en su última entrevista publicada. Menudo dilema. Menuda lenguarada la del uniformado.
¿Tendrá razón el señor Chávez o más bien don Arturo? Si afinamos bien la puntería y echamos mano de una lupa, dése cuenta de otro oxímoron que, cual conejo, brinca de la nada a nuestros brazos: “Hugo Chávez-Uslar Pietri”. Vea pues cómo la abundancia nos inunda.
Para hacerle una jugarreta al disparate, para cazarlo en la esquina misma que le sirve de escondite, vale la pena hacer silencio, caminar sobre la punta de los pies y atraparlo de improviso. El último, el que está de moda, el que se enquistó por estos lares en una especie de locura colectiva, lleva la rúbrica pomposa de “revolución pacífica”. Aquí sí que se fundieron los cables.
No faltaba más. Del sentido al sinsentido, y viceversa, bandeamos de lo lindo como pelota en un billar. Qué coños... qué le vamos a hacer.

5/20/2011

Libros viejos

Hay una diferencia colosal entre la vida y una máquina. Me explico: ayer anduve deambulando por la red, sobre todo en los alrededores de un portal donde se ofrecen libros viejos. La verdad es que pude ver de todo, empezando por una enciclopedia a la que había perdido el rastro desde mis años infantiles, pasando por "Espejo roto", novela escrita por Mercé Rodoreda y de la que Rosa Montero ha hablado maravillas en un articulazo, hasta "Amantes y enemigos", libro de la mismísima Montero, que pareciera evitarme porque son tantas las veces que casi lo atrapo y tantas, pero tantas, las que termino con las manos vacías.
En fin, que eso de la internet está requetebién, en principio porque borra las fronteras, porque coloca las distancias a merced de un click, y luego por aquello de las épocas: uno vive en el siglo XXI y se acabó, o te le encaramas o te aplasta. Pero la verdad sea dicha, las teclas y los microchips terminan por crear ámbitos paralelos, algo así como una realidad abstracta que, a falta de mejor nombre, los entendidos llamaron “virtual”. No se equivocaron.
Aparte de lo meramente utilitario, una librería en la red tiene mucho de dos más dos son cuatro, de cálculo planchado e impecable, de inmaculada asepsia. El polvillo de las obras viejas no se te mete en la nariz, por la sencilla razón de que a la velocidad de la luz, que es a la que se mueven las computadoras, el tiempo es harina de costales diferentes. No hay polilla que moleste, ni páginas amarillentas donde siete u ocho décadas quepan en las palmas de las manos. Una librería de libros viejos es una librería de libros viejos, y eso basta. Lo que se levanta ante los ojos, sin embargo, es en la pantalla tan actual, moderno, colorido y bien trajeado que sólo luego, cuando el ejemplar atravesó medio mundo para llegar a tus dominios, confirmas lo que ya sabías: ante ti se desparrama la cascada de los años, ahora sí que te acaricia la piel de un reloj de arena pulverizado en palabras. El texto que buscabas, roto el hechizo de esa pompa de jabón con sello Microsoft, muestra sin pudores sus poros, sus pliegues, y lo ves en carne y huesos.
Cuando tengo la oportunidad entro sin pensarlo a una librería de éstas. Las hay en Caracas, en Mérida, en Barquisimeto, en Maracaibo. También hubo una en Puerto Ordaz. La vida real, que juega al gato y al ratón hasta los límites de la saciedad o del absurdo, que sin ningún miramiento explota aquí como una primavera, cuela entonces los olores, texturas, colores, sonidos, matices, certezas y dudas. He podido encontrar en ellas títulos raros o ejemplares agotados, cómo no, pero también otras historias que se adhieren como una segunda piel al libro que termino por llevarme entre los brazos. En una edición desvencijada de Becquer y sus “Rimas”, aprovechando a su manera el texto impreso más allá de lo habitual, un enamorado, por ejemplo, se entregó al diálogo amoroso con quien supongo fue destinataria de esa obra, vaya usted a saber por cuáles azares del destino elegida por mi olfato e intereses muchos años después: “Lástima que yo no haya hecho esos versos que siguen. Sin embargo, te los dedico ahora y siempre”. O: “Con todo el corazón te regalo esta rima; léela con detenimiento y ya sabrás por qué”.
En otras ocasiones basta una firma escondida entre las primeras hojas, como ésta muy tímida, hermosa y con trazo casi gótico, hallada en "Todos los fuegos el fuego", de Cortázar: Miguel A. Zaragüita. Caracas. 8/10/69. Basta, digo, porque uno se imagina de seguidas los recovecos de la vida, ciertos extraños laberintos atravesados en todos los caminos desde el preciso instante en que esa rúbrica fue tinta fresca y hasta que vino a parar, mire qué cosas, a un estante de mi biblioteca.
Hay una diferencia colosal entre la vida y una máquina, no cabe duda. Yo prefiero ensuciarme los dedos, prefiero el olor del papel acuchillado por los días al rostro maquillado que dejan entrever los libros viejos desde los escaparates de una librería virtual.
Cada quien con sus vainas, podrá usted argüir con propiedad. Y le doy toda la razón.

¿Tiene salida Venezuela?

En general, los latinoamericanos suponen que sus países lograrán desarrollarse o no gracias a la confluencia de circunstancias que les son ajenas. La explotación del Tercer Mundo por las naciones industrializadas, el capitalismo salvaje, la ausencia de “conciencia revolucionaria”, la presencia de multinacionales y una etcétera tan larga como equivocada, son algunas de las causas que, sustentadas en esa creencia siempre alimentada y fortalecida por demagogos de todos los pelajes, impiden iniciar la ruta que podría llevarnos a formar parte del selecto grupo de países civilizados, modernos, democráticos y libres.
Pudiéramos realizar un ejercicio de observación que no exige mayores esfuerzos, podríamos preguntarnos: ¿cuál es nuestra realidad como país?, ¿por qué nos africanizamos?, ¿por qué la miseria, la falta de oportunidades, de educación, de salud, de desarrollo, cayeron a niveles de vergüenza, cuestión a la que ha ayudado con denuedo la administración Chávez?, ¿por qué mueren dieciséis mil personas al año sólo en manos del hampa?. Interrogarse acerca de lo anterior es siempre necesario, y respuestas posibles cabe relacionarlas con la cultura predominante que en América Latina exhiben sus ciudadanos: aquí se vive en la ingenua convicción de que la sociedad y el Estado son mutuamente excluyentes, de que repartir la riqueza va a sacarnos del abismo (sin antes generarla, por supuesto), de que un país hoy en día puede respirar tranquilo sin volcarse con toda su imaginación y su energía a producir, a crear, a aprovechar sus ventajas y sus lados fuertes y a competir sin complejos a escala planetaria.
Latinoamérica fraguó un medio cultural reñido con el desarrollo. La falta de confianza en sus democracias es apenas un ejemplo de ello, lo que construye en gran medida el trampolín sobre el que una partida de pillos, populistas, salvadores y dueños de las llaves del Paraíso se disponen a subir como mecanismo expedito para acceder al poder. En países como los nuestros, ya sabemos, se elige a los gobernantes dándole un zarpazo a la razón; será la adrenalina quien se encargue de entronizar al milagroso de turno. Y así.
La idea de cultura incluye aquí instituciones y valores (como el hecho de que en la gente existan convicciones democráticas a toda prueba), asunto bastante alejado del imaginario colectivo en estas tierras. Ese es precisamente el lado resquebrajado de nuestra sociedad. Un Chávez, un Rangel
, un Acosta Carles como candidatos, son vivos ejemplos de la torcedura a la que me refiero.
Apoyar un proyecto como el chavista deja entrever la muy laxa tesitura democrática de tanta y tanta gente. Yo dudo de eso que muchos afirman por ahí, eso de que el venezolano es demócrata porque desde el cincuenta y ocho le inoculan, vaya usted a saber cómo y quién, tal condición. Pensar así es llamarse a engaño, con el agravante de que entre mentira y mentira, aparte de no ver la realidad que nos desguaza, vamos directo a propiciar escenarios que dábamos por superados. Los venezolanos tenemos el convencimiento, la “mirada” que Carlos Rangel llamó “tercermundista”, mezcolanza de ideas anacrónicas, refractarias al siglo XXI e incapaces de generar riqueza, avances tecnológicos, educación y mejores condiciones de vida. Todavía no se asimila lo que salta a la vista, o sea, que no hay modo de suplir el apego fiel al Estado de Derecho, al comercio mundial, a la economía de mercado, a la democracia contante y sonante, si en verdad pretendemos lograr prosperidad y desarrollo.
Los índices democráticos en Venezuela, según la fundación Konrad Adenauer, son los últimos en Latinoamérica. Esto quiere decir que la relación entre democracia formal y democracia real, esa que vivimos en el día a día como país, no se da de manera compatible, lo cual saca aún más filo a la espada que pende hoy por hoy sobre nuestras cabezas. Salir del foso exige trabajo, disciplina, liderazgo de vanguardia, sacrificios, imaginación, y requiere además la fragua de una forma distinta de concebir la política, la economía, la sociedad, la manera de crecer y abrirse al mundo, es decir, una realidad diferente a la que abrazamos como nicho cultural.
Por los vientos que soplan los cambios urgentes no se van a realizar. Ciertos países muy cercanos a nosotros como Chile o Costa Rica han encontrado el camino, han orientado sus pasos en la dirección de la modernidad y del avance como sociedades, al punto de que sus niveles de pobreza descendieron a ritmo impresionante. Venezuela insiste en el marasmo y la arqueología. Más miseria, más atraso, que es como decir menos futuro. Ahí andamos.

5/10/2011

Ganas de joder

Un amigo chavista, con buena conciencia, jura que el gobierno abre la trocha para llegar al cielo. Me invita a un café y en medio de la charla suelta como si nada, convencido hasta los tuétanos, la más espectacular de las creencias: tenemos derecho a la vivienda, a la educación, a la atención médica, a mil y una cosas nobles. “Lo dice la Constitución”, remata a quemarropa.
Una constitución es un texto por lo general preñado de cosas lindas, cargado de excelentes intenciones (y a veces de algunas no tan buenas, escondidas entre líneas) donde queda plasmado un pacto, un deber ser, una idea, una visión de país fraguada por consenso. Hasta aquí, de maravillas.
Lo malo es que el derecho al Paraíso, pregonado por demagogos y finalmente recogido en los textos constitucionales, viene a cuento justo a la hora de los encantamientos, al momento en que la musculatura populista anda a toda máquina engarzando incautos. Más allá, qué duda puede haber, se recibe un coñazo en la nariz, y es la misma realidad quien cerrando el puño lo propina sin contemplaciones.
Digamos que la educación de un pueblo, la salud, las viviendas dignas para todos, forman el punto de fuga que un gobierno sensato, decente, ético, que trabaja para los suyos, debe y tiene que colocar en el más elevado orden de prioridades. No hacerlo equivale a una perversa imbecilidad. Mi amigo cree que la revolución juega su papel histórico porque unos encachuchados escribieron ciertos derechos y los entronizaron en el librito azul. Ya cumplieron.
En verdad suena hermoso. A ciertos oídos resulta muy agradable la música populista, pero gobernar bien dista años luz de estas maromas leguleyas. Tales derechos suponen metas, son horizontes que deben conquistarse y mantenerse a fuerza de trabajo duro, organizado, bien pensado, sistemático, apoyado en un conglomerado social no refractario a la creación de riqueza. Si somos capaces de producirla, entonces podremos llevar a la realidad, en concreto, el conjunto de frases edulcoradas que por lo general adornan nuestra Constitución. Que nadie se engañe: el bienestar tiene su precio y por detrás de amagos demagógicos y retórica incendiaria es preciso sufragar las cuentas. No hay almuerzo gratis.
Es bueno que el Estado cargue con las facturas al respecto, pero sería mejor que la misma sociedad generara los recursos económicos para que aquél en realidad pague los gastos, que son muchos. ¿Cómo hacerlo? Abriéndose al mundo, produciendo y comerciando intensamente, alentando la inversión local y foránea, siendo más democráticos, educando en serio, respetando al pie de la letra las reglas de juego, ahorrando, integrándose económica y culturalmente a la comunidad internacional, haciendo uso de nuestras ventajas comparativas y aprovechando con inteligencia las fuerzas de la globalización, entre otras cosas. Las dos Coreas, las dos Alemanias, la China de Mao y la China de hoy dan cuenta de lo que digo. Métale la lupa a esas realidades y concluya.
No hacemos mucho con que políticos oscuros, populistas de cualquier pelaje decreten una cantidad de ideas sin piso sólido guindándolas de la Constitución con la espada de la justicia social flameando como llama vengadora, porque si no hay en las arcas la riqueza necesaria para afrontar semejantes maravillas, habremos construido una realidad más retorcida, una pobreza todavía mayor que la de antes. Si no hay quien pague, tristemente, y así se retuerzan de indignación todos y cada uno de los genios gobernantes, terminamos endeudados. Y endeudarse se transforma por mala costumbre en una espiral ascendente cuyo fin es la quiebra, la miseria más profunda y el desequilibrio en todos los flancos.
Hay que aprender a crear riqueza, claro, y esas lecciones pueden darla España, Taiwan, Japón, Chile, Singapur, Irlanda, la India del presente, y un largo número de países que decidieron dejar atrás su atraso y brindarles a sus ciudadanos mayores oportunidades para prosperar. A ser demócratas se aprende, por su puesto. A ser tolerantes también, y a respetar al otro, al diferente, al que no piensa como tú o al que no se viste como tú. Se aprende a pensar, a ser ordenados, laboriosos, disciplinados. Lo más fácil es destrozar al paso, acabar con lo que existe y suponer que en ese trance hemos borrado la historia, porque a partir de ahí, a partir del agente destructor, comienza otra nueva, fundadora, rescatadora, originaria, pura y perfecta. Por eso aquí se habla a cada rato de salvamentos. Medio mundo vive pendiente de ilusiones semejantes. Casi todos nuestros políticos, mediocres, ignorantes como son, quieren salvar algo: las tradiciones, los niños de la calle, la patria, el folclor, el honor, las plazas, las buenas costumbres, la moral, el queso de mano, el palo a pique, el turrón de leche o el carato de maíz, y en sus disparates suponen que tienen la ecuación precisa para ganar, para cobrar sin trabajar, para obsequiar felicidad a rienda suelta. La utopía les hace carantoñas, y de ahí al Mar de la Felicidad hay sólo un paso.
La prosperidad no yace incrustada en las páginas de las constituciones. Es preciso darle forma física, a veces llorarla, perseguirla, pero sobre todo sudarla. Y eso hay que aprenderlo. No se decreta en ningún texto. Ya quisiera Chávez, un inepto como pocos, brindar, producir los recursos y la ayuda requerida para que la mayoría, a través de su empeño, consiguiera ascender en el sinuoso camino al bienestar. Ya quisieran los iluminados de este país, los Araque o los Istúriz, los Jauas o los El Troudis, aportarle a la sociedad venezolana la millonésima parte de lo que otros, en diferentes latitudes, ofrecen a sus semejantes a partir de la riqueza que consolidaron. La Fundación Rockefeller, paladín del capitalismo y ejemplo de todo lo contrario a cuanto anida en los sesos de nuestros revolucionarios, en vista de las hambrunas que azotaban buena parte del continente asiático, en el año cuarenta y cuatro fundó y subvencionó un centro de investigaciones para crear variedades vegetales de alto rendimiento. Años después ese esfuerzo, junto con el de otras instituciones, se tradujo en la Revolución Verde de la India. Asimismo, las campañas relativas a la salud pública inherentes a vacunaciones infantiles consiguió un aliado extraordinario: Bill Gates, a través de la Fundación Bill y Melinda Gates. Sólo en el África subsahariana la ayuda económica y logística prestada por aquél no tiene parangón. La mortandad infantil ha descendido de manera impresionante. ¿Por qué pudieron hacer esto? ¿Por qué han sido exitosos en la consecución del bienestar, tanto para ellos como para otros? Éstas son preguntas que un demagogo como Chávez, un populista como Evo Morales, una caterva de corruptos y aprovechadores como sus aplaudidores, deberían hacerse, pensar y repensar.
Para joder a un país no es preciso esforzarse demasiado. Latinoamérica está plagada de ejemplos muy ilustrativos en este sentido. Decretar mejorías en negro sobre blanco es una forma metafísica de salir adelante, ridícula en la forma y en el fondo, quizás la más retorcida manera de engatuzar a los demás con el cuento de los ofrecimientos sin ton ni son, a diestra y siniestra, peor aún al venderse bajo el engaño de la obligatoriedad de cumplimiento exigida por una Constitución a propósito de sus contenidos.
Son ganas de joder, qué duda cabe. Simples ganas de seguir jodiendo.
Tu cuerpo color rosa me escudriña de reojo.
Como un Cíclope o un mal tiempo mira de lejos y yo
gimo por una barra y una cerveza.
Luego acaricio esas piernas
terminando en la cueva de tu miel.
Invento la historia,
vivo lo absurdo de tus pasos.
Me asomo desde tu sexo y observo la ciudad dormida, borrachos que brindan
por no sé qué.
Despierto tranquilo.
El silencio resopla la última bocanada de la noche
y muerto de risa me señala con el dedo.

5/08/2011

Sfumatto

1.- En un árbol tan viejo como yo

hice un nido para guardarme de la lluvia

y parí un cristal verde muy brillante

para alumbrarme la noche

y dejé migajas alrededor del tronco

donde algunas imágenes, aladas como pájaros,

restregaban sus culpas en medio de la gente.

2.- Quiero caminar por la plaza, escuchar los techos de hojalata.
Mi pueblo, donde el último color de la memoria se confunde con una rama seca, y el espacio feliz de cuatro calles hace de la vida un eterno café.

3.- Encuéntrame en tus ojos
azules de tanto mar
de tanto cielo y ausencia
en este pueblo de follaje frondoso
donde el viento pega a brandy
cercenando el rostro con la punta
de ciertas hojas secas.

4.- Por eso, en mi pueblo existen bicicletas
sin olvido
con poemas
sudorosas
y de carne y hueso.

5.- Mi pueblo donde vives
en un patio embestido por guayabas.
Tal como soy,
restriego algún
recuerdo
escondido en un rincón verde y camuflado.
No me pidas que te encuentre.
Subiré a aquel árbol empinado que mira desde aquí
para que me lleve a la orilla,
muy cerca de tus pies.

6.- Cada noche
tenebrosa de mi pueblo
una mujer montada en una escoba
sale a asustar a la gente
y por eso
en mi pueblo los gatos
se esconden a las seis
y las personas
no pasan por la plaza
luego de las diez.
En algunas esquinas de mi pueblo
hombres gastados por lamentos
se encuentran de frente con las agujas del reloj
y la arena de los días
baña la penumbra de algunas noches frescas.
Los viejos generosos de mi pueblo
tocan la flauta
para llamar a los santos
y usan pañuelos blanquecinos
reliquias arrugadas de bolsillo.
Todas las calles de mi pueblo se parecen a la Luna
por esos inmensos agujeros
con gestos de mar
y todas las calles de mi pueblo
cuentan las historias
que ya no se cuentan
en los porches de las casas.

El idiota inteligente

Mucho se habla de “revolución”. Esta palabrita la verdad es que supera con creces los niveles de aparición que término alguno pudiera exhibir en el pasado a ras de boca, a flor de labios, sobre todo ésos que ni por carambola llegan a empalmar con el cerebro.
Cerebro: entraña de lo más extraña, culpable entre otras menudencias de todo cuanto implica raciocinio. Pues bien, he estado meditando en estos días sobre ciertas conductas, sobre manifestaciones a mi juicio untadas de mucho ruido y pocas nueces, relativas a la curiosidad que implica el hecho de que un puñito de intelectuales todavía apoye al régimen. Y cuando digo un puñito me refiero nada más que a eso: cuatro gatos, unos pocos malabaristas cuyos argumentos, cuando los hay, por endebles se pasean entre lo cómico, lo ridículo y lo absurdo.
Por supuesto, lo primero que se me viene a la cabeza es la noción de libertad. Esta gente apela al libérrimo albedrío y se acabó, hace lo que hace porque le da su real gana, lo cual no sería descabellado suponer si no se atravesara ya mismo algo traído por los pelos cuando de “gente que piensa” se trata, asunto que consiste simplemente en convertirla (a la revolución, quiero decir) en receptáculo de algo así como la supraconciencia, el “non plus ultra” de una época, de una cultura o de una sociedad determinada. Tamaña equivocación se remonta a mucho tiempo atrás, pero lo interesante es que de eso llamado con pomposidad la “intelligentsia” tampoco es que se deba esperar más de la cuenta.
Se ha repetido hasta el cansancio que esta es una revolución sin ideas, un parapeto sin intelectuales. La genuflexión, la cerviz deambulando por el piso, valen para ella mucho más que la otra cara melindrosa, crítica, inconforme, siempre dispuesta al debate y al disenso que da la democracia. No faltaba más: las revoluciones, hasta que se demuestre lo contrario, no escuchan más que su vocinglería, no ven más que el perfomance montado por su gente, no dialogan más que con su sombra y, fíjese qué casualidad, tampoco es que anden por ahí contándose. Moraleja y conclusión: no existen revoluciones democráticas. Así de simple. El prototipo del intelectual llamado a transformarse en jarrón chino, en mampara de cualquiera con los sesos hirvientes tiene aquí mucho de espejo: refleja únicamente a quien se le pone enfrente, con la salvedad de que los revolucionarios sufren de un síndrome que la tradición oral, hermanos Grimm mediante, ejemplica de maravillas en aquella vieja bruja del cuento Blanca Nieves. En fin, de ellos va quedando el “sí, señor”, o el “ordene, comandante” que un grupo de muchachos gritara a coro hace muy poco, aparte del polvero, la humareda y los vidrios rotos que otros deberán tarde o temprano recoger.
Pero decía al comienzo que es un error esperar demasiado de los intelectuales, en esencia porque, leyendo a Jean François Revel (“El conocimiento inútil”.Barcelona: Ed. Planeta,1990) he notado cómo pone el dedo en la llaga y termina por domar al menos común de los sentidos, que es el sentido común, llamando pan al pan y vino al vino. Los intelectuales no tienen por qué cargar sobre sus hombros mayores empachos a la hora de propiciar ciertos golpes sobre la mesa. Los dan o no los dan, y aquí demasiados caen de bruces, por la razón sencilla de que, como expresa el mismo Revel, “el intelectual no ostenta, por su etiqueta, ninguna preeminencia en la lucidez. Lo que distingue al intelectual no es la seguridad de su opción, es la amplitud de los recursos conceptuales, lógicos y verbales que despliega al servicio de esta opción para justificarla”. Más claro, pues, no canta un gallo.
Los pocos pensadores con que cuenta esta revolución han callado. Complacientes, silenciaron sus voces unos y las alzaron otros para defender lo que tenían en las narices, o sea, todo un abanico de crímenes y hechos repudiables que van desde la violación constante de los derechos humanos, pasando por la burla reiterada a la Constitución (caso revocatorio, por ejemplo), hasta llegar a claras evidencias de tortura a ciudadanos y a la existencia de presos políticos. La moral, claro, tiene sus particulares recovecos y la actuación al respecto en primera instancia se corresponde con principios sustentados en ella. De eso no hay ninguna duda. Pero como también dice Revel, “hay tantos pensadores de izquierdas, sobre todo después de 1945, como pensadores de derechas que han empleado su talento en justificar la mentira, la tiranía, el asesinato e incluso la necedad. Bertrand Russell, futuro Premio Nobel, declara en 1937: “La Gran Bretaña debiera desarmarse, y si los soldados de Hitler nos invadieran, debiéramos acogerlos amistosamente, como si fueran turistas; así perderían su rigidez y podrían encontrar seductor nuestro estilo de vida”. Bertrand Russell –continúa afirmando el escritor francés- puede ser un eminente filósofo en su especialidad (la lógica simbólica), pero no deja de ser un imbécil en el punto tratado en su frase”.
Estamos de acuerdo, la imbecilidad es completamente libre, no guarda reparos a la hora de escaparse por la boca o de darse a conocer cuando hacen mutis. En eso estamos muy de acuerdo.




Marzo de 2004






Más allá del espejo



Para no olvidar: a propósito de la libertad de expresión en América latina.






El espíritu de libertad se topa a veces con su mueca especular. Del otro lado del espejo, y esto no implica metáfora alguna sino la realidad establecida por regímenes dictatoriales, esa morisqueta se ubica como contraparte de un estado de cosas que, con todos sus problemas, algunos países han logrado erigir. Con esto me refiero, claro, a la enarbolación y defensa de los derechos civiles, de las libertades individuales y de condiciones de vida a cuya dignidad puede aspirar la mayoría porque, en esencia, las oportunidades gozan de una repartición mucho más justa.
En esa otra orilla del espejo labrada por Castro y que se llama Cuba, el poeta y periodista Raúl Rivero, en juicio sumarísimo, hace poco más de un año (04-04-03) fue condenado a dos décadas de presidio. Otros comunicadores apresados esos días sufrieron penas parecidas, que oscilaron entre los catorce y los veintisiete años de cárcel. “Dentro de la Revolución todo, fuera de ella nada”. Tamaño patetismo, espíritu y bandera del gobierno castrista, ilustra bien el por qué de los abusos, de los crímenes que terminan siendo consuetudinarios en esas sociedades.
Las dictaduras, si no son frenadas a tiempo, llegan para quedarse, y en ese camino se las arreglan para adueñarse de la justicia, de los medios de comunicación, de las instituciones y de la voluntad humana. Cuando esto ocurre ya el mal está enquistado, sólo resta escapar o someterse, dar la batalla o morir en vida (algo así como transformarse en zombi), rebelarse o plegarse al dictamen del supremo. Rivero, el poeta Rivero, optó por lo primero, es decir , dijo sus verdades, se atrevió a hablar, expresó opiniones provenientes de su libérrima conciencia, quiso un mejor país, señaló el pus donde lo halló, y hoy paga por ello. El motivo de la condena: violentar, según sus esbirros, el artículo 91 del Código Penal cubano, que castiga “los actos contra la independencia de la integridad territorial del Estado”. O sea, nada menos que atentar contra la patria, ser un “agente a sueldo” de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana (básicamente por escribir en una revista “contrarrevolucionaria” denominada “Encuentro en la Red”, publicación pagada por la Sociedad Interamericana de Prensa que a su vez ha resultado ser, no faltaba más, una organización que apoya la “subversión”). Rivero, además, se vio acusado por escribir para la “Sociedad Hispano Cubana”, la cual, sostiene el régimen, también es “subversiva”. Tal es el listado de sus crímenes.
Es bueno decir que durante la primera parte de esta historia Raúl Rivero cabía en el marco de lo que pudiéramos catalogar como el “buen muchacho”. Graduado en la Escuela de Periodismo de la Universidad de La Habana, laboró en la mayoría de los diarios (oficialistas, por supuesto) que operan en la Isla. Fue director de la agencia noticiosa Prensa Latina en la Moscú de la Guerra Fría y ejerció asimismo la jefatura de relaciones públicas en una institución denominada Unión Nacional de Escritores y Artistas Cubanos. Sin embargo, 1989 marcó el inicio de la ruptura del poeta con el stablishment y es en ese instante cuando empiezan sus problemas. Al dar un paso al frente, al desmarcarse, al comenzar a disentir en público, de inmediato Castro y sus sabuesos lo etiquetan: contrarrevolucionario, traidor, y demás calificativos utilizados en situaciones semejantes. Ya para 1991 Rivero se atreve a firmar junto con otros nueve creadores lo que se conoce como la “Carta de los Intelectuales” o “Carta de los Diez”, en la que exige al gobierno mayores libertades ciudadanas. A partir de ahí se convierte en un notorio y activo militante por los derechos humanos y por la democracia, no solamente en su país sino en América Latina.
Este año, exactamente el veinticuatro de febrero, Raúl Rivero resultó galardonado con el Premio Mundial UNESCO “Guillermo Cano” de Libertad de Prensa 2004, como reconocimiento a su lucha, a su oposición ante las tropelías de la dictadura castrista y a favor de las libertades civiles en un país que desde hace mucho pasó a ser la más grande prisión caribeña. Las voces de protesta por su encarcelamiento no se hicieron esperar, y ahora como nunca continúan los esfuerzos que otros, desde la clandestinidad y desde sus posibilidades, realizan para que más temprano que tarde la brisa de un mejor horizonte se cierna sobre la pisoteada Cuba. Pero hay, no obstante el papel desempeñado por intelectuales y artistas de todo el continente frente a la represión y la violación sistemática de los derechos humanos en la Isla, un silencio en algunos que no deja de llamar la atención, sobre todo porque enérgicamente levantaron sus voces, con toda razón, ante atropellos perpetrados por gobiernos de derecha a lo largo y ancho del territorio latinoamericano. Se me antoja que aquí ocurre lo que ciertos sociólogos bautizaron como “inmunidad revolucionaria”, una especie de callada complicidad o cuando menos vergonzosa indulgencia ante dictaduras de izquierda, partiendo de quienes por elemental sentido común deberían pronunciarse sin ambages y en primerísimo lugar: los intelectuales, los artistas, los cultivadores del pensamiento y la sensibilidad en cualquiera de sus manifestaciones.
En Venezuela acaba de finalizar nada menos que un “Encuentro Mundial de Poesía”, sólo por mencionar un ejemplo, y nada se dijo al respecto, a pesar de que el evento coincidió, días más días menos, con la fecha en que un poeta como Raúl Rivero fue brutal e injustamente encarcelado. Nada se dijo, aunado a esta falta imperdonable de conciencia crítica y de solidaridad, acerca de la encarnizada represión ejercida en Venezuela durante los días finales de febrero. Una mirada que pasa por encima de vagabunderías y vejaciones se instaló feliz, y el claro gesto de un “aquí no ha pasado nada” dejó su estela de conformidad, de pusilánime incondicionalidad , de dale que lo demás no importa.
Del otro lado del espejo existe un mundo que se parece al espanto. La mano del Estado mueve la trama, dictamina, decide quién come y quién no, quién sueña y quién no, quién vive y quién no. Raúl Rivero, el poeta, lo sabe de sobra, y no parece importarle a otros que también hacen poemas, aparte de permanecer callados.




Abril de 2004.

Lenguaje, realidad y política

Las palabras están hechas de tiempo, de memoria y de presente. El mundo cabe en ellas porque son la única manera de reconocerlo, es decir, a través de las palabras percibimos esa masa amorfa que llamamos realidad.
Ahí, en el pináculo de la condición humana, que es adonde hemos llegado gracias a un lenguaje como el que nos fuimos construyendo, se asienta el juego en sociedad, la posibilidad de encontrarnos y encontrar al otro; se incrusta el hecho extraordinario, antes de que el Homo sapiens obtuviera su partida de nacimiento, de referirnos al amor o a la guerra, de insultar o alabar, de elaborar intrincados sistemas filosóficos o nada más conversar en una esquina. El lenguaje, qué duda cabe, nos humanizó. Por eso basta unos instantes para descubrir a quien se eleva sobre su cresta y se reafirma como bípedo implume, o al que cae destrozado por sus dentelladas, feroces cuando se revierten justo ante la imposibilidad de pegar un sujeto con un predicado. Son los hombres, ni más ni menos, quienes darán uso al lenguaje en una especie de dialéctica que asombra por lo extraño que resulta, pues si bien él está ahí, a la orden y a nuestros meros pies, de algún modo le pertenecemos, de cierta paradójica forma nos atrapa al punto de que podemos afirmar que el lenguaje está en nosotros, claro, pero nosotros igualmente en él.
Vuelvo al primer párrafo: son las palabras el hilo vinculante con la realidad. Ahora bien, la experiencia nos dice que aquélla es una para cada quien, y de ahí el lógico (y sano) relativismo que nos cubre por los cuatro costados. Pero es a estas alturas cuando los usuarios toman, en el peor de los sentidos, de las palabras lo que les conviene para crear mundos abstractos y deslastrar a la retórica de toda unión con lo concreto, con lo que exige pruebas fehacientes, con lo ubicable a un palmo de nuestras narices.
La mayoría de los políticos sirven para ilustrar lo anterior, sobre todo cuando se dan a la tarea de hablar incluso por los codos sacándole el cuerpo a lo tangible. Si algún demagogo habla de libertad, deja abierto en el vocablo un boquete de dimensiones gigantescas, lanza al ruedo un sin fin de posibilidades. La idea de libertad, por ejemplo, es casi infinita aunque en política ipso facto la asociamos con la individual, económica, de expresión, de pensamiento o de prensa, por mucho que un Chávez, un Perón, un Castro, un Lusinchi, un Bush, un Menem, no las hayan mencionado para nada. El término libertad se transforma de este modo en coladera que abre paso a variadas interpretaciones, se toma una buena dosis de laxante semántico, por la razón sencilla de que al pronunciarlo suponemos que se trata de algo bueno, maravilloso además a la hora de campañas. Tenemos, como es obvio, nuestras ideas acerca de lo que es la libertad, o la democracia, pero en concreto pueden ser muy diferentes, e incluso incompatibles. Ahí queda algún vocero del gobierno como ejemplo vomitivo: “excesiva democracia”, llegó a soltar sin que se le notara un mínimo temblor de voz.
Libertad, democracia, patria, igualdad o justicia son palabras que a cada instante resbalan por bocas muy competentes frente al levantamiento de castillos en el aire. Un demagogo es un maestro del embuste discursivo, una máquina pendiente de elaborar chasquidos de la lengua. Le aterra concretar, tiembla ante lo palpable, porque ésos son terrenos de logros o fracasos, de hechos consumados o no, y ahí todos caen para morder el polvo.
En política, como en cualquier ámbito, el lenguaje nos vincula con la realidad. Hay que estar pendientes de cuál realidad está en juego.



Julio de 2004.

5/06/2011

Sal marina

Mi cuerpo rastrojo que sabe de océanos

y de aguas profundas

encerrado

bajo la línea ínfima y poco creíble

de tus pezones rojos y amarillos.

Paisaje con vista hacia el mar

horizontes que desato en mi pupila

y recojo lleno de silencio ansioso

por ese líquido rosado que brota

abundante de tus curvas.

5/05/2011

Tu cuerpo aquí, en medio de las piedras,

sucede que no te conozco

pero recuerdo la historia de tu encuentro

una historia que no es de este mundo,

entonces comprendo,

eres diosa,

saludas a la gente,

te complace subir

y mirar lejos;

deshojas margaritas

pasas la noche en vela

y lees recostada en ese arbol

hasta que aparecen los luceros.