12/28/2012

Velocidad de crucero

    Mi hijo Daniel quiere un helicóptero. Uno de juguete, claro, pero que vuele de verdad. A sus casi seis años prefiero que se eleve sólo a ras del suelo, y entonces me entrego al hecho de subirme con él a otras naves, a otros aparatos, a otras invenciones.
    Pedirle al Niño Jesús una máquina capaz de despegar es de lo más emocionante, por supuesto, asunto que en mis días de imberbe hubiese hecho las delicias del patio. Pero qué va, existían parapetos voladores menos reales y más imaginarios. Le cuento de esos tiempos, abrazo las historias que guardo en la memoria con el lenguaje que le gusta: el de la algarabía y el de las aventuras.
    En la cama, echados al amanecer, un golpe de almohada bien puede resultar el encendido que implica ascender y navegar. Volar también ocurre desde un  colchón entre café, abrazos o sonrisas. Durante mi época infantil atravesar las nubes, visitar Júpiter o Marte, pilotar cohetes, suponía una caja de cartón elegida como nave, tenía que ver con la mata de guayaba, en el patio, y su ramaje dispuesto para cobijar  a quienes deambularan en busca de adrenalina, sueños y nuevas experiencias.
    Daniel toca un botón y se prende cierta luz, mueve la palanca y sentimos que nos elevamos. Ríe, y esas carcajadas dejan entrever sin duda que el helicóptero añorado es poco comparado con esto. Volamos, vagamos a placer. Allá abajo, mira, está tu calle, tu casa, corren tus amigos. Papá, ¿las nubes son de algodón?, ¿podemos ir a Francia?, ¿a Liliput?, ¿nos metemos en ese arcoiris? Zarandeamos interrogantes mientras observo cómo la dicha chorrea por la comisura de sus labios. Le gusta despeinarse, goza con el viento que le tumba la gorra del Caracas, se empina a más no poder para arrojarse de seguidas en picada, a toda velocidad, hasta ascender nuevamente en medio del vértigo y las hormigas en la panza.
    “Es como en El Principito”, me dice. “Es así, pero mejor”, reconoce. Tiene su planeta, Daniel fabrica un cuerpo celeste para él, tiene además un lugar preferido en ese astro, de modo que en cada chance prende los motores y allá va, al sitio más divertido que haya de existir nunca jamás. Yo lo veo y regreso a mi particular historia, a mis andanzas parecidas, cuando disfrutaba de su edad. Su avión también es la máquina del tiempo. Ahora él es quien me enseña, me indica el camino, me toma de la mano y es capaz de hacerme cosquillas en el cuello. Coloca frente a mí el espejo en que nos contemplamos sin que medien estaturas, años cumplidos, dientes de leche o quién engendró  a quién. Somos dos y basta. Volamos y eso es suficiente. Danzamos perdidos en un solo abrazo.


12/20/2012

Lentes


    Hay gente que usa lentes y desde que eso ocurre deja de ser lo que era. Tengo un conocido con muy mala vista, por lo que le recetaron anteojos multifocales que reducirían sus problemas al mínimo. Resulta que se transformó en otro.
    Transformarse en otro supuso enfocar mucho mejor de lejos y de cerca, pero lo más llamativo fue que también escudriñó nuevos horizontes: con sus lentes no sólo vio las cosas claramente sino que las vio incluso por dentro.
    En mi infancia soñaba con tener visión de superhéroe, es decir, mirar a través de las paredes, y en momentos lascivos de la adolescencia añoré poder echar un ojo más allá de los vestidos femeninos. Fui un frustrado, por supuesto, pero ahora que lo pienso mi amigo es capaz de lograr eso y otros beneficios adicionales. Qué suerte tienen unos.
    Conozco a un señor entrado en años cuya vida ha sido de lo más kafkiana. No despertó como Gregorio Samsa, convertido en bicho, pero al abrir los ojos una mañana y calarse sus anteojos, empezó a notar que no sólo podía leer periódicos, libros o manuales de instrucciones, sino leer los pensamientos de cualquiera, otro de mis anhelos infantiles. Cuando aquella chica me mando a freír papas, allá en la adolescencia, luego de lanzar excusas como besos para justificar el puntapié, ¿qué tal haberle escrutado las neuronas? ¿Decía ella la verdad? ¿Acaso mentía como bellaca?
    Como gracias a los años mi vista se ha venido a menos, en estos días fui al oftalmólogo, que resultó ser oftalmóloga. Conclusión: anteojos para ver de lejos, para ver de cerca y para distancias medias. Cuando pregunté qué más me miró con extrañeza. Iba a indagar si con ellos podría atravesar la bella falda azul que lucía en ese momento, si sería capaz de vencer la barrera de una blusa, de un brassiere, de un vestido largo o corto, iba a preguntar si con mis lentes el bikini mínimo adornado con encajes que quizás llevaba justo en ese instante terminaría rendido ente el asedio de mis cristales superpoderosos, pero nada, hice silencio, decidí guardarme las interrogantes, comprendí en el acto su completo desconcierto.
    Al escribir esto que tiene usted enfrente llevo mis anteojos puestos. En mi café predilecto, mientras rasguño el papel, de cuando en cuando hago esfuerzos por adivinar pensamientos, por darme cuenta de qué esconden las paredes, pero no señor, qué va. Soy un ser normal que ahora usa lentes y no se transformó en otro. Cuánto lo lamento. Cuánto.

12/13/2012

Soy un premoderno


    José Miguel quiere un Blackberry. Cuesta ocho mil bolívares más impuestos  pero eso es lo de menos porque a José Miguel le encantan los juegos que trae el aparatico y prefiere además un teléfono con t mayúscula. José Miguel tiene seis años.
    Colgada del árbol navideño está la carta. Puedes leer el saludo, después la aclaratoria indispensable: “me he portado bien durante todo el año”, y acto seguido el juguete que es el non plus ultra de un Niño Jesús acorde con los días que corren. A veces me da por ponerme a recordar y se me viene a la memoria otra época y otras navidades, cuando regalar era menos complejo y cuando la palabra niño cabía en una pelota remendada o en un barco de papel. La señora Sara, madre de José Miguel, cuenta que su hijo es de lo más moderno y qué más da. En tiempos de computadoras no puedes pensar en carritos de madera.
    Como soy un redomado cavernícola siento la necesidad de coger a lo moderno por el cuello y ponerlo de patitas en la calle. Lo moderno, cuando se trata de Blackberrys y mocosos de seis años, tiene un fuerte olor a publicidad metida por los ojos y a padre o madre más pendientes del Sony LH de 86’’ XGX Color Print Platinum Plus que de abrazar a sus hijos y enseñarles algo más que decir aló aló, tío Pedro me compraron un teléfono, oye, mira cómo sé marcar tu número, y otras putadas por el estilo. La verdad es que uno se pone melancólico, será por las fechas, o la edad, o tantos niños jesuses virtuales con cara de andróginos paletos que nada tienen que ver con aquél otro que nació en Belén, según cuentan los enterados, y en las madrugadas del veinticinco de diciembre se colaba como zorro hasta tu habitación para dejarte un tren de hojalata, o una pelota con un bate, o un camión de plástico para que jugaras a los policías y a los bomberos.
    Este mes cumpliré cuarenta y tres tacos y el otro día recordaba mis navidades y los regalos que solíamos pedir, otras fierecillas como yo y yo mismo, y hay que ver, en nada se parecen a lo que se va estilando en estos lares. No digo que sea malo (Dios me libre), o sea bueno. Sólo es. Pero entre un Blackberry Special Pantalla Líquida Stereo Sound and Dolby System con cubierta de cuero negro y toda la parafernalia, y aquellos pequeños obsequios en los diciembres de mi infancia, escojo “Un cuento de Navidad”, comiquita que año a año transmitía la tele al amanecer del veinticinco lloviera, tronara o relampagueara, y que yo veía y veía echado en el sofá roñoso de la sala aún con el rompecabezas en los brazos, regalo del Niño Jesús hallado horas antes en medio de las sábanas.
    José Miguel vive la época que le tocó y se acabó, dice su madre. Yo digo que está de maravillas, y que más maravilloso se pondría el patio si al Black se le añadiera parte de lo que hemos sido, de lo que arrastramos en el alma como gente que heredó una cultura, es decir, algo de la historia humana que supone celebrar la Navidad, con sus implicaciones, causas y consecuencias, más allá del regalo consabido, de la hallaca por la hallaca o el feliz año por el feliz año. Tengo la seguridad de que los niños vislumbran mucho mejor que los adultos eso que tintinea en el espíritu que nos une, en el cuento común, en el lazo que termina por agruparnos y  acercarnos, y  puede hacerlos mejores que nosotros, más sensibles que nosotros, más cultos, más inteligentes, solidarios, conscientes, pensantes o felices que nosotros. La Navidad da para eso y para más, no cabe duda. Es que yo soy un premoderno. A mucha honra.

12/06/2012

Un libro entre los libros


    La ingenuidad es libre. Así como en ocasiones hallas a alguien, a una mujer por ejemplo, y piensas que es así o es asao pero terminas finalmente (o fatalmente) convencido de que la guachafita es lo suyo, así te das de bruces con ciertas publicaciones, con algunos textos que te sorprenden para siempre.
    Los libros son como la gente: hay de todo. Esta verdad de Perogrullo viene a cuento por un hecho feliz, apoyado en la experiencia de lector que lo persigue a uno desde que sale el sol y hasta que se despide. Hay libros para leer con el café, libros para lecturas vespertinas, hay libros que se te meten  en los huesos y no puedes soltarlos aunque la mañana te sorprenda entre sus brazos. Los hay insufribles, opacos, sin nada para ti, y están aquellos, por supuesto, incapaces de pasar la prueba de la mesa de noche, es decir, ven correr los días apilados sobre un mueble que también será su tumba.
    Pero a veces se encuentran libros que terminan por leerlo a uno. Creo que son los imprescindibles: te guiñan un ojo en el estante de la librería o cuando clavas la vista en su primera línea. Entonces quedas atrapado. Son libros pescadores, despliegan las redes a placer y si estás hecho para ellos, escríbelo, no tienes escapatoria. En el océano de las bibliografías dan forma a una especie que trasciende, que va más allá, que domina todas las lenguas, tiempos y lugares.
    Cuando un libro puede leerte significa que puede entonces descifrarte, destejerte, darte un coñazo en la nariz. Son además libros espejo porque se paran frente a ti y registran cosas, hechos, sedimentos que te pertenecen, que están en ti, de los que no tenías ni idea. Un libro así te agarra por las pelotas y eres hombre muerto, aunque claro, semejante muerte es nada menos que una resurrección, pues ocurre ahí que te iluminas, que te tienden una emboscada poniéndote junto a lo que has sido o eres. Te encuentras, te miras de frente, te tocas los lunares y las pecas.
    Decía Borges que él se jactaba no de los libros que había escrito (y mira que parió unos clásicos) sino de los que había leído. Creo entender bastante bien semejante afirmación. Mientras más libros hallo en mi camino, mucho más de mí soy capaz de hurgar desde el papel. Y al escudriñarme de ese modo también tropiezo con todos los hombres, me sumerjo en el género humano. Nada menos.
    Gracias a los libros me transformo en libro. Hay libros, como escribí antes, que te leen, que te releen, lo cual supone convertirte en texto, en negro sobre blanco, en grafías e imágenes mentales, en sintaxis, en puntos suspensivos, en puntos y comas, en oraciones yuxtapuestas copulativas y en significados, eso, en significados de ti mismo que ignorabas y vislumbras de repente. Libros de fuego que te marcan, libros adivinatorios, libros tiburón por sus mandíbulas, que las tienen como nadie.
    Al caminar por una librería, al meterme en una biblioteca, al abrir el ejemplar por vez primera busco exactamente eso: un indicio, la posibilidad de entrever el diálogo profundo, el cruce de miradas que quizás proponga el toma y dame que estoy esperando. Por lo general no ocurre así, pero en ocasiones obra el milagro. Ya desde los inicios, desde el primer párrafo incluso, intuyes de qué va el asunto. Puede ser buena la historia, extraordinario lo que tienes en las manos, pero no más. Terminas, llegas al punto y final  y  se acabó, baja el telón. Pero cuando ese manojo de papeles tiene el poder de desenmarañar tus jeroglíficos, si llega a suceder que observas la partitura de lo que vas siendo, tropezaste entonces con el nirvana literario. Tales son los libros que yo busco. Tal es la esperanza que me lleva a encontrarlos.

11/27/2012

Las balas y la fiesta


    En la Asamblea Nacional los oficialistas celebran un golpe de Estado. Elevan a magna fecha el segundo intento de tomar Miraflores a punta de metralla y tanques, perpetrado el 27 de noviembre de 1.992.
    Según los políticos en el poder y según quienes ejercen la función de intelectuales gobierneros (pintores, escritores, músicos, cineastas y otros creadores de viejo y nuevo cuño), las felonías de aquel ya lejano año están plenamente justificadas: basta con observar los resultados luego de catorce años en el trono. Hoy por hoy Venezuela es una maravilla, mírese por donde se mire.
    Cada vez que un dinosaurio accede a un puesto clave en la anatomía política de este país, le da por emular a Othar, el caballo de Atila. Lugar que pisa, lugar que no verá otra vez crecer la hierba. Esto implica meterse entre ceja y ceja la falsa idea de la refundación. Refundar se transforma en logorrea, va a parar en lenguaradas revolucionarias, será el verbo mimado de cuanto nostálgico de los sesenta deambule por el patio, al punto de que sus chácharas incluirán mañana, tarde y noche chasquidos como refundación de la república, refundación de las instituciones, refundación de la hallaca carupanera, refundación de la patria, refundación de la democracia, refundación de la Sociedad Protectora de los Comejenes. Este es el país, voy euros a lochas, con más refundaciones sobre el planeta Tierra. La refundadera del siglo XXI, Sociedad Anónima.
Yo, al escuchar tales pronunciamientos, me pregunto qué ocurrirá, cómo se darán las conexiones, qué pasará por la caja craneana, las dendritas, el axón, la banda de mielina y el cerebelo de Hugo Chávez, Cilia Flores, Nicolás Maduro o esa cáfila de intelectuales justificadores de cuanto disparate inventa el teniente coronel. ¿Cómo defender lo indefendible? ¿Con qué argumentos pretender una legitimación del bodrio que gobierna? Hay que ver, menuda ideología, menudas gríngolas se gastan estos personajes.
    En  el 213 a.C. hubo alguien que deseó cambiar la historia  (y por supuesto refundar) casi tanto como el señor Chávez. Oin Shi Huangdi fue un emperador chino que no satisfecho con su puesto de mandón sin par creyó que enviando el pasado al basurero la China de aquellos tiempos, y la del futuro, sería obra enteramente suya. Tengo la certeza de que la manía refundadora de Chávez y sus adláteres, por la que pasa el hecho de exaltar a fecha patria lo que han sido vulgares y brutales intentos de  golpes de Estado, tiene en el fondo bastante que ver con el emperador asiático. En líneas generales todo autócrata en seria mezcolanza con demagogia y populismo, empeñado además en perpetuarse en el carguito, acuna el sueño de borrar lo que había antes y reescribir el libro de un país a su medida. Oin Shi Huangdi ordenó la quema de textos de historia y de las noticias sobre el pasado. Ordenó asimismo desaparecer las obras de Lao-tsé y Confucio. Todo escrito alejado de cualquier fin práctico debía llegar a su fin consumido por el fuego. El objetivo de tamaña piromanía no era otra que inscribir su nombre como único protagonista y hacedor del territorio, del país que lo vio nacer. Ya sabemos en qué desembocó esa locura recurrente: la molienda del tiempo lo mandó a freír monos, aun cuando Oin Shi Huangdi fue un guerrero inmenso, un hombre con capacidad de sobra para hacerse amo y señor de la tierra en que vivió. ¿Qué diablos ha demostrado ser el Presidente?
    Chávez y quienes lo ensalzan no refundarán un pepino, no acabarán de un plumazo la historia para entronizarse ellos, y lo que sí es una tragedia, destruirán con imaginación y talento lo poco que continúa en pie. Si un golpe de Estado es vía legítima para llegar al poder, como sostiene el oficialismo a propósito del levantamiento que celebran hoy, entonces yo soy astronauta. Ni el 4 de febrero ni el 27 de noviembre del 92 son fechas para estar alegres. Por el contrario, nos recuerdan a los caídos de esos días, jóvenes embaucados, llevados inútilmente al matadero, y nos recuerdan que, entre otras cosas, extender cheques en blanco a ignorantes y aprendices de brujo ávidos de poder total resulta siempre mucho más caro que plegarse a la democracia, a la civilidad y a la decencia.

11/25/2012

Camila en concierto


Sala de Arte Sidor. Viernes 23-11-2012.  7:00 p.m.
Tema: Cruella de Vil

11/20/2012

La realidad imaginada

    Un número importante de ingleses, según he leído, cree que Churchill y Dickens son personajes imaginarios mientras que Robin Hood y Sherlock Holmes andan por ahí, vivitos y coleando, haciendo de las suyas.
    Lo cierto es que el dato no me extraña. La ficción, por no ir muy lejos, supera con creces a esa señora tan rara que llamamos realidad, asunto verificable si echamos un vistazo al patio con ahínco. Una cosa es lo que damos por sentado y otra aquello que nos aplasta la nariz.
    En ocasiones veo a cierta gente y me da por pensar que son batracios. Enciendo el televisor, abro una revista, aparecen Pinochet o Castro y lo que en principio es plena fantasía de quien observa enseguida cobra verdadera identidad: sacan sus enormes lenguas, croan a placer, dan enormes saltos y se adueñan de la repugnancia en pasta.
    En la escuela muchas veces me impactaron las historias que hallé en algunos libros. El Capitán Nemo parecía sudar, se despeinaba, exponía su nerviosismo o su serenidad a cada rato, sin duda respiraba como yo. El Capitán Nemo era de carne y hueso, vivía entre mis vecinos, formaba parte del puñado de amigos con quienes me divertía a diario. Y fíjese usted, Simón Bolívar era un tipo de lo más libresco, planchado, acartonado, creación burda y fastidiosa de una maestra empeñada en trastocar mis días. Durante mucho tiempo tuve la certeza de que El Libertador no había existido nunca. Cómo comprendo a los ingleses.
    Aunque parezca mentira hay lugares mucho más reales que otros y algunos menos dados a dejarse encorsetar por la existencia física. Espacios que caben sin esfuerzo en la memoria, en el imaginario colectivo, o no. Existen ciudades metidas de cabeza entre tus sienes, casi ubicables en un mapa, llenando por completo nuestro particular globo terráqueo, y existen ésas que parecen salidas de un cuento de Borges.
    ¿A quién se le ocurre que en un punto geográfico específico, demostrado por exactas coordenadas, yace una ciudad llamada Skjope? ¿Dónde cabe que Ashgabat está llena de tráfico, de vidas y de historias? ¿Qué decir de Ouagadougou, la capital de Burkina Faso, o de Tórshavn, de Islas Feroe, o de Ndjemena, principal centro poblado de la República del Chad? ¿No le parece que Nouméa, capital de Nueva Caledonia, o Vaduz, metrópolis de Liechtenstein, poseen ecos de irrealidad que no se pueden negar un ápice? No hay nada, podría jurarlo, nada más literario, más ficticio que una ciudad cuyo nombre es Nuuk, y no obstante ahí está, helada y tranquila en Groelandia. Longyearbyen, Cockburn, Nuku’alofa, Asmara, Alofi, Yangon, la lista es larga.
    Sin embargo menciono a Macondo y más de uno siente que alguna vez ha estado ahí. Siente sus calles, vislumbra sus atardeceres. No conoces a un fabulador de nombre Gabriel García Márquez, tampoco leíste Cien años de soledad, lo tuyo es la oficina o el negocio o cazar elefantes en África o qué sé yo, pero Macondo te dice mucho, Macondo es dueña de una cartografía tan real como Caracas o Ciudad Bolívar. También Liliput o Ciudad Gótica. Comala, la Atlántida, Rocadura, Santa María de Neiva, todas, todas reverberan en nosotros, dialogan sin dificultad con lo que vamos siendo, nos suenan a montón. Pero por supuesto, claro que entiendo a los ingleses.
    Que Sherlock Holmes forme parte de la realidad me parece fabuloso, bastante que lo necesitamos. Que Charles Dickens pulule entre laberintos y recovecos de la imaginación, tampoco es que le hubiera molestado demasiado, ahora que lo pienso. Hay de todo. La verdad es que las piezas de lo real o lo ficticio nunca estuvieron equitativamente repartidas y un mínimo de justicia en ello no se percibe de buenas a primeras. En lo personal, con gusto despacharía a varios centenares de individuos al cesto de lo irreal, y otro tanto haría trayéndome a unos cuantos de allá para acá, sin que me temblara un pelo. Cada día estoy más de acuerdo con los ingleses. Diga usted si no.


11/15/2012

Ser o no ser



    Me enamoré una vez de una chica que no estaba. Al andar cerca de mí ni la sentía, apenas vislumbraba su presencia, pero al irse a Italia ella comenzó a hacerse notar nada más que por su ausencia.
    Cosas así ocurren y ya, van ganando espacio como una enfermedad que te come por dentro y tú sin percatarte, y al fin, ya sin remedio, descubres la realidad que te aplasta como a un bicho.
    Con razón para muchos enamorarse es enfermarse (una enfermedad benigna, por supuesto). Fiebre, tos constante, taquicardias recurrentes. Ir al médico pronto fue un trámite sin consecuencias: descanso, algo para aflojar el pecho, cuidados con la dieta y tome, esto es para que suban las defensas.
    Las defensas, ajá. Resulta que puedes defenderte de ciertos atacantes ubicados en tu campo visual, puedes percibirlos con cierta antelación. Es factible, en fin, la defensa a propósito de un enemigo más o menos concreto que de algún modo está parado enfrente, pero jamás llevarla a cabo si el asunto cobra ribetes inimaginables. ¿Cómo atrincherarse para eludir la no presencia de alguien? ¿Qué es eso de escudarse en función de que ella estaría aquí, y cada vez con mayor fuerza, justamente por su ausencia?
    He tenido siempre la impresión de que existen hechos corriendo bajo el césped, por debajo de la mesa, subterráneos, abrazándose con otros para que por re o por fa termines involucrado, sin que te percates, en la nueva realidad que te coge por el cuello. Estaba enamorado de un vacío, andaba prendado de una huella, de esa forma que desaparece poco a poco una vez que el cuerpo se levanta del sillón y se aleja del cojín quedando sólo el hueco, el molde, la ausencia ahora visible, hecha fiebre con palpitaciones.
    Es curioso, pero termina uno por extrañar lo que nunca formó parte de lo cotidiano. Un fantasma es eso, un no sé qué poco explicable en relación con cierta existencia que no es. Suena complejo, suena rudo, ya lo sé, ni yo mismo logro comprenderlo, pero créame que a veces somos mucho más dados al guante que a la mano, a la fascinación onírica que a la realidad monda y lironda. En ocasiones estamos más pendientes del labial sobre la copa que de la boca en cuestión, o de la forma de sus glúteos llenando con valles y relieves esa falda colgada en el armario que de ella en carne viva, en carne y huesos. Qué le vamos a hacer.
    Estuve prendado de una chica que no estaba, y no estar era en efecto la presencia. Después, al paso de los años regresó, vino a mi lado. Ocurrió entonces que comencé a extrañar su ausencia, me enamoré esta vez del hueco que antes sentía tan a mi lado, tan conmigo, tan afín, tan ella. Me fui lejos, mandé al diablo toda cercanía hasta encontrar de nuevo la felicidad venida a menos. Otra vez se hizo notar porque no estaba. ¿Somos de lo más extraños, no? De lo más extraños, qué más da.

11/08/2012

Los libros y yo


    A veces me da por leer horóscopos y al fin encontrar mi destino, pero como soy un descreído abandono el asunto al poco tiempo. Entonces busco la verdad en lugares menos dados, en una farmacia por ejemplo, o mientras  compro el pan todas las tardes.
    Hay ciertos cafés que visito con frecuencia. Me siento, abro un libro al azar y en función de lo que va saliendo tomo decisiones apremiantes. La otra vez leía una entrevista a Jean Claude Carrière. Descuidado, pasé la vista por la página cuarenta y seis y él afirmaba: “nada hay más poderoso que la interpretación para producir consideraciones insensatas”. Ahí, en plena lectura al voleo hallé la ruta, la solución para un problema que me robaba el sueño. Lo resolví escuchando a este señor, es decir, no interpretando en lo absoluto, no pensando, no mordiéndome las uñas al respecto. Entonces dormí como elefante.
    En muchas ocasiones la literatura tiene más de Oráculo de Delfos que de otra cosa. Resulta extraño decirlo de buenas a primeras, lo sé, pero llevo años en esto y puedo dar fe de que los libros son la llamarada capaz de iluminar ciertos caminos. En días pasados un sumo sacerdote, Gabriel García Márquez, liquidó un quebradero de cabeza que empezaba a molestar más de la cuenta. No vale la pena traer a colación el rollo en sí, pero el desenredo apareció cuando en la página cincuenta de El amor en los tiempos del cólera me aplastó la nariz el dato que necesitaba. Se hizo la luz, y aproveché para bañarme en ella.
    Abrir libros al azar tiene que ver con un arte adivinatoria siempre al alcance de la mano, vaya uno a saber por cuáles caprichos de los dioses. Para lectores consumados bastan las sagradas escrituras de Gerbasi, Moravia, Onetti o Kundera, razón de sobra para llenar el día con prácticas inspiradas en sus páginas.
    He descubierto que para nudos gordianos existenciales, abstractos, inefables por donde los mires, nada mejor que los franceses. Breton, pongo por caso, Dumas o el mismo Le Clézio, para ser actual. Los rusos vienen como anillo al dedo si el asunto cobra ribetes psicológicos: bastan Tolstoi y Dostoievski. Para cuestiones más terrenales nadie como los estadounidenses. Philip Roth a la cabeza, seguido por Dos Passos, Hemingway y Stephen King. Los latinoamericanos caben en un abanico que crece con el tiempo. Úslar Pietri dio en el clavo cuando una vez sufrí un despecho que casi me despacha. Cortázar ni se diga, coger Rayuela y abrirla donde se te ocurra soluciona el más mínimo enredo del corazón o de faldas. Ramos Sucre, quién lo iba a imaginar, me abrió el sendero ante un lío con abogados. De Octavio Paz, cosa aparte, puedo afirmar que ha sido bastante más que efectivo. Es un astrólogo de cabo a rabo, un profesional consumado, lo sostengo aquí y en cualquier parte. Descubrirlo en la adolescencia me hizo devorar toda su obra, cada uno de los libros que pude hallar primero en la biblioteca pública de Upata, luego en los anaqueles de un tío lector que los atesoraba, y después en cuanta librería tropecé en los recovecos de la vida.
    ¿Ernesto Sábato como pitoniso? ¿Rómulo Gallegos mejor versado en estas lides que la misma Adriana Azzi, Hermes o la Caricato? ¿Juan Rulfo dominando el asunto? ¿Quién daría medio por Montejo o Ítalo Calvino a propósito de esconder horóscopos en lo que escribieron?
    Y ahí están. Sus páginas pueden adivinarte la palma de la mano. Basta abrir los libros al azar y leer bien. Sobre todo eso: leer muy bien. Yo que lo digo.

11/02/2012

Las formas imaginarias


    Somos de lo más extraños. Cierto conocido inventó un modo de hablar que consiste en decir al revés todo cuanto quiere expresar. Consiste, para ser más específico, en crear sentidos contrarios a los que emite una oración tal como la leemos o escuchamos, lo que obliga a ir al fondo y no a la superficie de las frases.
    Créame, es una forma especial de comunicación, muy útil a la hora de mantener secretos bien guardados porque apenas se conoce la técnica: sólo tres o cuatro hablantes saben de ella y la dominan. Por razones obvias no ha querido el bueno de mi amigo aumentar el número de quienes la aprendan. Hay que evitar la masificación.
    Es difícil hablar de esa manera, y peligroso además, entre otras razones porque al practicarla el usuario incurrirá en errores, y éstos producirán accidentes propios de la confusión que genera. Aclaro: si alguien dice izquierda con la intención de decir derecha en medio de una explicación que supone indicar cómo llegar a alguna parte, más de una vez el resultado será poco menos que el desastre. Imagine si se trata de gente conduciendo un automóvil. Y así. No hay que ser Frank Calvert o Heinrich Schliemann, descubridores de Troya, para lograr con relativo éxito descifrarla y manejarla con desenvoltura, pero igual es preciso trabajar a fondo.
    Julio Cortázar, escritor a quien admiro desde mis años adolescentes también experimentó algo parecido. En algún momento ideó un modo para entablar charlas con amigos, con parejas, en el más estricto coto de seguridad a prueba de oyentes no deseados. El glíglico, que era el nombre de la forma en cuestión, funcionaba en líneas generales para lo que por descontado sirven estas maneras tan extrañas de comunicación, pero sobre todo para el amor. Con el glíglico  -alguna vez intenté aprenderlo pero fue imposible-  cuentan ciertos entendidos que Cortázar creaba atmósferas de sensualidad y romance impensables bajo otro orden de palabras. Vaya usted a saber.
    El otro día hallé una entrevista a Umberto Eco en la que señalaba un recorrido contrario frente a lo que he narrado arriba. “Si hoy hago un graffiti que no tiene ningún sentido en una pared, mañana llegará alguien diciendo que lo ha descifrado”. Es justamente lo que me propongo ilustrar aquí, pero al revés. Somos dados a desentrañar enigmas, somos curiosos, metemos las narices aquí y allá y ahí quedan jeroglíficos tendidos en pleno suelo, vencidos, comprendidos. Quedan lenguas muertas redivivas, diseccionadas luego de convertirnos en patólogos de la lengua o en forenses de idiomas desvencijados. Queda eso y queda todo cuanto pueda usted añadir al respecto. Somos dados a inventar modos para develar misterios, pero evidenciamos menos habilidad, menos talento, si el asunto es construirlos. Es lo que ha hecho mi amigo al hablar al revés o Cortázar con su glíglico, labrar mundos nuevos, inaugurar laberintos, estrenar caminos condenados a ser poco transitados.
    Supongo que algo por el estilo atravesó la corteza cerebral de quienes concibieron el esperanto, lengua artificial que a modo de obsequio fascinante legó a la humanidad un puñado de individuos raros, con el dato significativo de que sólo una minoría estadísticamente irrelevante hoy en día sabe utilizarla. Que no es necesario porque cada quien posee la lengua con que nace y la que se merece, podrá argûir cualquiera, y es verdad. Pero las formas imaginarias tienen también mucho de tercas y aparecen, poco, es cierto, pero aparecen, rozagantes y con muy buena salud, lo cual me llena de alegría gracias a que también yo gozo llevando la contraria en más ocasiones de las que quisiera.
    Confieso que desde muy joven me llaman la atención los locos. De no haber sido esto que vaya a saber qué soy, hubiera estudiado psiquiatría. Ciertos desquiciados que observo por las calles en el fondo me dan la impresión de que tienen una forma, una lengua particular, privada por donde la veas, que únicamente les permite comunicarse consigo mismos. Se inventaron, o hallaron, qué sabe uno, la forma que les viene como anillo al dedo para decir mejor o pensar con mayor tino  -no olvidemos que pensamiento y lenguaje andan siempre abrazaditos-  pero con la desventaja de que les sirve para dialogar sólo con ellos, para invocar soliloquios jamás entendidos por normales tipo usted o tipo yo. Una lengua aprendida por un único individuo. Hay de todo.
    Así deben sentirse los últimos hablantes de ciertos idiomas que están a un paso de desaparecer. Lenguas, formas que ya mismo, al amanecer, tumbaremos en la mesa de estudio, de operaciones, como tabla de salvamento en función de preservar un poco lo que alguna vez fue, de rendirle culto al genio humano. Gente convertida en pieza de museo, en fósiles andantes por obra y gracia del espíritu no tan santo de nuestro talante, siempre dado a dejar para después lo que pudo hacer ayer, pongo por caso. Y así debió sentirse, bicho absolutamente raro bajo el lente de entomólogo con malas pulgas, quien primero dominó el mencionado esperanto.
    Mi amigo, ese que ideó hablar al revés para otorgar otro sentido a frases que usamos en lo cotidiano, ahora que lo pienso se parece a aquellos surrealistas, esos descocados célebres que juntaban palabras sin mayores nexos, relaciones o parentescos entre ellas con el objeto de que florecieran significaciones subterráneas, veladas, ocultas, pero existentes sin duda en algún lugar poco evidente de la lógica. Formas imaginarias haciendo de las suyas.
    Yo mismo, siendo niño, disfruté a rabiar jugando con otros compinches de faena: quieperopo jupugarpafutpu bolpoempe vezpedepe irpiapalapa especuepelapa, que traducido al español denota la intención del goce pleno: jugar al fútbol y no aparecer jamás por el colegio. Las formas imaginarias aplastan tantas narices que a veces piensa uno en la posibilidad de que terminen victoriosas. Viéndolo bien, mejor así, mejor que ocupen el lado menos visible de las cosas. Total, y como también sostuvo Eco: “la filosofía de Bertrand Russell no ha generado tantas interpretaciones como la de Heiddegger. ¿Por qué? Porque Russell es especialmente claro e inteligible, mientras que Heidegger es oscuro. No digo que uno tenga razón y el otro no… pero cuando Russell dice una estupidez, lo dice en forma clara, mientras que con Heidegger, aunque diga un truismo, nos cuesta gran esfuerzo darnos cuenta. Para pasar a la historia, para durar, hay que ser oscuros. Heráclito ya lo sabía”.

10/28/2012

Hija y padre


Camila: ¡Papá, papááááááá!
Yo: ¿Sí? Dime, dime, aquí estoy.
C: Papi, ¿todos tenemos huellas dactilares diferentes?
Y: Sí preciosa, cada huella es distinta a las demás.
C: ¿Sabes algo?
Y: No, no lo sé, ¿qué ocurre?.
C: Dios tiene memoria eidética.
Y: ¿Memoria eidética?
C: Sí, sí, sí, memoria eidética.
Y: Ya olvidé, si alguna vez lo supe, qué es memoria eidética.
C: Es una memoria que puede recordar cualquier cosa. No olvida nunca. Es completamente fotográfica.
Y: Ya veo. ¿Y cómo es el asunto entre Dios y esa memoria?
C: Es fácil: ¿cómo crees que que va a recordar cada huella dactilar de tantos seres humanos, de tantos y de tantos y de tantos en el mundo, para no repetirlas nunca?
Y: Ah claro, ahora entiendo. Mmmmmm, estoy de acuerdo con usted, señorita. Estoy de acuerdo.
C: Más le vale, señor, más le vale.



10/27/2012

Las malas costumbres


    A veces las malas costumbres cavan un foso bastante profundo. Desde la niñez nos van arrastrando al llegadero: lo fácil, lo menos exigente, el mínimo esfuerzo. Así preparamos el terreno para el adulto que vendrá, cargado de poca transpiración y muchas agallas.
    Por lo general la pretensión del ascenso con alas cortas se extiende a todas las instancias. Queremos lo mejor de lo mejor y aprendemos que chasquear los dedos es la ruta más corta. Para hacernos ricos, para dar con la novia apetecida, para graduarnos de lo que sea, para todo. Me llama la atención cómo nos mandan a hacer el disfraz de Tío Conejo desde que nos ponen el primer pañal, y cómo nos esmeramos por superar al vecino en estas lides. “Por lo general”, he escrito arriba, “por lo general” (no vaya usted a sentirse señalado a propósito de cuanto llevo escrito hasta el punto y aparte que de inmediato voy a colocar).
    Me ha ocurrido por ejemplo que, hablando de filosofía, en un aula o en un cafetín media humanidad quiere saberlo todo haciendo nada. Es una particularidad muy nuestra que aparece con puntualidad de reloj suizo. Si se trata de Kant, la petición es explicarlo y ya, hasta ahí porque el tipejo se las trae. Es oscuro, es complicado, y como está el patio, con la inflación, el desempleo y los delincuentes en las calles, las cosas no andan como para coger quinientas páginas y leérselas cual si uno fuese ocioso. Igual pasa con Descartes, Nietszche o Freud. La idea es probar lo ya probado, masticar lo masticado, pensar por encimita lo que pensaron otros. Basta con tener enfrente lo que se dice de Kant, no lo que dice Kant. Y así.
    Reina la creencia de que hay que poner las cosas fáciles. Un profesor está para eso. Lo complejo da urticaria. Tenemos metida en la corteza cerebral la maña de que llegar a una meta, a cualquier meta, supone agarrar al toro de los caminos verdes por los cuernos y entonces leer filosofía va siendo como repasar Condorito en diez minutos que tengamos libres.
    Pues no. Rotundo no y quien no lo asimile que se termine yendo de vareta. Estudiar exige vérselas de frente con ideas abstractas, extrañas, intrincadas, que la mayoría de las veces no tienen un pelo de sencillas. Kant es todo menos pan comido. Russel igual. Y ante semejante escenario no hay forma de vislumbrar o entender qué diablos es el imperativo categórico si no lo enfrentas tal cual es. Coger el Tractatus implica zarandear a las neuronas e involucrar dos dedos de frente al respecto so pena de asistir sólo a una realidad que otro nos pinta pero que no hemos transitado. Para dialogar con José Ortega y Gasset hay que leer en directo a José Ortega y Gasset. No hay escape.
    Las malas costumbres están ahí, gordas, rozagantes, alimentadas por lo que vamos siendo. Somos Tío Conejo y nos encanta, aunque en el fondo, allá en el fondo, únicamente existan ilusiones.

10/25/2012

Íngrimo

Herido en el deseo
cuajadas
las ganas flotan sobre los espejos
a las once y treinta de la noche

10/18/2012

Sangre en el congelador


    El mundo es un sitio misterioso. Uno va por la vida tranquilo, sin molestar a nadie, sin dañar a la naturaleza, sin desear a la mujer del prójimo, y sin embargo es testigo de cuanto rollo se empeñan otros en montar. Hay de todo.
    Pero las cosas se complican, lo mío va más allá. Los enigmas que en vano he intentado resolver sacan la lengua, me señalan con el dedo y ríen a mandíbula batiente. La otra vez, sin ir muy lejos, terminé de almorzar y al ir a la cocina por los multivitamínicos la nevera yacía inerte, sin respiración. Un hilillo de sangre bajaba por las comisuras de las puertas. Quedé mudo, como quien dice patitieso. Fue al rato cuando llamé a los paramédicos quienes me informaron lo ocurrido: una embolia cerebral dio al traste con el aparato.
    Semanas después la radio del carro enfermó de una gripe tan fuerte que devino en pulmonía. La tos pastosa, como nunca antes, se colaba entre canciones de Shakira o la voz de César Miguel Rondón en su programa de las siete. No había remedio, mi radio, según las placas que ordenó hacer el neumonólogo que la trató, no estaba como para superar ese mal así que, benévolo, giré el botón hacia la izquierda, escuché el suave click del off, y acto seguido le cerré los ojos en un acto piadoso que no quisiera repetir jamás.
    Refiero lo anterior para decir de una vez que mis electrodomésticos gozan de vida. El microondas, el ayudante de cocina, la  parrillera Oster, todos, todos andan vivitos y coleando. En fin. Pero ni tiene que arquear las cejas ni sonreír de ese modo burlón. No faltaba más. Haga el favor de quitar ya mismo ese gesto entre sorprendido e indulgente: si afirmo que estoy rodeado de objetos cuya vitalidad es indudable, es debido a que cada experiencia me otorga por completo la razón.
    Para no abundar en más detalles, sólo diré que el mes pasado miraba la televisión y observé que respondía a mis pensamientos. Si imaginaba un lago en medio de la hierba, con árboles y flores, con cielo azul, pájaros y el viento tibio de las cuatro de la tarde, entonces justo eso aparecía en pantalla. Si soñaba algún atardecer, igual. Si pensaba en cuentas por pagar, en ciertas deudas que debo saldar en poco tiempo, Patricia Janiot arrojaba la posible solución de mi problema. Mayte Delgado, Claudia Palacios, Catherine Zeta Jones, Jorge El Curioso o los Backyardigans atendían con diligencia las ocasiones en que mis neuronas saltaban de un asunto a otro, y a otro, de modo que siempre terminábamos por acceder al diálogo fructífero, enriquecedor, relajante hasta el sueño profundísimo. Confieso que temí por la salud mental del LG pantalla plana, ya sabe, por eso de verlo convertido en receptáculo de mis manías, preocupaciones, proyecciones psicológicas en general, pero transcurrió el tiempo y comprobé con alegría que era de lo más feliz así.
    Tengo la certeza de que algunos objetos tienen tanta vida como jamás supusimos, bastante más que esa gente con mucho de tostadora, cafetera o licuadora en sus entrañas. El mundo es un lugar lleno de enigmas, ya lo he dicho, por lo que tampoco me asombro demasiado cada vez que llego a casa y noto cómo el mobiliario es también un puñado de duendes danzarines.
    No hay nada que hacer. Este planeta se las trae pero sin dudas vale la pena estar en él. En cuanto a mí,  lo disfruto cada día que pasa. ¿Qué me cuenta usted?

10/12/2012

La moda en bytes


    Conozco gente que no lee ni la prensa pero tiene libros electrónicos. Me parece del carajo. Que la tecnología, la virtualidad y demás adelantos por el estilo operen el milagro de que alguien, a los cuarenta y tantos, se disponga a pasar los ojos por Ken Follet, Paulo Coelho o V.C. Andrews, y ya no digamos que por Herman Hesse, García Márquez y compañía, es un golazo de cabeza.
    Pero los gusanos de la moda en bytes creo que hacen de las suyas. Coger un libro termina en acto de caché sustentado por el artefacto que le sirve de soporte, llámese Epson, Apple, IBM o qué sé yo, de modo que Cien años de soledad va a ser al intelecto lo que Channel Nº 5 a nuestra sensible pituitaria: un olorcito que durará poco.
    No me malentiendan: cada quien vive a su manera, lo que está requetebién, pero si de lecturas se trata (de formar lectores, quiero decir), más nos vale evitar caminos verdes y educar desde la escuela, desde la infancia, y enseñar a darle uso a las neuronas y a pegar un sujeto con un predicado en forma coherente desde muy temprano, lo cual quizás termine haciendo a tantos párvulos hombres y mujeres críticos, inconformes, rebeldes, librepensadores, digo yo, a lo largo y ancho  de la existencia, y que continúen, benditos sean todos los dioses, los e-book albergando  la biblioteca de Alejandría en pleno, cuestión que se agradece siempre, no vaya usted a creer que uno es del carbonífero en eso de las computadoras, los chips o la Internet.
    Lo malo de la moda es eso, que pasa de moda. Entonces Paulo Coelho se va justo por donde llegó, Follet retrocede hasta desaparecer, y García Márquez se confunde con un vocalista del Binomio de Oro. Tengo la impresión de que la educación es una vaina seria, asunto que si a ver vamos incide en la forma de caminar de algunos, de calarse un sombrero otros, y en lo que aceptamos o rechazamos a la hora de optar frente a ciertas encrucijadas de la vida. Nada menos. Así que no me vengan con milongas: un e-book es un e-book, cosa más mona, pero una buena maestra de tercero es la última Pepsi del Sahara, mira tú.
    Decía la otra vez Umberto Eco que en el siglo XVI Aldo Manuzio “tuvo la gran idea de imprimir libros de bolsillo, mucho más fáciles de transportar. Nunca jamás se ha inventado un medio más eficaz, que yo sepa, para llevar información. El ordenador, con todos sus gigas, tiene que conectarse de algún modo a un enchufe eléctrico. Con el libro este problema no existe. Lo repito. El libro es como la rueda. Una vez inventado, no se puede hacer nada mejor”. Y yo sostengo desde mi ignorancia que tiene razón el buen semiólogo, lo que me obliga de nuevo a suponer que vale más el gusano hecho tinta y  papel de una escuela en Guasipati, que los aromas tardíos de la señora Channel, liviana y efímera como toda moda que se respete. Qué se le va a hacer.

10/04/2012

Las palabras y los sueños



    Las lenguas tienen mucho de cambiantes, nunca terminan siendo un peso muerto o un fósil atrapado en el reloj. Una lengua es un misterio, pero también una respuesta. Es incertidumbre y es hallazgo.
    No hay cosa más extraña que cualquier lengua sobre la faz de la Tierra. Ellas son el mago y la chistera y de ahí saltan todos los conejos que usted pueda imaginar. A menudo se piensa que el español, pongo por caso, anda por ahí con la cara muy lavada, con la piel olorosa, sin arrugas, sin acné, idéntico a sí mismo. Nada más alejado de lo verdadero. No es que sepa bastante de asuntos como éstos, pero la vida me ha enseñado a mirar ciertas cosas al revés, a buscarles cinco patas a los gatos, y en las noches de un idioma, créanme, lo cierto es que muchos, muchos gatos no son pardos.
    La lengua se pone sus máscaras, tiene talento para el histrionismo, y por eso es que suele cambiar no sólo con los años sino también con el paisaje, con el contexto, con el decorado, con los usuarios. En ocasiones huele a hígado encebollado o a trufas cubiertas de arequipe. La otra vez escuché a un cheff hablar y las vocales tenían un sabor parecido al del pollo con puré y ensalada. Hace poco, mientras esperaba ansioso mi turno con el odontólogo, sentí las consonantes empapadas de anestesia, lentas, muy pesadas, algo así como erres tumbadas sobre el sillón del consultorio o zetas arrastradas, aturdidas, junto a los premolares.
    Da la impresión de que las lenguas son seres vivos que se apoderan del alma de quien las utiliza, se adueñan, júrenlo, del espíritu de las épocas. Hay lenguas que llevan por dentro sueños de libertad, como la que hablaba Locke, como la que habla Mandela, y las hay cargadas de grilletes, de cadenas oxidadas, de almas muertas como las de Stalin o Castro o Pinochet.
    De niño tenía la certeza de que la ese de sopa no tenía nada que ver  con la ese que se hallaba en postre. Que la ce de chocolate era alérgica a la ce de callos a la madrileña, que una eme como la de mantecado era deliciosamente diferente a la eme presente en mantequilla. Cuando niño había horas cargadas de un vocabulario dulce, un vocabulario que se deshacía en la boca y chorreaba como miel, y había horas en las que el abecedario ganaba el bostezo de la estupidez o la impostura de quienes pegaban una frase con otra para nunca decir nada. El niño que fui pasó semanas preguntándose por qué afirmaban que la hache era muda, por qué catamarán o pleistoceno venían llenas de aventuras y de incógnitas o quiniela y tenderete, mantuano y refrigerador no emocionaban. A veces oigo a gente nacida aquí y pareciera que no hablan español. Y a veces un inglés usa su idioma y escucho a un oriental o a un maracucho. Somos raros.   
    La lengua no es machista, tampoco imperialista o facha, pero suele echarse encima los olores de una época o cubrirse con la baba de cuanto usuario la lleva entre los dientes, vuelvo a repetirlo. Un asunto es cómo hablaban en el treinta o los sesenta y otro, bastante parecido, es cómo lanza frases un nuevo rico, un panadero o quien te vende el pescado ahí en la esquina. La lengua mordiéndose la cola, sumo y sigo. Cada quien se viste y se desnuda a fuerza de palabras.  Cada quien.