Un regalo de los dioses: Poncho Sánchez & Óscar de León. Sin comentarios.
Les dejo el link: https://www.youtube.com/watch?v=RzLrzkbaRqk
12/09/2017
Objetos polvorientos
Desde niño tuve la sensación
de que revelar el mundo equivale a cierta forma de felicidad. Cada quien opta
por el tránsito que llevará a cabo, sigue recto o dobla hacia la izquierda, y
en ese vaivén construye su día a día, su particular nicho en esta vida que es
de todo menos de color rosa.
Lo digo porque la otra vez,
contemplando desde el sofá algunos ejemplares de mi colección de gatos, pensaba
en lo que he aprendido sólo investigando aquí y allá para conocerlos más. Cuánto
tiempo he invertido al hundirme en lugarejos de todos los pelajes con la
esperanza de hallarlos en madera, en metal en arcilla o ve tú a saber qué más.
De algo puedes estar seguro:
coleccionar objetos no es sólo compilarlos. Menuda estupidez la equivalencia
entre la simple, árida posesión y la satisfacción automática. Coleccionar
postales, monedas, lápices o exlibris es regresar de alguna extraña manera a
uno mismo porque, dime tú si no, semejante ruta trae aparejada la alegría,
seguida de un aprendizaje sinónimo de autodescubrimiento. En el fondo, coleccionar implica encontrarte
a partir de eso que rastreas.
Cuando te metes en el ojo del
huracán que coleccionas buceas en la memoria, te sumerges en la historia
menuda, sin mayores pretensiones, escrita en minúsculas sobre la piel del
universo cotidiano mientras das cuenta del pasado, esplendoroso o no, estimulante o no, pero
humano al fin y bebes de él cuanto puedes, para bien y para mal.
Coleccionar objetos es quizás
otra forma de amor: amas aquello que persigues con la pasión a tope, y al
encontrar lo que buscas arrancas un pedazo de felicidad quién sabe a qué o a
quién. Por mi colección de marcalibros he vagado años enteros escudriñando
formas, mensajes, diseños, historias de afecto o de vileza detrás de un objeto
en especial, y por los felinos ocurre otro tanto: creo conocerlos hasta en su
fuero interno, desde el divino rol que disfrutaron en el antiguo Egipto hasta
el presente, no otro que deambular a veces entre bolsas de basura olisqueando sardinas,
envases putrefactos, restos apenas comestibles mientras la elegancia hace de
las suyas, mientras un mazazo de entera libertad ronronea por los solares a la
luz de la Luna.
Vale el esfuerzo de detener
los minuteros y restregarle al tiempo la mueca del olvido hecho presente,
rescatado de las garras, de las fauces del nunca jamás que, gracias a tu labor
detectivesca, ya no tendrá el horizonte únicamente para sí. Coleccionar
botellas, piedras o cajas de fósforos es al fin y al cabo limpiar de telarañas
lo que vamos siendo y es así mismo zarandear a la alegría para que de cabo a
rabo abra sus alas, de par en par y a plena luz. Ni más ni menos.12/02/2017
Leer con hambre
Cuando me acerco a un libro lo
hago desde las tripas. Es lo que procuro mantener como función catalizadora
entre tanta página escrita y entre el cúmulo de desechos que en buena medida ofrecen las librerías.
Semejante esperanza echa mano
de la más pura condición hedonista, porque la verdad sea dicha: no concibo leer
sin consecuencias placenteras, lo cual, llámenlo ustedes como quieran, a estas
alturas va siendo poco menos que un vicio del que no estoy dispuesto a
prescindir. La lectura por obligación, porque alguien la impone y se acabó,
termina por trocarse en perversión. Supone el uso de la fuerza ante un
ejercicio que debería ser voluntario. Leer porque algún hijo de la gran puta te
pone un treinta y ocho en plena sien resulta un crimen, de lesa inteligencia
para ser exacto, y no hay cárceles suficientes en La Haya para tanto
bienintencionado a la hora de repartir el gusto por los libros. Pienso en
padres y maestros, instituciones de
cualquier pelaje, ciertas campañas a favor de la literatura, Ministerios y
demás lugarejos por el estilo. Una de
dos, o lees porque es un hacer apasionante o no lees y al carajo García
Márquez, Heinrich Boll, Dumas, Rulfo y
la madre que los parió.
Tengo la costumbre de largarme
a buscar historias tantas veces como
pueda. Y si la cosa es justamente ésa, poder, créeme que soy capaz de echarme a
las espaldas el trabajo pendiente de hoy, de mañana y de pasado, con el
delicioso objetivo de entregarme entonces a una librería de viejo. En esto me
acompañan Camila y Daniel, mis dos pequeños mosqueteros, y río de lo lindo al
percatarme, al verlos escudriñar con la curiosidad comiéndoles el corazón,
entre anaqueles polvorientos, pilas destartaladas o mesones cubiertos por
ejemplares apolillados.
Salir a buscar libros equivale
a salir de cacería. Literalmente hurgamos en terrenos literarios para luego,
con el botín a cuestas, caer sonrientes por el Sweet & Coffee y despedazar gozosos a las víctimas. No hay
mayor placer, tenlo por seguro, que una mañana de sábado en trajines
semejantes. Leer con la esperanza de hallar esa escritura que te agarra por el
cuello y no te deja escapatoria, que te refleja en sus letras, que dibuja sobre
el lecho profundo de algunas ideas el perfil que reconoces como tuyo. Cuando
eso ocurre, lees seis o siete párrafos, te detienes de pronto, ves pasar la
vida alrededor y de seguidas continúas hundiendo los colmillos en la carne
blanda del papel.
No quieres que se acaben las
historias, no deseas que culmine el embrujo. Me ocurre con Cortázar, con Mario Vargas Llosa, me pasa con Paul Auster y
acabo de sentirlo al ingerir la autobiografía de Salman Rushdie, seiscientas y
tantas páginas de magia pura y dura.
Leer con hambre y descubrir,
probado el plato, que el paladar agradece cada sílaba que engulles. A nada
menos está llamado quien espera el goce como recompensa en su vaivén con
títulos, carátulas, cubiertas de tapa blanda o dura e historias llegadas de
todos los confines. Al final, por fin exclamas: hay que ver, menuda felicidad
ésta. Y dices gracias, que se repita, y también Amén.11/24/2017
Jamás lo hubiera sospechado
Cada cabeza es un mundo, lo cual es tan
cierto como la existencia de la noche. He leído un diario que sólo publica
noticias falsas, con el dato adicional de que este año resultó el más vendido
entre una veintena de competidores. Nada mal si te pones a ver.
Al fin y al cabo, hay quienes se fabrican
verdades a la medida. Yo, por no ir más lejos, tiendo a creer lo que en el
fondo deseo que predomine. Para muestra un botón: como no soy amigo de los
médicos, cada vez que a alguno le ha entrado la idea de meterme en un quirófano
para operarme las amígdalas, o decide ordenarme abstención persécula de dulces
y otros placeres por el estilo, busco ipso
facto otra opinión, eso sí, previo hallazgo del consultorio indicado que a
los efectos arroje la sugerencia complaciente. Dicho y hecho: “habría que
esperar un tiempo adicional para su cirugía, caballero”, o “no se trata de eliminar
esos alimentos de la dieta, sino de moderarlos”, y sanseacabó, asunto resuelto.
Existe eso que he deseado que exista.
Después de leerlo por primera vez me hice
un asiduo del periódico en cuestión. Disfruto el placentero hecho de ser un
abonado mensual, por cinco años a partir del mes pasado, y créeme, las noticias
falsas terminan por imponerse, por torcerle el pescuezo a tantos testarudos que
sin medir las consecuencias vaticinan guerras para ahora mismo, maremotos casi
a punto de ocurrir o tragedias ecológicas indetenibles. Una noticia falsa tiene
la virtud de cogerle el pulso al día a día sobre la base de un razonamiento
aséptico, quirúrgico, cierto por donde le metas el ojo. La verdad es cosa de
consenso, lo otro es pupú de pato macho.
No te imaginas cuánta falta le hace a la
gente leer lo que tiene que leer, enterarse de eso que esperó toda la vida,
darse de bruces contra la pared de una mentira suave como almohadón de
plumas. Poco a poco, mientras consumía lo que este diario me traía cada mañana,
fui abandonando la prensa cotidiana. He llegado a aborrecerla, claro, por su
lado siempre oscuro en eso de inventarse realidades en nada compatibles con lo
que a todas luces sucede cuando te empeñas en que ocurran siempre a tu manera. Ni El Nacional, ni
Le Monde, ni El Universo, ni The New York Times, en lo absoluto. Cuando pienso
en las noticias vislumbro únicamente el hecho inobjetable de una escala de
ocurrencias que nos toca en tanto forman parte de nuestras proyecciones,
anhelos, ganas y convencimientos. Ahí radica la certeza de la realidad, del
coñazo en la nariz o la caricia en la mejilla.
Eso es: convencimiento. Una noticia contundente, real como plato de
lentejas, es religiosa cuestión de fe: primero tienes que creerla, o terminar
creyéndola, y después pasará a conformar tu realidad. No frunzas el ceño porque
ya lo he comprobado. Sin aceptación no hay mundo objetivo que valga, y sin
mundo objetivo que valga olvídate de lógica aristotélica o como se llame. Chao
Descartes, good bye racionalismos de
cualquier pelaje y toda la parafernalia.
Desde que me apunté al diario aludido soy
un hombre más equilibrado, más feliz y por supuesto mucho más enterado. Conocer
noticias falsas tiene la ventaja de hacerte menos crédulo y de acrecentar tu
condición de ser maduro y crítico, lo que no es cosa despreciable. Un diario de
noticias falsas es lo que hacía falta para entender mejor el mundo en que
vivimos. Nunca se me hubiera ocurrido.11/10/2017
Putadas del día a día
Hoy me ha dado por terminar la clase que
debo dictar de dos a cuatro y salir. Cuando digo salir lo afirmo empleándome a
fondo, cogiendo por el cuello al verbo que esta tarde se ceba en mis entrañas.
Entonces tomo el ascensor y bajo, camino hacia la puerta norte, salgo.
Resulta que existen ocasiones, muchas más
veces de las que desearías, en que el tono de los grises parecen cubrir más de
la cuenta, abarcar todo cuanto miras: dan la impresión de empinarse con fuerza
hasta magullarte el rostro, sacarte la lengua con terca impunidad. Por re o por
fa, por mil motivos grandes o pequeños a los que culminas dando la razón y ante
los que doblas la cerviz inclinándote frente a esos molinos que en principio
desafiaste lanza en ristre, con tu armadura a cuestas y la locura intacta.
Pasan esos días cuyo trasfondo es el
sedimento baboso de una humanidad falta de luces, de sensibilidad y de cojones.
Esos en los que juras a la especie que te da cobijo digna del precipicio, del
acabóse o del fuego, incapaz de trascender su propia hez. Es ahí cuando
aseguras que el mundo está repleto de hijos de la gran puta y te detienes un
momento, enciendes un cigarrillo o un tabaco y dices hay que ver, tenía razón
el fulano que echó a rodar la clara idea del perro y mis congéneres: mientras
más conozco a esta gentuza más extraño a mi buen Bobby.
Y de pronto, como para quebrarte el plato
en la cabeza, ocurre el milagro. Da la casualidad de que por milésima vez te
enteras de que sí, de que en realizad existen, andan aquí y allá mondos y
lirondos y en ocasiones -que no dejan de
aumentar todos los días- se sientan por
ahí, te esperan, se rascan los pies a la vuelta de la esquina mientras tú
caminas, absorto, maldiciente, con la bilis todavía revoloteando en plena boca.
Un detalle, un gesto, un color, un perro
callejero fiel a su amo como nadie, algo entre el calor o el frío de un día
cualquiera es la rama que acabas por alcanzar de un manotazo. Y te abrazas, te
sostienes, sales a flote con la felicidad abofeteando al enemigo.
No puedo enumerar las veces que he
experimentado cosa parecida porque te confieso que perdí la cuenta. Ciertos
milagros hacen nido en tu camino, de eso sí que estoy seguro, y si te pones a
ver para remate suceden casi a diario,
benditos sean todos los dioses. Un aroma, una palabra, aquella escena como caricia
a la mirada, sumo y sigo, cafés, recuerdos, inventivas, prospectivas, en fin.
La alegría, claro, concentrada en un instante, metida de cabeza en el regazo
del domingo hasta que desaparece así como llegó, sin decir hola buenas, sin
decir adiós, sin aspavientos ensordecedores y otras hierbas por el estilo. Te
salva el día y con eso basta. Hasta la próxima dosis de veneno, hasta la
siguiente puteada cotidiana. Quién lo hubiera imaginado.11/03/2017
Mud, Maduro y fraude
La Mesa de la Unidad Democrática es un compendio de actores y de voces.
Como si fuese un coro filarmónico, la idea es que sus ejecuciones confirmen
tonos, ritmos y puesta en escena sustentados en un quehacer que evidencie
unicidad. Bastante de eso se ha logrado en el camino, pero hoy los chirridos se
han colado, han aparecido esperpénticas composiciones, en vivo y directo, en
plena función.
Después de lo ocurrido en las
elecciones regionales mucha gente perdió las esperanzas. No los critico, en esencia
porque luego de golpe semejante tendemos a buscar trinchera, a pasar la resaca
e intentar subir la cuesta, a superar poco a poco los hechos, desalentadores
por donde metas el ojo. La estafa perpetrada por Maduro y su guacal de
delincuentes es la guinda del pastel. Un fraude continuado, puro y duro cuando menos
desde el 2015 -permíteme creer que desde
mucho antes-, coronó hace pocas semanas
convertido en pedradas a la lámpara, sin pudor alguno, sin vergüenza, sin
máscaras que oculten el talante gangsteril de la jugada. Al Capone en
technicolor.
Lo anterior tiene una doble
lectura: ésa que da cuenta del sector opositor y aquélla vinculada al
narcogobierno. En el primer caso no hay mucho que decir: la incoherencia, la
improvisación y la completa ausencia de un plan B, un quehacer alternativo
frente al más que posible arrebatón, mostraron la patética conducta de una
dirigencia MUD a ras del suelo. Recibido el coñazo en la nariz, el hormiguero
se dejó ver desconcertado, sin brújula, a ciegas. Mil y un chasquidos brotan
ahora de las voces dirigentes, argumentos raídos, faltos de imaginación y
verdadero análisis, ya sabidos de antemano, pero en ningún caso un necesario y
sincero mea culpa -salvo lo llevado a cabo por VP, asunto digno
de aplaudir- cuya punta de lanza llegue
hasta lo medular, es decir, a la renuncia, en pleno, de inmediato, por razones
de mínima asepsia ética. Los líderes de la MUD debieron poner sus cargos a la
orden, sin chistar, uno seguidito del otro. Para dar ejemplo, además. De lógica
política, de integridad, de vergüenza ante el país. Nada ocurrió. Cualquier
parecido con Maduro, con Cabello o con William Saab es pura coincidencia.
El segundo caso, relativo al
régimen dictatorial, guarda en las entrañas el hecho cierto de una euforia con
los pies de barro. Me explico: si ganar supone apretar en el puño a un país,
embolsillarse como sea una pírrica victoria,
Venezuela yace a esta hora en las profundidades del lujoso pantalón que lleva puesto una casta de
entregados al senil dueño de Cuba. Esto supone, ni más ni menos, que la jaula
está terminada, puesta en uso y a punto de cerrarse con doble llave. Revolución
eterna, Cabello para rato, uh, ah, Maduro no se va.
Pero en el fondo tengo la
impresión de que la tragedia del gobierno puede ser amplia y profunda. Vuelvo a
explicarme: con lo realizado el 15 de octubre Nicolás y su banda mandaron por
el inodoro cuanto representaría, a esta hora menguada para la Venezuela
decente, su última carta de presentación, no otra que la legitimidad de
origen. Si antes el mundo dudaba a propósito de ésta, hoy sencillamente no
existe. El parapeto que la dictadura construyó al respecto voló en mil pedazos,
reventado por su podrida carga de excrementos. Nadie cree en los resultados de estas elecciones,
en ningún lugar de este planeta. Ni los chavistas más recalcitrantes muerden ese
anzuelo sumergido en heces gobierneras. Un atajo de bandidos que destrozó la
economía, que puso a la gente a comer de la basura, que entronizó la miseria y la desesperanza en sitial
de honor, que encarcela a quienes piensan diferente, que mata de mengua,
represión y enfermedad; un gobierno indolente que es hoy peligro nacional y
universal, con mucho que explicar a los venezolanos por sus desafueros, por su corrupción
indetenible y por sus impresionantes logros delincuenciales, ya sabemos que no
obtiene ni en sueños un ochenta por ciento de los cargos en disputa electoral.
Todo lo contrario, tú, el resto del mundo y yo sabemos que es exactamente al
revés.
¿Qué significa tamaña cuestión?,
que no todo está perdido. Que la MUD fue torpe y cometió un error garrafal -ir a elecciones sin garantías, sin ruta clara
a seguir en caso de fraude masivo-, pero
que, haciendo las sumas y las restas, el crimen incrustado en el poder tiene
bastante que perder. La aparente
fortaleza de la dictadura implica en realidad su opuesto. Es tal su ausencia de
musculatura que debió recurrir al más grande fraude electoral cometido en la
historia de Venezuela. Urge el reacomodo de la MUD, o como diablos termine por
llamarse, y urge que los actores emergentes cumplan a cabalidad lo que jamás
debió perderse: unidad, objetivos claros, respeto al ciudadano, coherencia en
las acciones y plan B, a todas luces inexistente frente al robo del quince.
Amanecerá y veremos.10/30/2017
10/21/2017
Culo
Para algunos ciertas cosas forman parte de
un todo mayor que las contiene. En el plano de las significaciones no te quiero
contar: el diccionario (ese cementerio, como creo recordar que lo llamó Julio Cortázar) se lleva las palmas de aquí a Japón.
A ver, expresa el libraco que culo es
anatomía, geografía humana, y para más señas punto trasero o delantero de
objetos varios. Y hasta ahí. La verdad es que no se mete el camposanto en el
alma del lenguaje, que si a ver vamos equivale a surfear en esas aguas
tranquilas o ventiscosas de la vida real, monda y lironda, que hoy te besan y
mañana te aplastan con sólo restregar medio con pulgar.
Culo: art. Del lat. Culus. 1. m. Conjunto
de las dos nalgas. 2. m. En algunos animales, zona carnosa que rodea el ano. 3.
m. Extremidad inferior o posterior de algunas cosas. Culo del pepino, del vaso.
Sanseacabó. Menuda definición para esta palabreja que lleva en las entrañas un
ovillo de connotaciones, de imaginación, de picardía sana o malsana, de
erotismo y de mil y un símbolos sin medida ni fin. El culo del mundo, pongo por
caso. Hay que ver, me digo, “el culo del mundo”, tamaña frasecita apunta, fíjate, a unidades
de longitud, cuestión pasada por alto, como si tal cosa, tanto por el humilde
Larousse que descansa en un peldaño de mi biblioteca como por el respingado
DRAE, ubicado allá a lo alto, entre otro de sinónimos y el de Ambrose Bierce.
Se dice fácil.
Ocurre algo parecido con el culo de una
dama. Nada más alejado de la verdad que la ficción diccionaresca -perdónenme la fea palabra- que manda al basurero de la historia, del día
a día y de la cotidianidad que bulle en cada esquina el hecho fascinante
asumido por todo varón que se respete: pasa una señora de muy buen ver y entonces
lo que volteas a ver es con justicia eso, el culo, el culo no del diccionario
(frío conjunto de las dos nalgas) sino un ámbito mayor capaz de subsumirlo, de
encerrarlo en un espacio superior que sin dudas lo engulle por completo, es
decir, que culo va siendo aquí el todo y no la parte, la dama en cuestión de
cabo a rabo, entera de pie a cabeza, cuyo movimiento de las caderas y completa
humanidad vuelvo y repito, genera el chorro de adrenalina, el Vesubio
hirviente, la carga de deseo más explosiva que se haya visto por los
alrededores. Dime tú si me equivoco. Para qué decir sí, si no.
En lo que a mí concierne -biológica, antropológica, semántica y
sinceramente hablando-, desde la
adolescencia un culo, todo él según la explicación de arriba, fue el
responsable del Big Bang, de la sensualidad hecha carne y hecha huesos,
sinónimo de mujer, léase hembra fértil capaz de detener la marcha implacable del
universo. Vaya cortedad la de la realísima Academia, que será de la Lengua y de
cuanto inventario disponga la ficción, etcétera, etcétera, etcétera, pero no de
la vida que reverbera en todo grupo humano y demás hierbas. Pienso otra vez en
el cementerio de Cortázar: es que tenía razón el muy bandido.
Que entre culos te veas, bendito entre los
hombres. Mascullando tal sentencia sé a la perfección que comprendes lo que hay
que comprender, que culo es femenino aunque lo preceda el, que culo es ese
tierno, dulce, trascendental término que acelera el corazón, que enciende
fantasías, que conecta con los dioses -perdón, con las diosas-, más allá de
lexicógrafos acartonados y otras zarandajas por el estilo. Enhorabuena.
Así sea.
10/14/2017
Con la belleza, cara a cara
Les he contado antes que me gusta sentarme
en la terraza de un café y ver pasar la vida. Doy por sentado que todo café que
se respete es un templo de peregrinaje obligatorio para aquél dispuesto a
desmigajarse mientras a las cinco y treinta de la tarde cierta luz pinta de
dorado el panorama.
Semejante costumbre la cultivo desde
adolescente. Si alguna vez he creído asimilar qué diablos significa el término
contemplación, ha sido gracias a la experiencia con un libro, un cappuccino, un Partagás y una mesa bien
ubicada para darle y darle a la lectura, alzar la vista cada cierto tiempo y
observar cómo anda el patio.
Y en esas estaba la otra tarde, junto a
Camila, mi hija de catorce años. Tengo la fortuna inmensa de que esta chiquilla
es mi irremplazable compañera de lecturas. Así como lo lees, sin quitar ni
exagerar. Se acostumbró, a fuerza de mirar, a entrarle a la página en nuestros
cafés predilectos. Teníamos algunos en Venezuela y tenemos algunos aquí, lejos,
adonde vinimos a parar por motivos de trabajo (ésta es una historia que
referiré en otro momento). Leíamos en silencio, metidos de cabeza en el Sweet&Coffee, echados en brazos del
disfrute como bañistas arrojados a las olas: ella sus novelas que según dice la
hipnotizan, yo un libraco gigantesco de Francis Scott Fitzgerald
-“De lo que no es nuestro están hechas las
estrellas”- dijo de pronto, levantando la voz más de lo normal, con la mirada
puesta sobre algún lugar del horizonte. Me llamó la atención ese tajo en medio
de la nada. Le pregunto qué le ocurre, qué le atrajo de la frase, por qué la
coge así, con pinzas, y la expone para escucharla a quemarropa.
-“Porque me gusta”- suelta como si nada.
Créeme que no hay mejor respuesta. Simplemente
le gusta y basta, se acabó. Mi interrogante iba de la mano con la necedad y fue
Camila la encargada de hacérmelo saber, con sutileza, con imaginación, con una
sentencia que resultó aplastante. Es que somos jodidamente cartesianos, en el
peor sentido, y pretendemos la pulpa, los jugos, el corazón de la belleza sin
detenernos en su olor, en su color, en su epidermis. En fin. Decía arriba que
creo vislumbrar por dónde van los tiros a propósito del verbo contemplar, pero
a veces, más de las veces que quisiera, soy un anodino sin redención, mendicante
de pragmatismos que rayan en la estupidez.
Darse de bruces con lo hermoso no merece de
entrada los sablazos de la razón. Toparse con la belleza supone en un primer
momento cierta operación para la cual necesitamos un arsenal de papilas gustativas.
Y ahí las tenemos, y ahí mismo las hacemos a un lado. Cuando Camila saborea su
frase, cuando cata el dulzor o el amargor del lenguaje, sólo existen ella y las
palabras, el sentido, la sorpresa, el hecho que termina siendo mágico por donde
lo mires. Así deben ser los encontronazos con lo bello, con lo valioso, con
cuanto nos inspira e incita a hacer un alto para mirar y remirar. La belleza exige
detenerse, asimilar el puntillazo, entregarse a la petite mort que, ya vemos, trasciende sexo y erotismo.
-“Porque me gusta, papá, porque
me gusta”- respondió. Y yo sonreí y guardé silencio. Esa fue su mejor
explicación.
10/07/2017
Nombrando los días que van pasando
La mayoría de la gente le pone nombre a las
mascotas. Nada más normal que eso. Yo, ve tú a saber por qué, suelo nombrar a
los objetos. Me gusta la filosofía y leo libros, novelas o ensayos sobre
existencialismo, de modo que mi reloj se llama Sartre.
Ser y tiempo, pongo por
caso, es un texto clásico del conocido estudioso alemán, por lo que a mi
escritorio lo bauticé Heidegger. Y así. Tuve una laptop llamada Newton, una
bicicleta que respondía al nombre de Nastassja Kinski, y un buen amigo, a quien
nos referíamos desde los años universitarios como Valentín, puso a su inodoro
Stalin, sólo por seguir mis ocurrencias. Fíjate qué cosas.
Ponerle nombre a los objetos pasa
por colocarles cierta etiqueta diferenciadora. Los vocativos que otros
pronunciaron con el objetivo de ordenar el universo, de llamar pan al pan o
vino al vino, reconozco que tienen su razón de ser. ¿Te imaginas que una silla no gozara de ese
apelativo sino de, por ejemplo, ruiseñor?, y supón que al plumífero lo
ubicáramos lanzando un chasquido como árbol. Fin de mundo, Babel monda y
lironda en pleno siglo XXI. Sumo y sigo: piensa que una flor se denominara
tuerca, y la tuerca coliflor, y la coliflor esperanto y ésta corazón. Ya nada
tendría pie ni cabeza, el mundo sería más desquiciado de lo que ya es, lo cual
ten por seguro, mi querido Watson, no es en lo absoluto poca cosa. Al diablo el
lenguaje creado a base de esperanza comunicativa. Chao español, adiós chino
mandarín, en fin. Pero no me negarás que ponerle nombre a los objetos, tal y
como he venido haciendo todos estos años, se justifica gracias a una razón
menos pragmática: bautizarlos en segundo grado, torcerle el cuello al cisne a
ver si aparece una tortuga, asunto que hasta ahora en nada trastocó el orden
imperante desde que empezamos a intercambiar gruñidos por frases con algún
sentido. Sé que sólo yo practico semejante arte
-no te caigas para atrás: es un arte- lo que, repito, en nada ha significado
condición amenazante para el stablishment
lingüístico, así que continúo en mis trece, sigo nombrando y renombrando para
hurgar en las entrañas de lo cotidiano, en las profundidades del espíritu, en
los intersticios de esa cosa que es la lógica, cartesiana o no, aristotélica o
no, qué le vamos a hacer. Entonces un humilde cenicero resulta cierto guiño a
lo Bogart o esa mancha de labial que decora el borde de la taza un lindo
equivalente al mejor estilo Edwige Fenech. No sé si me explico.
La otra vez servía un trago de whisky de mi
botella Hemingway mientras encendía un Churchill que saturaba la estancia con
ese olor inconfundible a Roger Vilain B, mi padre, todo humo y Churchill él.
Tampoco sé si me explico, pero puedo jurarte que no es mal de morirse. Por otro
lado, ponerle nombre a los objetos, a las cosas, a algunos hechos incluso, va
de la mano con el psicoanálisis si quieres un mecanismo explicativo -a mí me lleva sin cuidado-, pero quitándole
parafernalia o vanidoso intelectualismo de academia. El sillón de la sala que
llamaste Freud no es más que una enigmática proyección de tu tía Adelita, y no preguntes más. A la luz de mi lámpara, apodada Edison por razones obvias,
pienso en todo esto. Y mi bolígrafo Cortázar, y Gandhi -mis viejos anteojos- y también Jack, la navaja que utilizo para
destripar sobres, para descuartizar cajas que llegan por correo, terminan
dándome razón.
La nomenclatura que me dio por inventar,
por cifrar en particular lengua un cosmos a lo largo de los años acaba siempre
por arrojar sus dividendos. Nada que ver con Milton Friedman o Von Mises, es
decir, pura y simple economía. Lo que puedo asegurar es que mi método está
hundido hasta los huesos en el magma que todos llevamos en las entrañas. Una
lenguarada como “a la luz de mi lámpara pienso en todo esto y mi bolígrafo y
mis anteojos y también la navaja que me sirve para abrir los sobres” y
blablablablablá, tal como escribí antes, dice mucho, para mí y para cualquiera.
Pero “a la luz de Edison pienso en todo esto y Cortázar y Gandhi y también
Jack, terminan por darme la razón”… dice más, infinitamente más, y me lo dice
al oído, de forma única y por supuesto cargada de distintas pulsaciones, de
mensajes secretos, de resonancias zambullidas en las cavernas de mis días.
Ponerle nombre a los objetos terminó por
convertirse en manía, en código críptico, verdadero lenguaje para entender y
entenderme, con gran elocuencia, contundencia, exactitud. Dime si no vale el
esfuerzo. Dime tú si no.
9/30/2017
El chavismo y el desastre
Sin duda la tragedia venezolana
se origina y desarrolla desde el populismo. Una panda de forajidos, descocados
sin redención, individuos que jamás sudaron las fiebres de los sesenta, ofreció
erigir el Paraíso en la Tierra.
Hoy en día la amenaza universal contra las
democracias ya no pasa por los ismos que tanto daño repartieron a lo largo y
ancho del siglo pasado. El comunismo y el nazismo, por ejemplo, perdieron el
terreno que alguna vez tuvieron en el puño, producto de su incapacidad para
cumplir las promesas que con tanta fuerza calaban en las cabezas de millones de
esperanzados. El verdadero peligro es ahora la enfermedad populista.
Sobre la base del espejismo mayor -el
pueblo llegó para gobernar- un populista accede al poder y atrincherado
ahí, utilizando con máximo provecho los valores típicos de la democracia,
comienza su labor contra el sistema. Me explico: la lógica populista parte de
un principio irrenunciable, no otro que “el pueblo soy yo”. Y si el pueblo soy
yo y yo estoy en el gobierno, olvídate de lo demás, camarada, porque lo que lo
que soy yo no permitiré que otros, advenedizos, lacayos, oligarcas o pitiyankis
regresen a lo suyo. Moraleja y conclusión, todo aquel capaz de mover una
neurona y criticar, todo el que disiente por A o por B del pueblo ejerciendo el
mando, simplemente es enemigo. Irrumpe así la polarización, se instaura un
maniqueísmo político, existencial, que echará al fuego todo matiz: o estás
conmigo o contra mí, o estás con el pueblo o en su contra. Bienvenido a la
revolución, por si no te has dado cuenta.
En Venezuela la razón política, es decir,
el arte de discutir, de no estar de acuerdo y expresarlo, de criticar sin que
te crucifiquen luego, acabó siendo presa del fanatismo desbocado. Manifestar lo
que supones es afrenta suficiente para la exclusión, para el baño de mugre que,
júralo, te viene seguro por atreverte a pensar de forma autónoma. Implica que
salió tu número en la repartición de la violencia. Para todo populista que se
respete el conflicto -quien esgrime ideas
distintas es un desestabilizador- guarda
significados diametralmente opuestos a la noción que de él tiene un demócrata.
Para éste, las diferencias de variado cuño son necesarias y por tanto
bienvenidas, asunto natural en sociedades abiertas; para aquél, no son más que
traiciones al pueblo por fin hecho con la silleta de Miraflores. En los
populistas la figura del pueblo es el caramelo mentolado que jamás se sacan de
la boca. Dicen que genera aliento fresco, aseguran que produce sonrisitas
Pepsodent.
Por tal motivo, cuando el gobierno
populista se equivoca de cabo a rabo y crea las calamidades que está llamado a producir,
culpa a terceros. Si el pueblo no se equivoca, entonces la razón, la historia,
la justicia y la verdad son parte constitutiva de esta lógica del espejo -me miro en él y se refleja la muchedumbre en
el azogue- y con seguridad son otros quienes
impiden la fragua paradisíaca, el advenimiento arcangélico, la realidad
equivalente a esa Edad de Oro que, no lo
dudes un minuto, se levantará gracias al Intergaláctico. La Cía, el
Departamento de Estado, los escuálidos, la Guerra Económica, el Imperio y los extraterrestres, he ahí los saboteadores,
aquí los tienes, sorprendidos con las manos en la masa. Si te fijas, un manojo de
neuronas inconexas fabrica en consecuencia una realidad patas arriba.
Al ser los populistas el vivo retrato de la
moral y la pureza, resulta imposible que en sus filas aniden esas rémoras que
en el pasado -el pasado es un fetiche al
que bien vale regalarle buena parte de las culpas- desangraron a la patria. Latrocinios,
corrupción, crímenes, ineptitud, todo ello existe, sí, pero en los enemigos. Verbigracia, en quien se
les planta con valor y opone resistencia. No hay manera, compa, no queda mínima
esperanza: un populista es como un coco seco, duro, inflexible, árido,
impermeable a cuanta evidencia empírica denuncie sus locuras. Viéndolo bien, en
el fondo es muy sencillo. Los malos están allá, los buenos estamos aquí. Tal es
la llave maestra de su relación con el mundo. Hugo Chávez alguna vez lo
sentenció: “esto no es entre Chávez y
los que están en contra de Chávez, sino entre los patriotas y los enemigos de
la patria”. Menudo delirante.
Ante esta perspectiva no se ha inventado
aún recurso alguno para ablandar semejantes
convicciones, para dinamitar la total seguridad de que tienen a Dios agarrado
por las bolas. Pase lo que pase, el cáncer revolucionario exorcisa toda
responsabilidad, cualquier viso de sensatez en función de la política y la cosa
pública -muchas manos peludas haciendo
de las suyas- y, por supuesto, carcome rutas
que podrían llevan a la autocrítica, a la rectificación. Ahí está Maduro y su
atajo de delincuentes chapuceando en el sueño de quedarse en el poder hasta que
se les pudran los huesos. Lo piensan, lo desean, lo buscan y lo dicen como si
nada luego de la tragedia que le propinaron a un país. Una revolución también puede ser un circo.
Llegará el día en que, desde la cárcel,
respondan por el desastre, aun cuando
resuenen tras las rejas los chasquidos de esas lenguas incansables, esas
que arrojan del cerco de los dientes para afuera, como diría Homero, la fetidez
y peligrosidad extrema de sus disparates.
9/22/2017
Gestos mínimos
Hay gente cuyos
horizontes coinciden con la grandilocuencia. Todo supone quehaceres XL, gestos
supremos, esfuerzos más allá de lo humano. Si de realizar una tarea se trata,
la hazaña suprema es lo mínimo aceptable. Caso contrario no vale un pepino el
asunto.
Por este camino
permanecemos en el sitio. Patinando. Al considerar la factura que resulta
obligatorio mostrar para ganarse el aplauso, o la buena pro o el reconocimiento
en función de las tareas cumplidas como ciudadanos, y al considerar igualmente que
aquello digno de una palmadita en el hombro o de una sonrisa aprobatoria sólo
es dado gracias a logros tenidos como extraordinarios, no avanzaremos un ápice
a propósito de aflojar algún tornillo y
apretar ciertas tuercas en esto de vivir en sociedad, de hacer ciudad, de
convivir procurando el mayor entendimiento, lo cual va siendo ya más que
catastrófico en el puto mundo que tenemos como lugar de residencia.
No, no es verdad
que para alterar algunas cosas y torcerle el cuello a uno que otro hábito sea
necesaria una erupción volcánica. Para que buen número de situaciones cambie se
requieren ínfimos movimientos, diminutos gestos capaces de perfilar otros
rostros. Por ahí van los tiros. Reconocer tales hechos, apreciarlos, brindar
porque permanezcan y gritar salud a todo pulmón, para que se oiga, para que se
enteren los vecinos, es también un hacer que lleva implícitos cambios en sí
mismo. Alguien escribió: “creo que al mundo van a salvarlo millones de gestos
pequeños”, y perdónenme no recordar al artífice de tamaña frase, pero la leí y
me gustó, me pareció redonda y verdadera, todo un coñazo en la nariz, en
nuestras pulcras y respingadas narices.
Lo que soy yo, me
alegro por la certeza que ello alberga en las entrañas. Es que me hace feliz
una imagen sencilla, un detalle en apariencia insignificante, me conmueve
incluso la señora que pasea a su perro, que guarda la bolsa consigo y se
apresura a recoger el excremento que Bobby, o como se llame la mascota, echa al
mundo mientras juguetea. Así no ocurrirá otra vez, dicho sea de paso, lo que he
o has vivido en tantas otras: mierda en los zapatos, maldiciones a granel,
pestilencias hasta nuevo aviso.
La frase que leí va
aparejada con la idea de que, sin lugar a dudas, vivimos en medio de héroes
anónimos por donde metas el ojo. Basta
con que salgas a la calle para que te percates. Y esa verdad es bueno tenerla
presente y reconocerla con todas las de la ley, y créeme que resulta fabuloso
maravillarse frente a ella. Hay que repetirlo: no es cierto que para merecer
una sonrisa de aprobación, unas hurras por la acción perpetrada sean
obligatorias hazañas mitológicas. Después de todo, molinos de viento aparecen a
la vuelta de la esquina y a cada rato la gente los enfrenta y resulta
victoriosa. Existen héroes caminando a un palmo de ti, ahora mismo. Me gusta
mirarlos, descubrirlos, convidarlos alguna vez a una cerveza porque es muy cierto
que de músicos, poetas y locos… (y de Quijotes también)… todos tenemos un poco.
8/03/2017
Las entrañas de lo real
Es curioso, pero mientras más grande menos
aprende la gente. O eso parece. Tienen razón los escritores: a veces la
realidad se aleja de lo real para darse de frente con lo ficticio. Vaya certeza
la de estos señores.
La otra vez andaba cabizbajo y opté por lo
de siempre, es decir, darle pataditas a lo que me aplasta como quien en plena
calle regala puntapiés a una lata vacía de Coca-Cola, sólo para olvidarme un
rato del puto día más sus espinas, y pensar, y marear la perdiz a mi manera.
Pero en fin, decía arriba que ciertos
aprendizajes son inversamente proporcionales a la edad y no creo que me equivoque.
Después de tantos cabezazos contra la pared he visto la luz, o sea que por fin
doy en el blanco si se trata de mover el foco, de tensar el arco para intentar
poner la flecha donde pongo el ojo. No sé si me explico pero el asunto viene
por ahí. Somos víctimas de la realidad, no cabe duda, por lo que más vale jugar
las cartas al respecto.
Jugar las cartas al respecto implica
aprender algo sencillo: si la realidad no es como la pintan es mejor colorearla
de modos diferentes, cosa que me llevó una punta de años vislumbrar pero
eureka, heme aquí, sentado ante una mesa de café, tabaco en mano frente al
lienzo inmaculado de la tarde que me saca la lengua, me mira con extrañeza,
mientras rebusco ángulos mezclando azules con aguamarinas en esto de vivir la
vida. Y así.
No me lo vas a creer, pero te juro que es
verdad. La otra vez pateaba con desdén la lata de los días y apareció ahí, de
cuerpo entero, con sombrero negro, con bastón, con bigotito corto, con las
piernas arqueadas. El cine mudo del día a día hacía otra de las suyas: Chaplin
en pleno bulevar, a las cuatro de la tarde. Charles Chaplin, el mismo que vistió
y calzó. O su doble, o algún fanático dado a deambular por estos lares. Ve
tú a saber. Nadie, excepto yo, se dio
cuenta de semejante escena, de modo que el perfomance,
o como diablos se diga, resultó un platillo que devoré a mi manera, que terminó
siendo plena y absolutamente para mí. Chaplin
a tres metros, como recién salido de El
gran dictador, como asomado desde sus Tiempos
modernos. Tienen razón los escritores, esos tipos extraños y caraduras que
ven un cinco cuando tienes enfrente un cuatro. Lo vi desaparecer entre la gente
mientras se alejaba poco a poco, lentísimo, adentrándose en la calle Foch.
En esta mesa leo o escribo, pienso, miro
pasar la vida entre bocanada y bocanada. Hay que ver, me digo, somos víctimas
de la realidad más veces de las que deberíamos, y para cuando reaccionamos ya
es tiempo de coger los peroles y palmarla, estirar la pata, plop, adiós luz que
te apagaste. Tengo un amigo que vive sus ratos como le da la gana, y no te rías
porque el caso no es naranja que se desconche facilona.
Vivir-la-vida-como-le-da-la-gana es un arte complicado y arriesgado que exige
talento, disposición y cojones. Nada menos.
En eso ando, con subidas y
bajadas. Muerdo el polvo y sigo, que algo termina quedando como sostuvo el
filósofo. Somos víctimas de la realidad, claro, y lo que soy yo le alzo el
vestido aunque sea por dármelas de qué sé yo, aunque sea por joder. A ver cómo
me sale el óleo. A ver.7/27/2017
Intriga
Como nos gusta complicar las cosas vivimos
invocando lo que trascienda el aquí y el ahora. Me explico: no nos basta la
realidad monda y lironda, ésa que a diario termina por quebrarnos un plato en
la cabeza. Buscamos más, esperamos más, a no ser que tengamos una piedra por
espíritu o la cabeza llena de aserrín, lo cual tampoco es que sorprenda demasiado.
Desde que tengo uso de razón me ha dado por
indagar en regiones poco transparentes. Uno se pregunta qué se oculta del otro
lado de las cosas, qué significan ciertos hechos, cuáles secretos de este mundo
se revelan sólo si los escrutamos desde ángulos distintos, y entonces nada, hay
que ideárselas para dar con meollos de pelaje variopinto.
Tengo un amigo que de lunes a domingo, pase
lo que pase, a las cinco de la tarde le da por papar moscas donde esté. Papar
moscas, según dice, es el mantra que culmina poniendo boca arriba algunas
cartas, lo cual ha implicado para él nada menos que dar sopotocientas veces en
el clavo. Acertar tiene sus bemoles, verdad que descubrí hace ya una punta de
años, razón por la que puedo entenderlo de pe a pa: ha encontrado su camino,
echó a andar su metodología y sanseacabó, recoge cuantas perlas puede, que ya
es decir bastante.
Tú, sin ir muy lejos, tendrás tus
particulares vericuetos. Enhorabuena. En cuanto a mí, como la razón goza de
mala salud en estos casos es mejor darle unas palmaditas en el hombro y
mandarla a cocinar lagartos, o cuando menos ubicarse de costado, sin exponerse
demasiado, no vaya a ser que acabes embestido y con la femoral troceadita en
dos mitades, qué mierda de suerte la de algunos.
Todo lo anterior para decir que últimamente he
chocado de frente con un enigma de lo más llamativo. De lo más común y
cotidiano pero subestimado la mayoría de las veces por la ingente suma de almas
que pasan por la vida como quien atraviesa un valle de lágrimas o, en el mejor
de los casos, un paisajillo apenas rosadito. Me refiero a las escaleras. Las
mecánicas, para ser exacto.
¿A dónde nos llevan semejantes artefactos?
Pones el ojo, siembras la mirada en el primer peldaño, movedizo como los demás,
y luego alzas la vista con la esperanza de que el procedimiento se repita, se
repita, se repita, y avances y por fin llegues a ese lugarejo, punto de fuga de
tu desplazamiento. Esperas que se haga la luz, claro. Pero qué va, nada de nada,
olvídate. En los centros comerciales, en los aeropuertos, en el metro, cada día
en mayor número y medida como hidras amenazadoras se multiplican tales bichos.
Te subes, pones el pie, pones el otro, esperas mientras te llevan, y la
pregunta cunde como manada de piojos: ¿cuál es el destino? ¿A qué indeterminada
geografía van a parar unas gradas empujándose a sí mismas?
Ayer, mientras fumaba un Partagás con un
macciato en Sweet&Coffe, dediqué buen tiempo a observar a la bestia, a
escudriñar el misterio que me quita el sueño hace semanas. A pocos metros de mi
mesa la criatura que conecta con el primer piso mantenía en silencio su quehacer.
Un hombre con sombrero y traje gris se embarcó en la travesía. Lo vi
encaramarse, lo vi cabalgar risueño sobre el alazán metálico
y al final, ya justo cuando el último eslabón debía arrojarlo al suelo de la
primera planta desapareció como por arte de magia. Entonces el abismo, entonces
otra vez la duda, esa pregunta que me hago sin que lleguen las respuestas: ¿a dónde nos llevan las escaleras mecánicas? 5/27/2017
5/21/2017
Relaciones íntimas
El otro día, fumando un puro, resolví un
acertijo matemático. No sé tú, pero en mi caso para llegar al punto b, saliendo
de a, en general no sigo una línea recta. Las más de las veces dar un rodeo
termina por ser ruta expedita.
A ver si me explico: en cierta ocasión
quise escribir un poema pero mi mente estaba en blanco. Supuse que sufría eso
que los escritores llaman bloqueo. Bueno, bloqueo o no la verdad fue que cogí
el manual de instrucciones de la licuadora con ánimo de meterle mano, pues a mi
esposa días antes se le había descompuesto. ¡Eureka!, seguí al pie las
indicaciones y finalmente al encenderla noté que las palabras, sueltas, desmenuzadas,
perfectas, llegaban una tras otra como anillo al dedo, o mejor, como anillo al
poema. Ese aparato, Oster si la memoria no me falla, servía también para
deshacer nudos literarios.
Fenómenos como el anterior pude descubrirlos
siendo todavía un crío. Ante problemas de artimética o frente a quebraderos de
cabeza en sociales, escuchar a los Beatles y leer a Kalimán, pongo por caso,
era atinar a cualquier blanco imaginable, significaba eliminar de un plumazo
cuanto obstáculo osara retrasar la victoria. Si tales procesos pueden parecerte
extraño, créeme que es lo de menos. Despejar incógnitas, solventar enigmas,
desentrañar misterios, lo importante es vislumbrar ciertos caminos y lograr atravesarlos,
no importa que describas una curva o un zig-zag en el proceso. Total, la
distancia más corta entre dos puntos a veces también es un círculo.
Yo no lo dudo un solo instante, las cosas
son así y punto, se acabó. Si a mi mujer le da por reclamar airada debido a que
olvidé arreglar la tubería, respondo que el cuadrado de la
longitud de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de las
respectivas longitudes de los catetos y asunto resuelto. No
falla. Y si el jefe da bronca gracias a un bajón en la bolsa que nos cogió
desprevenidos, echo mano de las fases de la Luna a propósito de su influencia
en las mareas del Báltico, que van y vienen, suben y bajan como la bolsa en
estos días, lo cual atempera malestares y por supuesto ayuda como no tienes
idea si pensamos en próximas negociaciones. Traba despachada.
La gente cree con fe religiosa que uno más
uno es igual a dos, cosa no muy veraz si a ver vamos. Haz la prueba, es decir,
razona menos e intuye más, que es lo que desde hace una punta de años he puesto
en práctica a pesar de Descartes, de la filosofía moderna y de mi maestro de
física, José Camacaro, allá en tercero de bachillerato. El pobre, por mucho que
lidió para cuadricularme la materia gris, para almidonarme y plancharme como
Dios manda todas y cada una de las circunvoluciones cerebrales, fracasó en el
empeño. Qué le voy a hacer si apenas rocé el diez para aprobar.
A lo mejor suena de lo más raro, pero no
tengo otros modos de andarme por la vida. Si yo soy yo y mis circunstancias,
según el buen Ortega, también yo soy yo y mis manías, asunto lógico por donde
lo mires. En fin.
Ahora intento desentrañar un lío académico.
El punto es dar con la influencia del pensamiento prerrenacentista en la
concepción kantiana de verdad. Mientras, pienso en las agujas del reloj que
observo ahí, enfrente, a propósito de horas, lustros, décadas o siglos. Y
pienso además en los embustes y certezas que atravesaron la historia de pe a
pa. Castañetea la solución. A lo mejor doy en el clavo. Ya veré.
5/14/2017
La dictadura en su delirio
La dignidad individual, en buena hora
acogida por Occidente como el sustento de los Derechos Humanos, lleva en las
entrañas una verdad incuestionable: no tenemos precio, poseemos valor. Sólo por
ser Hombres (así, con mayúsculas) gozamos de una valía universal que nos iguala
ante la ley, descabezándose cualquier rasero del que pudieran echar mano
gobernantes trastornados, ideologías devenidas en estiércol o gente común llena
de prejuicios variopintos.
Cuando la dignidad es pisoteada aparece un
monstruo contra el que nunca estaremos por completo vacunados, no otro que la
afilada dentadura de líderes mesiánicos, mil y un salvadores de la patria,
pseudopolíticos iluminados, caudillos con sed infinita de poder y otros bichos
parecidos. Es lo que ocurrió en Venezuela y engendró al hombre de la verruga.
Es lo que ha sucedido en un país que hace más de tres lustros vive en carne
propia la tragedia de gobiernos -primero
Chávez y luego el bailarín- refractarios
a la democracia, emponzoñados por el veneno de la codicia, del poder por los
siglos de los siglos y entregados sin
vergüenza a la satrapía más longeva de estos rincones del mundo.
Venezuela es una tierra con profunda capacidad
de aguante, pacífica hasta la médula, amante de la libertad, de la alegría y de
la fiesta. La palabra solidaridad le es consustancial, tanto como el término
olvidar, por ejemplo. En mi país todo se olvida con facilidad, a la historia se
la lleva el viento más veces de las que haría falta, de modo que por ahí cargan
ventaja bandidos de tomo y lomo, de verdadera uña en el rabo. Hugo Chávez y
Nicolás Maduro, pongo por caso. En medio de fiebres y delirios, serviles a la
voluntad de los Castro, borracho el primero de petrodólares e ignorancia y
harto el segundo de ineptitud entremezclada con demencia, pretendieron sobre la
base de la desmemoria inventarlo todo,
descubrir el agua tibia, refundar a la madre que los parió. Hasta llegar al
llegadero, es decir, a la vorágine de locura y horror que aplasta en el
presente.
Hoy, cuando los derechos de tantos han sido
vapuleados, desconocidos, ignorados sin misericordia por una mafia cuyo
horizonte más claro es sin dudas la cárcel, Venezuela ha dicho basta. No tengo
la menor idea de cuándo acabará el desastre, pero sospecho que más temprano que
tarde. Hay claros indicios de que el régimen se asfixia, se ahoga en su
particular pudridero, y el primero de ellos es la brutalidad represora. Con el
miedo soplándole en la nunca Maduro intenta golpear fuerte. Lo hace y atiza el
incendio. Es repudiado con más fuerza aquí y allá, en el país y fuera de él.
Jamás antes la oposición estuvo tan clara, unida y lúcida y nunca recibió un apoyo
general tan contundente como ahora.
El segundo indicio es la grieta enorme que
se observa en el chavismo, no sólo entre quienes lo sustentaron desde la calle,
gente sencilla, esperanzada, hipnotizada, sino entre quienes forman parte del status quo, del entramado de poder, esos
que dan vida a la bestia por dentro. La fiscal general, algunos diputados
oficialistas y en buena medida hijos, hermanos, primos, sobrinos o tíos de
individuos que mucho tendrán que explicar al país y a la justicia cuando la
barbarie acabe. En fin, existen razones para suponer que un viento helado cala
en los huesos de la dictadura. Respira con pronóstico reservado.
El ser humano es un fin en sí mismo y no un
medio utilizable por terceros, regla de oro que el gobierno venezolano se pasó
por la entrepierna como le dio la gana. Craso error que le extiende factura en su hora none. Y como callar, mirar
para otro lado cuando se violan los Derechos Humanos a mansalva es de cobardes
y de cómplices, tantos ahora mismo señalan, acusan a sus familiares, reclaman
reacción, desmarcaje, retiro de apoyo a los esbirros.
El gobierno de Maduro se ha quedado solo,
con su latrocinio a cuestas, con sus cadáveres en la conciencia, con el
bullicio atronador de un silencio que fractura hasta a las piedras. Ser
demócrata exige entre otras cosas detenerse, hacer balance y pensar. Exige el
coraje de reconocer el lado oscuro de un quehacer y corregir. Es, repito,
lo que han llevado a cabo algunos, lo
que pide a gritos el valiente hijo de William
Saab, la hermana del embajador en Francia, los parientes de un gorila
cuyo apellido es Padrino. Muchas vidas dependen del valor, del paso al frente y
de las palabras basta, suficiente, hasta aquí te acompañamos Nicolás Maduro.
Ojalá el déspota y sus socios terminen de una buena vez sin piso, sin el apoyo
de una cúpula de bayonetas que lo sostiene aún. Ojalá acaben desnudos frente al espejo de la
realidad y de la historia, cara a cara con sus íntimos demonios. Amén.
5/07/2017
La destrucción del silencio
Cuando el tiempo apremia los hombres, y
también las instituciones, evidencian con más fuerza sus matices, sus luces y
sombras, el ámbito predominante que se erige por último frente a la adversidad.
Desde hace más de tres lustros Venezuela,
como en otros episodios de su pasado, vive días oscuros: la deriva pestilente
del chavismo poco a poco fue carcomiéndola y al fin, en el presente, la
dictadura pura y dura hace estragos, pretende quedarse hasta que el cuerpo
aguante.
La desvergüenza de ciertos individuos, esos
mujiquitas de toda la vida, ha existido desde que la tragedia comenzó. Gente
que debió alzar la voz, denunciar abusos, señalar desviaciones que crecieron
como un tumor maligno y plantarse con valentía ante los delincuentes que
gobiernan, hizo mutis, miró para otro lado, y por acción u omisión terminó
convertida en Celestina, alcahueta de un bandidaje que a estas alturas perdió
hasta la última migaja de humanidad.
Semejante descalabro va más allá de nombres
y apellidos hartos a reventar de cobardía. Personajes e instituciones de todos
los pelajes abrieron las piernas, inclinaron la cerviz, cedieron a la dictadura
con la esperanza de salvar el pellejo, continuar respirando, cuidar el negocito,
mantener el contrato, vivir en la isla de una fantasía sin la molesta presencia
de esa realidad que es siempre un coñazo en la nariz, pese al axioma que en materia de estalinismos
resulta incuestionable: para un gobierno desnaturalizado existes mientras seas
esclavo. Caso contrario importas un pepino, te conviertes en materia
desechable.
Amén de lo anterior, es decir, aun cuando
todo un contingente de incondicionales pretendió correr la ola del tsunami
hecho poder, buena parte de la sociedad civil cumplió con su conciencia, llevó
adelante gracias a un coraje a toda prueba eso que los demócratas están
llamados a mantener con uñas y dientes, no otra cosa que la defensa de la
libertad, las garantías irrenunciables y el Estado de Derecho, a sabiendas de que hacerlo significaría represión,
exclusión -recuérdese el apartheid
Tascón, por ejemplo-, estigmatización -¿la
palabra “escuálido”, vil invento de Hugo
Chávez, te dice algo?- y demás abusos o discriminaciones por el estilo.
Entre otros hechos dignos de mención, es
bueno tener presente que un periodismo consciente de su naturaleza ha hecho lo
indecible para combatir la locura enquistada en Miraflores. Han sido
pocos los medios de comunicación, es cierto, pero se atrevieron -y se atreven- a cuestionar con fuerza, a desenmascarar la dictadura en mil y una instancias y no
desfallecen pese a la brutalidad de los verdugos. Cuando esta pesadilla acabe
sus nombres brillarán con luz propia en la historia reciente de la Venezuela
destrozada que nos va quedando, y estoy seguro de que estarán presentes en el
descomunal trabajo que significará reconstruir lo destruido. Periódicos como El Nacional, como Correo del Caroní en el interior del país, semanarios como Tal
Cual, sólo por mencionar algunos impresos
-súmense a ellos las alternativas
virtuales, que las hay, y con una dignidad que roza las nubes-, cumplen a cabalidad la tarea sagrada que otro
periodismo temeroso, complaciente y acomodaticio escupió: desnudar el poder,
escudriñarlo, señalar el pus donde se encuentre, batallar hasta el final. Son
garantes de la democracia porque son también contrapeso de todo gobierno, y
esa, mal que duele y daña inmensamente, no fue práctica generalizada en la
prensa venezolana durante estos años de
retroceso, tragedia, corrupción, crímenes contra la humanidad, derrumbe
económico y asfixia de nuestros valores. Repito, apenas unos pocos llevaron
sobre sus espaldas y pudieron ejercer con gallardía, asunto que los honra, la
misión que toda sociedad democrática les encomienda.
Finalizará esta época de horror, desastre y
sumisión de tantos frente a los jerarcas con pies de barro y ahí continuarán
los mejores periodistas, los mejores medios, erguidos, dignos de su oficio, con
la triste certeza de que una tragedia que bien pudo evitarse si todos hubiesen
sido uno, culminó en la vergüenza de hoy, en la triste realidad que ultrajó a
todo un país. Mi reconocimiento y respeto para ellos, ayer, hoy y mañana.
4/28/2017
Estos reaccionarios de izquierda
Durante lo que va de siglo XXI Venezuela ha
sido gobernada por una cleptocracia cívico-militar que a estas alturas la ha
llevado a un estado de postración, miseria y retroceso sin parangón en América
Latina.
El país que podría ser la Suiza de estas
latitudes yace humillado por la vesania de una mafia literalmente enquistada en
el poder y cuyos planes no contemplan soltarlo hasta que se pulvericen sus
huesos.
Mala cosa, por supuesto. El gobierno lleva
encima el peso del repudio absoluto y nadie, salvo fanáticos y encantados, los
quiere. Sabe bien que cualquier llamado a elecciones terminará en paliza, lo
cual le eriza hasta el último de los pelos. Al quitar el culo de Miraflores
tendrá que enfrentar a la justicia y, considerando cómo está el patio, viendo el
bandidaje que destrozó al país, por sus crímenes irá derecho a las mazmorras.
Entre quienes dan cuerpo al andamiaje de
apoyo -mínimo, es cierto, pero
andamiaje al fin- con que cuenta Maduro
y sus gansters se halla buena parte
de lo que ha sido la pedorra izquierda venezolana. Utilizo semejante epíteto,
toda una ventosidad él mismo, porque la historia no lo desmiente un ápice:
pedorra, por haberse entregado sin vergüenza a los delirios de un militar
felón, ególatra y sin luces; pedorra, por tropezar cien veces con la misma
piedra y con el mismo pie, y pedorra por su incapacidad -salvo honrosas excepciones, que las hay- para enmendar la metedura de pata, trocarse en
demócrata y, por último, intentar cuando menos pensar con cabeza propia.
Dentro de esa izquierda nostálgica de bengalas
revolucionarias, de cielos tomados por asalto y de cuanto parapeto ideológico
le recuerde los sesenta, ocupa un lugar destacadísimo cierta intelectualidad
que, como dijo alguna vez el buen Petkoff, ni olvida ni aprende. Hay que ver,
estando ya crecidita como para
percatarse de que un líder mesiánico siempre termina siendo un producto
bueno para nada, abrió de cajón las piernas y aún hoy, luego de la tragedia
que engulló al país, permanece así, como si nada, feliz ante el relumbrón
del poderoso que lanza sus migajas mientras hace las de Atila.
Cualquiera puede ser de izquierda, de centro o de derecha, sin duda, decisión que Pedro o Juan se pasan por el forro de las gónadas individuales y punto, pero lo criticable, lo imperdonable, es que quienes están obligados a no abdicar de la función de pensar por sí mismos, de cotejar la realidad con la teoría y corregir rumbos si fuese necesario, hayan claudicado, enajenado sin más sus voluntades, dejado en manos del caudillo y a su completa discreción el hecho de hacer lo que le venga en gana, sin señalamientos ni críticas al canto, sin decir mu, sin enterarse -pobrecitos- de que esa boca es de ellos. Y encima y para remate aplaudirlo. Celestinaje, por acción u omisión, se llama tamaña irresponsabilidad.
Cualquiera puede ser de izquierda, de centro o de derecha, sin duda, decisión que Pedro o Juan se pasan por el forro de las gónadas individuales y punto, pero lo criticable, lo imperdonable, es que quienes están obligados a no abdicar de la función de pensar por sí mismos, de cotejar la realidad con la teoría y corregir rumbos si fuese necesario, hayan claudicado, enajenado sin más sus voluntades, dejado en manos del caudillo y a su completa discreción el hecho de hacer lo que le venga en gana, sin señalamientos ni críticas al canto, sin decir mu, sin enterarse -pobrecitos- de que esa boca es de ellos. Y encima y para remate aplaudirlo. Celestinaje, por acción u omisión, se llama tamaña irresponsabilidad.
Se me vienen los nombres más rutilantes del
boato culturoso gobiernero: Luis Brito García, Laura Antillano, Luis Alberto
Crespo, Gustavo Pereira, Román Chalbaud, Earle Herrera y un puñito adicional de
intelectuales cuya acción -inclinar la cerviz, callar y alcahuetear, permanecer
incólumes y mirar para otro lado cuando se violan derechos humanos a mansalva,
cuando se lanza a todo un país por el despeñadero de la desesperación, la
indigencia y el hambre- deja entrever la
distancia medida en años luz que los separa como mínimo de la condición de
demócratas.
Venezuela saldrá del horror en que se
encuentra, no me caben dudas. Pero reconquistar el camino de la democracia y el
progreso pasa por aprender la lección,
no otra que desoír cantos de sirena para no caer otra vez en el pozo al que
llegamos, con barra, aplausos y apoyos ciegos al iluminado en turno. Estos
reaccionarios de izquierda, encandilados por el hombre fuerte, y por supuesto éste,
van de salida. Ojalá que por tiempo prolongado. Ningún pueblo se halla vacunado
contra la barbarie, la demagogia o la tentación de seguir como corderos a
quienes prometen paraísos a la vuelta de la esquina, cueste lo que cueste. No
hay que olvidar las palabras de Camus: en política, son los medios los que
justifican el fin, y nunca al contrario.4/23/2017
El ornitólogo y la bailarina
Tengo un amigo ornitólogo que ejerce su
vocación como nadie. No sé él, pero lo que soy yo siempre supe que acabaría
observando pájaros mañana, tarde y noche. La verdad sea dicha: el amor existe
en mil y una maneras, de modo que mi amigo terminó rendido ante un cupido
profesional, es decir, ante quehaceres propios de sus inclinaciones avícolas.
Nada nuevo para mí, vuelvo y repito.
Así como la cadencia de una frase, así como
el ritmo particular de sintaxis que lo insinúa todo, así como el lenguaje
fascina a quien se precie de escritor, pongo por caso, el bueno de mi amigo
vivía cual mentecato, tirado de cabeza, sumergido hasta el pescuezo entre
plumajes llamativos, cantos extrañísimos, formas de vuelo que ni te imaginas,
ritos de enamoramiento o no sé cuántas maneras de construir un nido. Era su
amor, la entrega sin más a una faena que
él eligió y ella también a él desde un chispazo cuyo origen se pierde en algún
lugar de su lejana infancia.
Mi amigo, al cabo de los años, dio con otra
forma de entrar en pareja, la usual y no por ello menos enigmática. Ahora sí,
una mujer de armas tomar desplegó su propia danza, asomó el destello de sus plumas
y como avecilla misteriosa descolocó al buen hombre para siempre. Al caminar
ella bailaba, se podría decir que casi levitaba y no era para menos. Había
pertenecido desde su juventud al cuerpo principal del American Ballet Theatre, de Nueva York, y
ahora, luego de esa experiencia fabulosa, por otras razones regresaba
nuevamente a su país y a su ciudad.
Da la casualidad de que las casualidades no
existen. Entonces el hombre de los pájaros se unió a la dama bailarina, un
cisne, una gorriona, o como se diga, una palomilla delicada que tensó a la
perfección el arco e hizo su disparo: mi amigo resultó flechado, atravesado,
cazado por la presa. Por algo sería. Y
entonces pasaron los días, los meses, los años.
El ornitólogo y la bailarina frecuentaban
mi casa, yo la de ellos, preparábamos café, compartíamos algún licor, solíamos
almorzar por ahí y créeme, siempre que los tuve enfrente parecían un mandala
haciéndose desde ellos mismos, golondrinas en plena faena, dibujándose en el
aire, embebidas, atragantadas de piruetas y revoloteos en picada o en zig-zag,
libérrimas por donde las vieras, hasta regresar como si nada, en algún instante
mutuamente elegido, a la jaula de lo cotidiano, de su labor diaria con los
binoculares y el libro de notas (él, claro) y su perfomance sobre las tablas como práctica nunca abandonada a pesar
de no trabajar ya como profesional (ella, por supuesto).
Eran mis amigos y punto. Eran dos seres
únicos llevando a cabo lo que les dio la gana. A diferencia de ti o de mí,
habían hallado un canal menos común a la hora de decirse cosas, lo que
comprendí desde la primera vez y en silencio concebí como lo más natural e
incluso necesario de este mundo. El ornitólogo y la bailarina dominaban su
lenguaje y qué más da, quise aprenderlo pero fracasé como bellaco. No es fácil
asimilar otros idiomas, lo que combinado con mi edad y mi propensión a cierta
practicidad que decidí no combatir jamás, levantó un muro inderribable. Resulta
extraño: no hablé la lengua de mis amigos pero la intuí. Y eso bastó.
Diez años, veinte, treinta. El ornitólogo y
la bailarina continuaron en lo suyo. Se amaban, no cabe duda, y cierta vez,
empinados sobre el jolgorio de unos besos, untados de sudores confundidos en
abrazos, fueron poco a poco, lentamente, abriendo aún más las alas, contemplando
como nunca el brillo de las plumas, el canto derramado en tonos que subían o
bajaban como si fuese una ópera jamás antes escuchada. Ella levantó mucho los
brazos, como para atrapar las nubes. Mi amigo la siguió en el gesto y justo en
el último segundo, envueltos en jadeos, bañados de aliento y de saliva, batieron
las alas y levantaron vuelo. Jamás volví a saber de ellos.
4/16/2017
El chavismo y el calvario
Maduro y su
pandilla pretenden envejecer en el poder. De eso no hay duda. El chavismo,
untándose la cara con preceptos democráticos, llegó a Miraflores para desde ahí
socavar el sistema que tan poca gracia le hace. ¿Se saldrá con la suya? Más
bien parece que terminará con las tablas en la cabeza, que el país entero le
descarga ya una patada en pleno culo.
Pero vayamos por
partes. Eso de la libertad de expresión, a oídos del hilarante presidente que
gobierna en Venezuela, lleva en las entrañas un condimento burgués inadmisible.
Todo revolucionario que se respete sueña con tomar el cielo por asalto, vive su
burbuja de fusil y de montaña. Es la narrativa que lo legitima ante las masas,
ante la predecible historia, y no será una aburrida democracia, con su ñoñez
paquidérmica, la que sustituya al exultante imaginario y al fuego de artificio
propio de revoluciones en su ley. De igual manera, algo tan básico como la alternancia
en el poder es cosa de alienados perdiendo su tiempo en formalidades
desechables -¿elecciones?, ¡vaya morisqueta capitalista!, ¿división de
poderes?, ¡patrañas del liberalismo opresor!-. La lógica chavista, en el fondo
primita hermana de la estalinista, sabe únicamente de poder sin contrapesos,
dinero a manos llenas, imposición, corrupción y miedo. Con tales variables
apretadas en el puño no hay tu tía: obedeces, obedeces y obedeces, salvo que tu
vocación ronde la condición de mártir. Pero el caldo se le pone morado, muy
negro, cuando la línea de acción, los razonamientos que fundamentan sus
disparates, se tuercen en función de desviaciones que no aparecían en el
libreto.
El pueblo
respondón, por ejemplo. O una oposición más inteligente, terca y envalentonada.
O la pérdida del poder legitimado en sus inicios por una amplia votación cuya
esperanza se trocó en colosal estafa, sostenido luego por el piso falso de las
bayonetas. Entonces Nicolás Maduro, desnudo en pelotas, sin dólares para el
circo, sin amiguitos verdaderos en el orbe
-las focas de antaño están ya creciditas para estarle haciendo caso a un
limpio-, sin el falso maquillaje democrático que tanto bien le hizo a Hugo
Chávez, da zarpazos a ciegas, reprime a placer, viola con ahínco Derechos
Humanos, encarcela a disidentes, amenaza fuera de sí como novio abandonado. En
el fondo, Maduro y su combo chorrean pánico, destilan terror gracias a una
verdad que les carcome el alma: vislumbran con tino qué les depara el futuro,
olfatean como sabuesos sus negros pormenores, sienten el miedo soplándoles en
la nuca de sólo imaginarse enfrentando a la justicia, pagando sus crímenes tras
las rejas.
A estas alturas del
asunto creo con Fernando Mires -un intelectual lúcido y honesto a quien le
importa la realidad venezolana-, que es el momento de exigir sin desviaciones,
sin perder el foco, lo que manda la Constitución, es decir, elecciones
regionales. Elecciones, ese es el mantra político colgado de la realidad
venezolana en los minutos que corren. Si el régimen hizo lo que quiso al
torpedear con éxito el revocatorio, si se burló de medio mundo en el fulano
diálogo y pretende dar igualmente un manotazo al mandato constitucional de
llamar a elegir gobernadores, la oposición debería sin cortapisas, amalgamada,
unida como nunca, exigir ahora mismo y desde todos los flancos la realización
de éstas, pues hacerlo es acatar el mandato expedito de la ley. Tal es el punto
de fuga, ese es el objetivo, y no otro, cuya fuerza abrazada a la legalidad
levantó en el presente, como jamás antes, el sólido apoyo de los gobiernos y demócratas
del mundo. No es concha de ajo tamaña realidad.
La dictadura
atornillada en Venezuela conoce el resultado electoral de antemano: una paliza
de antología, un puntapié en las meras nalgas que la mandará al infierno, por
lo que despliega sus maniobras, ya sin vergüenza y sin caretas, para otra vez burlar
la voluntad de los venezolanos. La gente decente y los líderes actuales le
ponen la mano en el pecho, desde la Asamblea Nacional, desde la razón y la
Constitución, desde las calles, al desastre hecho gobierno con el fin de
recobrar la senda de la democracia, el bien común y el progreso en paz. La
Lucha sin cuartel ahora debe ser, hay que repetirlo mil veces, por elecciones,
por el nítido llamado a éstas implícito en nuestra Carta Magna y porque el
mundo se ha plegado a ellas de modo contundente, sin ambages, como horizonte
constitucional para salir de la trampa del chavismo y sus nefastas consecuencias.
Esto hay que aprovecharlo.
Ojalá y sea éste el próximo paisaje en el
cielo de Venezuela. Y ojalá se aprenda la lección: los cantos de sirenas, los
caudillos iluminados, los idiotas disfrazados de estadistas siempre están más
cerca de la destrucción, de la ruina y del calvario que de los paraísos
ofrecidos justo aquí, muy cerca, a la vuelta de la esquina.
4/07/2017
Magia en las entrañas
Para algunos toda magia es allanada por la
diosa razón. Sale un conejo de un sombrero, desaparece una moneda en la mano,
cierta mujer es serruchada en dos. Entonces la razón entra en acción: extiende
un mapa explicativo, saca el manual de instrucciones, despliega esa lógica
cortante que le da un puntapié a la ilusión.
De niño, cuando aún dos más dos podía ser
cinco, la magia formaba parte de la vida cotidiana, es decir, existía como tal,
porque sí y punto, sin nada más que hablar. No obstante, en ocasiones me
rascaba asombrado la cabeza preguntándome cosas al respecto -ya sabes, desde que nacemos nos cuadriculan
la mirada, nos entuban los ángulos de entrevisión-. Por fortuna prevalecía la
maravilla, el asombro sin muros o alambradas: esa atmósfera de enigma que no
necesita de mayores escrutinios y en la que el intelecto culmina, alabados sean
todos los dioses, siempre de patitas en la calle. La razón, esa señora que nos
esclaviza, ni hacía falta ni se la extrañaba.
Que yo recuerde, la primera vez que quedé
patidifuá por esa sensación llamada mágica fue allá lejos, en la escuela, más o
menos a los cinco años de edad. La mudez de la hache -así como lo lees, mudez, cosa contraria al
parloteo- implicó un mazazo en pleno
occipital del logos cartesiano que desde imberbes las Terciarias Capuchinas nos
hacían masticar y tragar crudo. Que la hache fuera muda cobraba un aire de
irrealidad percibida como el primer oxímoron plantado frente a mí. Sonaba a
imposibilidad hecha posible. Menuda paradoja, mi querido Watson. Almohada,
hemisferio, cacahuate, ¿sufrían de alguna enfermedad?, ¿habría algún estado
patológico en herramienta, en huracán, en hermetismo, que no se vislumbraba en
automóvil, cigarrillo o abuelita? Pensar que la hache fuese muda, según el dictum de la hermana Concepción,
arrojaba cierta inaprensible idea de que el mundo era menos seguro de lo que
imaginaba, más jabonoso que lleno de certezas, más cómico que de ceño fruncido.
Empecé a considerar que el universo monta en sus espaldas una palabrita que sólo pude comprender mucho después:
relatividad.
Como la hache hacía silencio, pagué caro descubrir sus consecuencias. Es
que no podía ser de otra manera, su mudez serviría para jugar, para reír y
divertirme. Phelhotha, hombligo, avihón y bihcicleta ya no tendrían nada de
extraño, se lanzaban en picada al baúl de los juguetes si el punto era relacionarme
con lo otro, con todo aquello ubicado de la epidermis para allá. Htrompo,
roboht, therciopelo, fhlor. Así lo escribí en una tarea y así lo repetí en el
examen de lenguaje. Suspendido, claro, y encima boleta de citación para mis
padres. Vaya problema de marca mayor que me gané.
Después, transcurridos varios años, quedé
patitieso cuando en la Foto Roma de mi pueblo
-un pequeño fotoestudio al que a veces me acercaba para hablar de composición,
velocidad y enfoque con Juvenal, el dependiente- se hizo realidad, como visión fantasmagórica, primero el perfil y luego los
volúmenes, nítidos, muy bien definidos, de personas y objetos sobre un trozo de
papel en el cuarto apenas iluminado gracias a un bombillo rojo. Magia pura,
magia cubriéndolo todo, magia entrando hasta por los poros. ¿Cómo era posible?
El buen hombre, sonriente, explicó de seguidas el asunto, dio en el clavo al momento
de desentrañar misterios, pero lo olvidé adrede, lo borré de un plumazo, mandé
al diablo cuanto pudiera deshacer encantos.
Todavía hoy procuro esos estados.
Créeme que a mis años echo mano de la magia para que la molienda de la vida
real no me triture por completo.
Literatura: magia por donde la mires. Camila y Daniel, mis hijos: magos
de cabo a rabo. La calle: varita al más puro estilo Harry Potter con sus cafés,
tiendas, semáforos y perros famélicos que lleva en las entrañas el poder capaz
de sorprenderte, de obsequiarte a cada paso un coñazo en la nariz.
En eso ando, con tamaña realidad me
encuentro cara a cara. Buena forma de mantener a raya a la locura, o ve a saber
si a la cordura. Dime tú si no.
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