9/20/2013

Plagas y cafés

    Me gusta escribir y leer en los cafés. Aprecio mucho más a las ciudades por ese regalo invalorable que extienden desde bulevares, plazas o locales mínimos abriéndose paso en las aceras.
    Tengo amigos que llaman pan al pan y vino al vino,  es decir, van a los cafés con ánimo de chismorreo, se dan de bruces con la gente, con el día a día empaquetado en un guayoyo o un marrón, y de ahí al trabajo, al hecho cotidiano que se repetirá sin falta durante toda la semana y listo, se acabó, mañana será otro día. Yo, que le busco la quinta pata al gato, resulta que los considero espacios para la contemplación, sitios donde la vida va y viene en plena ebullición, en completo estado de entrecruzamientos permanentes, por lo que llegar a ellos, tomar asiento, observar en silencio, abrir un libro o escribir este artículo mientras enciendo un tabaco se parece mucho a un ritual sin el que la tarde no muere, no se completa del todo. Un café es ese Aleph donde todo existe y confluye: la azarosa trashumancia de nuestra cotidianidad que es posible acariciar con las manos.
    Es impresionante lo dispuestas que andan las personas a hablar de cualquier cosa mientras el con leche se termina. Para ellas la mesa de un café no se distingue de una de billar o de ping-pong, no presenta mayores diferencias con la de un bar o con la de un tahúr. Un café, lo que se dice la mesa de un café, es para mí templo sagrado en el que busco reflexionar en paz cada pendejada que me atraviesa las sienes, y en consecuencia llego a ella con la actitud del peregrino subido al altar de sus dioses para desde ahí trajinar mejor sus dudas, sus enigmas, sus interrogantes. En los cafés leo, y leo mucho, y también escribo y miro atardeceres y pienso y luego existo, claro, y hasta mando para el mismísimo carajo a media humanidad y a la madre que la parió (políticos e intelectuales en primer lugar, no faltaba más). En fin, sentarse en un café tiene para este servidor connotaciones distintas a las de la mayoría, qué le voy a hacer, lo cual genera situaciones lamentables de las que acabo por huir espantado tan pronto comienzan a manifestarse.
    Leo a placer, sobre la mesa dejo dos o tres libros que suelo hurgar como un roedor, mi libreta para anotar vainas también ocupa su lugar, el marrón humeante está donde debe estar, el fajo de hojas blancas, el vaso de agua helada, el tabaco entre el índice y el medio, y entonces Julio o Pedro o Luis José que interrumpen como les da la gana, y después Ramón y Bernardo, y luego Manuel, Francisco, Leandro, Antonio o Mario hacen lo suyo, aunque sólo falte sobre mi trinchera un letrerito que diga: “Se agradece no joder, coño, estoy leyendo”. Hay que ver cómo cualquiera te saca de lo que estás haciendo, hace de tu concentración una papilla que luego debes tirar por el desagüe. Es increíble la manera en que te encuentran absorto y qué diablos, se sientan sin mediar palabra, te dan una palmadita y preguntan por tu suegra, llegan para saber qué lees, que escribes, qué piensas sobre la última bolsería de Nicolás Maduro o sobre la goleada que le propinaron a la Vinotinto.
    Mi abuela hablaba de respeto, de consideraciones, solía decir que era bueno practicar el arte de ponerse en los zapatos de los otros. Eso intento cada minuto de mi vida.  Lo último que deseo es terminar siendo un moscardón zumbante en orejas de terceros. Pero cómo abundan, santo Dios. Cómo se multiplican estos bichos.

9/15/2013

Chavez's Legacy, de Ari Chaplin

Excelente reseña del Dr. Fernando Mires a propósito del libro Chavez's Legacy The Transformation from Democracy to a Mafia State (University Press of America, 2013), de Ari Chaplin. Vale la pena leerlo. Dejo aquí el link de la reseña en cuestión: 


9/13/2013

Sueños a mediodía

    Hay quienes piensan la vida como algoritmo, o ecuación, es decir, fórmula  prefigurada que transitamos partiendo de A con ánimo de llegar a B. Y se acabó. Menuda forma de atravesar este valle de lágrimas, o de alegrías, o de las dos según se vea.
    En lo personal me gusta andar caminos que sin duda complican las cosas pero terminan obsequiando trozos de felicidad que para qué te cuento. El asunto exige una dieta a contrapelo de cuanto aparece en el diccionario, en las escuelas, en los libros de Coelho y demás recetarios por el estilo. Para medio mundo hurgamos, registramos, intentamos aprehender esto que llamamos existencia porque somos bichos capaces de pensar. La razón, entonces, como faro, Descartes  transformado en sumo sacerdote y punto: el saber llegando por añadidura. Me parece que la savia de lo que nos rodea, de la vida hasta su último filón llega además en función de otros modos de escudriñarle la nariz. Otros mucho más asombrosos, eficaces, enriquecedores.
    Para demasiada gente existir es respirar tranquila en la chatura de sus días. Piensan, claro, luego existen. Yo incluyo en el asunto a la fantasía monda y lironda. Los sueños, la imaginación, lo que tantas veces se esconde debajo de la alfombra es también una manera de buscar, es otra ruta de aproximación a lo que vamos siendo, ojo fabuloso que despliega mil y un horizontes imposibles de contemplar si lo desechamos sólo porque las actividades cotidianas hacen de la razón deidad única y totalizadora.
    Creo que la imaginación es una cantera de pensamiento extraordinario, los sueños una callejuela con mucho que decir a propósito del conocer, la fantasía un mecanismo de relojería sin parangón a la hora de vislumbrar facetas, perfiles, rostros nuevos del vivir incapaces de dibujarse a plenitud cuando nada más utilizamos para ello el herraje de un puñado de neuronas haciendo sinapsis cartesianamente. Qué va, no somos bípedos razonadores: en verdad somos animales que sueñan, lo cual es bastante más ambicioso y divertido que andarse por ahí como si con lo primero obtuviéramos de golpe las llaves del Paraíso.
    Desde que nacemos la mayoría se empeña en acabar con el iluso que llevamos dentro, estupidez que procura seres de lo más formalitos, adultos planchados y almidonados buenos para despellejar los días y las semanas a fuerza de cruda razón pero castrados para dar un paso más: correr a sus anchas por otros recovecos, justamente los que exigen usar el lado oscuro del cerebro, tomarse unos tragos con Dionisos, levantarle la falda a ciertas damas circunspectas. La verdad es que poco aprendemos a soñar. Poco hacemos por darle una palmadita en el hombro al niño que en el fondo puede hallar nido en nosotros, al punto de que la realidad termina cuadriculándose en función de un arcoiris blanco y negro. Triste, muy triste, pero cierto.
    Prefiero el mundo como ovillo. Me gusta verme como gato zaranjeando ahí, maraña de estambre y pelos y descubrimientos. El mundo, desde luego, sin corbata y sin paltó. En eso creo de cabo a rabo. Cada quien con sus vainas.

9/07/2013

El otro mago

I
    Ya sé que la magia no existe. No como la he entendido desde niño: algo, un no sé qué que te permite sacar conejos de un sombrero, transformar piedras en palomas o lograr que un vaso de agua se convierta en papelillo.
    A mi edad créeme que no estoy para cuentos. Uno vive su vida, estudia ingeniería, plomería o se mete a taxista, y lo otro es alimento para demagogos. Los magos quedan para historias fantásticas o novelitas rosa de las que andamos hasta los dientes.
    No, es que no estoy para cuentos. De muchacho sí, es decir, a los once o doce años iba a casa de Tomás o Jeremías y en un santiamén todo adquiría tonos pastel. Pero la magia, lo que se dice la magia, dicen que hay que buscarla dentro de uno, en el fondo, y creer en ciertas posibilidades. Para eso están los sesudos que chorrean pavadas a diestra y a siniestra. Pero lo otro, esa urdimbre de malabarismos típicos de feria surge prácticamente de la nada. La felicidad al alcance de la mano. El asunto consiste en pasarla bien.
    A veces, al salir tomado de la mano de mi madre y tropezarme en las aceras con gente apurada que iba de aquí para allá sin fijarse en los demás, como incrustada en un tubo que alguien después arrojaba a la vida y a las calles, jugaba a imaginar que una de ellas terminaba con el pie metido en algún hueco que se la tragaba por completo. Jamás pude acertar, en ningún momento se cumplió lo que pudo haber sido mi truco favorito, resultó imposible hacer que las circunstancias obedecieran eso que ordenaba gracias a una varita imaginaria.
    Crear mundos, alzarse con todo el poder y coger al toro por los cuernos  -el toro de la realidad embrujada desde tus hechizos, quiero decir-, repito,  nunca se me dio así como así. Yo soy un descreído sin remedio, asunto que agrava  todo el lío de modo que aún en la primera infancia rechacé lo que otros niños aceptan sin mirar atrás. Transformar la realidad, aparecer y desaparecer objetos con un chasquido de los dedos, convertir mi almohada en oso y, en fin, dominar el arte de transformar el plomo en oro, todo, absolutamente todo esto no ha tenido un ápice que ver conmigo.
    Mientras Raúl o José Luis volaban como Supermán o hacían de las suyas al más puro estilo de Merlín, mi yo interior andaba seguro de sus limitaciones. No me luciría con poderes extraordinarios y demás hierbas parecidas. La magia era para los magos, y los magos, caballero, vaya a buscarlos en los circos, no en un miércoles cualquiera mientras tomas el taxi para llegar por ejemplo al aeropuerto.

II
    Estudiar literatura, mi viejo dice que estudiar literatura es una vaina para ricos. Ven acá, muchacho pendejo, coge el teléfono, llama, toma, ya mismo  pídele trabajo a cuanta empresa se te enrede entre los ojos y el dedo índice. Coge el teléfono y repasa las páginas amarillas, paséate por ellas, insiste, insiste, dices que estudiaste eso, literatura o como se llame, ajá, dices eso y pides un trabajito, anda. Entonces me cuentas.
    Mi viejo jura que me moriré de hambre. Tu primo Ernesto, tu primo Carlos, tu primo Antonio, esos son tipos serios: odontólogo, contador, abogado. Tú eres tan inteligente, qué carricito tan inteligente, puedes estudiar lo que te dé la gana y mírate, feliz porque pasarás hambre de por vida.

III
    Cierro los ojos y me veo sentado. Percibo la dureza de las tablas. Estoy en un circo, uno de esos miserables y tristes que recaló en el pueblo como barcaza de segunda que toca puerto en medio de trasatlánticos o yates. En el escenario un personaje conocido realiza trucos mientras la mayoría aplaude. Una gallina sale de un saco vacío, un palo de escoba pasa a ser ramo de flores. Me encuentro en lo alto de las gradas, hechas con tablones  superpuestos encajados a otros mediante piezas de metal unidas con tornillos a diversos aparejos. El mago, vaya sorpresa que me llevo, es también el carnicero del mercado. Las veces que acompaño a mi madre para ayudarla con las bolsas de chuletas o bistecs, ese señor es el que atiende. Quién lo hubiera imaginado, ahora es mago en este circo. Es que ya lo sé, no existe la magia como no existe Santa Claus o el Hada de los Dientes o toda esa palabrería con que pretenden adornar la infancia. Sé muy bien que Supermán tampoco vuela, que Hulk ni es verde ni vive en parte alguna y sé también que los milagros, los de antes, los de ahora y los que llegarán en el futuro son ensoñación monda y lironda.

IV
    Como la magia hace plaf al estrellarse contra el suelo, prefiero ir sobre seguro. La gente se persigna, las señoras ponen el Ave María Purísima en sus bocas y el asunto fluye, dicen ellas. Para hallar cosas perdidas o para rogar un favorcito en pleno vendaval la magia sirve para el sosiego o para la resignación. También para que no se acabe la esperanza. Yo no. O estudio o me liquidan en el primer examen. O me gano el pan o nadie me va a multiplicar los peces. O hecho afuera todo el sudor de este mundo o al diablo, jamás llegaré a esa línea del horizonte que busco trasegar. Entonces nada, clavos, martillo, cincel, neuronas, braga de trabajo y adiós padrenuestroqueestasenloscielos. Chao suerte, hola romperme el lomo en la faena. Adiós señor improvisado, salud diez horas diarias con el culo aplastado en una silla pegándole a las teclas.

V
    A las teclas, sí. El viejo estaba equivocado. Ni cogí el teléfono ni patiné sobre páginas amarillas. Soy un escritor, así como lo lee: es-cri-tor. Peor que estudiar literatura, ya lo sé. Aún escucho sus palabras, el grito al cielo, la condena eterna, el desengaño final, definitivo, porque tu primo Ernesto, odontólogo, y tú un bueno para nada que terminará arrasado por quién sabe qué cosa, vencido por la vida, hecho polvo por la estupidez.
    Un caso perdido, eso es. Y aunque la magia pertenece a  Disney fíjate que desde hace mucho me la paso hurgando en algo que se le parece. Es decir, no hay varitas mágicas, no soporto a Harry Potter, tampoco trago a un Copperfield lleno de embustes, de glamour rosé y toda la parafernalia, de chicas guapas y un talento discutible, pero meto las narices en ese espacio extraño que es la fantasía. En semejante plano he aprendido a navegar. Un escritor crea fantasías, un escritor engaña a su manera y ese engaño debe estar lleno de verdades o estarás jodido compañero, o nadie creerá el embuste que cuentes en doscientas treinta páginas.
    En fin, que soy escritor, a mis veintitrés años soy un escritor que no estudió literatura y que a estas alturas seguiría siendo la vergüenza de su padre, que Dios lo tenga en la gloria. Un poemario, ni medio en el bolsillo, una novela negra, dos libros de cuentos, otro de ensayos, todos más o menos aceptados por esa señora extraña que dieron en llamar “la crítica”. 

VI
    Por lo general voy a un café y me entrego. Desde hace tiempo llego a mi mesa favorita, como el circo a mi pueblo y como el barco de segunda al puerto, para cumplir la tarea que tarde a tarde realizo como un quehacer sagrado: escribir. A las cinco y media El Diente Roto me espera con las sillas dispuestas. Entro, el rincón acostumbrado, café, agua mineral, tabaco, hojas blancas, bolígrafo barato. “El demonio que me habita” salió en este lugar, así como “La ventana de la casa azul” y “El reino del unicornio”.
    Mi mesa preferida está ubicada justo bajo el bombillo que ilumina parte del salón principal  cuya luz se cuela a través del pasillo que termina en otra sala, más amplia que la primera pero también más bulliciosa. La historia es simple, una línea recta que culmina en gancho al hígado: alguien escribe un cuento sórdido, erótico, oscuro. Un personaje cuenta lo que ocurre, siempre en primera persona, entre una mujer joven, dedicada a la pintura, y un hombre algo menor cuya aspiración es darle forma a su primera novela. Él escribe y mientras escribe la observa y mientras la observa día a día, a cada instante y con pasión obsesiva, crea la obra maestra que luego llegará, por fin, a los anaqueles de las librerías. Un reality literario, no cabe la menor duda.
    Ella también está ahí, la chica de la barra. La chica de la barra pide un Johnnie Walker en las rocas y luego del primer sorbo pasa la vista alrededor. Me ve pero no me ve, es decir, yo escribo y fumo pero todo indica que soy un pobre bicho que no vale la pena contemplar. No se percata de que estoy. Me mira pero no me mira. “Me observan, luego existo”, variante cartesiana que viene muy a cuento a propósito de las circunstancias. Moraleja y conclusión: soy poco menos que un insecto.
    Cruza la pierna y desde su asiento la chica de la barra es Venus emergiendo de su vaso, la Venus del whisky que ya va por la mitad. La falda es corta y el hecho de estar sentada la hace más diminuta aún. Piernas de infarto, cintura de infarto, subo la vista: tetas de paro cardíaco. La Venus de la barra bebe sola, bebe a placer mientras el insecto no le quita los ojos de encima y escribe y sueña, y escribe y recuerda la varita mágica de aquellos magos de pueblo y ojalá funcione, ojalá, ojalá, ella dispuesta para mí al calor de un hechizo, de Merlín, de Copperfield, maldita sea, pero ya sabes, ya lo requetesabes, la magia es pasto de individuos tan distintos, tan poco yo, tan imposibles para mí, qué se le va a hacer.
    Voy a dibujarla con palabras. No, voy a filmarla, escenas a base de escritura. Uno, dos, tres, acción. Sílabas, letras que la encierran y la entregan. Una mujer sabe lo que tiene, una mujer de verdad, caballero, conoce al pelo lo que lleva entre las piernas y lo que guarda en medio de esa maraña de neuronas. Voy a filmar a esa mujer con mis palabras y la película final cobrará vida sobre estas cuartillas aún en blanco. Ella sabe lo que tiene y yo también soy capaz de adivinarla. Ambos lo sabemos, estamos aquí para encontrarnos. Otro Johnnie Walker, me mira, claro, sin mirarme otra vez pasa los ojos por mí y de esta no presencia en que me he transformado me atrevo, la atrapo, toco sus piernas, abrazo con morbo su cintura, la traigo hacia mí, hurgo en su piel, recorro sus hombros, bajo, continúo bajando hasta las nalgas, hasta llegar a la falda cortísima y meter las manos en el fuego que ya nadie va a apagar. Me mira, esta vez sí me mira y me percato de cómo sus ojos se sostienen en los míos.  Escribo, no hay apuros, no hay presiones. Va a ocurrir lo que tiene que ocurrir y nadie apuesta a lo contrario. No hay magia, no hay trucos, no hay espectáculo para la galería. El conejo hace juego con el estofado. Nada de chisteras.
    Escribo: “Pasa las manos por sus piernas, de a poco recorre la cara interna de sus muslos”, y al desprender la vista del papel noto que finaliza el movimiento, que cumple su parte con la devoción que pongo en el libreto. Continúo, insisto, escribo ahora: “bebe un sorbo, apenas se moja los labios lleva a su lugar un mechón de cabello despeinado. Suelta dos botones de su camisa semitransparente”. De inmediato la acción se superpone al guión en pleno desarrollo. Sincronía, total complicidad. “Me levanto, nos besamos, abandonamos el lugar porque el mundo, el sexo, la vida, nos guiñan un ojo desde afuera”. En efecto, me levanté y al acercarme nos besamos como si sólo importara arrojarse a unos labios que esperan, a ese juego de lenguas y saliva y jadeos para salir después al mundo que desde hace tanto nos reclama.  

9/03/2013

Fumo, observo, pienso

    La magia de la lectura tiene que ver con darle todo el crédito a cada cuartilla que nos pasa por enfrente, asunto que supone un acto de fe con clima religioso: es preciso creer lo que nos cuentan. De tal premisa la conclusión será una o ninguna, es decir, caeremos atrapados por la historia que el prestidigitador de palabras lanza como hechizo o simplemente el libro no habrá cumplido su tarea más importante: coger al lector por el pescuezo y llevarlo así hasta la página final.
    Seis de la tarde. Camila y yo vamos a nuestro café de costumbre. Leemos. Desde esta terraza las luces del crepúsculo cubren hasta la última molécula de todo y con ellas me gusta desmigajar cuentos, saborear un marrón, fumar el tabaco poco a poco. Créeme que la experiencia resulta extraordinaria. El silencio termina imponiéndose a pesar del tránsito, de la gente, de la calle en plena ebullición. Ella devora la Historia de Judy  y yo despacho Filosofía feroz, de Michel Onfray, que al fin y al cabo fue decepcionante.
    Onfray pretende una condición que no cualquiera alcanza: la de enfant terrible. Y no termina siéndolo porque su pretensión es evidente. En vez de arrojar verdades a contracorriente de lo políticamente correcto y se acabó, su puesta en escena no convence. Demasiadas luces de bengala. Mucho ruido y pocas nueces. Leo estos ensayos y pienso que el autor devino en un Eduardo Galeano francés, otro irredento que ya crecidito supone al universo binario desde las entrañas hasta la epidermis. La izquierda y la derecha, o sea, los buenos y los malos, permítanme reír a mandíbula batiente. El mundo en perfecto blanco y negro, el libro como puñado de señalamientos: contra los ricos, contra el imperio, contra las grandes religiones monoteístas, contra las elecciones, contra los gringos, contra el capitalismo, contra el liberalismo. Y hasta ahí. Un catecismo manoseado hasta el hartazgo por la izquierda dinosáurica latinoamericana. No hay propuestas, ni aporte intelectual, ni alternativas que trasciendan el lloriqueo simplón. Si el capital es el lobo feroz, el culpable de la miseria universal, de los piojos en las cabelleras del mundo o de la putería en París y en San Fernando de Atabapo, si las elecciones en las democracias occidentales son el golpe concebido para la dominación  de los pueblos, si un liberal es el vivo retrato de un apestado pululando tranquilamente por ahí,  ¿qué pone usted sobre la mesa, señor Onfray? ¿Dónde están los sustitutos para el acabóse? ¿Qué hacer para paliarlo? Silencio sepulcral.
    Enciendo mi tabaco, dejo los lentes sobre el libro aún abierto, observo a Camila en lo suyo, transfigurándose en hada, en pirata, en dragón. Sigo sus ojos, fijos en cada cuartilla que es el mundo para ella en este instante. Imagino la aventura que vive ya mismo, las imágenes que pasarán por su cabeza, la curiosidad, la disposición para el ensueño que la caracteriza, la creatividad en plena faena, regalándole voces, movimientos, vida a cuanto ofrece el autor embutido en cada línea.
    Es curioso, desde luego, pero leer resulta justamente eso, construir otra vez lo que de algún modo viene empaquetado a manera de propuesta por un demiurgo que llaman escritor. Sí, un libro es una compilación de sugerencias, un streep tease a propósito de las ideas y lo más interesante es que tienes participación directa, ayudas a desvestir, formas parte del elenco. No dejo de observarla, me encanta hallar gestos casi imperceptibles en su rostro, alguna sonrisa diminuta, el entrecejo fruncido apenas un instante después. Tal es la geografía del goce literario expresado en quien se acerca a una novela o a un fajo de poemas nada más que por placer. Camila navega los siete mares y está absorta. Eso es leer, resucitar lo que tienes entre manos, recrear la obra que se desata ante ti y hacerla tuya. Me alegra saber que a su edad ya lo disfruta.

8/30/2013

Filósofos

    La gente es rara. Hay quienes odian a los gatos porque sueltan pelos, por sus uñas afiladas que terminan arruinando alfombras o sofás, por esa forma destemplada de gritar su amor a medianoche en los tejados. A mí me parecen tiernas criaturitas que no hacen daño a nadie.
    Tengo un pariente que, vaya uno a saber las razones de semejante asunto, se parece mucho a su mascota. Ese señor es igualito a su perro. Yo no poseo ninguna, pero me he convencido de que llevo algo de felino, de que en lo más íntimo de nuestro fuero interno un gato y yo compartimos más que el hecho de pertenecer a un mismo reino, el animal, y a una misma clase, la mamífera.
    Aprecian estar solos, la curiosidad les chorrea por pelos y bigotes, se la pasan rumiando pensamientos que quién sabe de dónde los sacan, como buscando explicaciones para ciertos problemas de la vida. La verdad es que los gatos gozan contemplando el mundo, que a veces es durísimo con ellos, pobrecitos, lo cual me hace creer que hasta son buenos filósofos, cuestión que los eleva muchísimo más ante mis ojos, usted me entiende, por eso de que yo también disfruto de lo lindo al encontrar con quién hablar de Kant, de Platón o Schopenhauer. Hay que ver.
    En fin, que me entristece un mundo cuando una señora, por ejemplo, los espanta a zapatazos o los agarra por la cola para echarlos de la sala. Tamaña injusticia sí que me hace hervir la sangre, más aún considerando a tanto bueno para nada que deambula por el universo sin que un taconazo termine cayéndole en el parietal. Asombra esa capacidad para permanecer absortos, en plena reflexión sobre asuntos macanudos, dándose a la tarea contemplativa como si fuese la última, como si ahí hallaran el Yin y el Yan, el Logos absoluto, el Aleph borgeano, la respuesta a todas las preguntas y qué sé yo qué más.
    Los días que corren no son los mejores para ellos, sobre todo si sacamos la cuenta y nos ponemos a ver la cantidad de perros, hámsters o canarios que la mayoría prefiere antes que al silencio misterioso de un gato que se echa en un rincón a lamerse las patas y las garras. En el fondo lo comprendo, y es que la verdad sea dicha: un perro es un súbdito cualquiera, una mascota como las demás. Pero un gato es todo lo que a usted se le ocurra menos una compañía faldera, lisa y llanamente porque son librepensadores de la cabeza a los pies. Ya quisiera buena cantidad de intelectuales en este maltratado país, pongo por caso, gozar de la inteligencia y libertad de estos bichos maulladores. Son unos libérrimos a tope, claro, y enamoradizos y fiesteros y noctámbulos, casi diría que vividores al más puro estilo de un Horacio con su Carpe Diem y toda la parafernalia.
    Hay mucho que aprender de estos muchachos, por supuesto, cuestión que exige bastante paciencia y elevadas dosis de trabajo, pero al fin y al cabo se puede, siempre se puede. En eso ando últimamente. De resto, pues nada, me ocupo de las tonterías de siempre.

8/24/2013

No ha llegado aún

    “Hablando se entiende la gente”, dice el refrán.  Qué curioso, pero mientras más lo intento menos me comprenden, y viceversa.
    El lenguaje tiene sus recovecos, sus subidas y bajadas, guarda en medio de llanuras clarísimas cierta especie de vegetación frondosa que da al traste con el hecho particular, meridiano, que lo funda: comunicarnos. Entonces ya ves, cuando dices A otros terminan por entender B, y cuando ese individuo con quien compartes un café afirma C, resulta que captas todo lo contrario. Tú sabes, puedes ir teniendo pistas de a qué diablos me refiero. ¿Me comprendes Méndez?
    En cuestiones de la lengua y sus enredos existe un mundo habitado por seres de todos los pelajes. Entre ellos los mecánicos, pongo por caso. Llega la fecha de entrega luego de quince días con el carro reparándose porque el arranque estaba malo y zas, no, no se acabó el martirio sino que se requieren tres semanas más: es que el clima estuvo frío, al gerente le dolió una muela, hubo vientos fuertes y, para remate, la gigantesca mata de mamón de al lado del taller se vino abajo aplastando enseres, vehículos mal ubicados y demás objetos por el estilo. Qué carajos. Cosas de la vida, te dices, y entonces sacas pecho para aguantar lo que te espera. Los carpinteros, fíjate, también dan la pelea, y la dan fuerte, los herreros ni se diga, ¿y las aerolíneas?, ufff, se esmeran de lo lindo por llevarse todos los elogios. Pero los médicos, pobrecitos, una inmensa cantidad de médicos obtiene a pulso el  primero y el mejor de los lugares.
    Ocurre que se te hincha algo, o casi te asfixias por la tos, o los dolores de cabeza terminan por exprimirte los sesos, de modo que llegas al consultorio, lees la plaquita en la puerta (horario de consultas: lunes a viernes 8-12, 3-6), miras el reloj (9:45 am), preguntas por el fulano y la señora secretaria, peinadita y planchadita, solemnemente te informa que no ha llegado todavía. Lo de la solemnidad no es cuento: pone cara de haber chupado limón, se encarama al altar mayor de la catedral en que está segura que se encuentra y desde su púlpito baja la mirada, se inclina, te observa como a bicho raro y te lanza una frase a quemarropa. “El doctor no ha llegado pero va a venir”. Tú tratas de pedir explicaciones, de solicitar por el amor de Dios información menos abstracta, más cercana al pragmatismo que consiste en señalar la hora en que fulanito de tal hará acto de presencia y ella no señor, no ha llegado aún, es que no ha llegado pero ya vendrá, y tú dale, continúas, incluso haces señas, morisquetas, mímica para que se entere de que ya sólo quieres decir gracias, despedirte, solicitar la bendición divina y amén por los siglos de los siglos pero nada, es que oiga usted señor, el doctor no ha llegado, no ha llegado, es que no ha llegado pero espere porque por ahí debe venir. “Hablando se entiende la gente”, claro. Vaya cojones los de este refrán.
    Te vas, regresas en la tarde. 2:23 pm. Bañada en humo de sahumerios pontifica otra vez sin despegar la vista de la biblia, digo, de la revista Marie Claire, que Orijuela Pérez, o como se llame, no ha llegado porque tuvo un inconveniente. “Lo siento mucho, pero no ha llegado”. Miras de reojo la tablita de la puerta, observas por milésima vez el horario de consulta, entonces buscas, tratas, haces todos los esfuerzos por hablar, por entenderte con ella a punta de lenguaje, de refranes o de lo que sea y la sacerdotisa te detiene en seco: no ha llegado, señor no puedo hacer nada porque no-ha-lle-ga-do. Le preguntas si sabrá algo de su paradero, si vendrá algún día y alguna vez, si el hombre se halla en la ciudad, en el país o en el planeta, y entre bocanadas de incienso recibes otra vez lo tuyo: lo único que sé es que no ha llegado.
    Como el lenguaje hace tiempo dejó de funcionar para lo que supones que funciona, dices adiós, das la media vuelta y comienzas a desaparecer. Ella te llama, oyes esa voz como de trompeta salida del apocalipsis, se te acelera el corazón, hasta cierto punto te alegras porque quién quita, a lo mejor llegó justo cuando dabas la espalda y te largabas. Nítidamente escuchas la pregunta: ¿señor, regresará usted mañana? Nada, ahora sí, mañana sí, podrás mejorarte, podrás salir con las pastillas para la hinchazón, vas a quedar como nuevo. Respondes muy contento que claro, que estarás puntual al día siguiente, que necesitas tratamiento para lo que tienes. ¿Y cómo a qué hora llegará el doctor?, te atreves a susurrar. Ella, frunciendo el ceño y muy risueña, escupe sobre ti: ahí, mire, ahí, ahí en la puerta está el horario de consultas. 

8/15/2013

Mueblería Troya

    Para que ustedes vean, uno empieza el día con el pie derecho, poniendo en orden las ideas y los deberes, feliz porque el café de la mañana sabe a gloria, los besos de los hijos llueven como dulces, y bueno, resulta que el pasado o la nostalgia o los recuerdos, que al fin y al cabo son lo mismo, te cogen por el pescuezo a la vuelta de la esquina.
    Cada quien tiene su historia, eso lo sé. Hoy quiero compartir un poco algo de la mía. Una entre tantas, claro. Se trata de la Mueblería Troya, en Upata, o lo que quedaba de ella. Ahí, en ese lugar  de la calle Miranda pasé años de felicidad al por mayor, justamente porque la mueblería y el patio que tenía al fondo y la gente que la frecuentaba daban la impresión de que no eran de este mundo, es decir, rozaban algo cercano a lo que uno halla en los libros, en las historias que te atrapan de cabo a rabo al punto de que ya no puedes desprenderte del fajo que te comes con los ojos.
    De la Troya sobrevivía el viejo caserón y del patio, las pocas veces que logré entrar, ya adulto, y sentarme por ahí para ver cómo los recuerdos navegaban solos por el mar de la memoria, seguía en pie la misma atmósfera, el silencio hecho pedazos por la chiquillada, la luz idéntica a la que me sorprendía tarde a tarde cuando era muchacho, y las pintas, las pintas sobre un paredón desvencijado, sin friso ni color, que alguna vez hiciéramos para joderle la paciencia a los demás: “Kinen es un güebón”, “Yoni no es más pendejo porque no es más grande”, “Jean Claude tiene culo de mujer, “Mayed, deja la paja y busca novia ya”.
    Esta mañana fui a Upata muy temprano. La calle Miranda, como de costumbre, es un hervidero de transeúntes, de perros callejeros, de gatos que deambulan por los techos y de vez en cuando deciden pasear su elegancia por una que otra acera. A una cuadra de la plaza la Mueblería Troya, como los viejos robles, caía en medio de su orgullo y del calor, se venía abajo entre la polvareda, el gentío, los escombros y el edificio que la va a sustituir. Confieso que se me hizo un nudo en la garganta. Tres hombres derribaban su última pared en pie, la delantera, a golpes de mandarria, y yo sólo me detuve a observar cómo ese templo de la infancia, de pelotas, riñas, patinetas y ensoñaciones de todos los pelajes terminaba transformado en amasijos retorcidos.
    Pensé en todos. De pie, en la acera, vislumbré a los compañeros de esos tiempos (tengo la fortuna de que algunos son hoy mis amigos entrañables). Wagih F.Douaihy, propietario, quizás nunca imaginó qué regalo nos hacía al permitirnos, al soportar como el mejor de los estoicos las diabluras que inventamos día a día mientras disfrutábamos creciendo, viviendo, exprimiendo la niñez y después la adolescencia. Donde esté, tengo el pálpito de que hoy dejó escapar alguna lágrima.
    En fin, a mi edad he comprobado que la casa de los recuerdos, la mansión de la memoria permanece incólume aunque la aplanadora de los años se empeñe en lo contrario. En el fondo ese espacio sigue ahí, ocupando el lugar privilegiado que le corresponde: por encima del progreso, de la técnica que no sabe de nostalgias, más allá del desarrollo que tarde o temprano da el zarpazo, los recuerdos andan frescos, van y vienen a placer, quedan al alcance de la mano. Es lo que en definitiva importa. 

8/08/2013

A todos y todas, lectores y lectoras de este manuscrito y manuscrita

    El lenguaje se parece a un bisturí, sirve para abrir con precisión. A veces quien lo usa lleva a cabo una incisión perfecta, donde pone el ojo pone la bala, pero en ciertas ocasiones termina mutilándose a placer. Es lo que ocurre con el lenguaje gobiernero.
    Porque claro, existe un lenguaje gobiernero. Como ya lo han dicho los que saben, toda lengua está ahí para que utilizándola develemos el mundo, le echemos el guante a la realidad, de modo que es el instrumento con que intelectualizamos cuanto nos rodea. Y en ese trayecto de ñapa nos perfila, nos define de algún modo. Hay una jerga médica, otra jurídica, una relativa a los pedantes, otra hamponil, de alcurnia o barriobajera, y así. Cada quien se mete en el lenguaje como puede, o al revés.
    Cuando usted oye hablar a un político venezolano, por esas ondas viaja información de lo lindo. Tengo un conocido que sólo al escuchar treinta segundos a uno de estos ejemplares descubre su filiación ideológica, su edad, su estatura intelectual, su talante para perpetrar embauques o manifestar verdades, sus gustos culinarios, su partidito político, sus anhelos más ocultos, sus pretensiones inmediatas y sus niveles de caradurismo, todo sin márgenes de error. Resulta impresionante.
    Pero decía que existe un lenguaje gobiernero y como tal tiene sus características. ¿Alguna de ellas? Trocar lo cierto en mentira y el embuste en realidad. Por ejemplo: es cierto que proclamaron a Maduro Presidente pero es mentira que sin dudas haya obtenido los votos para serlo. Y así mismo, es embuste que Nicolás haya llegado de segundo y es una realidad que no estamos seguros de si de primero. ¿Comprende el trabalenguas? Exacto, sí, exacto, si le cuesta descifrarlo usted entendió al pelo: tal es el idioma revolucionario del siglo XXI.
    Hugo Chávez fue el sumo sacerdote. No por nada es Comandante Supremo y blablablá. Hizo de la lengua el pináculo mayor de sus logros universales. Chacumbele es el apelativo que Petkoff le regaló por su genio literario. Tranquilo, leyó bien, hablé de genio y de literatura: Chávez transformó una simple charla callejera en el Gargantúa bolivariano: disparates por donde la mires. Su hijo y heredero, el señor Maduro Moros, a la luz de esta verdad ha hecho esfuerzos por atrapar el testigo que le arrojó Rabelais en Miraflores. Sus millones y millonas, ese pueblo y hasta puebla que lo adora, todo ese mar rojo está más que a la vista y a la visto, de modo (o moda) que quien tenga dudas (y dudos, o lo que sea) va a tener que coger tanto odio como odia y largarse (también largarso) con su música a otra parte pues no volverán, ni volverón, y ni un paso atrás o pasa atrós, que no tengo idea de qué será pero forma parte de la jerga que nos toca, tú sabes como son estas cuestiones. Vaya viendo (y vienda) usted.
    Entonces nada, que envidio las habilidades de ese conocido mío, lince, águila, sabueso inequívoco a la hora de entrarle al toro del lenguaje por los cuernos y desnudar a tanto hablador de pendejada y pendejado. Yo hago el intento y en eso estoy, levantando la oreja, captando y ya verán, un día de éstos termino por entenderlo todo, por vislumbrar un montón, por ver la luz desde la lengua. En eso ando.

8/02/2013

Lo normal

   Un tío que era muy sano se pasaba la vida de lo más enfermo. Nadie pudo hacerle ver que su dolor de espalda o la amigdalitis permanente engordaban en su imaginación. Lo normal, pues, era estar mal de salud aunque fuese un rozagante como nadie.
    Me levanto, voy a la ducha, preparo el café, tomo el desayuno, manejo hasta el trabajo. Hay que ver el chorro de acontecimientos que ocurre con precisión de reloj suizo para que mi jornada laboral se dé todos los días como si nada. La complejidad terminará ahogándonos un día de éstos. Lo normal tendría que ser el caos a cada paso, porque se fundió la cafetera o amanecí con fiebre alta o se descompuso el automóvil, pero qué va, de lunes a viernes el escritorio, el cubículo del profesor, los seminarios y lecturas, la universidad monda y lironda.  Milimétricos ajustes para que exista una rutina en cualquiera de sus variantes infinitas.
    Todo es tan riguroso como inventado por un filósofo alemán. Caminar, el simple hecho de dar un paso seguido de otro, por ejemplo, exige que la trama sea mayor, sorprendente e inverosímil: mantener el equilibrio, eso que llamamos andar, supone una cascada de sucesos extraños, de hechos inauditos, incluso cómicos por lo extravagantes, como el líquido que cada quien lleva en los oídos a fin de trasladarse sin problemas sobre ambos pies en línea recta. El colmo de los colmos, diga usted si no.
    Tengo un pariente mitómano cuyo mayor logro es creerse de pe a pa lo que dice a los demás. Alguna vez sostiene que es bombero, otras que es explorador, las más de las veces afirma que es psicoanalista lacaniano y entonces el pobre acaricia a fondo la felicidad. Lo normal, claro, es pensar que el bueno de mi primo es un desquiciado por donde se mire, la excepción a la regla, pero lo cierto es que las excepciones abundan más que ciertas generalizaciones, por mucho que usted o mi abuelita den patadas y peguen todos los gritos al cielo.
    ¿Qué es más normal, la cosa en sí o lo que cualquiera supone sobre ella? ¿Qué es más verdadera, la realidad tal como la vislumbramos o el mundo según mi contraparte? ¿Cabe más en lo normal el universo de lo concreto o el abismo de lo imaginario? Parece muy normal que la Tierra sea plana, que la Luna sea un queso, que las nubes algodón, que el Sol se mueva a nuestro alrededor, que un mango caiga al suelo cuando se desprende de la rama. Lo normal, coño, sería verlo flotar, danzar plácidamente, dang, dang, de aquí para allá sin estrellarse contra el piso. Pero es que el mundo es una cosa seria, joder. Una cosa verdaderamente seria.

7/24/2013

Visión retrospectiva

    Mi hijo Daniel, que tiene seis años, pregunta a quemarropa: ¿cómo vemos lo que imaginamos? ¿Por qué, si los ojos nos permiten observar sólo hacia afuera, también vemos adentro de nuestras cabezas? ¿Cómo ocurre eso, papá? Respondo que la imaginación es una señora poderosa, que dispone de visión particular, que se ríe a mandíbula batiente de estos pobres ojos, en nada comparables con los de ella.
    Me observa con el ceño fruncido, luego hace una mueca con los labios y termina sentenciando: “tú no sabes nada de nada”. La verdad es que no le falta razón. Entonces pienso en las imágenes, en la ilustración mental que nos fabricamos acerca de mil cosas. Si los años sirven para madurar, para ennoblecernos o para hacernos peores hombres, por ejemplo, también el tiempo va fraguando en nosotros  -o nosotros en él, qué voy a saber yo-  cierto perfil en función de algunos hechos, de ciertos elementos que siempre han estado ahí, acompañándonos, presentes en el despliegue vital sin el que jamás nos convertiríamos en lo que somos.
   Para no ir muy lejos, vea usted, yo mismo tengo una imagen entrañable de los días de la semana. El lunes, no me pregunte por qué, es de una tonalidad verdosa y con cara de pocos amigos. El martes es oscuro, enmarañado, casi un sonámbulo con los párpados semicaídos, el sábado tiene forma de cubo azulado, el domingo es por completo amarillo, pálido y un poco calvo, y así. ¿Que de dónde saco tales referencias?, pues no tengo la menor idea.
    Un amigo llegó a confesarme que para él los números cambian de semblante a medida que ascienden o descienden a partir del cero y que los meses del año cobran fisonomía según los estados de ánimo que atraviesa al momento de nombrarlos, lo cual me pareció ya más plausible por aquello del inconsciente, de Freud y Jung y toda la parafernalia, aunque no dejó de sorprenderme. Le contesté que para mí la palabra ghetto evoca un paisaje de lo más especial, así como banana o cópula. La primera es colorida y también sórdida, lo cual va muy bien con lagos y sauces borroneados por una neblina espesa mientras que las otras dos traen enganchadas mucha saliva y cantidad de espuma a borbotones. Las cosas de la mente, qué ocurrencias. Pero el colmo de los colmos, exclamé, sucede cuando en el camino aparecen términos sofisticados: peróxido de hidrógeno, Linum Usitatissimum, adenosín trifosfato y demás palabrejas por el estilo. Entonces nacen formas danzarinas, muy claras, icónicas diría yo, que se abrazan con el alma, con la identidad profunda del término en cuestión. Fue así como me percaté la otra vez del porte risueño de un corpúsculo. Quién lo hubiera imaginado.
    Fíjese, haga el esfuerzo y fíjese bien cómo vislumbra usted a un ácido graso poliinsaturado. Es más, hagamos un ejercicio a cuatro manos, pongamos por caso la vesícula. Pensemos en su vesícula, o en la mía, ¿no es acaso atractiva por su colorido?, ¿ve esas líneas negro mate que la surcan de arriba a abajo y se ramifican hacia los costados?, ¿nota cómo resplandece en medio de otras partículas vecinas, amorfas, repelentes, nada llamativas? Es un caleidoscopio fascinante. Y no hablemos de la pleura o del humor acuoso.
    En fin, que Daniel tiene toda la razón: no pude responder a su pregunta, no sé nada de nada. Cuánta verdad en una frase.

7/18/2013

Tiempo

    De niño pensaba que los relojes eran un juguete más. Algunos de pilas y otros de cuerda, lo cierto es que a los cuatro o cinco años ese artefacto me parecía el colmo de lo misterioso, extraño hasta la saciedad, al punto  de que cogí el de pared, colgado en el comedor de una tía, lo desarmé como pude, hurgué todo lo hurgable que pueda imaginarse en semejante objeto salido quién sabía de dónde, hasta que alguien se acercó a la mesa para descubrir  -lamentos, regaños y promesas de castigos infernales proferidos de inmediato-  cómo manipulaba el cadáver de lo que momentos antes había sido “una reliquia traída de las Islas Feroe”, según palabras de la buena hermana de mi padre.
    Después de lo anterior ya no destartalé relojes ni los consideré juguetes, o cuando menos no los tradicionales, pero supuse que en ellos deambulaba, muy adentro, el tiempo dividido en horas, minutos y segundos. Veía el reloj de pulsera de mamá, me topaba con el despertador sobre la mesa de noche, observaba con curiosidad infinita las agujas, allá en las alturas del campanario de la iglesia, y juraba que en algún sitio secreto, en compartimentos llenos de telarañas, perdidos en el fondo de cualquier reloj estarían tantos minutos o segundos como fuesen necesarios. ¿Cómo serían? ¿Qué forma tendría las cuatro y media? ¿A qué olería las tres en punto? ¿Eran las horas unas señoronas gordas tal como las imaginaba?
    El tiempo llegó a adquirir ribetes de obsesión. Empecé a figurarme historias de miedo vinculadas con ciertos espectros de la relojería universal. Al caer la tarde y a medida en que se aproximaran las doce de la medianoche crecía en mí un desasosiego imposible de frenar. El reloj también era cosa de brujas o fantasmas. Drácula metido en mi cuarto gracias a la literatura y gracias, cómo no decirlo, al Casio que estrené ese año luego de las fiestas navideñas.
    Los segundos, los minutos y las horas guindaban de las muñecas de la gente, se hallaban sin duda en aquellos aparatos saturados de muñones ínfimos, tornillos diminutos y engranajes fantasiosos, es decir, habitaban una geografía particular. Pero los años, lustros, décadas y siglos implicaban ya otro asunto: exigían nuevas palabras, nombres diferentes como calendario, almanaque y demás cuestiones por el estilo. Una hora no cabía en el mes de agosto pero el mes de agosto, sumado a septiembre, entonces sí calzaba sin problemas en la agenda del setenta y seis que mi viejo usaba para anotar qué sé yo qué. En una agenda, fíjese, existía un año completo, entero de cabo a rabo, en un lustro cinco, en un siglo cien, y en todos esos almanaques perdidos que me tropezaba a veces en los desvanes o en las gavetas del cuarto de la abuela, ¿cuánto, cuánto tiempo cabalgaba en ellos? ¿Cómo lo ocultaba el calendario o de qué mágica manera se hallaba apretujado en el almanaque de la Mueblería Troya?
    Una vez le pregunté a mi padre y me miró sonriendo. Contestó que a él también le llamaba la atención todo ese lío pero que lamentaba no poder ayudarme: tuvo la mala fortuna de crecer sin develar el enigma. “Y ya sabes, hijo, los adultos andan luego pendientes de otras cosas”. La maestra también fue objeto de mis interrogantes, y como si mis inquietudes no existieran, se limitó a decir que me estuviera quieto. La odié un montón pero al tiempo la olvidé. Suelo perdonar, vivo sin rencores.
    Juro que hice lo posible. Traté por todos los medios de dar en el blanco, de descubrir la verdad, de encontrar una hora o cuatro décadas o medio siglo agazapados, escondidos en algún lugar del reloj colgado sobre el pizarrón verde, en el salón de tercer grado. Crecí y ya ven, no lo logré. Me hice adulto pero no lo oculto: aún se arrastra en mí el gusanillo de la duda. Todavía sigo buscando, quién sabe, a lo mejor un día de éstos el sol sale para mí.

7/10/2013

Dedos



    Créame, hay extensiones de uno mismo con identidad particular. Me explico: existen partes de lo que somos que, llegado el tiempo, adquieren personalidad, cobran vida aparte, cuentan más de ellas que de nosotros, lo cual me llama mucho la atención.
    Por ejemplo los dedos. Llevo días observándolos. Andan por todas partes colgados de las manos y cada uno de ellos, junto a los otros nueve, se expresa a propósito del mundo en que vivimos. Y no es para menos, ¿quién en su sano juicio podría atravesar como si nada la polvareda que nos cubre?
    La otra vez, sentado en una mesa del café al que acudo con frecuencia, vi a una señora abriendo su cartera. Una señora abriendo su cartera es la imagen más cotidiana de este mundo, pero si te detienes un segundo, si pones el foco sobre el coro al que dan vida sus falanges, verás que hablan de lo lindo. Hay dedos nerviosos, hay otros serenos, casi monjes contemplando. Los he notado alegres, pensativos, ojerosos, lascivos, eufóricos, deprimidos. Hay de todo.
    No, no necesariamente lo que cuentan (en ocasiones cuentan de verdad: uno, dos, tres, suman o restan) es reflejo o copia fiel de Rodrigo, Juan o María. Ya lo he dicho, en conjunto adquieren autonomía y presencia, suficiente para obviar al organismo del que al fin y al cabo se desprenden como vitales excrecencias. Entonces me divierto siguiéndolos con la mirada y tengo la impresión, sin exagerar un ápice, de que se dan cuenta, de que me siguen la corriente, de que entrañan figuras, ritos, perfomances cuyo lenguaje es posible descifrar sin pongo el empeño necesario.
    Los dedos que acarician, esos que ascienden por las piernas de una dama, se detienen, navegan en círculos y continúan la cuesta hasta llegar al Paraíso, o los que abrazan un tabaco, sostienen una taza, golpean con insistencia la superficie de una mesa, los dedos, sí, recorren este mundo llevando en las espaldas a Luciano o a Martita mientras abren puertas y neveras, aprietan el gatillo o mueven el whisky con el hielo. Estamos equivocadísimos: ellos, ellos nos llevan, nos aguantan, vamos pegados como sanguijuelas, en absoluto lo contrario. Y no es lo mismo, desde luego, observarlos manipular el labial de una mujer, girar la rosca y lograr que suba el tubo de carmín, que verlos hurgar ciertas narices o percatarse de sus uñas, negras, sucias de tanto hacer innombrable. Cada meñique, pulgar o índice en lo suyo y se acabó.
    Lo cierto es que los noto ir y venir y justo entonces fijo la mirada en los míos. Se llevan bien con el bolígrafo que ahora mismo sirve para escribir lo que escribo, saben encender un Partagás, suelen ocuparse de otros menesteres que no pienso revelar aquí. Estoy seguro de que me ven llenos de intriga, de sorpresa y de espanto, y se burlan a veces, y se ríen a mandíbula batiente y bueno, quizás tengan ya una idea de cómo soy y cómo pienso y en qué ando, así como yo me he hecho con los años cierta imagen de qué les gusta y qué pretenden los muy cabrones con sus vidas.
    En fin, que sigo en mis trece sin mirar atrás. Un día de éstos voy a dar en el clavo, sabré a qué atenerme, el diálogo por fin florecerá. Mientras tanto continúo ojeándolos y nada, ellos con sus cosas, por supuesto, y yo con las mías, no faltaba más.

7/07/2013

Un cuento de Camila

Camila escribe un cuento para la escuela. Regresa a mediodía a casa, lo saca de su bolso, me lo regala. Transcribo aquí exactamente lo que hallé en la hoja ilustrada.

    Había una vez un padre muy cariñoso, amoroso, lector, amigable y con un look de cebrita.
    Él tenía una hija que lo quería mucho. Él tenía un secreto, tenía el poder de la diversión, sacaba su pipa mágica, apuntaba y tiraba una poción burbujeante de risas y carcajadas.
    Un  día leía el periódico y encontró una noticia terrible. Un meteoro cayó en Francia, hizo que todos se volvieran aburridos.
    El padre y Camila (su hija) se hicieron unas capas que decían: la del papá= Diverman, y la de Camila= Cosquillitas. Se fueron volando con el poder de las cosquillas y llegaron en diez segundos a Francia, pero se preguntaron: ¿en qué lugar era?
    Viajaron a Toulouse pero no encontraron ningún meteoro. Se sentaron a pensar y a pensar pero después de un momento se les ocurrió: ¡París! Claro, fueron tan rápido como pudieron, buscaron Notre Dame, pero no había nada. Luego, caminando, vieron a una persona toda de color gris así que la siguieron hasta que llegaron a la torre Eiffel y hallaron el meteoro en la cúspide. Diverman fumó sus burbujas y Cosquillitas se puso sus guantes cosquilludos y bueno, salvaron París.

7/05/2013

El otro lado del sueño

    Hay gente rara. El señor X pasa el día dispuesto a soñar, con lo que las horas de vigilia se convierten en un limbo bastante incómodo para su gusto. Antes de meterse a la cama el señor X se pone su mejor camisa, escoge un pantalón muy fino, le saca brillo a sus zapatos y anuda a la perfección una corbata azul con John Lennon estampado dándole un chance a la paz.
    Al amanecer X despierta de la vida misma. Mientras duerme, vive, y mientras pulula por las calles o pone al día sus quehaceres en la oficina parece sufrir la pesadilla total, la angustia onírica transformada en día a día. El verdadero sueño se despliega en las mañanas luego del dentífrico y la huida al trabajo, pero cuando está dormido, en la vida de las noches, con los grillos afuera y Orión brillando a toda marcha, se entrega a  la experiencia más enriquecedora que ha descubierto después de surfear en los cayos de Florida y arrojarse en parapente desde las montañas merideñas. El señor X apaga la luz y penetra en ese espacio, vedado para la mayoría, en que vive de verdad verdad, en que deambula a sus anchas convirtiendo en realidad, vaya paradoja, cuanto ha soñado mientras hace la cola del banco o lleva a sus hijos al colegio.
    La otra vez lo hallé en el centro comercial y me pidió ayuda para trasladar algunas bolsas hasta el carro. Era un traje de buzo, con careta y reloj water resist incluidos. Su esposa comentó feliz que lucía de lo mejor con ese atuendo, que sin dudas iba a resultar incómodo entrar a la cama sin desprenderse de las chapaletas, que los tanques de oxígeno pesaban más de la cuenta pero en fin, bucear, nadar junto a mantarrayas y ciertos peces de un rojo o un amarillo jamás vistos bien valía hasta el más alto sacrificio.
    La verdad es que X halló el modo de filtrar el arcoiris al gris mortecino de su medianía. En una ocasión llegó a contarme que alguna vez, cuando la adrenalina le bañaba el pecho mientras colgaba de unas cuerdas a cinco mil metros en el Aconcagua, soñó con planillas, escritorios, voces que iban y venían, soñó con un jefe y unos horarios que eran para morirse, soñó que regresaba a casa cargado con carpetas, balances, documentos por firmar, soñó con una novia que era su novia y tres perros que eran los suyos y unas deudas y un amigo que era yo.
    El señor X sueña en plena vigilia, a ese punto llega su costumbre a estas alturas, y sólo en las noches, luego de cenar, escuchar el noticiero y apagar la lamparita empieza su verídica historia, la vida real que para el común de los mortales supone roncar a pierna suelta hasta el chirrido del despertador.
    Yo he aprendido a entender lo que le ocurre. A veces lo envidio como a nadie: me invaden unas ganas enormes de atarme un paracaídas en la espalda o comprarme un vestido de pirata, irme entonces a la cama y vivir el vértigo a tope hasta el amanecer. Y al despertar soñar que imparto seminarios, que trabajo en una universidad, que debo culminar por fin el artículo especializado antes de que acabe el mes y demás experiencias oníricas por el estilo. Qué va, aún no me decido.
    Ayer lo vi en el supermercado. Llevaba encima un pijama verde y pantuflas de cuero negras. Soñaba, entre verduras y desinfectantes, que se daba de bruces conmigo y charlábamos de lo lindo. 

6/28/2013

Qué raro

    Las palabras no sólo significan lo que significan: dicen más que lo estrictamente lingüístico, lo cual ridiculiza al diccionario. Pero más extraño aún es la relación que tienen con ciertos hechos, con algunos elementos que también trascienden la mera cuestión idiomática.
    Vamos a ver. Dices flor y semejante sonido casi despide un aroma de jazmín, por poco impregna los espacios con el azahar. Tú dices flor, repito, y esa cosa con pétalos, estambres, pistilo y gineceo no puede existir bajo otro mantra, desaparece si deja de llamarse así. Imagina por ejemplo que ese monosílabo tan perfumado fuese sustituido por axila, por tornillo, por alambre o por sebáceo. ¿Lo ves? Una flor es una flor. Más allá queda el caos y la locura.
    Estoy convencido de que las palabras son como una segunda piel, es decir, toman para sí el perfil, la forma, la geografía total de cuanto tocan. La palabra mesa se parece al objeto mesa, cerdo es idéntica a ese animal tan simpático, y así con refrigerador o palangana. Las palabras terminan por robar tu identidad, qué le vas a hacer. El asunto se complica, claro, justo cuando se atraviesa un dolor de cabeza como esternocleidomastoideo. Yo he hecho algunos experimentos y créeme, los resultados dicen mucho acerca de nosotros. Psicología y vocabulario andan agarraditos. Esternocleidomastoideo, esternocleidomastoideo, esternocleidomastoideo, ¿en qué piensas tú con el esternocleidomastoideo metido entre el velo del paladar y la punta de la lengua? ¿A qué puede parecerse una palabreja tan extraña? La primera vez que la leí, por andar hurgando en lo que no debía, tuve ante mis ojos  un puñado de glándulas apretujadas, trozos de piel sanguinolenta rodeada de pellejos y demás asquerosas adherencias. Vislumbré una parte oculta de mi cuerpo.  Esternocleidomastoideo, fíjate, es como el duodeno o el bazo, enigmas que sin embargo arrojan la apariencia que las letras nos dibujan. No sé a ti, pero a mí me parece fascinante: ¿cómo diablos es un bazo? ¿Qué aspecto le ponemos a la fisonomía del útil duodeno? La maravilla nos habita y nos rodea.
    Un carnicero tiene rostro de carnicero, ese apelativo describe como nadie a quien lo lleva a cuestas. Un chofer tiene nariz, mandíbula y orejas de chofer. La otra vez fui  a una consulta médica y salí espantado porque ese individuo, embutido en una bata, tenía tal cara de panadero que para qué te cuento y vamos, por nada de este mundo iba a operarme con quien prepara el campesino, el sobao o el de jamón.
    Las palabras guardan sus misterios, que son muchos, pero las verdades también salen a flote si nos empeñamos en hallarlas. Las palabras hacen de las suyas todos los días y a cada rato, cuestión que me llevó a tratarlas con cuidado, no vaya a ser que confunda gimnasia con magnesia y termine como terminan tantos: ahorcados por un adjetivo con malas pulgas o hechos polvo gracias a sustantivos amargados.
    Tengo para mí que el lenguaje es un código de códigos. Decimos dame una taza de café, pero también decimos infinitamente más con su apariencia trivial e inocentona. Pensaba en el humor vítreo y en la banda de mielina, pensaba en una glándula sudorípara. Me pasó por la cabeza el páncreas, tan ceñudo él, tan serio, tan pancreático por donde lo mires. El mundo es así, complejo, difícil, testarudo, casi tanto como las palabras. Qué raro. Qué le vamos a hacer.

6/25/2013


De aquel jarro de vino que a nadie perjudica,
llena tu copa y bebe, y sírveme a mi otra,
muchacho, antes de que haga, sin prestar atención,
con tu tierra y la mía un jarro el alfarero.


Omar Khayyam

6/20/2013

Calle Roma, número 43



    Hay gente que juega al ajedrez, al fútbol, hay quienes cantan bingo los sábados por la noche mientras mastican canapés y beben cócteles de parchita o de cereza. Un hombre juega a recordar, abre una lata de salchichas, destapa una Coca-Cola, ppfffff, y se entrega a la tarea de cambiar recuerdos como si fueran barajitas.
    En la calle Roma número 43 vive un tipo más bien joven cuya afición lo ha hecho feliz. Sabe, como tú o como yo, que la memoria tiene mucho de cangrejo y nos arrastra hacia atrás, y entonces suspiramos, y blablablá, lo cual es lo más fácil, claro, lo que no tiene chiste, eso que todos hacemos con muy poco esfuerzo para bien o para mal. Pero ha aprendido además que tiene bastante de caracol (resulta lenta, sí, maleable además), algo de águila (podría elevarnos a alturas insospechadas, a zonas de verdadero vértigo), y es sin duda un poco felina (nos obsequia imágenes soñadas, elegantísimas, sensuales por donde las mires, como el andar de una pantera). Un hombre recuerda que por esa mujer sufrió a corazón roto, recuerda los muertos de una guerra, lleva adentro gestos de dolor o de abandono. Arroja los dados, juega a los naipes con el olvido en la palma de la mano. Un grito revienta los cristales, lleva en la espalda toda la tristeza de este mundo pero a la vez explota en un cuadro de Munch, en los gritos del silencio, esa película que es otra obra de arte, y así hasta el infinito.
    El número 43 de la calle Roma es la buhardilla de un hombre que cambia recuerdos como si fueran manzanas, que los hace o los rehace en medio del humo de un tabaco y las notas de Béla Bartók sobre el piano. Mientras alguien coge el presente por el mango del pasado, ese hombre mira lo que ya se fue y trastoca imágenes, fragua la memoria a partir del hoy convertido en voluntad. Un recuerdo es mentira y es verdad, es pieza cinematográfica. Este hombre, en el 43 de la calle Roma, decide qué recordar y qué no, cómo evocar y cómo darle un apretón de manos a la amnesia.
    Un hombre ha descubierto que Borges (¿era Borges?) tenía razón, que somos lo  que soñamos, o lo que imaginamos, es decir, lo que recordamos. Un hombre apuesta por no olvidar lo que le da la gana, y lo que le da la gana termina por ocurrir años atrás: llegó a ser cuanto añoraba desde las entrañas.
    La verdad es que el asunto me parece demasiado artificial, incluso falto de gracia, pero cada quien con sus líos. En la calle Roma número 43 vive un personaje, puedo jurarlo frente a este crucifijo, que en vez de recordar al modo en que lo hacemos llegó a inventar un mecanismo a su manera, cuestión nada fácil si a ver vamos porque una cosa es ser sujeto de los recuerdos, como somos todos y se acabó, y otra es ser sujetador de aquellos, noten por favor la diferencia.
    Qué más da. Una vez me dio por seguirle la corriente, por cambiar recuerdos a la usanza de un moderno tejedor de fábulas y casi me quedo sin pasado. Por poco y termino sin nostalgias. Cuando le conté lo sucedido recomendó que lo olvidara, que siguiera en mis empeños pero ya ven, no tengo espíritu para aventuras así que desistí.
    Anoche soñé con una amiga de la infancia, uno de esos amores que a los nueve años son cenizas sin haber pasado por el fuego. En el mismo sueño apareció Cristina, esa chica con cuerpo de guitarra que me lazó a la calle de la amargura bien entrado ya en la adolescencia. Quise practicar de nuevo, jugar a placer, cambiar de recuerdos a mi antojo. Finalmente dije al diablo, me quedo con el pretérito perfecto y demás tiempos afines tales como los conozco. Cada quien en lo suyo. Y hasta ahí llegué.

6/14/2013

He dicho

    Me ha dado por leer nuevamente Rayuela y reencontrarme con el Julio que conocí de adolescente. Abro al azar el libro, café sobre la mesa, Bermúdez encendido entre el índice y el medio, y zas, capítulo setenta y tres, hallo la historia del napolitano que estuvo años mirando y nada más que mirando un tornillo sobre el suelo.
    Hay de todo. Conocí una vez a un hombre entregado por completo a la tarea de escudriñar atardeceres. Luego a otro capaz de contemplar goteras  -era su especialidad- durante horas, y después a otro que observaba las formas de las nubes siete días a la semana. Todos tenían fama de locos, pero la verdad es que estaban más cuerdos que cualquiera. Existen tipos, raros de verdad, que pasan décadas con el ojo pegado al microscopio, o con el culo fundido a una silla en la oficina, o estudiando bichos media vida en las selvas africanas y nadie grita al cielo ni pone en entredicho la salud mental de estos señores. Es que somos de lo más extraños, por supuesto.
    En alguna ocasión trabé amistad con cierta joven literata que escribía ensayos con una pluma azul, novelas policíacas con tinta roja y poesías muy logradas, claro, pero con bolígrafo negro. Cuando trastocaba los lápices y cruzaba la receta el resultado era el desastre: poemas novelados, ensayos con métrica asonante y otros disparates por el estilo.
    Yo mismo guardo en la memoria experiencias parecidas. En primer grado la maestra nos acostumbró a leer en el salón y para ello cada quien, según su turno, cogía el libro y debía hacerlo en voz alta frente a toda la clase. Si olvidaba el texto en casa y alguien  me prestaba el suyo no podía hacer la tarea. Sabía leer sólo en mi libro, en el mío y de nadie más. Por fortuna, con los años superé el obstáculo de modo que hoy leo aquí y allá con relativa suficiencia sin importarme de quién sea el ejemplar que sostengo entre las manos.
    Recuerdo que en Rayuela al bueno de Oliveira le daba en ocasiones por dedicarse a pensar en cosas absolutamente inútiles, método que al transcurrir el tiempo le pareció cada vez más fecundo y necesario. Yo lo suscribo de pe a pa y hasta la última coma por tratarse de una verdad que a través de vías alternas llegué a experimentar desde hace mucho. Sí: pensar en cosas inútiles, según Oliveira; papar moscas cualquier día y a cualquier hora, según mi filosofía. Moraleja y conclusión: desfruncir el ceño, practicar el dulce placer de no hacer nada, correr espantado de toda seriedad, de toda impostura adultísima, ceja enarcada incluida, que hace de las suyas por el patio. En esas, exactamente en esas ando. He dicho.

6/07/2013

La universidad venezolana



    En Venezuela las universidades atraviesan uno de sus más negros momentos. Por encima de lenguaradas populistas que el gobierno echa afuera para maquillarse las arrugas a propósito del tema, lo cierto es que la educación superior venezolana (la media y básica son harinas para otros costales) ha sido cercada, apaleada y languidece por falta de oxígeno, por asfixia artificial.
    ¿Por qué un gobierno debería emprender el ataque brutal, constante, premeditado y alevoso que sufren las universidades en este país, con el objetivo de reducirlas a su mínima expresión? La razón fundamental es política: los gobiernos de Hugo Chávez y ahora el de Maduro  -en el fondo el mismo parapeto-  han pretendido controlar la sociedad de cabo a rabo, única manera de imponer ese disparate ideológico llamado Socialismo del Siglo XXI. Controlar poderes públicos, controlar sindicatos, controlar Ong’s, controlar el pulso, el colesterol y los sueños de la gente. Sumo y sigo: controlar el pensamiento, controlar la prensa, controlar los resortes que hacen de un país esa fabulosa abstracción fraguada entre individuos que le dan vida.
    Las universidades venezolanas, hoy por hoy, luego de catorce años de pedradas y locuras oficialistas mantienen su dignidad intacta. En ningún momento fueron títeres del Ejecutivo, nunca inclinaron la cerviz ante pretensiones de imposición ideologicopartidista por sobre la razón y misión, sagrada, de toda institución universitaria que se respete: generar conocimiento, formar profesionales, construir desarrollo, representar el futuro.
    Lo anterior explica la patética radiografía actual relativa a la universidad venezolana. Si no pudieron ser manipuladas, si no fueron tomadas desde adentro mediante elecciones (salvo contadísimas excepciones el oficialismo recibe una paliza cada vez que las hay), entonces llovieron agresiones y sufrió un criminal cerco económico dirigido a destruir su autonomía, su capacidad de acción por falta de insumos, su presencia como institución librepensadora gracias a la hipoxia en cualquiera de sus flancos. Así, las universidades se desplomarían, se desnaturalizarían perdiendo peso específico y abrazándose con la anomia. En cuestión de poco tiempo morirían de inanición: tales son las sumas y las restas gobierneras. Por algo el sistema paralelo de universidades, inventado hace ya tiempo por los victimarios, saltó rosadito, rozagante, al escenario nacional.
    Resulta prácticamente imposible producir, mantener el ritmo de trabajo, innovar, imaginar y emprender soluciones, hacer ciencia, crear, bajo el clima económico y político que intenta desgarrar a nuestras universidades públicas. La universidad venezolana lo ha logrado pese a los cuchillos, las trampas y el estrangulamiento. La Universidad Nacional Experimental de Guayana, sólo por nombrar un caso, con uñas y dientes publica libros, revistas académicas especializadas, sostiene en pie nada menos que a once centros de investigación en ecología, antropología, humanidades, matemáticas, física, gerencia, educación y un etcétera tan hermoso como fructífero. Se trata de una universidad joven y pequeña, pero con frutos que están a la vista, con visibilidad en el espectro académico nacional. Sus publicaciones, su alto perfil profesional, la generación de productos intelectuales de primera línea desarrollados en su seno y el hecho incuestionable de que cuenta con una planta de profesores e investigadores atravesada por la terquedad, por el afán de hacer, por superar el aplastamiento gubernamental, demuestran que la universidad en Venezuela está viva, reflexionando, haciendo, cumpliendo su tarea, y saldrá airosa del crimen pretendido: silenciarla, convertirla en ventrílocua de una ideología, de un partido político, de una impostura que traiciona su razón de ser, la esencia misma de la pluralidad que le es inherente. En nuestra Universidad de Guayana, y esto es una tragedia que impacta y sufren por igual el resto de las universidades, el presupuesto para su funcionamiento, aprobado por el Estado, no llega al veinticinco por ciento de lo solicitado. ¿Qué le importa a este gobierno la calidad en la educación superior? ¿Qué le importa la investigación en ciencias naturales o sociales? ¿Qué le importa el papel vital de las universidades en el presente y el futuro del país? Un pepino, absolutamente nada. Metérselas en el bolsillo y hacer con ellas lo que le venga en gana, transformarlas en entidades genuflexas, inertes, acríticas, en brazos dependientes de trasnochos políticos, ése es el asunto, la pretensión y el objetivo. Lo otro es pasto de burgueses.
    Las universidades en Venezuela están en pie de lucha. No van a doblegarse. Nunca la mediocridad de un gobierno carcomido por el oscurantismo medieval pudo más que instituciones seguras de su valía y conscientes de su rol histórico en momentos como los que atraviesa este maltratado país. Se hará la luz, no cabe duda. Saldrá el sol más temprano que tarde.